Lesly creció sin abrazos, pero aprendió a sanar siendo madre
Creció sin conocer a sus padres y cargó heridas que aún duelen. Hoy ve a sus hijas sanar del trauma migratorio y reconstruye su historia.
En una de las casas del programa Protección y Asistencia Humanitaria para Niños y Jóvenes Migrantes en Tránsito y Retornados, impulsado por UNICEF con apoyo del Gobierno de Japón, en Quetzaltenango, Lesly Paola Vásquez cuenta su historia sin apuros. A ratos sonríe cuando habla de sus hijas. A ratos guarda silencio. Y en varios momentos las lágrimas aparecen inevitablemente.
No son solo lágrimas por el duro viaje migratorio que emprendió hacia Estados Unidos junto a sus dos niñas. Son lágrimas acumuladas durante 25 años. Lágrimas de una niña que creció sin conocer a sus padres. De una hija que durante toda su vida quiso saber quién era su papá. De una mujer que aún carga palabras que le dijeron en la infancia y que siguen doliendo.
Pero también son lágrimas de esperanza. Porque hoy, después de todo lo vivido, ve cómo sus hijas comienzan a sanar.
“Yo me quedé sola desde los nueve meses”, dice. Sus padres migraron cuando ella era apenas un bebé. Creció con sus abuelos en una comunidad de San Antonio Sacatepéquez, San Marcos. A su madre la conoció únicamente por fotografías y llamadas telefónicas. A su padre ni siquiera eso. Durante años preguntó quién era.
“Yo le decía a mi mamá: ‘¿Quién es mi papá? Quiero saber quién es mi papá’. Y ella me respondía que él no me había querido, que me había abandonado, que si me hubiera querido, me habría dado su apellido”.
Aquellas respuestas fueron construyendo una imagen dolorosa de un hombre que nunca había visto y del que no conservaba ninguna fotografía. Sin embargo, el abandono no era la única herida.
Lesly recuerda una infancia marcada por comparaciones constantes con su hermano. Cuenta que perdió primer grado y que desde entonces comenzó a escuchar palabras que todavía conserva grabadas.
“Eres una burra. No puedes. Tu hermano ya avanzó y tú no”. Mientras relata esos recuerdos, baja la mirada. Dice que muchas de esas frases siguen acompañándola. “Tal vez para mi mamá ya se olvidaron, pero yo las sigo cargando”.
Con el tiempo sintió que la diferencia de trato hacia su hermano se hacía más evidente. Cuando él necesitaba algo, lo conseguía. Cuando ella pedía apoyo, encontraba negativas. Incluso cuando se casó y pidió un pequeño terreno para sembrar maíz junto a su esposo, sintió nuevamente ese rechazo.
“Yo me preguntaba por qué tanto rencor hacia mí”. Aun así, siguió adelante. Se casó a los 18 años y formó una familia. Llegaron sus hijas, Madi Camilita y Laura Celestina. La primera recibió su nombre simplemente porque le gustó. La segunda lleva el nombre de una tía y de su madre.
El sueño y la pesadilla
Entonces apareció un nuevo sueño: tener una casa propia. Su esposo migró primero a Estados Unidos. Después ella decidió emprender el mismo camino junto a las niñas. Pero había además una razón profundamente emocional.
“Yo no quería que mis hijas pasaran lo que yo pasé”. Lesly sabía perfectamente qué significa crecer lejos de los padres. Conocía la sensación de esperar una llamada. De no tener un abrazo cuando se necesita. Por eso tomó una decisión que marcó todo el viaje.
“A donde yo fuera, mis hijas iban conmigo”. El 2 de diciembre de 2024 comenzó el trayecto. Ella, una niña de cinco años y otra de tres. Nada más.
Durante más de un mes avanzaron por México enfrentando detenciones, largas esperas y momentos de miedo. En Tecún Umán permanecieron ocho días retenidas. Más adelante fueron detenidas nuevamente por autoridades migratorias mexicanas.
El camino continuó sin guías, acompañándolas físicamente. Recibían instrucciones mediante mensajes de teléfono. “Vaya a tal estación de buses. Busque tal lugar”. Ella no conocía el camino. Solo sabía que debía cuidar a sus hijas.
En distintos puntos fueron encerradas en casas de seguridad. Cerca de la frontera permanecieron varios días más sin poder salir. Uno de los momentos que recuerda con más angustia ocurrió al cruzar un río. Le entregaron únicamente dos chalecos salvavidas: uno para ella y otro para su hija mayor.
La pequeña debía ir en sus brazos. Mientras cruzaban, alguien gritó que venían miembros de un grupo criminal. Comenzaron a correr desesperadamente. Un joven salvadoreño tomó de la mano a su hija mayor para ayudarla. Después descubrieron que no se trataba de criminales, sino de agentes migratorios. Pero el miedo ya había hecho su trabajo.
Finalmente, llegaron a Estados Unidos. La meta era Oregón, donde vivían familiares. Nunca lograron llegar. Permanecieron apenas quince días en territorio estadounidense. Fueron detenidas primero en Donna, Texas, y luego trasladadas a Laredo.
Lesly recuerda diferencias en las condiciones de ambos centros. Habla de comida escasa, alimentos fríos e incluso congelados para los niños. Poco después fueron deportadas. Mientras cuenta aquellos días, las emociones vuelven. Recuerda el vuelo de regreso a Guatemala.
Recuerda que no podía dejar de llorar. Sentía que había fallado. Habían invertido Q175 mil en el viaje. Una deuda enorme para una familia joven. “Venía renegando con Dios y preguntando por qué no había podido hacer algo para mis hijas”.
Entonces ocurrió algo que jamás olvidará. Fue su hija mayor quien comenzó a consolarla. “Mamá, ¿para qué estás llorando? Usted puede". La pequeña, de apenas unos años, trataba de darle fuerzas a la mujer que intentaba darle fuerzas a ella.
La niña menor también le limpiaba las lágrimas. “Mami, tú puedes”. Lesly se quiebra al recordar ese momento. Porque entendió que el viaje no solo había sido duro para ella.
También para sus hijas. Cuando regresaron a Guatemala, fue incorporada al programa de atención para migrantes retornados. Recibió acompañamiento psicológico y apoyo humanitario.
Al principio no comprendía la magnitud del daño emocional que habían sufrido las niñas. Ella las veía normales. Los especialistas no. Detectaron timidez extrema, aislamiento, falta de apetito y miedo. Entonces comenzó un proceso lento de recuperación. Hoy el cambio es evidente.
Camilita ya participa en actividades escolares. Quiere salir, conocer gente, involucrarse. Las niñas elaboran pulseras y manualidades. Incluso hablan de emprender. “Voy a comprar mi cama. Voy a comprar mi ropero”, le dice su hija con una seguridad que antes no tenía.
Lesly sonríe cuando lo cuenta. También ella ha tenido que sanar. Después del viaje desarrolló miedo a viajar en camioneta. El acompañamiento psicológico le permitió enfrentar poco a poco esos temores. Pero quizá el momento más importante de toda su historia ocurrió apenas hace unos meses.
Una larga espera
Durante 25 años buscó una respuesta. Quería conocer a su padre. Quería preguntarle por qué había desaparecido de su vida. Quería saber si realmente no la había querido. Entonces, por una coincidencia casi increíble, conoció a una persona que resultó tener vínculos con la familia paterna. Semanas después recibió una llamada.
Era él. El hombre cuya voz jamás había escuchado. “Hola, hija”. Cuando recuerda esas palabras, los ojos se le llenan de lágrimas. Cuenta que se quedó paralizada. Que dio gracias a Dios en silencio. Que sintió cómo algo que llevaba décadas roto comenzaba a acomodarse. Su padre le pidió perdón.
Le dijo que la quería. Le aseguró que quería formar parte de su vida. Y ella encontró algo que llevaba buscando desde niña. Escuchar a alguien decirle que sí podía. “Yo quería que alguien me dijera: hija, tú puedes”. Desde entonces mantienen contacto.
Y aunque quedan muchas preguntas por responder, Lesly asegura que encontró algo de paz. Hoy sigue soñando con tener un negocio propio. Quiere emprender, salir adelante y ayudar a otras personas de su comunidad. No habla desde el resentimiento. Habla desde la experiencia.
Dice que aprendió que los hijos necesitan amor, presencia y apoyo por igual. Por eso insiste en que sus hijas nunca tendrán que enfrentar solas los dolores que ella enfrentó. Mientras la entrevista termina, las niñas aparecen corriendo. “Mamá, mamá”, gritan.
Lesly se vuelve hacia ellas. Y en esa escena sencilla parece concentrarse toda su historia. La de una niña que creció sin abrazos y pasó la vida buscándolos. La de una mujer que atravesó fronteras, deudas, decepciones y recuerdos dolorosos. Y la de una madre que, pese a todo, sigue convencida de que sus hijas tendrán un futuro mejor.
Las lágrimas siguen apareciendo cuando recuerda el pasado. Pero esta vez ya no son únicamente lágrimas de tristeza. También son lágrimas de esperanza.
Lesly creció sin abrazos, pero aprendió a sanar siendo madre
Creció sin conocer a sus padres y cargó heridas que aún duelen. Hoy ve a sus hijas sanar del trauma migratorio y reconstruye su historia.
En una de las casas del programa Protección y Asistencia Humanitaria para Niños y Jóvenes Migrantes en Tránsito y Retornados, impulsado por UNICEF con apoyo del Gobierno de Japón, en Quetzaltenango, Lesly Paola Vásquez cuenta su historia sin apuros. A ratos sonríe cuando habla de sus hijas. A ratos guarda silencio. Y en varios momentos las lágrimas aparecen inevitablemente.
No son solo lágrimas por el duro viaje migratorio que emprendió hacia Estados Unidos junto a sus dos niñas. Son lágrimas acumuladas durante 25 años. Lágrimas de una niña que creció sin conocer a sus padres. De una hija que durante toda su vida quiso saber quién era su papá. De una mujer que aún carga palabras que le dijeron en la infancia y que siguen doliendo.
Pero también son lágrimas de esperanza. Porque hoy, después de todo lo vivido, ve cómo sus hijas comienzan a sanar.
“Yo me quedé sola desde los nueve meses”, dice. Sus padres migraron cuando ella era apenas un bebé. Creció con sus abuelos en una comunidad de San Antonio Sacatepéquez, San Marcos. A su madre la conoció únicamente por fotografías y llamadas telefónicas. A su padre ni siquiera eso. Durante años preguntó quién era.
“Yo le decía a mi mamá: ‘¿Quién es mi papá? Quiero saber quién es mi papá’. Y ella me respondía que él no me había querido, que me había abandonado, que si me hubiera querido, me habría dado su apellido”.
Aquellas respuestas fueron construyendo una imagen dolorosa de un hombre que nunca había visto y del que no conservaba ninguna fotografía. Sin embargo, el abandono no era la única herida.
Lesly recuerda una infancia marcada por comparaciones constantes con su hermano. Cuenta que perdió primer grado y que desde entonces comenzó a escuchar palabras que todavía conserva grabadas.
“Eres una burra. No puedes. Tu hermano ya avanzó y tú no”. Mientras relata esos recuerdos, baja la mirada. Dice que muchas de esas frases siguen acompañándola. “Tal vez para mi mamá ya se olvidaron, pero yo las sigo cargando”.
Con el tiempo sintió que la diferencia de trato hacia su hermano se hacía más evidente. Cuando él necesitaba algo, lo conseguía. Cuando ella pedía apoyo, encontraba negativas. Incluso cuando se casó y pidió un pequeño terreno para sembrar maíz junto a su esposo, sintió nuevamente ese rechazo.
“Yo me preguntaba por qué tanto rencor hacia mí”. Aun así, siguió adelante. Se casó a los 18 años y formó una familia. Llegaron sus hijas, Madi Camilita y Laura Celestina. La primera recibió su nombre simplemente porque le gustó. La segunda lleva el nombre de una tía y de su madre.
El sueño y la pesadilla
Entonces apareció un nuevo sueño: tener una casa propia. Su esposo migró primero a Estados Unidos. Después ella decidió emprender el mismo camino junto a las niñas. Pero había además una razón profundamente emocional.
“Yo no quería que mis hijas pasaran lo que yo pasé”. Lesly sabía perfectamente qué significa crecer lejos de los padres. Conocía la sensación de esperar una llamada. De no tener un abrazo cuando se necesita. Por eso tomó una decisión que marcó todo el viaje.
“A donde yo fuera, mis hijas iban conmigo”. El 2 de diciembre de 2024 comenzó el trayecto. Ella, una niña de cinco años y otra de tres. Nada más.
Durante más de un mes avanzaron por México enfrentando detenciones, largas esperas y momentos de miedo. En Tecún Umán permanecieron ocho días retenidas. Más adelante fueron detenidas nuevamente por autoridades migratorias mexicanas.
El camino continuó sin guías, acompañándolas físicamente. Recibían instrucciones mediante mensajes de teléfono. “Vaya a tal estación de buses. Busque tal lugar”. Ella no conocía el camino. Solo sabía que debía cuidar a sus hijas.
En distintos puntos fueron encerradas en casas de seguridad. Cerca de la frontera permanecieron varios días más sin poder salir. Uno de los momentos que recuerda con más angustia ocurrió al cruzar un río. Le entregaron únicamente dos chalecos salvavidas: uno para ella y otro para su hija mayor.
La pequeña debía ir en sus brazos. Mientras cruzaban, alguien gritó que venían miembros de un grupo criminal. Comenzaron a correr desesperadamente. Un joven salvadoreño tomó de la mano a su hija mayor para ayudarla. Después descubrieron que no se trataba de criminales, sino de agentes migratorios. Pero el miedo ya había hecho su trabajo.
Finalmente, llegaron a Estados Unidos. La meta era Oregón, donde vivían familiares. Nunca lograron llegar. Permanecieron apenas quince días en territorio estadounidense. Fueron detenidas primero en Donna, Texas, y luego trasladadas a Laredo.
Lesly recuerda diferencias en las condiciones de ambos centros. Habla de comida escasa, alimentos fríos e incluso congelados para los niños. Poco después fueron deportadas. Mientras cuenta aquellos días, las emociones vuelven. Recuerda el vuelo de regreso a Guatemala.
Recuerda que no podía dejar de llorar. Sentía que había fallado. Habían invertido Q175 mil en el viaje. Una deuda enorme para una familia joven. “Venía renegando con Dios y preguntando por qué no había podido hacer algo para mis hijas”.
Entonces ocurrió algo que jamás olvidará. Fue su hija mayor quien comenzó a consolarla. “Mamá, ¿para qué estás llorando? Usted puede". La pequeña, de apenas unos años, trataba de darle fuerzas a la mujer que intentaba darle fuerzas a ella.
La niña menor también le limpiaba las lágrimas. “Mami, tú puedes”. Lesly se quiebra al recordar ese momento. Porque entendió que el viaje no solo había sido duro para ella.
También para sus hijas. Cuando regresaron a Guatemala, fue incorporada al programa de atención para migrantes retornados. Recibió acompañamiento psicológico y apoyo humanitario.
Al principio no comprendía la magnitud del daño emocional que habían sufrido las niñas. Ella las veía normales. Los especialistas no. Detectaron timidez extrema, aislamiento, falta de apetito y miedo. Entonces comenzó un proceso lento de recuperación. Hoy el cambio es evidente.
Camilita ya participa en actividades escolares. Quiere salir, conocer gente, involucrarse. Las niñas elaboran pulseras y manualidades. Incluso hablan de emprender. “Voy a comprar mi cama. Voy a comprar mi ropero”, le dice su hija con una seguridad que antes no tenía.
Lesly sonríe cuando lo cuenta. También ella ha tenido que sanar. Después del viaje desarrolló miedo a viajar en camioneta. El acompañamiento psicológico le permitió enfrentar poco a poco esos temores. Pero quizá el momento más importante de toda su historia ocurrió apenas hace unos meses.
Una larga espera
Durante 25 años buscó una respuesta. Quería conocer a su padre. Quería preguntarle por qué había desaparecido de su vida. Quería saber si realmente no la había querido. Entonces, por una coincidencia casi increíble, conoció a una persona que resultó tener vínculos con la familia paterna. Semanas después recibió una llamada.
Era él. El hombre cuya voz jamás había escuchado. “Hola, hija”. Cuando recuerda esas palabras, los ojos se le llenan de lágrimas. Cuenta que se quedó paralizada. Que dio gracias a Dios en silencio. Que sintió cómo algo que llevaba décadas roto comenzaba a acomodarse. Su padre le pidió perdón.
Le dijo que la quería. Le aseguró que quería formar parte de su vida. Y ella encontró algo que llevaba buscando desde niña. Escuchar a alguien decirle que sí podía. “Yo quería que alguien me dijera: hija, tú puedes”. Desde entonces mantienen contacto.
Y aunque quedan muchas preguntas por responder, Lesly asegura que encontró algo de paz. Hoy sigue soñando con tener un negocio propio. Quiere emprender, salir adelante y ayudar a otras personas de su comunidad. No habla desde el resentimiento. Habla desde la experiencia.
Dice que aprendió que los hijos necesitan amor, presencia y apoyo por igual. Por eso insiste en que sus hijas nunca tendrán que enfrentar solas los dolores que ella enfrentó. Mientras la entrevista termina, las niñas aparecen corriendo. “Mamá, mamá”, gritan.
Lesly se vuelve hacia ellas. Y en esa escena sencilla parece concentrarse toda su historia. La de una niña que creció sin abrazos y pasó la vida buscándolos. La de una mujer que atravesó fronteras, deudas, decepciones y recuerdos dolorosos. Y la de una madre que, pese a todo, sigue convencida de que sus hijas tendrán un futuro mejor.
Las lágrimas siguen apareciendo cuando recuerda el pasado. Pero esta vez ya no son únicamente lágrimas de tristeza. También son lágrimas de esperanza.