Mayra Gabriel: “El presente es lo único que usted tiene”
Empresaria y escritora guatemalteca, convirtió un secuestro, pérdidas familiares y 40 años en la industria en lecciones de vida.
Hija de una familia de origen palestino que ayudó a construir parte de la historia comercial e industrial de Guatemala, Mayra Gabriel ha vivido varias vidas en una sola. Empresaria durante cuatro décadas, impulsora de la imagen corporativa de Distun y Aceros de Guatemala, sobreviviente de un secuestro, madre golpeada por la pérdida de sus hijos y escritora por vocación nacida del dolor, ha convertido las pruebas más difíciles de su existencia en lecciones de vida.
En esta conversación, reconstruye la historia de sus ancestros, recuerda el legado de su padre José Luis Gabriel y reflexiona sobre lo que ha aprendido después de siete décadas de vida.
¿De dónde vienen los Gabriel y cómo llegaron a Guatemala?
—La familia Gabriel llega a Guatemala a finales de 1800 procedente de Belén, Palestina. Mis abuelos paternos fueron los primeros en venir y se casaron aquí en Guatemala en 1902.
El apellido original era Jabrie. Mi abuelo decidió cambiarlo a Gabriel porque era más fácil de pronunciar. Siempre me ha gustado investigar. Incluso viajé a Belén para conocer más sobre nuestra historia y reconstruir parte de nuestros orígenes.
¿Qué ha descubierto sobre esos orígenes?
—Encontré muchos apellidos conocidos, como Abularach y David, pero no he logrado identificar exactamente de cuál de los siete clanes provenía nuestra familia. También descubrí que algunos ancestros eran italianos y que durante la época de las Cruzadas llegaron a Belén como traductores. Todavía sigo investigando esa parte.
¿Por qué emigraron sus abuelos?
—Como muchos inmigrantes de aquella época, vinieron buscando oportunidades. Se hablaba mucho de América, del comercio y del café. Los viajes eran larguísimos. Venían en barco hasta Nueva York y luego seguían hacia Centroamérica.
Mi abuela tenía 15 años cuando se casó y mi abuelo 21. Fue un matrimonio arreglado por las familias.
¿Qué hicieron al llegar a Guatemala?
—Pasaron un tiempo en Quetzaltenango y luego se trasladaron a la capital. Mi abuelo fundó El Tirador, que durante décadas fue un almacén muy conocido. El símbolo era un personaje árabe con un rifle; de ahí el nombre. Mis abuelos tuvieron once hijos. Mi papá fue el octavo.
¿Quién fue José Luis Gabriel?
—Mi papá era un hombre muy reservado, de pocos amigos, extremadamente cuidadoso con su palabra y con su nombre. Era honesto, trabajador y soñador. No vivía para acumular dinero. Vivía para construir.
¿Qué episodios marcaron la vida de su padre?
—La familia sufrió tragedias muy fuertes. En 1935 asesinaron a su hermano mayor, Abraham Gabriel. Mi abuelo nunca superó esa pérdida y murió dos años después.
Luego, en 1945, mi papá tuvo un accidente muy grave en motocicleta. Pasó un año en cama, estuvo a punto de perder una pierna y recibió tratamiento en Estados Unidos, pero logró recuperarse.
¿Cómo nació la empresa familiar?
—Mi papá sintió que dentro de El Tirador no podía desarrollar sus ideas. Entonces se independizó y en 1953 fundó Distribuidora Universal, que después sería Distun.
Comenzó vendiendo productos de consumo rápido, pero más adelante descubrió el mercado de los clavos y el alambre espigado. Ahí empezó todo.
¿Qué enseñanza empresarial le dejó?
—Una vez unos empresarios alemanes lo citaron para una reunión. Llegó antes de la hora acordada y uno de ellos le dijo: “Lo felicito por su puntualidad, señor Gabriel, porque quien menosprecia el tiempo de los demás no se valora a sí mismo”.
Nunca olvidó esa frase. La puntualidad se volvió una ley para él.
¿Cómo fue su formación académica?
—Soy licenciada en Administración de Empresas por la Universidad Francisco Marroquín. Me gradué en 1981.
Después me fui a Francia, a la Universidad de Burdeos, donde estudié Psicología del Trabajo.
Regresé a Guatemala en diciembre de 1983.
¿Cómo fue su experiencia en Francia?
—Yo estaba muy feliz allá.
Trabajé en una tienda llamada Conforama y me gustaba mucho la experiencia. Incluso pensé seriamente en quedarme.
Mi hermano Nelson insistía en que regresara a Guatemala. Yo decía que si pasaba Navidad y seguía allá ya no regresaba.
Pero finalmente regresé.
¿Cuándo comenzó a trabajar formalmente en la empresa familiar?
—Cuando regresé de Francia, me incorporé formalmente a la empresa.
Primero trabajé en ventas. Siempre me gustaron las ventas.
En el colegio decían que yo era capaz de venderle cualquier cosa a mi mamá.
Después empecé a involucrarme en publicidad, imagen corporativa y organización.
¿Qué hizo durante sus años en Distun y Aceros de Guatemala?
—Empecé a ordenar muchos procesos.
Me di cuenta de que diferentes áreas utilizaban formularios distintos para hacer prácticamente lo mismo.
Entonces comencé a unificar formatos y procedimientos.
También impulsé la incorporación de computadoras, algo que en 1984 todavía era novedoso.
Promoví abrir durante el mediodía, porque antes la costumbre era cerrar de doce a dos.
Fue una batalla importante.
¿Qué cambios impulsó en la imagen de la empresa?
—Cuando llegué muchas cosas funcionaban de manera diferente.
Tomé el logotipo original creado por mi papá, respeté su tipografía y le incorporé los colores amarillo, rojo y negro.
También desarrollé el eslogan: “Distun, calidad en su construcción”.
Y para Aceros de Guatemala impulsé otro mensaje: “Guatemala construye y progresa con materiales de Aceros de Guatemala”.
¿Cómo surgió ese interés por la publicidad y la imagen corporativa?
—No sé.
No sé dibujar.
Pero siempre he tenido mucha imaginación.
Muchas ideas simplemente llegaban.
Creo que son regalos que el universo le da a uno.
¿Qué otras iniciativas impulsó dentro de la empresa?
—Diseñé uniformes.
Antes la gente llegaba vestida de cualquier forma.
Entonces comenzamos a diferenciar áreas por colores y franjas distintas.
Si alguien trabajaba en hierro, perfilados o laminación, podía identificarse fácilmente.
También trabajé mucho la publicidad y la manera de presentar los productos.
¿Desarrolló proyectos propios mientras trabajaba con su padre?
—Sí.Tuve una imprenta durante 26 años.
Comenzó como un proyecto personal y con el tiempo se convirtió en un negocio importante para mí.
Ahí aprendí muchísimo sobre diseño, impresión y comunicación.
¿Cómo logró crecer la empresa en años tan difíciles para Guatemala?
—Mi papá era muy intuitivo.
Donde los demás veían problemas, él veía oportunidades.
Donde había más miedo, más invertía.
Le gustaba imaginar una nueva máquina, una nueva línea de producción o una nueva planta.
No lo movía el dinero.
Lo movía construir.
¿Qué recuerda de los 40 años que trabajó junto a su padre?
—Todo. Fue mi gran mentor. Aprendí que el nombre es más importante que cualquier negocio. Aprendí honestidad, lealtad, humildad, respeto y disciplina.
Mi papá decía que no pedía favores porque después se los cobraban doble. También creía que cuando todos tenían miedo era cuando había que invertir. Donde otros veían problemas, él veía oportunidades.
¿El dinero era lo más relevante para él?
—No. Lo que le gustaba era construir. Le emocionaba imaginar una nueva máquina, una nueva planta, una nueva línea de producción. Lo económico venía después.
¿Qué ocurrió el 23 de noviembre de 1993?
—Salía de una reunión de junta directiva y cuando iba por la Roosevelt me di cuenta de que un vehículo venía siguiéndome.
Intenté escapar.
Comencé a acelerar y entonces empezaron los disparos.
Recuerdo que llamé a mi secretaria y le dije: “Me están disparando, me están disparando”.
Una bala impactó una llanta y provocó que el carro se incendiara. El vehículo se detuvo y allí me secuestraron.
¿Intentó resistirse?
—Sí. Me escapé una vez del vehículo. Volví a intentar salir, pero me metieron otra vez por la fuerza.
Ahí entendí que tenía que sobrevivir.
¿Cómo afrontó esos días?
—Observando todo.
Siempre he sido curiosa. Comencé a escuchar conversaciones, a prestarle atención a los sonidos, a los horarios, a todo lo que ocurría alrededor.
No quise quedarme paralizada por el miedo.
¿Dónde la mantuvieron cautiva?
—En una casa por el sector de la calzada San Juan, en un cuarto que parecía haber sido de servicio.
La ventana estaba tapada, pero yo trataba de ver cualquier detalle. También observaba por una puerta que tenía pequeñas aberturas.
¿Cómo era el trato de los secuestradores?
—Había hombres y mujeres. Una de ellas estaba embarazada.
Había un hombre al que bauticé como “Panchito el de los cigarros” porque siempre me ofrecía cigarrillos aunque yo no fumaba.
La verdad es que conversaba con ellos.
Entendí que si no podía cambiar la situación, tenía que adaptarme para sobrevivir.
Nunca me quitaron el reloj. Nunca me quitaron mis cadenas. Nunca me quitaron mis cosas personales.
Recuerdo que uno vio mi reloj y me preguntó: “¿Y usted por qué usa un reloj tan gacho?”. Y yo le respondí: “Porque me gusta”.
¿Tuvo miedo?
—Claro.
Uno piensa si volverá a ver a sus hijos. A sus padres. A su familia.
Pero también aprende a convivir con el miedo.
Con los años entendí algo que me acompaña hasta hoy: el miedo es el opuesto del amor.
¿Cómo logró ubicar el lugar donde la tenían?
—Prestando atención a todo.
Escuchaba los buses, escuchaba el silbato de un policía, veía una gasolinera y sabía que cerca había una panadería porque la comida llegaba fresca.
Me fui armando un mapa mental del lugar.
¿Cómo fue la liberación?
—Me dejaron cerca del Periférico.
Llamé a mi hermano Nelson.
Lo curioso es que estaba libre, pero ni siquiera sabía exactamente dónde estaba.
Entré a una tienda para preguntar la dirección y poder avisarle.
Lo que más necesitaba era sentir que todo había terminado.
¿Lo más difícil vino después?
—Sí.
Pocos días después, mi hijo sufrió una caída y fue declarado clínicamente muerto.
Entonces una tragedia se montó sobre otra.
¿Fue la etapa más dura de su vida?
—Sin duda.
Fueron aproximadamente cinco años muy difíciles.
Hubo pérdidas, dolor, preguntas y una enorme búsqueda espiritual.
Hasta la llegada de Santiago, en 1997.
¿Cómo logró levantarse?
—Busqué ayuda.
Tomé terapia.
Participé en talleres.
Leí mucho.
Tuve el privilegio de aprender con Elisabeth Kübler-Ross.
Comprendí algo que nunca olvidé: cuando la voz no expresa, el cuerpo expresa.
Las emociones necesitan salir. Necesitan hablarse. Necesitan entenderse.
¿Fue entonces cuando comenzó a escribir?
—Sí.
La escritura nació como una forma de sobrevivir emocionalmente.
No pensaba en publicar.
No pensaba en libros.
Simplemente necesitaba sacar lo que llevaba dentro.
¿Qué escribía?
—Vivencias, reflexiones, dolores, aprendizajes y preguntas.
Todo lo guardaba en un gran cartapacio que todavía conservo.
¿Cómo nacieron los libros?
—Muchos años después empecé a publicar textos en Publinews.
Una editora leyó varios escritos y me dijo: “Aquí hay material para un libro”.
Así nació el primero de los libros de Jueves con Mayra.
¿Qué ha significado esta nueva etapa?
—Un nuevo comienzo.
Mi vida profesional dentro de la empresa terminó y tuve que aprender a construir otra versión de mí misma.
Seguí con algunos negocios personales, me incorporé a la junta directiva familiar y me dediqué más a escribir y entrevistar personas.
¿Por qué le interesa entrevistar historias de vida?
—Porque me interesan las personas que han sabido levantarse.
Las personas que se han caído y han encontrado la forma de volver a ponerse de pie.
Por eso desarrollé la serie Saber Levantarse.
¿Cómo nació ese proyecto?
—Porque me di cuenta de que hay historias que merecen ser contadas.
Historias de personas que han atravesado situaciones muy difíciles y han logrado reconstruir su vida.
Creo que esas experiencias pueden ayudar a otras personas.
¿Qué busca en las entrevistas que realiza?
—No busco únicamente personas exitosas.
Busco personas que hayan enfrentado dificultades y hayan encontrado la manera de seguir adelante.
Me interesa entender cómo lograron levantarse.
¿Hay alguna historia que la haya impactado especialmente?
—Sí, la de Leo Velásquez.
Era campeón de karate y a los 17 años tuvo un accidente en motocicleta.
Perdió una pierna.
Intentó quitarse la vida dos veces.
Y después logró reconstruirse.
Hoy es atleta paralímpico, campeón de lanzamiento de disco y profesor de karate.
Es una historia muy inspiradora.
¿Qué otras entrevistas recuerda con especial cariño?
—Entrevisté a Gina Montaner.
Su padre, Carlos Alberto Montaner, tomó la decisión de recurrir a la eutanasia cuando su enfermedad avanzó.
Ella escribió un libro titulado Deséenme un buen viaje.
Fue una entrevista muy especial.
¿A quién le gustaría entrevistar actualmente?
—Me gustaría entrevistar al doctor Julián Hernández.
Me gusta mucho cómo explica la relación entre las emociones y el cuerpo.
También me gustaría entrevistar al psicoanalista Gabriel Rolón.
Su historia de vida es extraordinaria.
Y ahora que viene a Guatemala, me gustaría entrevistar a Kany García, porque trabaja mucho con mujeres que enfrentan cáncer.
¿Qué tienen en común las personas que le interesan entrevistar?
—Que han enfrentado situaciones difíciles y han encontrado una manera de seguir adelante.
Eso es lo que me interesa.
Cómo una persona logra levantarse después de una pérdida, una enfermedad, un accidente o una crisis.
¿Qué ha descubierto al escuchar tantas historias de vida?
—Que todos tenemos luchas.
Que nadie está exento del dolor.
Y que siempre existe la posibilidad de levantarse.
Después de 70 años, ¿qué le ha enseñado la vida?
—Primero, que Dios debe ocupar el primer lugar.
Después sigo yo.
Porque no puedo dar lo que no tengo.
¿Qué más?
—La coherencia.
Ser coherente con lo que pienso, lo que siento, lo que digo y lo que hago.
Eso ha sido fundamental en mi vida.
¿Cómo ve hoy la vida?
—Sin expectativas.
Las expectativas generan frustraciones.
El presente es lo único que realmente tenemos.
¿Qué significa para usted la humildad?
—No tiene que ver con el dinero.
Tiene que ver con cómo tratamos a las personas.
En Francia me dijeron una frase que nunca olvidé: “Desviste a las personas con su mente y todos somos iguales”.
Eso es verdad.
Hoy alguien puede estar arriba.
Mañana abajo.
Y después volver a levantarse.
¿Qué le gustaría que quedara de usted?
—No los negocios.
No los cargos.
No los reconocimientos.
Me gustaría que quedara el ejemplo.
Que se recordara que fui coherente.
Que cumplí mi palabra.
Que intenté ayudar.
Que traté bien a las personas.
Porque al final, lo único que permanece es la huella que dejamos en los demás.
Mayra Gabriel: “El presente es lo único que usted tiene”
Empresaria y escritora guatemalteca, convirtió un secuestro, pérdidas familiares y 40 años en la industria en lecciones de vida.
Hija de una familia de origen palestino que ayudó a construir parte de la historia comercial e industrial de Guatemala, Mayra Gabriel ha vivido varias vidas en una sola. Empresaria durante cuatro décadas, impulsora de la imagen corporativa de Distun y Aceros de Guatemala, sobreviviente de un secuestro, madre golpeada por la pérdida de sus hijos y escritora por vocación nacida del dolor, ha convertido las pruebas más difíciles de su existencia en lecciones de vida.
En esta conversación, reconstruye la historia de sus ancestros, recuerda el legado de su padre José Luis Gabriel y reflexiona sobre lo que ha aprendido después de siete décadas de vida.
¿De dónde vienen los Gabriel y cómo llegaron a Guatemala?
—La familia Gabriel llega a Guatemala a finales de 1800 procedente de Belén, Palestina. Mis abuelos paternos fueron los primeros en venir y se casaron aquí en Guatemala en 1902.
El apellido original era Jabrie. Mi abuelo decidió cambiarlo a Gabriel porque era más fácil de pronunciar. Siempre me ha gustado investigar. Incluso viajé a Belén para conocer más sobre nuestra historia y reconstruir parte de nuestros orígenes.
¿Qué ha descubierto sobre esos orígenes?
—Encontré muchos apellidos conocidos, como Abularach y David, pero no he logrado identificar exactamente de cuál de los siete clanes provenía nuestra familia. También descubrí que algunos ancestros eran italianos y que durante la época de las Cruzadas llegaron a Belén como traductores. Todavía sigo investigando esa parte.
¿Por qué emigraron sus abuelos?
—Como muchos inmigrantes de aquella época, vinieron buscando oportunidades. Se hablaba mucho de América, del comercio y del café. Los viajes eran larguísimos. Venían en barco hasta Nueva York y luego seguían hacia Centroamérica.
Mi abuela tenía 15 años cuando se casó y mi abuelo 21. Fue un matrimonio arreglado por las familias.
¿Qué hicieron al llegar a Guatemala?
—Pasaron un tiempo en Quetzaltenango y luego se trasladaron a la capital. Mi abuelo fundó El Tirador, que durante décadas fue un almacén muy conocido. El símbolo era un personaje árabe con un rifle; de ahí el nombre. Mis abuelos tuvieron once hijos. Mi papá fue el octavo.
¿Quién fue José Luis Gabriel?
—Mi papá era un hombre muy reservado, de pocos amigos, extremadamente cuidadoso con su palabra y con su nombre. Era honesto, trabajador y soñador. No vivía para acumular dinero. Vivía para construir.
¿Qué episodios marcaron la vida de su padre?
—La familia sufrió tragedias muy fuertes. En 1935 asesinaron a su hermano mayor, Abraham Gabriel. Mi abuelo nunca superó esa pérdida y murió dos años después.
Luego, en 1945, mi papá tuvo un accidente muy grave en motocicleta. Pasó un año en cama, estuvo a punto de perder una pierna y recibió tratamiento en Estados Unidos, pero logró recuperarse.
¿Cómo nació la empresa familiar?
—Mi papá sintió que dentro de El Tirador no podía desarrollar sus ideas. Entonces se independizó y en 1953 fundó Distribuidora Universal, que después sería Distun.
Comenzó vendiendo productos de consumo rápido, pero más adelante descubrió el mercado de los clavos y el alambre espigado. Ahí empezó todo.
¿Qué enseñanza empresarial le dejó?
—Una vez unos empresarios alemanes lo citaron para una reunión. Llegó antes de la hora acordada y uno de ellos le dijo: “Lo felicito por su puntualidad, señor Gabriel, porque quien menosprecia el tiempo de los demás no se valora a sí mismo”.
Nunca olvidó esa frase. La puntualidad se volvió una ley para él.
¿Cómo fue su formación académica?
—Soy licenciada en Administración de Empresas por la Universidad Francisco Marroquín. Me gradué en 1981.
Después me fui a Francia, a la Universidad de Burdeos, donde estudié Psicología del Trabajo.
Regresé a Guatemala en diciembre de 1983.
¿Cómo fue su experiencia en Francia?
—Yo estaba muy feliz allá.
Trabajé en una tienda llamada Conforama y me gustaba mucho la experiencia. Incluso pensé seriamente en quedarme.
Mi hermano Nelson insistía en que regresara a Guatemala. Yo decía que si pasaba Navidad y seguía allá ya no regresaba.
Pero finalmente regresé.
¿Cuándo comenzó a trabajar formalmente en la empresa familiar?
—Cuando regresé de Francia, me incorporé formalmente a la empresa.
Primero trabajé en ventas. Siempre me gustaron las ventas.
En el colegio decían que yo era capaz de venderle cualquier cosa a mi mamá.
Después empecé a involucrarme en publicidad, imagen corporativa y organización.
¿Qué hizo durante sus años en Distun y Aceros de Guatemala?
—Empecé a ordenar muchos procesos.
Me di cuenta de que diferentes áreas utilizaban formularios distintos para hacer prácticamente lo mismo.
Entonces comencé a unificar formatos y procedimientos.
También impulsé la incorporación de computadoras, algo que en 1984 todavía era novedoso.
Promoví abrir durante el mediodía, porque antes la costumbre era cerrar de doce a dos.
Fue una batalla importante.
¿Qué cambios impulsó en la imagen de la empresa?
—Cuando llegué muchas cosas funcionaban de manera diferente.
Tomé el logotipo original creado por mi papá, respeté su tipografía y le incorporé los colores amarillo, rojo y negro.
También desarrollé el eslogan: “Distun, calidad en su construcción”.
Y para Aceros de Guatemala impulsé otro mensaje: “Guatemala construye y progresa con materiales de Aceros de Guatemala”.
¿Cómo surgió ese interés por la publicidad y la imagen corporativa?
—No sé.
No sé dibujar.
Pero siempre he tenido mucha imaginación.
Muchas ideas simplemente llegaban.
Creo que son regalos que el universo le da a uno.
¿Qué otras iniciativas impulsó dentro de la empresa?
—Diseñé uniformes.
Antes la gente llegaba vestida de cualquier forma.
Entonces comenzamos a diferenciar áreas por colores y franjas distintas.
Si alguien trabajaba en hierro, perfilados o laminación, podía identificarse fácilmente.
También trabajé mucho la publicidad y la manera de presentar los productos.
¿Desarrolló proyectos propios mientras trabajaba con su padre?
—Sí.Tuve una imprenta durante 26 años.
Comenzó como un proyecto personal y con el tiempo se convirtió en un negocio importante para mí.
Ahí aprendí muchísimo sobre diseño, impresión y comunicación.
¿Cómo logró crecer la empresa en años tan difíciles para Guatemala?
—Mi papá era muy intuitivo.
Donde los demás veían problemas, él veía oportunidades.
Donde había más miedo, más invertía.
Le gustaba imaginar una nueva máquina, una nueva línea de producción o una nueva planta.
No lo movía el dinero.
Lo movía construir.
¿Qué recuerda de los 40 años que trabajó junto a su padre?
—Todo. Fue mi gran mentor. Aprendí que el nombre es más importante que cualquier negocio. Aprendí honestidad, lealtad, humildad, respeto y disciplina.
Mi papá decía que no pedía favores porque después se los cobraban doble. También creía que cuando todos tenían miedo era cuando había que invertir. Donde otros veían problemas, él veía oportunidades.
¿El dinero era lo más relevante para él?
—No. Lo que le gustaba era construir. Le emocionaba imaginar una nueva máquina, una nueva planta, una nueva línea de producción. Lo económico venía después.
¿Qué ocurrió el 23 de noviembre de 1993?
—Salía de una reunión de junta directiva y cuando iba por la Roosevelt me di cuenta de que un vehículo venía siguiéndome.
Intenté escapar.
Comencé a acelerar y entonces empezaron los disparos.
Recuerdo que llamé a mi secretaria y le dije: “Me están disparando, me están disparando”.
Una bala impactó una llanta y provocó que el carro se incendiara. El vehículo se detuvo y allí me secuestraron.
¿Intentó resistirse?
—Sí. Me escapé una vez del vehículo. Volví a intentar salir, pero me metieron otra vez por la fuerza.
Ahí entendí que tenía que sobrevivir.
¿Cómo afrontó esos días?
—Observando todo.
Siempre he sido curiosa. Comencé a escuchar conversaciones, a prestarle atención a los sonidos, a los horarios, a todo lo que ocurría alrededor.
No quise quedarme paralizada por el miedo.
¿Dónde la mantuvieron cautiva?
—En una casa por el sector de la calzada San Juan, en un cuarto que parecía haber sido de servicio.
La ventana estaba tapada, pero yo trataba de ver cualquier detalle. También observaba por una puerta que tenía pequeñas aberturas.
¿Cómo era el trato de los secuestradores?
—Había hombres y mujeres. Una de ellas estaba embarazada.
Había un hombre al que bauticé como “Panchito el de los cigarros” porque siempre me ofrecía cigarrillos aunque yo no fumaba.
La verdad es que conversaba con ellos.
Entendí que si no podía cambiar la situación, tenía que adaptarme para sobrevivir.
Nunca me quitaron el reloj. Nunca me quitaron mis cadenas. Nunca me quitaron mis cosas personales.
Recuerdo que uno vio mi reloj y me preguntó: “¿Y usted por qué usa un reloj tan gacho?”. Y yo le respondí: “Porque me gusta”.
¿Tuvo miedo?
—Claro.
Uno piensa si volverá a ver a sus hijos. A sus padres. A su familia.
Pero también aprende a convivir con el miedo.
Con los años entendí algo que me acompaña hasta hoy: el miedo es el opuesto del amor.
¿Cómo logró ubicar el lugar donde la tenían?
—Prestando atención a todo.
Escuchaba los buses, escuchaba el silbato de un policía, veía una gasolinera y sabía que cerca había una panadería porque la comida llegaba fresca.
Me fui armando un mapa mental del lugar.
¿Cómo fue la liberación?
—Me dejaron cerca del Periférico.
Llamé a mi hermano Nelson.
Lo curioso es que estaba libre, pero ni siquiera sabía exactamente dónde estaba.
Entré a una tienda para preguntar la dirección y poder avisarle.
Lo que más necesitaba era sentir que todo había terminado.
¿Lo más difícil vino después?
—Sí.
Pocos días después, mi hijo sufrió una caída y fue declarado clínicamente muerto.
Entonces una tragedia se montó sobre otra.
¿Fue la etapa más dura de su vida?
—Sin duda.
Fueron aproximadamente cinco años muy difíciles.
Hubo pérdidas, dolor, preguntas y una enorme búsqueda espiritual.
Hasta la llegada de Santiago, en 1997.
¿Cómo logró levantarse?
—Busqué ayuda.
Tomé terapia.
Participé en talleres.
Leí mucho.
Tuve el privilegio de aprender con Elisabeth Kübler-Ross.
Comprendí algo que nunca olvidé: cuando la voz no expresa, el cuerpo expresa.
Las emociones necesitan salir. Necesitan hablarse. Necesitan entenderse.
¿Fue entonces cuando comenzó a escribir?
—Sí.
La escritura nació como una forma de sobrevivir emocionalmente.
No pensaba en publicar.
No pensaba en libros.
Simplemente necesitaba sacar lo que llevaba dentro.
¿Qué escribía?
—Vivencias, reflexiones, dolores, aprendizajes y preguntas.
Todo lo guardaba en un gran cartapacio que todavía conservo.
¿Cómo nacieron los libros?
—Muchos años después empecé a publicar textos en Publinews.
Una editora leyó varios escritos y me dijo: “Aquí hay material para un libro”.
Así nació el primero de los libros de Jueves con Mayra.
¿Qué ha significado esta nueva etapa?
—Un nuevo comienzo.
Mi vida profesional dentro de la empresa terminó y tuve que aprender a construir otra versión de mí misma.
Seguí con algunos negocios personales, me incorporé a la junta directiva familiar y me dediqué más a escribir y entrevistar personas.
¿Por qué le interesa entrevistar historias de vida?
—Porque me interesan las personas que han sabido levantarse.
Las personas que se han caído y han encontrado la forma de volver a ponerse de pie.
Por eso desarrollé la serie Saber Levantarse.
¿Cómo nació ese proyecto?
—Porque me di cuenta de que hay historias que merecen ser contadas.
Historias de personas que han atravesado situaciones muy difíciles y han logrado reconstruir su vida.
Creo que esas experiencias pueden ayudar a otras personas.
¿Qué busca en las entrevistas que realiza?
—No busco únicamente personas exitosas.
Busco personas que hayan enfrentado dificultades y hayan encontrado la manera de seguir adelante.
Me interesa entender cómo lograron levantarse.
¿Hay alguna historia que la haya impactado especialmente?
—Sí, la de Leo Velásquez.
Era campeón de karate y a los 17 años tuvo un accidente en motocicleta.
Perdió una pierna.
Intentó quitarse la vida dos veces.
Y después logró reconstruirse.
Hoy es atleta paralímpico, campeón de lanzamiento de disco y profesor de karate.
Es una historia muy inspiradora.
¿Qué otras entrevistas recuerda con especial cariño?
—Entrevisté a Gina Montaner.
Su padre, Carlos Alberto Montaner, tomó la decisión de recurrir a la eutanasia cuando su enfermedad avanzó.
Ella escribió un libro titulado Deséenme un buen viaje.
Fue una entrevista muy especial.
¿A quién le gustaría entrevistar actualmente?
—Me gustaría entrevistar al doctor Julián Hernández.
Me gusta mucho cómo explica la relación entre las emociones y el cuerpo.
También me gustaría entrevistar al psicoanalista Gabriel Rolón.
Su historia de vida es extraordinaria.
Y ahora que viene a Guatemala, me gustaría entrevistar a Kany García, porque trabaja mucho con mujeres que enfrentan cáncer.
¿Qué tienen en común las personas que le interesan entrevistar?
—Que han enfrentado situaciones difíciles y han encontrado una manera de seguir adelante.
Eso es lo que me interesa.
Cómo una persona logra levantarse después de una pérdida, una enfermedad, un accidente o una crisis.
¿Qué ha descubierto al escuchar tantas historias de vida?
—Que todos tenemos luchas.
Que nadie está exento del dolor.
Y que siempre existe la posibilidad de levantarse.
Después de 70 años, ¿qué le ha enseñado la vida?
—Primero, que Dios debe ocupar el primer lugar.
Después sigo yo.
Porque no puedo dar lo que no tengo.
¿Qué más?
—La coherencia.
Ser coherente con lo que pienso, lo que siento, lo que digo y lo que hago.
Eso ha sido fundamental en mi vida.
¿Cómo ve hoy la vida?
—Sin expectativas.
Las expectativas generan frustraciones.
El presente es lo único que realmente tenemos.
¿Qué significa para usted la humildad?
—No tiene que ver con el dinero.
Tiene que ver con cómo tratamos a las personas.
En Francia me dijeron una frase que nunca olvidé: “Desviste a las personas con su mente y todos somos iguales”.
Eso es verdad.
Hoy alguien puede estar arriba.
Mañana abajo.
Y después volver a levantarse.
¿Qué le gustaría que quedara de usted?
—No los negocios.
No los cargos.
No los reconocimientos.
Me gustaría que quedara el ejemplo.
Que se recordara que fui coherente.
Que cumplí mi palabra.
Que intenté ayudar.
Que traté bien a las personas.
Porque al final, lo único que permanece es la huella que dejamos en los demás.
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