María Mendoza habla con serenidad, pero su historia está hecha de pruebas que han exigido todo de ella: su fe, su fortaleza emocional y su convicción de que el amor —incluso cuando duele— siempre vale la pena. Tiene 39 años, una formación académica sólida en Relaciones Internacionales y Ciencias Políticas, y una carrera en comunicación e incidencia. Pero nada de eso define del todo quién es. Cuando se le pregunta, responde con una claridad que marca el tono de todo su testimonio:
“Soy hija de Dios… amo a Dios con todo mi corazón”.
Ese hilo conductor —una fe profunda— atraviesa toda su vida y se vuelve particularmente visible en los momentos de mayor oscuridad. Su historia no es lineal, no es cómoda, pero sí es profundamente inspiradora.
Desde niña, María creció en una familia donde el vínculo no era negociable. Seis hermanos, almuerzos todos los sábados, una tradición heredada de sus abuelos que se convirtió en una constante emocional. “Nosotros nos juntamos todas las semanas, no hay excusas”, cuenta. Aquellos encuentros familiares no eran solo reuniones; eran espacios donde se fortalecía el sentido de pertenencia y apoyo mutuo.
En esa misma dinámica también se cultivó su sensibilidad social. Su madre participaba en voluntariados, y ella, siendo niña, la acompañaba. Preparaban alimentos, atendían a personas privadas de libertad, organizaban actividades para familias necesitadas. “Siempre crecí con la enseñanza de ayudar al que lo necesita”, recuerda. Esa educación no fue teórica: fue vivida, practicada, interiorizada.
Y quizás por eso, desde pequeña, María tenía claro algo poco común: quería adoptar.
“No era que no quisiera tener hijos biológicos, siempre pensé que podía hacer las dos cosas, pero yo decía: voy a adoptar”, afirma. Ese deseo no era impulsivo; era una convicción arraigada en su manera de entender el amor.
Con los años, la vida tomó giros distintos a los que imaginó. No se casó, pero la idea de formar una familia no desapareció. Al contrario, fue tomando una forma más definida. Alrededor de los 30 años, decidió dar un paso adelante. No hacia la adopción directa, sino hacia algo que desconocía: el acogimiento temporal.
En plena pandemia recibió una invitación a una charla sobre este tipo de cuidado. Lo que escuchó cambió todo.
“Fue una certeza tan profunda que yo sabía que tenía que estar ahí”, dice. No lo describe como una decisión racional, sino como un llamado. Y lo siguió.
El proceso fue largo, burocrático, exigente. Evaluaciones psicológicas, sociales, pruebas, documentación. Pero finalmente fue aprobada. Su casa estaba lista. Y entonces vino la llamada.
Recuerda claramente ese momento: estaba en casa, con un cuarto que había pensado para un futuro niño, pero que en ese momento era oficina. “Dije que sí… pero también pensé: no estoy lista”, admite.
Ese contraste —la decisión y el miedo— sería una constante.
Los primeros intentos no se concretaron. Un niño asignado que nunca llegó, una audiencia a la que no pudo asistir a tiempo. Pero finalmente, llegó una niña de tres años. Luego, un bebé de apenas meses de edad. Y con ellos, empezó a gestarse una familia.
Lo que María encontró en esos niños transformó su vida: vínculos profundos, aprendizajes diarios, desafíos inesperados. “Los niños llegan sin historia clara, sin identidad a veces, con necesidades profundas… uno aprende a amar sin condiciones”, reflexiona.
Sin embargo, el sistema en el que se mueve no siempre acompaña esa lógica del amor.
Uno de los episodios más duros de su vida ocurrió cuando, después de años de convivencia, un juez ordenó retirar a uno de los niños que estaba con ella y enviarlo a una institución. No hubo despedida. No hubo proceso para el niño.
“Se lo llevaron como si lo estuvieran secuestrando… yo no pude ni decirle adiós”, cuenta.
Ese momento fue devastador. No solo por el vínculo roto, sino por la sensación de injusticia.
Y todo esto ocurrió en paralelo a otro golpe: el diagnóstico de cáncer.
Fue entonces cuando el peso de todo se hizo casi insoportable. Las pérdidas se acumulaban: la muerte de una mascota profundamente querida, la despedida de un niño que regresó con su familia biológica, la enfermedad, y ahora la pérdida forzada de otro hijo en acogimiento.
En medio de ese dolor, María recuerda un instante clave:
“Yo estaba de rodillas… y le dije: ‘Le dije a Dios: Ya no puedo seguir perdiendo más’”.
No fue una frase ligera. Fue un grito desde el fondo.
En ese punto, muchos habrían renunciado. Pero para María, ese momento marcó un giro distinto. No hacia la resignación, sino hacia la entrega total.
“Empecé a entregarle todo a Dios: mi salud, mis hijos, mis miedos. Le dije: aquí estoy, úsame”, cuenta.
Y desde ahí, comenzó la reconstrucción.
Decidió no quedarse en el dolor. Decidió actuar. Presentó un amparo legal para recuperar al niño. Contra todo pronóstico, lo logró en apenas 15 días.
Pero el daño ya estaba hecho.
El niño regresó cambiado: más irritable, confundido, con retrocesos en su desarrollo.
“Nos tomó a todos superar ese trauma”, dice.
Y, sin embargo, ese mismo episodio fue el detonante de algo más grande. María entendió que no era solo su caso. Que lo que le había ocurrido a su familia le pasaba a muchos niños más.
Entonces llevó la lucha a otro nivel: presentó una acción de inconstitucionalidad contra el reglamento que limitaba el acogimiento y prohibía a estas familias adoptar.
“Estamos hablando de niños, no de números”, insiste.
La Corte de Constitucionalidad le dio la razón. El fallo representó una victoria no solo personal, sino estructural. Pero la lucha no termina ahí.
“Todavía falta que se aplique”, señala.
A lo largo del proceso, su fe volvió a ser el sostén central. Incluso en los momentos de mayor incertidumbre.
“Yo tenía una paz que no puedo explicar… sabía que Dios me lo iba a regresar”, dice sobre el amparo.
Esa convicción no fue ingenua; estaba forjada en el dolor.
Porque María también reconoce que hubo momentos de quiebre real. “Sí, totalmente… hubo momentos de abatimiento”, admite. Y vuelve a esa frase que resume su momento más frágil: “Le dije a Dios: Ya no puedo seguir perdiendo más”.
Pero lo que la diferencia es lo que hizo después de decirlo.
No se quedó ahí.
Se levantó.
Siguió.
Luchó.
Y lo hizo acompañada. Su familia —esa que se reúne cada sábado— fue clave. Hermanos, primos, amigos: todos se involucraron. La acompañaron a quimioterapias, cuidaron a sus hijos, sostuvieron su rutina cuando ella no podía.
“Fue una red de amor impresionante”, afirma.
Sus hijos también fueron testigos de todo. Han visto sus lágrimas, han vivido las despedidas, han entendido —a su manera— el dolor.
“Mi hija lo lloró conmigo”, dice.
Pero también han aprendido algo más: que vale la pena luchar por lo correcto.
“Siempre le dije: te voy a demostrar que las cosas se deben hacer bien”, recuerda.
Hoy, María mira hacia adelante con esperanza. Tiene a dos niños bajo su cuidado, uno de ellos ya de forma permanente. El tercero regresó con su familia biológica, y aunque eso implicó otra despedida, lo asume con paz.
“Para eso soy familia de acogimiento… para ayudar también a que otras familias puedan salir adelante”, dice.
Su sueño no termina ahí. Quiere seguir acogiendo niños, quiere incidir en el sistema, incluso ha pensado en crear un hogar con un enfoque distinto: uno que priorice la familia sobre la institucionalización.
Pero, sobre todo, sueña con sus hijos.
“Los veo felices, realizados, con sus propias familias… aportando al país”, dice.
Su visión no está centrada en ella, sino en ellos. En su bienestar, en su futuro.
Y en cada palabra hay una coherencia profunda con lo que ha vivido.
Porque María no habla desde la teoría. Habla desde la experiencia. Desde la pérdida. Desde la fe. Desde haber tocado fondo y haber encontrado, allí mismo, una razón para seguir.
Una razón que se resume en esa frase que marcó su vida —no como derrota, sino como punto de partida—:
“Le dije a Dios: Ya no puedo seguir perdiendo más”.
Y, sin embargo, en lugar de dejar de perder, aprendió a transformar cada pérdida en propósito.
María Mendoza habla con serenidad, pero su historia está hecha de pruebas que han exigido todo de ella: su fe, su fortaleza emocional y su convicción de que el amor —incluso cuando duele— siempre vale la pena. Tiene 39 años, una formación académica sólida en Relaciones Internacionales y Ciencias Políticas, y una carrera en comunicación e incidencia. Pero nada de eso define del todo quién es. Cuando se le pregunta, responde con una claridad que marca el tono de todo su testimonio:
“Soy hija de Dios… amo a Dios con todo mi corazón”.
Ese hilo conductor —una fe profunda— atraviesa toda su vida y se vuelve particularmente visible en los momentos de mayor oscuridad. Su historia no es lineal, no es cómoda, pero sí es profundamente inspiradora.
Desde niña, María creció en una familia donde el vínculo no era negociable. Seis hermanos, almuerzos todos los sábados, una tradición heredada de sus abuelos que se convirtió en una constante emocional. “Nosotros nos juntamos todas las semanas, no hay excusas”, cuenta. Aquellos encuentros familiares no eran solo reuniones; eran espacios donde se fortalecía el sentido de pertenencia y apoyo mutuo.
En esa misma dinámica también se cultivó su sensibilidad social. Su madre participaba en voluntariados, y ella, siendo niña, la acompañaba. Preparaban alimentos, atendían a personas privadas de libertad, organizaban actividades para familias necesitadas. “Siempre crecí con la enseñanza de ayudar al que lo necesita”, recuerda. Esa educación no fue teórica: fue vivida, practicada, interiorizada.
Y quizás por eso, desde pequeña, María tenía claro algo poco común: quería adoptar.
“No era que no quisiera tener hijos biológicos, siempre pensé que podía hacer las dos cosas, pero yo decía: voy a adoptar”, afirma. Ese deseo no era impulsivo; era una convicción arraigada en su manera de entender el amor.
Con los años, la vida tomó giros distintos a los que imaginó. No se casó, pero la idea de formar una familia no desapareció. Al contrario, fue tomando una forma más definida. Alrededor de los 30 años, decidió dar un paso adelante. No hacia la adopción directa, sino hacia algo que desconocía: el acogimiento temporal.
En plena pandemia recibió una invitación a una charla sobre este tipo de cuidado. Lo que escuchó cambió todo.
“Fue una certeza tan profunda que yo sabía que tenía que estar ahí”, dice. No lo describe como una decisión racional, sino como un llamado. Y lo siguió.
El proceso fue largo, burocrático, exigente. Evaluaciones psicológicas, sociales, pruebas, documentación. Pero finalmente fue aprobada. Su casa estaba lista. Y entonces vino la llamada.
Recuerda claramente ese momento: estaba en casa, con un cuarto que había pensado para un futuro niño, pero que en ese momento era oficina. “Dije que sí… pero también pensé: no estoy lista”, admite.
Ese contraste —la decisión y el miedo— sería una constante.
Los primeros intentos no se concretaron. Un niño asignado que nunca llegó, una audiencia a la que no pudo asistir a tiempo. Pero finalmente, llegó una niña de tres años. Luego, un bebé de apenas meses de edad. Y con ellos, empezó a gestarse una familia.
Lo que María encontró en esos niños transformó su vida: vínculos profundos, aprendizajes diarios, desafíos inesperados. “Los niños llegan sin historia clara, sin identidad a veces, con necesidades profundas… uno aprende a amar sin condiciones”, reflexiona.
Sin embargo, el sistema en el que se mueve no siempre acompaña esa lógica del amor.
Uno de los episodios más duros de su vida ocurrió cuando, después de años de convivencia, un juez ordenó retirar a uno de los niños que estaba con ella y enviarlo a una institución. No hubo despedida. No hubo proceso para el niño.
“Se lo llevaron como si lo estuvieran secuestrando… yo no pude ni decirle adiós”, cuenta.
Ese momento fue devastador. No solo por el vínculo roto, sino por la sensación de injusticia.
Y todo esto ocurrió en paralelo a otro golpe: el diagnóstico de cáncer.
Fue entonces cuando el peso de todo se hizo casi insoportable. Las pérdidas se acumulaban: la muerte de una mascota profundamente querida, la despedida de un niño que regresó con su familia biológica, la enfermedad, y ahora la pérdida forzada de otro hijo en acogimiento.
En medio de ese dolor, María recuerda un instante clave:
“Yo estaba de rodillas… y le dije: ‘Le dije a Dios: Ya no puedo seguir perdiendo más’”.
No fue una frase ligera. Fue un grito desde el fondo.
En ese punto, muchos habrían renunciado. Pero para María, ese momento marcó un giro distinto. No hacia la resignación, sino hacia la entrega total.
“Empecé a entregarle todo a Dios: mi salud, mis hijos, mis miedos. Le dije: aquí estoy, úsame”, cuenta.
Y desde ahí, comenzó la reconstrucción.
Decidió no quedarse en el dolor. Decidió actuar. Presentó un amparo legal para recuperar al niño. Contra todo pronóstico, lo logró en apenas 15 días.
Pero el daño ya estaba hecho.
El niño regresó cambiado: más irritable, confundido, con retrocesos en su desarrollo.
“Nos tomó a todos superar ese trauma”, dice.
Y, sin embargo, ese mismo episodio fue el detonante de algo más grande. María entendió que no era solo su caso. Que lo que le había ocurrido a su familia le pasaba a muchos niños más.
Entonces llevó la lucha a otro nivel: presentó una acción de inconstitucionalidad contra el reglamento que limitaba el acogimiento y prohibía a estas familias adoptar.
“Estamos hablando de niños, no de números”, insiste.
La Corte de Constitucionalidad le dio la razón. El fallo representó una victoria no solo personal, sino estructural. Pero la lucha no termina ahí.
“Todavía falta que se aplique”, señala.
A lo largo del proceso, su fe volvió a ser el sostén central. Incluso en los momentos de mayor incertidumbre.
“Yo tenía una paz que no puedo explicar… sabía que Dios me lo iba a regresar”, dice sobre el amparo.
Esa convicción no fue ingenua; estaba forjada en el dolor.
Porque María también reconoce que hubo momentos de quiebre real. “Sí, totalmente… hubo momentos de abatimiento”, admite. Y vuelve a esa frase que resume su momento más frágil: “Le dije a Dios: Ya no puedo seguir perdiendo más”.
Pero lo que la diferencia es lo que hizo después de decirlo.
No se quedó ahí.
Se levantó.
Siguió.
Luchó.
Y lo hizo acompañada. Su familia —esa que se reúne cada sábado— fue clave. Hermanos, primos, amigos: todos se involucraron. La acompañaron a quimioterapias, cuidaron a sus hijos, sostuvieron su rutina cuando ella no podía.
“Fue una red de amor impresionante”, afirma.
Sus hijos también fueron testigos de todo. Han visto sus lágrimas, han vivido las despedidas, han entendido —a su manera— el dolor.
“Mi hija lo lloró conmigo”, dice.
Pero también han aprendido algo más: que vale la pena luchar por lo correcto.
“Siempre le dije: te voy a demostrar que las cosas se deben hacer bien”, recuerda.
Hoy, María mira hacia adelante con esperanza. Tiene a dos niños bajo su cuidado, uno de ellos ya de forma permanente. El tercero regresó con su familia biológica, y aunque eso implicó otra despedida, lo asume con paz.
“Para eso soy familia de acogimiento… para ayudar también a que otras familias puedan salir adelante”, dice.
Su sueño no termina ahí. Quiere seguir acogiendo niños, quiere incidir en el sistema, incluso ha pensado en crear un hogar con un enfoque distinto: uno que priorice la familia sobre la institucionalización.
Pero, sobre todo, sueña con sus hijos.
“Los veo felices, realizados, con sus propias familias… aportando al país”, dice.
Su visión no está centrada en ella, sino en ellos. En su bienestar, en su futuro.
Y en cada palabra hay una coherencia profunda con lo que ha vivido.
Porque María no habla desde la teoría. Habla desde la experiencia. Desde la pérdida. Desde la fe. Desde haber tocado fondo y haber encontrado, allí mismo, una razón para seguir.
Una razón que se resume en esa frase que marcó su vida —no como derrota, sino como punto de partida—:
“Le dije a Dios: Ya no puedo seguir perdiendo más”.
Y, sin embargo, en lugar de dejar de perder, aprendió a transformar cada pérdida en propósito.
EL TIPO DE CAMBIO DE HOY ES DE: