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Aurelia Tot: "Nunca acepté que debía parecerme a otros para avanzar"

Aurelia Tot. Foto: Luis Enrique González
Luis Gonzalez
05 de julio, 2026

En las comunidades rurales de Guatemala abundan las historias de esfuerzo silencioso, pero pocas reúnen tantos desafíos y tantas victorias como la de Aurelia Tot Mass, quien a sus 60 años continúa siendo un referente de superación y liderazgo. Mujer indígena q’eqchi’ y poqomchi’, nacida en Purulhá, Baja Verapaz, hija de una familia humilde y criada en una época en que para muchas mujeres el destino parecía escrito de antemano, Aurelia decidió abrirse camino contra las limitaciones económicas, los prejuicios de género y las adversidades familiares.

Su historia atraviesa la pobreza, la lucha por estudiar cuando su propio padre creía que las mujeres debían limitarse al hogar, el apoyo fundamental de una madre visionaria que la impulsó a seguir adelante, un embarazo que interrumpió sus estudios, años de trabajo doméstico en la capital, y la crianza de sus hijos.

Además, el cuidado de sus padres durante sus enfermedades, una extensa trayectoria en organizaciones de desarrollo y una permanente búsqueda de conocimiento que la llevó a obtener títulos universitarios y varios estudios de posgrado.

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Desde las montañas que la vieron nacer hasta los espacios nacionales e internacionales donde hoy es reconocida por su trabajo, Aurelia habla con serenidad de las caídas y los logros. Lo hace sin rencor, con orgullo por sus raíces y con la convicción de que cada persona es responsable de construir su propio destino.

Aurelia, comencemos por usted. ¿Cuál es su nombre completo y qué sabe sobre el origen de su nombre?

—Mi nombre es Aurelia Tot Maas. Durante muchos años no sabía exactamente qué significaba mi nombre. Lo único que sabía era que mi papá lo había escogido. Yo nací el 25 de diciembre y lo común era que me llamaran Natividad o algún nombre relacionado con esa fecha, pero mi papá decía que eso era muy común. Él buscó durante mucho tiempo un nombre que no fuera frecuente y decidió ponerme Aurelia.

Ahora que conozco su significado, me gusta mucho. Está relacionado con el oro, con la luz y el resplandor. Cuando escuché todo eso pensé: “Mire que sí sabía mi papá qué hacer”.

Además, yo siempre he relacionado mi vida con la cosmovisión maya. Mi nahual es No’j, que representa el pensamiento, las ideas y el liderazgo. De alguna manera siento que eso también ha marcado mi camino.

¿Dónde nació y cuáles son sus raíces?

—Nací en el municipio de Purulhá, Baja Verapaz, en el barrio El Carpintero. Mis padres fueron don Isabel Tot Chuc y doña Carmen Maas, quienes ya fallecieron. Mi papá era q’eqchi’ y mi mamá poqomchi’. Gracias a ellos crecí escuchando ambos idiomas y aprendiendo el valor de nuestras raíces.

Por parte de mi mamá había una historia muy interesante. Ella siempre nos contó que existía ascendencia alemana en la familia, aunque nunca hubo un reconocimiento formal. Conocí a mi tatarabuelo, don Francisco Pop, un hombre muy conocido en aquella época, propietario de tierras y con una presencia que imponía respeto. Sin embargo, la historia nunca se investigó más allá.

Mi vida siempre ha estado ligada a Purulhá. He trabajado en muchos lugares de Guatemala, pero siempre regreso a mi tierra.

¿Cómo fue su infancia y qué recuerdos tiene de sus primeros años de escuela?

—Fui una niña privilegiada porque pude ir a la escuela. Éramos cinco hermanos: tres mujeres y dos hombres. Mi hermana mayor debió haber ido a estudiar antes que yo, pero no fue así. Yo fui la primera mujer de la familia que tuvo la oportunidad de asistir a la escuela primaria.

Estudié en la Escuela Nacional Urbana Mixta José María Bonilla Ruano, en Purulhá. Aprender español fue un proceso interesante. En casa hablábamos q’eqchi’. Mi mamá era muy inteligente y tenía un pequeño radio que siempre mantenía encendido. Escuchábamos constantemente programas en español.

Ella nos decía: “Pongan atención porque cuando salgan y vayan a la escuela así les van a hablar”. Gracias a eso nuestro oído se acostumbró al idioma. Pienso que empecé a comprender el español desde los cinco años.

¿Cómo continuó sus estudios después de la primaria?

—Cuando terminé sexto de primaria, se estaba organizando el primer instituto básico por cooperativa en Purulhá. Yo ingresé allí. Era algo muy especial porque prácticamente todo el pueblo quería estudiar. Yo era una adolescente pequeña rodeada de hombres adultos que aprovechaban esa primera oportunidad educativa.

Después vino el primer gran obstáculo. Mi papá no quería que siguiera estudiando. Él pensaba que las mujeres estábamos destinadas a casarnos y tener hijos. “Aprendan a leer y escribir y ya”, decía.

Pero mi mamá siempre me apoyó. Entonces busqué una oportunidad en Cobán. Hablé con unos sacerdotes filipinos y logré que me permitieran vivir con ellos mientras estudiaba.

¿Qué hizo para estudiar en Cobán?

—Me fui a estudiar Perito Contador a la Escuela de Comercio. Vivía en la parroquia y colaboraba con algunas tareas. Entre ellas, cuidar los perros que criaban los sacerdotes filipinos. Lo único que me pedían era que no me encariñara demasiado con los animales, porque ellos se los comían.

La experiencia fue dura porque llegar desde una escuela de pueblo a una ciudad implicaba una enorme diferencia académica. Sentía que mis conocimientos eran limitados y tenía que esforzarme mucho más para alcanzar el nivel de otros estudiantes.

Además, el dinero era escaso. Yo prácticamente recibía únicamente alimentación y alojamiento. Para visitar a mi familia, dependía de que me dieran para el pasaje.

¿Qué ocurrió cuando estaba cerca de terminar sus estudios?

—Como muchas jóvenes de esa época, me embaracé. Tenía 18 años. Eso cambió completamente mi vida. La relación con mi papá ya era complicada por el tema de los estudios, y esta situación la hizo aún más difícil. Por eso me fui a la Ciudad de Guatemala, donde vivía mi hermana mayor.

Ella me abrió las puertas de su casa. Tuve a mi hijo allá y seguí luchando por graduarme.

¿Logró terminar la carrera?

—Sí. Terminé mis estudios de Perito Contador mediante el sistema por correspondencia en el Instituto Evangélico América Latina, en la zona 13 capitalina. Me gradué en 1985.

Nunca olvido quién me impulsó a hacerlo. Mientras trabajaba en una casa de la familia Muñoz Matta conocí al doctor Francisco Rafael Muñoz Matta, un filósofo egresado de Italia. Yo le planchaba la ropa y le ayudaba con las tareas del hogar. Él siempre me decía: “Estudia. Tú puedes”.

Cuando recibí mi anillo de graduación, fue él quien me lo colocó. Mis padres no asistieron. Por eso esa fotografía tiene para mí un valor muy especial.

¿Qué pasó con la relación con su familia?

—Estuve varios años alejada de mi papá. Finalmente regresé y hablamos. Le dije: “Tendrías que perdonarme porque no estoy haciendo nada malo”.

Él me respondió que me perdonaba únicamente si me casaba. En esa época yo ya tenía una relación con un joven de San Marcos, así que decidimos casarnos. Nos casamos en Purulhá y fue mi propio padre quien organizó la fiesta. Ese momento representó una reconciliación familiar muy importante.

¿Cómo fue su vida matrimonial?

—Cuando regresé a Purulhá, intenté llevar una vida tranquila. Incluso me inscribí en la Universidad de San Carlos para estudiar Auditoría, pero no logré continuar. Después descubrí algo que desconocía de mi esposo.

Era alcohólico. Durante el noviazgo nunca había mostrado esa conducta, pero una vez casados aparecieron los problemas. Sufrí violencia y la situación se volvió insostenible. Finalmente, nos divorciamos.

¿Quién estuvo a su lado en esos años difíciles?

—Mi padre. Paradójicamente, el mismo hombre que años antes se había opuesto a que estudiara terminó siendo quien me defendió. Cuando vio lo que estaba ocurriendo, me apoyó y pidió que mi esposo se fuera. Al mismo tiempo recibió un diagnóstico devastador. Tenía cáncer de esófago.

Usted dedicó varios años a cuidar a sus padres. ¿Cómo recuerda esa etapa?

—Fue una de las etapas más duras de mi vida. Mi papá estuvo enfermo aproximadamente cinco años. Yo trabajaba y al mismo tiempo lo acompañaba en quimioterapias, radioterapias y tratamientos. Llegó un momento en que tuve que renunciar a un empleo porque necesitaba estar con él. El mismo día en que fueron a recoger mi renuncia, mi padre falleció.

Después me quedé dos años cuidando a mi mamá. Ella había quedado viuda y el golpe emocional fue muy fuerte. Mi tiempo se concentró completamente en acompañarla. Y cuando ella logró recuperarse emocionalmente, volvió a trabajar vendiendo ropa en los mercados. Entonces yo también regresé a la vida laboral.

¿Cómo fue construyendo su carrera profesional?

—Siempre trabajé. Pasé por organizaciones como CARE Internacional, CONALFA, Defensores de la Naturaleza, Vecinos Mundiales, PRODESA, SESAN, Mercy Corps, Plan Internacional y el Programa Mundial de Alimentos y ahora con el sector privado con Element 28. Cada etapa me dejó aprendizajes distintos. En CONALFA aprendí poqomchi’, porque necesitaba comunicarme con las comunidades. En Defensores de la Naturaleza recorrí la Sierra de las Minas durante días enteros, trabajando con comunidades, mujeres y conservación ambiental. Fue allí donde comprendí que necesitaba fortalecer mi formación académica.

¿Cómo inició sus estudios universitarios?

—Mientras trabajaba en la región del Polochic, me inscribí en la Universidad Rural de Guatemala. Los sacrificios fueron enormes. Salía de Purulhá a la una de la madrugada para llegar a clases en la capital los fines de semana. Así obtuve el título de Agroecóloga y luego el de Ingeniera Ambiental. Más adelante, continué estudiando porque siempre he creído que el conocimiento abre puertas.

¿Cuántos estudios de posgrado realizó?

—Cursé una maestría en investigación aplicada, pendiente únicamente de graduación formal. Además, realicé tres posgrados: Seguridad Alimentaria y Pobreza, Gestión de Riesgos.y Pueblos Indígenas, Derechos Humanos y Cooperación Internacional. Cada uno respondió a una necesidad concreta de mi trabajo y de mi compromiso con las comunidades.

Hablemos de sus hijos. ¿Qué representan para usted?

—Son mi mayor orgullo. Tuve un hijo biológico: Jesson Estefan Morales Tot. Hoy es ingeniero en Agroindustria Alimentaria, egresado de la Universidad Zamorano. Verlo graduarse fue una enorme satisfacción. Nunca interrumpió sus estudios y siempre destacó, especialmente en matemáticas. Actualmente vive en la capital, está casado y me ha dado tres nietos. Pero también tengo otro hijo.

¿Cómo llegó ese segundo hijo a su vida?

—Literalmente, llegó a mi puerta. Cuando todavía estaba casada, una joven muy joven dejó a aquel niño bajo nuestro cuidado. Mi esposo lo reconoció legalmente y nosotros lo criamos. Siempre lo consideré mi hijo. Fue un niño que enfrentó muchas dificultades desde antes de nacer, incluyendo problemas derivados de la desnutrición. Criarlo exigió mucho esfuerzo económico y emocional. Pero hoy es un joven que estudia Trabajo Social y vive conmigo. Es quien me acompaña todos los días, quien está pendiente de mí. Yo digo que fue un regalo que llegó a mi puerta.

Después de todo lo vivido, ¿qué significa para usted haber sido una mujer indígena, pobre y rural en Guatemala?

—Durante mucho tiempo nos dijeron que éramos el ejemplo de la exclusión: mujer, indígena y pobre. Pero yo aprendí algo. Uno mismo labra su destino. Si hubiera escuchado únicamente a mi papá cuando decía que las mujeres debían quedarse en casa, jamás habría estudiado.

Sí hubo discriminación. La encontré en la universidad, en la ciudad, en muchos espacios. Me dijeron que me quitara mi indumentaria y me insinuaron que debía parecerme a otros para avanzar. Pero nunca acepté eso. Mi traje es parte de quien soy. Y entendí que el límite muchas veces está en lo que uno cree de sí mismo. Yo siempre pensé que podía hacer más. Y eso fue lo que me permitió avanzar.

Finalmente, cuando mira hacia atrás, ¿qué reflexión le deja su vida?

—Estoy satisfecha. He visto cambios reales en las comunidades. Hace cuarenta años era casi imposible reunir a mujeres para hablar de salud, de participación o de derechos. Hoy muchas participan activamente y toman decisiones. He acompañado procesos de desarrollo, conservación ambiental, seguridad alimentaria y fortalecimiento comunitario. He dormido en aldeas lejanas, he caminado montañas, he negociado soluciones y he visto resultados.

Cuando alguien me pregunta si valió la pena, digo que sí. Porque las personas que participaron en esos procesos siguen viviendo mejor. Y porque yo misma soy prueba de que siempre existe una oportunidad. También he aprendido que no debemos encerrarnos en etiquetas. Somos indígenas. Somos ladinos. Tenemos diferentes raíces. Pero al final: “Somos guatemaltecos”.

Y sobre todo somos personas capaces de transformar nuestra propia historia. Esa es la mayor lección que me ha dejado la vida.

Aurelia Tot: "Nunca acepté que debía parecerme a otros para avanzar"

Aurelia Tot. Foto: Luis Enrique González
Luis Gonzalez
05 de julio, 2026

En las comunidades rurales de Guatemala abundan las historias de esfuerzo silencioso, pero pocas reúnen tantos desafíos y tantas victorias como la de Aurelia Tot Mass, quien a sus 60 años continúa siendo un referente de superación y liderazgo. Mujer indígena q’eqchi’ y poqomchi’, nacida en Purulhá, Baja Verapaz, hija de una familia humilde y criada en una época en que para muchas mujeres el destino parecía escrito de antemano, Aurelia decidió abrirse camino contra las limitaciones económicas, los prejuicios de género y las adversidades familiares.

Su historia atraviesa la pobreza, la lucha por estudiar cuando su propio padre creía que las mujeres debían limitarse al hogar, el apoyo fundamental de una madre visionaria que la impulsó a seguir adelante, un embarazo que interrumpió sus estudios, años de trabajo doméstico en la capital, y la crianza de sus hijos.

Además, el cuidado de sus padres durante sus enfermedades, una extensa trayectoria en organizaciones de desarrollo y una permanente búsqueda de conocimiento que la llevó a obtener títulos universitarios y varios estudios de posgrado.

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Desde las montañas que la vieron nacer hasta los espacios nacionales e internacionales donde hoy es reconocida por su trabajo, Aurelia habla con serenidad de las caídas y los logros. Lo hace sin rencor, con orgullo por sus raíces y con la convicción de que cada persona es responsable de construir su propio destino.

Aurelia, comencemos por usted. ¿Cuál es su nombre completo y qué sabe sobre el origen de su nombre?

—Mi nombre es Aurelia Tot Maas. Durante muchos años no sabía exactamente qué significaba mi nombre. Lo único que sabía era que mi papá lo había escogido. Yo nací el 25 de diciembre y lo común era que me llamaran Natividad o algún nombre relacionado con esa fecha, pero mi papá decía que eso era muy común. Él buscó durante mucho tiempo un nombre que no fuera frecuente y decidió ponerme Aurelia.

Ahora que conozco su significado, me gusta mucho. Está relacionado con el oro, con la luz y el resplandor. Cuando escuché todo eso pensé: “Mire que sí sabía mi papá qué hacer”.

Además, yo siempre he relacionado mi vida con la cosmovisión maya. Mi nahual es No’j, que representa el pensamiento, las ideas y el liderazgo. De alguna manera siento que eso también ha marcado mi camino.

¿Dónde nació y cuáles son sus raíces?

—Nací en el municipio de Purulhá, Baja Verapaz, en el barrio El Carpintero. Mis padres fueron don Isabel Tot Chuc y doña Carmen Maas, quienes ya fallecieron. Mi papá era q’eqchi’ y mi mamá poqomchi’. Gracias a ellos crecí escuchando ambos idiomas y aprendiendo el valor de nuestras raíces.

Por parte de mi mamá había una historia muy interesante. Ella siempre nos contó que existía ascendencia alemana en la familia, aunque nunca hubo un reconocimiento formal. Conocí a mi tatarabuelo, don Francisco Pop, un hombre muy conocido en aquella época, propietario de tierras y con una presencia que imponía respeto. Sin embargo, la historia nunca se investigó más allá.

Mi vida siempre ha estado ligada a Purulhá. He trabajado en muchos lugares de Guatemala, pero siempre regreso a mi tierra.

¿Cómo fue su infancia y qué recuerdos tiene de sus primeros años de escuela?

—Fui una niña privilegiada porque pude ir a la escuela. Éramos cinco hermanos: tres mujeres y dos hombres. Mi hermana mayor debió haber ido a estudiar antes que yo, pero no fue así. Yo fui la primera mujer de la familia que tuvo la oportunidad de asistir a la escuela primaria.

Estudié en la Escuela Nacional Urbana Mixta José María Bonilla Ruano, en Purulhá. Aprender español fue un proceso interesante. En casa hablábamos q’eqchi’. Mi mamá era muy inteligente y tenía un pequeño radio que siempre mantenía encendido. Escuchábamos constantemente programas en español.

Ella nos decía: “Pongan atención porque cuando salgan y vayan a la escuela así les van a hablar”. Gracias a eso nuestro oído se acostumbró al idioma. Pienso que empecé a comprender el español desde los cinco años.

¿Cómo continuó sus estudios después de la primaria?

—Cuando terminé sexto de primaria, se estaba organizando el primer instituto básico por cooperativa en Purulhá. Yo ingresé allí. Era algo muy especial porque prácticamente todo el pueblo quería estudiar. Yo era una adolescente pequeña rodeada de hombres adultos que aprovechaban esa primera oportunidad educativa.

Después vino el primer gran obstáculo. Mi papá no quería que siguiera estudiando. Él pensaba que las mujeres estábamos destinadas a casarnos y tener hijos. “Aprendan a leer y escribir y ya”, decía.

Pero mi mamá siempre me apoyó. Entonces busqué una oportunidad en Cobán. Hablé con unos sacerdotes filipinos y logré que me permitieran vivir con ellos mientras estudiaba.

¿Qué hizo para estudiar en Cobán?

—Me fui a estudiar Perito Contador a la Escuela de Comercio. Vivía en la parroquia y colaboraba con algunas tareas. Entre ellas, cuidar los perros que criaban los sacerdotes filipinos. Lo único que me pedían era que no me encariñara demasiado con los animales, porque ellos se los comían.

La experiencia fue dura porque llegar desde una escuela de pueblo a una ciudad implicaba una enorme diferencia académica. Sentía que mis conocimientos eran limitados y tenía que esforzarme mucho más para alcanzar el nivel de otros estudiantes.

Además, el dinero era escaso. Yo prácticamente recibía únicamente alimentación y alojamiento. Para visitar a mi familia, dependía de que me dieran para el pasaje.

¿Qué ocurrió cuando estaba cerca de terminar sus estudios?

—Como muchas jóvenes de esa época, me embaracé. Tenía 18 años. Eso cambió completamente mi vida. La relación con mi papá ya era complicada por el tema de los estudios, y esta situación la hizo aún más difícil. Por eso me fui a la Ciudad de Guatemala, donde vivía mi hermana mayor.

Ella me abrió las puertas de su casa. Tuve a mi hijo allá y seguí luchando por graduarme.

¿Logró terminar la carrera?

—Sí. Terminé mis estudios de Perito Contador mediante el sistema por correspondencia en el Instituto Evangélico América Latina, en la zona 13 capitalina. Me gradué en 1985.

Nunca olvido quién me impulsó a hacerlo. Mientras trabajaba en una casa de la familia Muñoz Matta conocí al doctor Francisco Rafael Muñoz Matta, un filósofo egresado de Italia. Yo le planchaba la ropa y le ayudaba con las tareas del hogar. Él siempre me decía: “Estudia. Tú puedes”.

Cuando recibí mi anillo de graduación, fue él quien me lo colocó. Mis padres no asistieron. Por eso esa fotografía tiene para mí un valor muy especial.

¿Qué pasó con la relación con su familia?

—Estuve varios años alejada de mi papá. Finalmente regresé y hablamos. Le dije: “Tendrías que perdonarme porque no estoy haciendo nada malo”.

Él me respondió que me perdonaba únicamente si me casaba. En esa época yo ya tenía una relación con un joven de San Marcos, así que decidimos casarnos. Nos casamos en Purulhá y fue mi propio padre quien organizó la fiesta. Ese momento representó una reconciliación familiar muy importante.

¿Cómo fue su vida matrimonial?

—Cuando regresé a Purulhá, intenté llevar una vida tranquila. Incluso me inscribí en la Universidad de San Carlos para estudiar Auditoría, pero no logré continuar. Después descubrí algo que desconocía de mi esposo.

Era alcohólico. Durante el noviazgo nunca había mostrado esa conducta, pero una vez casados aparecieron los problemas. Sufrí violencia y la situación se volvió insostenible. Finalmente, nos divorciamos.

¿Quién estuvo a su lado en esos años difíciles?

—Mi padre. Paradójicamente, el mismo hombre que años antes se había opuesto a que estudiara terminó siendo quien me defendió. Cuando vio lo que estaba ocurriendo, me apoyó y pidió que mi esposo se fuera. Al mismo tiempo recibió un diagnóstico devastador. Tenía cáncer de esófago.

Usted dedicó varios años a cuidar a sus padres. ¿Cómo recuerda esa etapa?

—Fue una de las etapas más duras de mi vida. Mi papá estuvo enfermo aproximadamente cinco años. Yo trabajaba y al mismo tiempo lo acompañaba en quimioterapias, radioterapias y tratamientos. Llegó un momento en que tuve que renunciar a un empleo porque necesitaba estar con él. El mismo día en que fueron a recoger mi renuncia, mi padre falleció.

Después me quedé dos años cuidando a mi mamá. Ella había quedado viuda y el golpe emocional fue muy fuerte. Mi tiempo se concentró completamente en acompañarla. Y cuando ella logró recuperarse emocionalmente, volvió a trabajar vendiendo ropa en los mercados. Entonces yo también regresé a la vida laboral.

¿Cómo fue construyendo su carrera profesional?

—Siempre trabajé. Pasé por organizaciones como CARE Internacional, CONALFA, Defensores de la Naturaleza, Vecinos Mundiales, PRODESA, SESAN, Mercy Corps, Plan Internacional y el Programa Mundial de Alimentos y ahora con el sector privado con Element 28. Cada etapa me dejó aprendizajes distintos. En CONALFA aprendí poqomchi’, porque necesitaba comunicarme con las comunidades. En Defensores de la Naturaleza recorrí la Sierra de las Minas durante días enteros, trabajando con comunidades, mujeres y conservación ambiental. Fue allí donde comprendí que necesitaba fortalecer mi formación académica.

¿Cómo inició sus estudios universitarios?

—Mientras trabajaba en la región del Polochic, me inscribí en la Universidad Rural de Guatemala. Los sacrificios fueron enormes. Salía de Purulhá a la una de la madrugada para llegar a clases en la capital los fines de semana. Así obtuve el título de Agroecóloga y luego el de Ingeniera Ambiental. Más adelante, continué estudiando porque siempre he creído que el conocimiento abre puertas.

¿Cuántos estudios de posgrado realizó?

—Cursé una maestría en investigación aplicada, pendiente únicamente de graduación formal. Además, realicé tres posgrados: Seguridad Alimentaria y Pobreza, Gestión de Riesgos.y Pueblos Indígenas, Derechos Humanos y Cooperación Internacional. Cada uno respondió a una necesidad concreta de mi trabajo y de mi compromiso con las comunidades.

Hablemos de sus hijos. ¿Qué representan para usted?

—Son mi mayor orgullo. Tuve un hijo biológico: Jesson Estefan Morales Tot. Hoy es ingeniero en Agroindustria Alimentaria, egresado de la Universidad Zamorano. Verlo graduarse fue una enorme satisfacción. Nunca interrumpió sus estudios y siempre destacó, especialmente en matemáticas. Actualmente vive en la capital, está casado y me ha dado tres nietos. Pero también tengo otro hijo.

¿Cómo llegó ese segundo hijo a su vida?

—Literalmente, llegó a mi puerta. Cuando todavía estaba casada, una joven muy joven dejó a aquel niño bajo nuestro cuidado. Mi esposo lo reconoció legalmente y nosotros lo criamos. Siempre lo consideré mi hijo. Fue un niño que enfrentó muchas dificultades desde antes de nacer, incluyendo problemas derivados de la desnutrición. Criarlo exigió mucho esfuerzo económico y emocional. Pero hoy es un joven que estudia Trabajo Social y vive conmigo. Es quien me acompaña todos los días, quien está pendiente de mí. Yo digo que fue un regalo que llegó a mi puerta.

Después de todo lo vivido, ¿qué significa para usted haber sido una mujer indígena, pobre y rural en Guatemala?

—Durante mucho tiempo nos dijeron que éramos el ejemplo de la exclusión: mujer, indígena y pobre. Pero yo aprendí algo. Uno mismo labra su destino. Si hubiera escuchado únicamente a mi papá cuando decía que las mujeres debían quedarse en casa, jamás habría estudiado.

Sí hubo discriminación. La encontré en la universidad, en la ciudad, en muchos espacios. Me dijeron que me quitara mi indumentaria y me insinuaron que debía parecerme a otros para avanzar. Pero nunca acepté eso. Mi traje es parte de quien soy. Y entendí que el límite muchas veces está en lo que uno cree de sí mismo. Yo siempre pensé que podía hacer más. Y eso fue lo que me permitió avanzar.

Finalmente, cuando mira hacia atrás, ¿qué reflexión le deja su vida?

—Estoy satisfecha. He visto cambios reales en las comunidades. Hace cuarenta años era casi imposible reunir a mujeres para hablar de salud, de participación o de derechos. Hoy muchas participan activamente y toman decisiones. He acompañado procesos de desarrollo, conservación ambiental, seguridad alimentaria y fortalecimiento comunitario. He dormido en aldeas lejanas, he caminado montañas, he negociado soluciones y he visto resultados.

Cuando alguien me pregunta si valió la pena, digo que sí. Porque las personas que participaron en esos procesos siguen viviendo mejor. Y porque yo misma soy prueba de que siempre existe una oportunidad. También he aprendido que no debemos encerrarnos en etiquetas. Somos indígenas. Somos ladinos. Tenemos diferentes raíces. Pero al final: “Somos guatemaltecos”.

Y sobre todo somos personas capaces de transformar nuestra propia historia. Esa es la mayor lección que me ha dejado la vida.

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