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“Lo único que nos queda de Barreda Siekavizza somos nosotros dos”

Crédito: Diego Cabrera
Isabel Ortiz
12 de julio, 2026
Durante años, Guatemala los conoció como los hijos de Cristina Siekavizza. Sin embargo, sentados frente a frente en la redacción de República, lo primero que desean dejar claro es que son mucho más que el dolor que los ha acompañado durante quince años.
Roberto José tiene 22 años. Estudia Ingeniería en Ciencias de la Computación, participa en programas de voluntariado y juega tenis. Cuando le piden definirse en una sola palabra, responde sin titubear:
 
“Resiliente”.
 
Mercedes acaba de cumplir 18 años. También eligió una ingeniería, aunque la Mecánica. Comparte con su hermano la pasión por el deporte y el tenis.
 
“Amable”, responde cuando le preguntan quién es en una palabra.
 
Pero inevitablemente la conversación conduce hacia Cristina.
 
El recuerdo más antiguo de mamá
 
Roberto guarda una escena sencilla, cotidiana, pero inmensamente valiosa.
 
“La más vívida que tengo es ella ayudándome a leer con una tarea del colegio. Me acuerdo estar los dos sentados en el comedor de la casa, tener el libro abierto y ella estarme guiando en los párrafos para yo aprender a leer de una forma más fluida”.
 
No recuerda un libro específico. Tal vez era material escolar. Lo que sí recuerda es la voz de su mamá.
 
“Me hablaba despacio y me decía que me tomara mi tiempo para continuar con la lectura”.
 
Crédito: Diego Cabrera
 
 
Mercedes, en cambio, tiene muy pocos recuerdos propios de Cristina. Su madre desapareció cuando ella era demasiado pequeña.
Por eso atesora las historias que le narran su abuela, su tía y quienes la conocieron.
 
“Lo que más me gusta que me cuenten son sus preferencias. Mi tía y mi abuela me han contado que le gustaba escuchar Timbiriche. Eso es lo que más me gusta escuchar”.
 
Mientras Roberto conserva imágenes concretas, Mercedes ha tenido que construir la figura de su mamá a través de los recuerdos prestados por quienes la amaron.
 
El primer recuerdo claro de Mercedes después de la desaparición de Cristina está en México.
 
“Me acuerdo que mi papá tenía máquinas expendedoras y a veces nos subía a los camiones y nos decía que podíamos escoger una chuchería. Yo había agarrado unos chetos. Tal vez ese sería mi primer recuerdo”.
 
Tenía apenas unos seis años.
Roberto tenía nueve cuando comenzó la huida.
Recuerda perfectamente el trayecto.
 
“Cruzamos un río chiquito y entramos a un pueblo del otro lado de México”.
 
Fueron trasladados de un lugar a otro durante meses.
Chiapas.
Ciudad de México.
Valle de Bravo.
Ixtapa.
Finalmente Mérida, Yucatán.
 
“Yo sí recuerdo mucho moverme porque no me gustaba esa inestabilidad. No me gustaba que me pusieran en un lugar extraño y después ya no estar ahí sino en otro”.
Durante esos 27 meses vivieron prácticamente aislados.
 
“Éramos casi solo nosotros tres”.
Crédito: Diego Cabrera
 
Y mientras se desplazaban por México, una historia se repetía una y otra vez. Su padre les aseguró que Cristina los había abandonado.
 
“Nos decía que nuestra mamá ya se había ido. Que se había ido a Disney con otra familia. Que ya no nos quería”.
 
Mercedes recuerda algo aún más profundo.
 
“Según yo, de lo que me habían dicho era que Guatemala ya no existía. Que era un lugar desértico. Y que la única familia que me quedaba eran mis otros dos abuelos y mi papá”.
 
A fuerza de repetición, aquellas mentiras terminaron sustituyendo la realidad.
 
Roberto lloraba.
 
“Yo sí me ponía a llorar porque me decían esas cosas y no me gustaba, pero decidí creerle. No tenía razón para no creerle realmente”.
 
El día en que todo cambió
 
Mercedes recuerda con claridad el momento en que fueron interceptados por las autoridades mexicanas.
 
“Íbamos en el carro cuando interceptaron a mi papá. Nos sacaron y nos metieron a otro carro. No nos decían nada. Y qué bueno que no nos separaron a ninguno de los dos, porque tampoco nos explicaban qué estaba pasando”.
 
Roberto recuerda el episodio desde el colegio.
 
“Estaba en clase de inglés cuando llegó la secretaria a decirme que me estaban llamando. Agarré mi mochila y estaba buscando mi lonchera cuando me dijo: ‘Véngase, véngase’. Ahí estaban unos agentes federales esperando”.
 
Los subieron a una camioneta.
Horas después, vendría la separación definitiva.
 
“Nos separaron ya cuando subimos al avión”, cuenta Mercedes.
 
Aquel vuelo los regresó a un país que prácticamente les habían borrado de la memoria.
Los esperaban sus abuelos maternos.
Y también la verdad.
 
Al llegar a Guatemala los recibió una escena que sigue viva en la memoria de Roberto.
 
“Entramos a la casa de mis abuelos maternos y estaba toda la familia esperándonos con carteles de Bienvenidos Robert y Merce”.
 
Pocos días después ocurrió una de las conversaciones más duras de sus vidas.
“Nos sentaron en el comedor para que contáramos qué recordábamos. Ahí fue cuando nos empezaron a decir cómo eran realmente las cosas”.
 
Mercedes descubrió que le habían mentido incluso sobre su edad.
 
“Yo creía que tenía cinco cuando tenía seis. No le creía a nadie hasta que me enseñaron mi acta de nacimiento y se pusieron a contar los años conmigo”.
 
Pero el golpe más duro fue otro.
 
“Fue feo porque te das cuenta que alguien que tú querías no te decía la verdad”.
 
Para Roberto, aquel momento supuso comprender realmente la ausencia de su mamá.
 
“Yo sabía que ella no estaba, pero ahí fue cuando me di cuenta de lo que significaba que no estuviera. Ahí me quebré”.
 
Desde entonces, la reconstrucción comenzó bajo el cuidado de sus abuelos maternos.
Ambos coinciden en algo: siempre actuaron con honestidad.
 
Y siempre respetaron sus decisiones.
“Mis abuelos siempre nos dieron la opción de si queríamos acercarnos a mi papá o no”, recuerda Roberto.
“Desde siempre les dijimos que no”. 
 
Crédito: Diego Cabrera

A pesar de los reiterados intentos de acercamiento que hubo durante los años siguientes, los hermanos mantuvieron la misma postura.

Quince años después, esa decisión sigue vigente. Consideran que fue lo correcto para protegerse y seguir adelante con sus vidas.

“Sí, yo siento que es lo correcto”, afirma Mercedes.

SUSCRÍBASE A NUESTRO NEWSLETTER
 
 
Mercedes resume el papel que han tenido en sus vidas:
 
“Mi familia. Mis dos abuelos, mi tía, la Mancha su perrita. Nos ayudan un montón. Eso es lo que más ha hecho la diferencia”.
 
La terapia también fue fundamental.
Mercedes estuvo aproximadamente ocho años en tratamiento psicológico.
Roberto continuó por más tiempo.
Y fue precisamente durante ese proceso cuando comenzaron a aparecer recuerdos que habían permanecido bloqueados.
 
Cuando Roberto recuperó los recuerdos
 
Esta es una de las partes más duras de la conversación.
Roberto relata con detalle algunos recuerdos recuperados sobre la noche en que desapareció Cristina.
Lo cuenta con serenidad. Como alguien que ha hecho un largo recorrido para poder poner en palabras lo vivido.
 
“Yo sí recuerdo mucho de lo que pasó ese día en que mataron a mi mamá. Mi papá mató a mi mamá”.
 
Explica que los recuerdos permanecieron encapsulados durante años.
 
“Como que se van desbloqueando esos recuerdos que uno tenía encapsulados. Como que se despiertan muchos miedos y muchas angustias”.
 
Entonces narra:
 
“Recuerdo cuando me movieron de mi cuarto al cuarto de mis papás. Estuve en esa cama. Tenían la televisión a todo volumen, en estática”.
“Recuerdo haber escuchado gritos”.
“Entonces yo tenía mucho miedo de estar en esa situación”.
“De ahí ya no se escuchó nada. Solo se escuchó agua correr dentro del cuarto de mis papás”.
“Solo escuchaba agua correr y correr”.
 
Y concluye:
 
“Lo más fuerte fueron los gritos”.
 
Al día siguiente recuerda haber ido al colegio con normalidad aparente.
Fue su padre quien los llevó.
Pero Cristina nunca llegó a recogerlos.
 
Después del retorno a Guatemala no volvieron a convivir con su papá.
Mercedes recuerda una de las últimas imágenes.
 
“Nos decía que nos quería. Que lucháramos por él”.
 
Sin embargo, ninguno quiso acercarse.
Roberto explica por qué.
 
“Yo le tenía mucho miedo a mi papá después de que sucedió todo esto”.
 
Con la familia paterna ocurrió algo similar.
Nunca retomaron la relación.
Aunque hubo intentos constantes de acercamiento.
Incluso cuando existía una orden judicial de alejamiento.
Roberto recuerda visitas al colegio, apariciones en el dojo de karate y mantas colocadas en cumpleaños frente a su casa.
Mercedes confiesa cómo los hacía sentir.
 
“Más que sentirse bien, uno se sentía acosado”.
 
Roberto agrega:
 
“Era como invadir nuestro espacio”.
 
Y aunque han reflexionado sobre el tema con el paso de los años, la herida persiste.
 
“Es difícil interactuar con personas que te hicieron mucho daño”, dice Roberto.
Crédito: Diego Cabrera
 
El momento en que Mercedes decidió seguir adelante
 
Hubo un punto de inflexión.
Un instante en que Mercedes decidió dejar atrás el miedo.
Retomar su vida.
Y participar activamente en la búsqueda de la verdad.
 
“Yo le dije a mi abuela que esto no se podía quedar así”.
 
Tras la pandemia y la muerte de su padre, el caso parecía haberse enfriado.
Ella no estaba dispuesta a aceptarlo.
 
“Como ya son 15 años, si alguien sabe algo, que nos pueda ayudar”.
 
Aquella decisión marcó también su primera aparición pública junto a Roberto.
No como víctimas.
Sino como jóvenes adultos decididos a mantener viva la búsqueda de Cristina.
 
Cuando Roberto Barreda, el papá, murió de covid-19 en prisión, los sentimientos fueron contradictorios.
Roberto lo expresa con una honestidad brutal.
 
“Sí dolió”.
 
Pero añade:
 
“También fue una parte de alivio al mismo tiempo”.
 
Y explica por qué.
 
“Yo le tenía mucho miedo”.
“El miedo más grande que yo tenía era que saliera y quisiera acercarse a nosotros”.
 
La muerte cerró cualquier posibilidad de obtener directamente de él las respuestas que ambos esperaban.
Mercedes aún cree que era él quien podía decirles qué ocurrió.
 
“Tal vez si nosotros como sus hijos le hubiéramos preguntado, tal vez nos hubiera dicho algo”.
 
La gran pregunta permanece intacta.
 
“Dónde está mi mamá”, responde Roberto cuando le preguntan qué le habría querido preguntar.
 
Lo único que ambos esperaban era la verdad.
Y que dejara de dañarlos.
Crédito: Diego Cabrera
 
Dos hermanos, una misma búsqueda
 
A medida que avanza la conversación queda claro que la relación entre ambos es mucho más que un vínculo de sangre.
Mercedes llama a su hermano “Robert”.
Lo consulta.
Se apoya en él.
Busca en él respuestas cuando tiene dudas.
Y Roberto encuentra en ella su conexión más profunda con la familia que les fue arrebatada.
Cuando le preguntan qué significa Mercedes para él, la emoción rompe por un instante la serenidad que ha mantenido durante toda la entrevista.
Con la voz quebrada responde:
 
“Todo”.
 
Hace una pausa.
Y luego agrega:
 
“Es lo único que nos queda de Barreda Siekavizza, como nuestra familia”.
 
Mercedes sonríe.
Y responde con una ternura que resume años de compañía.
 
“Siempre ha sido mi modelo a seguir y con quien he querido crecer también”.
 
Crédito: Diego Cabrera
 
Han pasado quince años.
Pero ninguno ha renunciado.
Cuando recuerdan a Cristina todavía lloran.
A veces hablando con sus abuelos.
A veces antes de dormir.
 
“No hay otro lugar donde podamos llorarla”, admite Roberto.
 
Sin embargo, ambos siguen adelante.
Con estudios.
Con proyectos.
Con amigos.
Con sueños.
Y con una misión común.
Encontrar a Cristina.
Si algún día ocurre, Mercedes tiene claro lo primero que sentirá.
 
“Que ya esté en paz. Qué feliz que ya logramos recuperarla”.
 
Roberto piensa en algo distinto.
 
“Me gustaría contarle todo lo que hemos hecho para poderla encontrar”.
 
Y quizás esa frase resume mejor que ninguna otra lo que han sido estos quince años: una travesía dolorosa, pero también una demostración extraordinaria de resiliencia, amor y esperanza.
 

“Lo único que nos queda de Barreda Siekavizza somos nosotros dos”

Crédito: Diego Cabrera
Isabel Ortiz
12 de julio, 2026
Durante años, Guatemala los conoció como los hijos de Cristina Siekavizza. Sin embargo, sentados frente a frente en la redacción de República, lo primero que desean dejar claro es que son mucho más que el dolor que los ha acompañado durante quince años.
Roberto José tiene 22 años. Estudia Ingeniería en Ciencias de la Computación, participa en programas de voluntariado y juega tenis. Cuando le piden definirse en una sola palabra, responde sin titubear:
 
“Resiliente”.
 
Mercedes acaba de cumplir 18 años. También eligió una ingeniería, aunque la Mecánica. Comparte con su hermano la pasión por el deporte y el tenis.
 
“Amable”, responde cuando le preguntan quién es en una palabra.
 
Pero inevitablemente la conversación conduce hacia Cristina.
 
El recuerdo más antiguo de mamá
 
Roberto guarda una escena sencilla, cotidiana, pero inmensamente valiosa.
 
“La más vívida que tengo es ella ayudándome a leer con una tarea del colegio. Me acuerdo estar los dos sentados en el comedor de la casa, tener el libro abierto y ella estarme guiando en los párrafos para yo aprender a leer de una forma más fluida”.
 
No recuerda un libro específico. Tal vez era material escolar. Lo que sí recuerda es la voz de su mamá.
 
“Me hablaba despacio y me decía que me tomara mi tiempo para continuar con la lectura”.
 
Crédito: Diego Cabrera
 
 
Mercedes, en cambio, tiene muy pocos recuerdos propios de Cristina. Su madre desapareció cuando ella era demasiado pequeña.
Por eso atesora las historias que le narran su abuela, su tía y quienes la conocieron.
 
“Lo que más me gusta que me cuenten son sus preferencias. Mi tía y mi abuela me han contado que le gustaba escuchar Timbiriche. Eso es lo que más me gusta escuchar”.
 
Mientras Roberto conserva imágenes concretas, Mercedes ha tenido que construir la figura de su mamá a través de los recuerdos prestados por quienes la amaron.
 
El primer recuerdo claro de Mercedes después de la desaparición de Cristina está en México.
 
“Me acuerdo que mi papá tenía máquinas expendedoras y a veces nos subía a los camiones y nos decía que podíamos escoger una chuchería. Yo había agarrado unos chetos. Tal vez ese sería mi primer recuerdo”.
 
Tenía apenas unos seis años.
Roberto tenía nueve cuando comenzó la huida.
Recuerda perfectamente el trayecto.
 
“Cruzamos un río chiquito y entramos a un pueblo del otro lado de México”.
 
Fueron trasladados de un lugar a otro durante meses.
Chiapas.
Ciudad de México.
Valle de Bravo.
Ixtapa.
Finalmente Mérida, Yucatán.
 
“Yo sí recuerdo mucho moverme porque no me gustaba esa inestabilidad. No me gustaba que me pusieran en un lugar extraño y después ya no estar ahí sino en otro”.
Durante esos 27 meses vivieron prácticamente aislados.
 
“Éramos casi solo nosotros tres”.
Crédito: Diego Cabrera
 
Y mientras se desplazaban por México, una historia se repetía una y otra vez. Su padre les aseguró que Cristina los había abandonado.
 
“Nos decía que nuestra mamá ya se había ido. Que se había ido a Disney con otra familia. Que ya no nos quería”.
 
Mercedes recuerda algo aún más profundo.
 
“Según yo, de lo que me habían dicho era que Guatemala ya no existía. Que era un lugar desértico. Y que la única familia que me quedaba eran mis otros dos abuelos y mi papá”.
 
A fuerza de repetición, aquellas mentiras terminaron sustituyendo la realidad.
 
Roberto lloraba.
 
“Yo sí me ponía a llorar porque me decían esas cosas y no me gustaba, pero decidí creerle. No tenía razón para no creerle realmente”.
 
El día en que todo cambió
 
Mercedes recuerda con claridad el momento en que fueron interceptados por las autoridades mexicanas.
 
“Íbamos en el carro cuando interceptaron a mi papá. Nos sacaron y nos metieron a otro carro. No nos decían nada. Y qué bueno que no nos separaron a ninguno de los dos, porque tampoco nos explicaban qué estaba pasando”.
 
Roberto recuerda el episodio desde el colegio.
 
“Estaba en clase de inglés cuando llegó la secretaria a decirme que me estaban llamando. Agarré mi mochila y estaba buscando mi lonchera cuando me dijo: ‘Véngase, véngase’. Ahí estaban unos agentes federales esperando”.
 
Los subieron a una camioneta.
Horas después, vendría la separación definitiva.
 
“Nos separaron ya cuando subimos al avión”, cuenta Mercedes.
 
Aquel vuelo los regresó a un país que prácticamente les habían borrado de la memoria.
Los esperaban sus abuelos maternos.
Y también la verdad.
 
Al llegar a Guatemala los recibió una escena que sigue viva en la memoria de Roberto.
 
“Entramos a la casa de mis abuelos maternos y estaba toda la familia esperándonos con carteles de Bienvenidos Robert y Merce”.
 
Pocos días después ocurrió una de las conversaciones más duras de sus vidas.
“Nos sentaron en el comedor para que contáramos qué recordábamos. Ahí fue cuando nos empezaron a decir cómo eran realmente las cosas”.
 
Mercedes descubrió que le habían mentido incluso sobre su edad.
 
“Yo creía que tenía cinco cuando tenía seis. No le creía a nadie hasta que me enseñaron mi acta de nacimiento y se pusieron a contar los años conmigo”.
 
Pero el golpe más duro fue otro.
 
“Fue feo porque te das cuenta que alguien que tú querías no te decía la verdad”.
 
Para Roberto, aquel momento supuso comprender realmente la ausencia de su mamá.
 
“Yo sabía que ella no estaba, pero ahí fue cuando me di cuenta de lo que significaba que no estuviera. Ahí me quebré”.
 
Desde entonces, la reconstrucción comenzó bajo el cuidado de sus abuelos maternos.
Ambos coinciden en algo: siempre actuaron con honestidad.
 
Y siempre respetaron sus decisiones.
“Mis abuelos siempre nos dieron la opción de si queríamos acercarnos a mi papá o no”, recuerda Roberto.
“Desde siempre les dijimos que no”. 
 
Crédito: Diego Cabrera

A pesar de los reiterados intentos de acercamiento que hubo durante los años siguientes, los hermanos mantuvieron la misma postura.

Quince años después, esa decisión sigue vigente. Consideran que fue lo correcto para protegerse y seguir adelante con sus vidas.

“Sí, yo siento que es lo correcto”, afirma Mercedes.

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Mercedes resume el papel que han tenido en sus vidas:
 
“Mi familia. Mis dos abuelos, mi tía, la Mancha su perrita. Nos ayudan un montón. Eso es lo que más ha hecho la diferencia”.
 
La terapia también fue fundamental.
Mercedes estuvo aproximadamente ocho años en tratamiento psicológico.
Roberto continuó por más tiempo.
Y fue precisamente durante ese proceso cuando comenzaron a aparecer recuerdos que habían permanecido bloqueados.
 
Cuando Roberto recuperó los recuerdos
 
Esta es una de las partes más duras de la conversación.
Roberto relata con detalle algunos recuerdos recuperados sobre la noche en que desapareció Cristina.
Lo cuenta con serenidad. Como alguien que ha hecho un largo recorrido para poder poner en palabras lo vivido.
 
“Yo sí recuerdo mucho de lo que pasó ese día en que mataron a mi mamá. Mi papá mató a mi mamá”.
 
Explica que los recuerdos permanecieron encapsulados durante años.
 
“Como que se van desbloqueando esos recuerdos que uno tenía encapsulados. Como que se despiertan muchos miedos y muchas angustias”.
 
Entonces narra:
 
“Recuerdo cuando me movieron de mi cuarto al cuarto de mis papás. Estuve en esa cama. Tenían la televisión a todo volumen, en estática”.
“Recuerdo haber escuchado gritos”.
“Entonces yo tenía mucho miedo de estar en esa situación”.
“De ahí ya no se escuchó nada. Solo se escuchó agua correr dentro del cuarto de mis papás”.
“Solo escuchaba agua correr y correr”.
 
Y concluye:
 
“Lo más fuerte fueron los gritos”.
 
Al día siguiente recuerda haber ido al colegio con normalidad aparente.
Fue su padre quien los llevó.
Pero Cristina nunca llegó a recogerlos.
 
Después del retorno a Guatemala no volvieron a convivir con su papá.
Mercedes recuerda una de las últimas imágenes.
 
“Nos decía que nos quería. Que lucháramos por él”.
 
Sin embargo, ninguno quiso acercarse.
Roberto explica por qué.
 
“Yo le tenía mucho miedo a mi papá después de que sucedió todo esto”.
 
Con la familia paterna ocurrió algo similar.
Nunca retomaron la relación.
Aunque hubo intentos constantes de acercamiento.
Incluso cuando existía una orden judicial de alejamiento.
Roberto recuerda visitas al colegio, apariciones en el dojo de karate y mantas colocadas en cumpleaños frente a su casa.
Mercedes confiesa cómo los hacía sentir.
 
“Más que sentirse bien, uno se sentía acosado”.
 
Roberto agrega:
 
“Era como invadir nuestro espacio”.
 
Y aunque han reflexionado sobre el tema con el paso de los años, la herida persiste.
 
“Es difícil interactuar con personas que te hicieron mucho daño”, dice Roberto.
Crédito: Diego Cabrera
 
El momento en que Mercedes decidió seguir adelante
 
Hubo un punto de inflexión.
Un instante en que Mercedes decidió dejar atrás el miedo.
Retomar su vida.
Y participar activamente en la búsqueda de la verdad.
 
“Yo le dije a mi abuela que esto no se podía quedar así”.
 
Tras la pandemia y la muerte de su padre, el caso parecía haberse enfriado.
Ella no estaba dispuesta a aceptarlo.
 
“Como ya son 15 años, si alguien sabe algo, que nos pueda ayudar”.
 
Aquella decisión marcó también su primera aparición pública junto a Roberto.
No como víctimas.
Sino como jóvenes adultos decididos a mantener viva la búsqueda de Cristina.
 
Cuando Roberto Barreda, el papá, murió de covid-19 en prisión, los sentimientos fueron contradictorios.
Roberto lo expresa con una honestidad brutal.
 
“Sí dolió”.
 
Pero añade:
 
“También fue una parte de alivio al mismo tiempo”.
 
Y explica por qué.
 
“Yo le tenía mucho miedo”.
“El miedo más grande que yo tenía era que saliera y quisiera acercarse a nosotros”.
 
La muerte cerró cualquier posibilidad de obtener directamente de él las respuestas que ambos esperaban.
Mercedes aún cree que era él quien podía decirles qué ocurrió.
 
“Tal vez si nosotros como sus hijos le hubiéramos preguntado, tal vez nos hubiera dicho algo”.
 
La gran pregunta permanece intacta.
 
“Dónde está mi mamá”, responde Roberto cuando le preguntan qué le habría querido preguntar.
 
Lo único que ambos esperaban era la verdad.
Y que dejara de dañarlos.
Crédito: Diego Cabrera
 
Dos hermanos, una misma búsqueda
 
A medida que avanza la conversación queda claro que la relación entre ambos es mucho más que un vínculo de sangre.
Mercedes llama a su hermano “Robert”.
Lo consulta.
Se apoya en él.
Busca en él respuestas cuando tiene dudas.
Y Roberto encuentra en ella su conexión más profunda con la familia que les fue arrebatada.
Cuando le preguntan qué significa Mercedes para él, la emoción rompe por un instante la serenidad que ha mantenido durante toda la entrevista.
Con la voz quebrada responde:
 
“Todo”.
 
Hace una pausa.
Y luego agrega:
 
“Es lo único que nos queda de Barreda Siekavizza, como nuestra familia”.
 
Mercedes sonríe.
Y responde con una ternura que resume años de compañía.
 
“Siempre ha sido mi modelo a seguir y con quien he querido crecer también”.
 
Crédito: Diego Cabrera
 
Han pasado quince años.
Pero ninguno ha renunciado.
Cuando recuerdan a Cristina todavía lloran.
A veces hablando con sus abuelos.
A veces antes de dormir.
 
“No hay otro lugar donde podamos llorarla”, admite Roberto.
 
Sin embargo, ambos siguen adelante.
Con estudios.
Con proyectos.
Con amigos.
Con sueños.
Y con una misión común.
Encontrar a Cristina.
Si algún día ocurre, Mercedes tiene claro lo primero que sentirá.
 
“Que ya esté en paz. Qué feliz que ya logramos recuperarla”.
 
Roberto piensa en algo distinto.
 
“Me gustaría contarle todo lo que hemos hecho para poderla encontrar”.
 
Y quizás esa frase resume mejor que ninguna otra lo que han sido estos quince años: una travesía dolorosa, pero también una demostración extraordinaria de resiliencia, amor y esperanza.
 

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