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Juan Diego Granai y el valor de las pequeñas cosas

Un accidente cambió la vida de Juan Diego Granai. Hoy, su historia invita a repensar las prioridades y el valor de lo esencial.

Ana González
18 de octubre, 2026

Un clavado en una piscina cambió la vida de Juan Diego Granai. El 18 de mayo de 2022, un accidente en Antigua Guatemala le provocó una lesión medular que lo dejó sin movilidad. Tenía 21 años y estaba a punto de graduarse de la universidad. La rehabilitación en Estados Unidos, la disciplina deportiva, la fe y el apoyo de su familia fueron claves para adaptarse a una realidad distinta. Cuatro años después, vive solo, trabaja, estudia una maestría y sigue persiguiendo sus proyectos personales.

En esta entrevista, Granai habla sobre las pequeñas victorias que hoy valora, su libro Hasta la médula y la fundación que creó para apoyar a personas con lesión medular. Su mayor sueño es construir un centro especializado en Guatemala para que más pacientes accedan a la rehabilitación que necesitan.

¿Quién es Juan Diego Granai y cómo se describiría a quienes aún no lo conocen?

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—Me defino como alguien resiliente, familiar y amigable, que ha enfrentado momentos duros. Soy extremadamente activo, soñador y siempre busco rodearme de gente, descubrir cosas nuevas y asumir retos.

¿Recuerda qué hizo aquel día antes del accidente que cambió su vida?

—Tengo memoria completa de todo. Era miércoles 18 de mayo de 2022. Fuimos a Antigua Guatemala con mis amigos a pasar la noche. Estábamos en el jacuzzi de la casa de un amigo cuando decidí tirarme de clavado a la piscina y golpeé la barbilla contra el fondo. Quedé consciente, pero ya no podía mover el cuerpo. Mis amigos pensaron que era una broma, hasta que vieron que no me movía. Me voltearon y les pedí que me sacaran. Ya imaginaba qué había pasado porque sentía las piernas flotando. Le pedí a un amigo que me las bajara, pero me dijo que estaban en el suelo. Yo ya no las sentía.

¿Qué sintió mientras sus amigos intentaban ayudarlo y su familia se enteraba de lo ocurrido?

—Al principio hubo confusión. El golpe fue fuerte, me mordí la lengua y tenía sangre en la boca. Pero más que pensar en mí, pensaba en mis amigos y mi familia. Pedí que los llamaran. Escuchaba a mis papás ansiosos por saber qué pasaba y veía a mis amigos tratando de entender la situación. Algunas amigas estaban llorando y yo intentaba calmarlos a todos, hacerles sentir que estaba bien. Como no perdí la conciencia, todavía entendía lo que ocurría.

¿Cómo habría sido su recuperación sin los tratamientos especializados que recibió en Estados Unidos?

—En Guatemala me diagnosticaron cuadriplejia completa y dijeron que no podría moverme de los hombros para abajo. En Estados Unidos recibí terapia especializada y aprendí que había otras posibilidades. Tuve que aprender a comer, usar el teléfono y la computadora de manera distinta. Esa rehabilitación fue fundamental: sin ella, mi historia sería diferente y no podría hacer muchas de las cosas que hago hoy.

¿Qué cree que lo preparó para afrontar el accidente y asumir una rehabilitación tan exigente?

—Siempre fui muy atleta, hice triatlón y probé casi todos los deportes. Tenía el físico y la disciplina. Después del accidente, nunca falté a mis terapias y siempre aceptaba nuevos retos. Pasé dos meses en un hospital de rehabilitación en Jacksonville y luego casi dos años en Miami, donde intentaba ir un poco más allá cada día. También pensaba en mi hermano, que acababa de ser papá. De cierta manera, sentía que yo era el indicado para enfrentar esa situación, porque siempre he sido como la piedra que nos une y el intermediario cuando hay problemas.

¿Qué planes personales y profesionales tuvo que cambiar después del accidente?

—El accidente me atrasó un año en la universidad, cuando estaba a uno de graduarme, y ya no trabajé un tiempo en Miami como tenía previsto. Sin embargo, mis sueños siguen ahí. No cambiaron para siempre, sino que tuve que adaptarlos a mi nueva realidad y encontrar otras maneras de cumplirlos.

¿Qué cosas daba por sentadas antes del accidente y hoy mira de una forma diferente?

—Nunca había estado entre la vida y la muerte ni imaginado que dejaría de caminar o hacer ciertas cosas. Daba muchas cosas por hecho. Hoy agradezco haber sido activo y curioso, porque pude vivir experiencias que quizá ahora no podría. Aprendí a disfrutar cada día al máximo y a no dejar nada para mañana. Aunque hay cosas que no hice por pereza y que me habría gustado hacer, también entendí que la vida puede cambiar en cualquier momento.

¿Qué le ayudó a mantener el ánimo y tener claro hacia dónde quería llegar en la vida?

—Creo que fue un poquito de todo: la ambición de alcanzar metas, la familia, la fe y la ayuda psicológica. Para mí, la familia fue lo más importante, porque quería darles el ejemplo a mis dos sobrinos de que todo se puede en esta vida. Nunca me peleé con la fe después del accidente; puse todo en manos de Dios y sabía que avanzaría conforme Él decidiera. También busqué ayuda psicológica para aprender a vivir una vida nueva, aceptar el duelo y adaptarme a una realidad distinta. Mis sueños, ideas y planes cambiaron, pero necesitaba volver a disfrutar la vida.

¿Alguna vez se preguntó por qué le ocurrió a usted y no a otra persona?

—Dos años antes de mi accidente, mi papá tuvo cáncer. En uno de los días difíciles, me tiré al suelo a rezar y pedí que, si algo le pasaba a alguien cercano, prefería que me pasara a mí. No quería volver a ver sufrir a un familiar de esa manera. Cuando ocurrió mi accidente, nunca pensé «¿por qué a mí?». 

Al contrario, agradecí que me hubiera pasado a mí y no a alguien de mi familia. Viendo todo lo que había vivido antes, creo que la vida me había preparado y que yo era la persona indicada para enfrentar esa situación. 

¿Cómo cambió su amistad con las personas que estuvieron a su lado durante el accidente?

—Después de mi accidente encontré a los verdaderos amigos. Los primeros meses tenía miles de personas escribiéndome y preguntando por mí, pero poco a poco muchas desaparecieron. Entonces, uno se da cuenta de quiénes permanecen y de personas que quizá no pensaba que fueran tan cercanas, pero hoy están pendientes y dispuestas a ayudar. Mi relación con mis amigos y mi familia se fortaleció muchísimo. Sin ellos, no estaría haciendo muchas de las cosas que hago hoy. Si voy a un lugar con gradas o poco accesible, ellos buscan cómo ayudarme. Nunca ponen límites, sino que dicen: «Hagámoslo y ahí vemos de qué manera». 

¿Tenía pareja cuando ocurrió el accidente y qué pasó con esa relación?

—Si, pero la relación terminó porque ella era de Panamá y nuestros caminos eran distintos, no por mi accidente. Siempre le tendré cariño y agradecimiento por quedarse a mi lado, éramos muy jóvenes. La ruptura me hizo entender que debía concentrarme en mí, en mi rehabilitación y en mis planes. 

¿Cómo cambió su manera de entender el dinero y las cosas materiales después del accidente?

—Antes era una persona muy material y no valoraba las cosas pequeñas. Tenía una vida cómoda, estudiaba fuera del país, podía trabajar en Estados Unidos y sentía que tenía todo resuelto. Pero, después del accidente, me di cuenta de que las cosas materiales no eran lo importante. Aunque el dinero ayudó a mi recuperación, no podía cambiar lo que me había pasado.

Aprendí a valorar a mi familia, pasar tiempo con mis amigos, vivir el día a día y agradecer las pequeñas cosas. Cuando estuve completamente paralizado, entendí que la vida se trata de pequeñas victorias. 

¿Qué tan independiente es actualmente y qué aprendió al comenzar a vivir solo?

—Necesito ayuda en ciertos lugares, especialmente en Guatemala, por las gradas. Sin embargo, vivo solo y hago mis actividades diarias por mi cuenta. Mudarse me impulsó a ser más independiente, porque ya no tenía a mis papás resolviéndome todo. 

¿Cómo es su rutina diaria entre el trabajo, los estudios y la familia?

—Me levanto a las seis de la mañana para hacer mi rutina con tranquilidad y luego trabajo hasta las cinco o seis de la tarde. Los lunes, miércoles y jueves estudio una maestría en administración de proyectos inmobiliarios.

Los días sin clases visito a mis sobrinos, que viven en el mismo edificio, y dedico tiempo a la fundación. Siempre trato de mantenerme ocupado y aprovechar el día. 

¿Qué actividades disfruta para recargar energías y mantener la mente ocupada?

—La mayor parte de mi tiempo la paso con mis sobrinos. También me gusta leer y buscar ideas para nuevos proyectos o mejorar cosas del trabajo y la vida diaria. Además, hago muchos legos. Después del accidente se volvieron un reto por la movilidad de mis manos y una forma de ayudarme terapéuticamente. 

¿El accidente cambió su manera de acercarse a la gente?

—Creo que no, porque la esencia de quién soy es la misma. Siempre he sido de estar con amigos, no ha cambiado. La única diferencia es que ahora me movilizo en una silla de ruedas.

¿Qué actividades cotidianas disfruta ahora y que antes nunca había valorado lo suficiente?

—Todo, hasta lavarme los dientes. En un momento estuve totalmente paralizado y no podía hacer nada, no podía comer ni tomar agua solo.

Poder valerme por mí mismo es bastante importante para mí. Las pequeñas cosas, como lavarme los dientes, nunca las valoré porque eran cosas del día a día, pero ahora son retos diarios.

¿Cómo enfrenta los días difíciles cuando las cosas no salen como esperaba?

—Dejé todo en manos de Dios y creo que lo que es para mí será para mí; lo que no, pues no. Aprendí a no forzar las cosas: si algo no sale, busco otra opción. También me ayuda mantenerme ocupado, ya sea con hobbies, trabajo, nuevas metas o retos. Creo que mantener la mente ocupada es importante para evitar que me ganen los pensamientos que provocan esos bajones. Con el tiempo entendí que, si algo no sucede como esperaba, probablemente es porque no era para mí.

¿Está abierto a una nueva relación o prefiere concentrarse en sus proyectos personales?

—Estoy abierto a lo que pueda pasar, pero ahora estoy enfocado en mí y en mis proyectos. Entre la maestría y el trabajo, busco ser la mejor versión de mí mismo para poder compartirla con mi próxima pareja. No es algo que esté buscando día a día.

¿Cómo decidió escribir su historia y exponerse de una manera tan vulnerable ante los lectores?

—No empecé a escribir el libro para publicarlo, sino como un diario. Después, muchas personas me pidieron contar mi historia. Con el apoyo de mi familia, entendí que podía ayudar a otros a valorar la vida sin tocar fondo y mostrar cómo los momentos difíciles nos hacen crecer, aunque implicara ser vulnerable. 

¿Qué significa Hasta la médula, el título de su libro?

—El título Hasta la médula surgió mientras escribía el libro con ayuda de otra persona. Cuando ella lo propuso, sentí que tenía profundidad, porque la médula transmite las señales del cuerpo y es vital para la vida. No tiene un significado específico detrás, pero me pareció un título fuerte y adecuado para mi historia, porque sufrí un golpe medular, algo crítico y vital. 

¿Cómo nació su fundación, cuánto tiempo lleva operando y a cuántas personas ha ayudado?

—La fundación nació para replicar la rehabilitación especializada que recibí en Estados Unidos, ante la falta de atención para personas con lesión medular en Guatemala. Promueve educación, apoyo psicológico, terapia física y accesibilidad. Actualmente atiende a 27 pacientes activos y busca demostrar que, después de una lesión, es posible tener una vida plena y digna. La meta es contar con un centro especializado.

¿Cuál es su mayor sueño y qué legado le gustaría dejar más allá de lo empresarial?

—Mi gran sueño es poder dejar un legado más allá del tema empresarial, de quién soy; dejar algo que ayude, como la fundación.

Mi verdadero objetivo es tener un centro de rehabilitación que sea un referente, que le pueda abrir la puerta a quien no tiene los medios y pasa por algo similar. Ese es el mayor de los sueños. En el momento que lo tenga, me puedo ir en paz.

Dejar algo más allá de mí mismo, que ayude a miles de personas.

¿Qué mensaje les daría a las personas que atraviesan una situación difícil en sus vidas?

—Los momentos difíciles son momentos; uno siempre sale de eso. Es importante buscar ayuda, apoyarse en las personas que uno tiene alrededor, tener la mente ocupada y pensar que son momentos. Todo en la vida pasa, aunque uno piense que no. Mantener la frente en alto.

¿Qué frase lo acompaña desde el accidente y qué enseñanza representa para usted?

—”Sin prisa, pero sin pausa” es la frase que me acompaña desde el accidente y da nombre a la fundación. Aprendí que alcanzar las metas requiere trabajo diario y paciencia. Es un proceso, pero lo importante es no detenerse y seguir avanzando, aunque sean pasos pequeños.

 

 
 

Juan Diego Granai y el valor de las pequeñas cosas

Un accidente cambió la vida de Juan Diego Granai. Hoy, su historia invita a repensar las prioridades y el valor de lo esencial.

Ana González
18 de octubre, 2026

Un clavado en una piscina cambió la vida de Juan Diego Granai. El 18 de mayo de 2022, un accidente en Antigua Guatemala le provocó una lesión medular que lo dejó sin movilidad. Tenía 21 años y estaba a punto de graduarse de la universidad. La rehabilitación en Estados Unidos, la disciplina deportiva, la fe y el apoyo de su familia fueron claves para adaptarse a una realidad distinta. Cuatro años después, vive solo, trabaja, estudia una maestría y sigue persiguiendo sus proyectos personales.

En esta entrevista, Granai habla sobre las pequeñas victorias que hoy valora, su libro Hasta la médula y la fundación que creó para apoyar a personas con lesión medular. Su mayor sueño es construir un centro especializado en Guatemala para que más pacientes accedan a la rehabilitación que necesitan.

¿Quién es Juan Diego Granai y cómo se describiría a quienes aún no lo conocen?

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—Me defino como alguien resiliente, familiar y amigable, que ha enfrentado momentos duros. Soy extremadamente activo, soñador y siempre busco rodearme de gente, descubrir cosas nuevas y asumir retos.

¿Recuerda qué hizo aquel día antes del accidente que cambió su vida?

—Tengo memoria completa de todo. Era miércoles 18 de mayo de 2022. Fuimos a Antigua Guatemala con mis amigos a pasar la noche. Estábamos en el jacuzzi de la casa de un amigo cuando decidí tirarme de clavado a la piscina y golpeé la barbilla contra el fondo. Quedé consciente, pero ya no podía mover el cuerpo. Mis amigos pensaron que era una broma, hasta que vieron que no me movía. Me voltearon y les pedí que me sacaran. Ya imaginaba qué había pasado porque sentía las piernas flotando. Le pedí a un amigo que me las bajara, pero me dijo que estaban en el suelo. Yo ya no las sentía.

¿Qué sintió mientras sus amigos intentaban ayudarlo y su familia se enteraba de lo ocurrido?

—Al principio hubo confusión. El golpe fue fuerte, me mordí la lengua y tenía sangre en la boca. Pero más que pensar en mí, pensaba en mis amigos y mi familia. Pedí que los llamaran. Escuchaba a mis papás ansiosos por saber qué pasaba y veía a mis amigos tratando de entender la situación. Algunas amigas estaban llorando y yo intentaba calmarlos a todos, hacerles sentir que estaba bien. Como no perdí la conciencia, todavía entendía lo que ocurría.

¿Cómo habría sido su recuperación sin los tratamientos especializados que recibió en Estados Unidos?

—En Guatemala me diagnosticaron cuadriplejia completa y dijeron que no podría moverme de los hombros para abajo. En Estados Unidos recibí terapia especializada y aprendí que había otras posibilidades. Tuve que aprender a comer, usar el teléfono y la computadora de manera distinta. Esa rehabilitación fue fundamental: sin ella, mi historia sería diferente y no podría hacer muchas de las cosas que hago hoy.

¿Qué cree que lo preparó para afrontar el accidente y asumir una rehabilitación tan exigente?

—Siempre fui muy atleta, hice triatlón y probé casi todos los deportes. Tenía el físico y la disciplina. Después del accidente, nunca falté a mis terapias y siempre aceptaba nuevos retos. Pasé dos meses en un hospital de rehabilitación en Jacksonville y luego casi dos años en Miami, donde intentaba ir un poco más allá cada día. También pensaba en mi hermano, que acababa de ser papá. De cierta manera, sentía que yo era el indicado para enfrentar esa situación, porque siempre he sido como la piedra que nos une y el intermediario cuando hay problemas.

¿Qué planes personales y profesionales tuvo que cambiar después del accidente?

—El accidente me atrasó un año en la universidad, cuando estaba a uno de graduarme, y ya no trabajé un tiempo en Miami como tenía previsto. Sin embargo, mis sueños siguen ahí. No cambiaron para siempre, sino que tuve que adaptarlos a mi nueva realidad y encontrar otras maneras de cumplirlos.

¿Qué cosas daba por sentadas antes del accidente y hoy mira de una forma diferente?

—Nunca había estado entre la vida y la muerte ni imaginado que dejaría de caminar o hacer ciertas cosas. Daba muchas cosas por hecho. Hoy agradezco haber sido activo y curioso, porque pude vivir experiencias que quizá ahora no podría. Aprendí a disfrutar cada día al máximo y a no dejar nada para mañana. Aunque hay cosas que no hice por pereza y que me habría gustado hacer, también entendí que la vida puede cambiar en cualquier momento.

¿Qué le ayudó a mantener el ánimo y tener claro hacia dónde quería llegar en la vida?

—Creo que fue un poquito de todo: la ambición de alcanzar metas, la familia, la fe y la ayuda psicológica. Para mí, la familia fue lo más importante, porque quería darles el ejemplo a mis dos sobrinos de que todo se puede en esta vida. Nunca me peleé con la fe después del accidente; puse todo en manos de Dios y sabía que avanzaría conforme Él decidiera. También busqué ayuda psicológica para aprender a vivir una vida nueva, aceptar el duelo y adaptarme a una realidad distinta. Mis sueños, ideas y planes cambiaron, pero necesitaba volver a disfrutar la vida.

¿Alguna vez se preguntó por qué le ocurrió a usted y no a otra persona?

—Dos años antes de mi accidente, mi papá tuvo cáncer. En uno de los días difíciles, me tiré al suelo a rezar y pedí que, si algo le pasaba a alguien cercano, prefería que me pasara a mí. No quería volver a ver sufrir a un familiar de esa manera. Cuando ocurrió mi accidente, nunca pensé «¿por qué a mí?». 

Al contrario, agradecí que me hubiera pasado a mí y no a alguien de mi familia. Viendo todo lo que había vivido antes, creo que la vida me había preparado y que yo era la persona indicada para enfrentar esa situación. 

¿Cómo cambió su amistad con las personas que estuvieron a su lado durante el accidente?

—Después de mi accidente encontré a los verdaderos amigos. Los primeros meses tenía miles de personas escribiéndome y preguntando por mí, pero poco a poco muchas desaparecieron. Entonces, uno se da cuenta de quiénes permanecen y de personas que quizá no pensaba que fueran tan cercanas, pero hoy están pendientes y dispuestas a ayudar. Mi relación con mis amigos y mi familia se fortaleció muchísimo. Sin ellos, no estaría haciendo muchas de las cosas que hago hoy. Si voy a un lugar con gradas o poco accesible, ellos buscan cómo ayudarme. Nunca ponen límites, sino que dicen: «Hagámoslo y ahí vemos de qué manera». 

¿Tenía pareja cuando ocurrió el accidente y qué pasó con esa relación?

—Si, pero la relación terminó porque ella era de Panamá y nuestros caminos eran distintos, no por mi accidente. Siempre le tendré cariño y agradecimiento por quedarse a mi lado, éramos muy jóvenes. La ruptura me hizo entender que debía concentrarme en mí, en mi rehabilitación y en mis planes. 

¿Cómo cambió su manera de entender el dinero y las cosas materiales después del accidente?

—Antes era una persona muy material y no valoraba las cosas pequeñas. Tenía una vida cómoda, estudiaba fuera del país, podía trabajar en Estados Unidos y sentía que tenía todo resuelto. Pero, después del accidente, me di cuenta de que las cosas materiales no eran lo importante. Aunque el dinero ayudó a mi recuperación, no podía cambiar lo que me había pasado.

Aprendí a valorar a mi familia, pasar tiempo con mis amigos, vivir el día a día y agradecer las pequeñas cosas. Cuando estuve completamente paralizado, entendí que la vida se trata de pequeñas victorias. 

¿Qué tan independiente es actualmente y qué aprendió al comenzar a vivir solo?

—Necesito ayuda en ciertos lugares, especialmente en Guatemala, por las gradas. Sin embargo, vivo solo y hago mis actividades diarias por mi cuenta. Mudarse me impulsó a ser más independiente, porque ya no tenía a mis papás resolviéndome todo. 

¿Cómo es su rutina diaria entre el trabajo, los estudios y la familia?

—Me levanto a las seis de la mañana para hacer mi rutina con tranquilidad y luego trabajo hasta las cinco o seis de la tarde. Los lunes, miércoles y jueves estudio una maestría en administración de proyectos inmobiliarios.

Los días sin clases visito a mis sobrinos, que viven en el mismo edificio, y dedico tiempo a la fundación. Siempre trato de mantenerme ocupado y aprovechar el día. 

¿Qué actividades disfruta para recargar energías y mantener la mente ocupada?

—La mayor parte de mi tiempo la paso con mis sobrinos. También me gusta leer y buscar ideas para nuevos proyectos o mejorar cosas del trabajo y la vida diaria. Además, hago muchos legos. Después del accidente se volvieron un reto por la movilidad de mis manos y una forma de ayudarme terapéuticamente. 

¿El accidente cambió su manera de acercarse a la gente?

—Creo que no, porque la esencia de quién soy es la misma. Siempre he sido de estar con amigos, no ha cambiado. La única diferencia es que ahora me movilizo en una silla de ruedas.

¿Qué actividades cotidianas disfruta ahora y que antes nunca había valorado lo suficiente?

—Todo, hasta lavarme los dientes. En un momento estuve totalmente paralizado y no podía hacer nada, no podía comer ni tomar agua solo.

Poder valerme por mí mismo es bastante importante para mí. Las pequeñas cosas, como lavarme los dientes, nunca las valoré porque eran cosas del día a día, pero ahora son retos diarios.

¿Cómo enfrenta los días difíciles cuando las cosas no salen como esperaba?

—Dejé todo en manos de Dios y creo que lo que es para mí será para mí; lo que no, pues no. Aprendí a no forzar las cosas: si algo no sale, busco otra opción. También me ayuda mantenerme ocupado, ya sea con hobbies, trabajo, nuevas metas o retos. Creo que mantener la mente ocupada es importante para evitar que me ganen los pensamientos que provocan esos bajones. Con el tiempo entendí que, si algo no sucede como esperaba, probablemente es porque no era para mí.

¿Está abierto a una nueva relación o prefiere concentrarse en sus proyectos personales?

—Estoy abierto a lo que pueda pasar, pero ahora estoy enfocado en mí y en mis proyectos. Entre la maestría y el trabajo, busco ser la mejor versión de mí mismo para poder compartirla con mi próxima pareja. No es algo que esté buscando día a día.

¿Cómo decidió escribir su historia y exponerse de una manera tan vulnerable ante los lectores?

—No empecé a escribir el libro para publicarlo, sino como un diario. Después, muchas personas me pidieron contar mi historia. Con el apoyo de mi familia, entendí que podía ayudar a otros a valorar la vida sin tocar fondo y mostrar cómo los momentos difíciles nos hacen crecer, aunque implicara ser vulnerable. 

¿Qué significa Hasta la médula, el título de su libro?

—El título Hasta la médula surgió mientras escribía el libro con ayuda de otra persona. Cuando ella lo propuso, sentí que tenía profundidad, porque la médula transmite las señales del cuerpo y es vital para la vida. No tiene un significado específico detrás, pero me pareció un título fuerte y adecuado para mi historia, porque sufrí un golpe medular, algo crítico y vital. 

¿Cómo nació su fundación, cuánto tiempo lleva operando y a cuántas personas ha ayudado?

—La fundación nació para replicar la rehabilitación especializada que recibí en Estados Unidos, ante la falta de atención para personas con lesión medular en Guatemala. Promueve educación, apoyo psicológico, terapia física y accesibilidad. Actualmente atiende a 27 pacientes activos y busca demostrar que, después de una lesión, es posible tener una vida plena y digna. La meta es contar con un centro especializado.

¿Cuál es su mayor sueño y qué legado le gustaría dejar más allá de lo empresarial?

—Mi gran sueño es poder dejar un legado más allá del tema empresarial, de quién soy; dejar algo que ayude, como la fundación.

Mi verdadero objetivo es tener un centro de rehabilitación que sea un referente, que le pueda abrir la puerta a quien no tiene los medios y pasa por algo similar. Ese es el mayor de los sueños. En el momento que lo tenga, me puedo ir en paz.

Dejar algo más allá de mí mismo, que ayude a miles de personas.

¿Qué mensaje les daría a las personas que atraviesan una situación difícil en sus vidas?

—Los momentos difíciles son momentos; uno siempre sale de eso. Es importante buscar ayuda, apoyarse en las personas que uno tiene alrededor, tener la mente ocupada y pensar que son momentos. Todo en la vida pasa, aunque uno piense que no. Mantener la frente en alto.

¿Qué frase lo acompaña desde el accidente y qué enseñanza representa para usted?

—”Sin prisa, pero sin pausa” es la frase que me acompaña desde el accidente y da nombre a la fundación. Aprendí que alcanzar las metas requiere trabajo diario y paciencia. Es un proceso, pero lo importante es no detenerse y seguir avanzando, aunque sean pasos pequeños.

 

 
 

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