David López: Los adultos deberían aprender de los niños que no todo es trabajo
Al hablar de agujeros negros, David cambia: explica supernovas, singularidades, astrobiología, extremófilos y vida fuera de la Tierra.
A sus 11 años, David López estudia astronomía y astrobiología, escribe libros, divulga ciencia y ya fue reconocido entre los 100 niños prodigio del mundo. Además, en 2026 obtuvo oro en la Olimpiada Internacional de Greenwich. Pero detrás de los premios está, ante todo, un niño: juega Pokémon, mira caricaturas, inventa mundos con cuatro palitos y todavía reclama la hamburguesa que su mamá le prometió. En esta conversación con República, David y Pamela López hablan de talento, maternidad, oportunidades, fe, sueños y de algo que los adultos, según él, parecen olvidar: “No todo es trabajo”.
David López tiene 11 años y, cuando alguien intenta envolverlo en la etiqueta de “niño prodigio”, él encuentra una manera mucho más sencilla de definirse.
“Si conozco a un nuevo amigo, no le digo nada, me comporto como un niño, literalmente soy un niño”, dice.
Y lo es.
Durante la conversación, sonríe, hace bromas, habla de comida, cuenta que detesta los frijoles, recuerda paseos familiares y se entusiasma enumerando personajes de Pokémon. A ratos abraza a su mamá, Pamela López, quien aparece en prácticamente todos los capítulos de esta historia.
Pero basta mencionar los agujeros negros para que David cambie de registro. Entonces aparecen las estrellas de más de ocho masas solares, las supernovas, singularidades, extremófilos, astrobiología y teorías sobre vida fuera de la Tierra.
Todo comenzó con una pregunta
Su curiosidad por el espacio apareció alrededor de los seis años. David López recuerda que una prima le mostró información sobre estrellas más grandes que el Sol.
“No le puse atención. Yo en ese momento no quería saber ni qué era mañana, porque creo que era día de colegio. No quería ni saber qué me iba a tocar, solo quería irme a dormir y jugar. Al día siguiente me levanté con esa curiosidad que me hizo investigar sobre la astronomía”.
Después ocurrió algo que su mamá describe como una necesidad casi permanente de aprender.
“Empecé a absorber un montón de información, puro agujero negro”, recuerda David. “Literalmente, puro agujero negro porque absorbía y absorbía y nunca me llenaba”.
Pero Pamela había comenzado a descubrir algo especial en su único hijo incluso antes. La pandemia los obligó a pasar juntos todo el día. Pamela, ingeniera en sistemas, empezó a observar conductas que antes podían diluirse entre el colegio, el trabajo y las rutinas familiares.
“Como es mi hijo único, yo no tenía punto de comparación con otros niños”, explica. Un día, David quiso comprender los números que aparecían en Pokémon Go. Pamela sacó un ábaco y comenzó a enseñarle.
Luego llegaron las multiplicaciones. Después, las raíces cuadradas. Pamela le dijo que primero tendría que aprenderse las tablas de multiplicar. “Esa noche me dijo: ‘Mami, te las puedo decir’. Y empezó desde la del uno hasta la del siete”, recuerda.
La reacción de Pamela no fue miedo. “En mi caso me emociona”. Esa frase explica buena parte de lo que ocurrió después. Cada vez que David abría una nueva puerta, su mamá buscaba qué había detrás.
Cuando quiso jugar ajedrez, aprendieron viendo videos y después consiguió clases para él. Cuando comenzó a obsesionarse con astronomía, buscó personas capaces de responder preguntas que la familia ya no podía contestar.
Una mamá que decidió seguir la curiosidad
En las cenas familiares, aquel niño de seis años comenzó a improvisar conferencias.
“Bueno, hoy les voy a hablar sobre agujeros negros”, anunciaba.
Su familia lo escuchaba hasta que apareció un problema curioso: ya no sabían si aquello que el niño explicaba era correcto. Pamela buscó entonces a la Asociación Guatemalteca de Astronomía. David comenzó a participar en sus actividades y se convirtió en el más pequeño del grupo.
Pero quería más. Pamela encontró un diplomado de astronomía en la Universidad Galileo. Inicialmente le explicaron que el niño no podía ingresar, pero ella sí.
Se inscribió. No porque quisiera convertirse en astrónoma, sino para que David pudiera escuchar. “Había veces que yo estaba ya casi dormida y él muy entretenido escuchando”, recuerda.
Llegó un momento en que David le pedía que formulara preguntas que ella misma no comprendía. “Yo no sabía ni qué estaba preguntando y menos qué me estaban contestando”. Al final, tuvieron que pedir que dejaran al niño preguntar directamente.
La universidad terminó haciendo una excepción y David se convirtió en su estudiante más joven en cursar el Diplomado de Astronomía. Posteriormente, continuó con astrobiología.
Hoy su mamá explica que un diplomado de este tipo exige como mínimo estudios de bachillerato y que sus compañeros suelen ser profesionales. “David ha recibido el diplomado con ingenieros, con doctores, con gente que disfruta de esto”.
Y mientras Pamela lo cuenta, David hace una aclaración que devuelve inmediatamente la conversación a sus 11 años: “Sigo sin saberme las tablas. Yo las hago al momento”.
Preguntarle qué hace cuando no estudia ciencia produce una respuesta instantánea:
“Pokémon”.
Tiene hora y media de teléfono, ve televisión, juega cartas y asegura saber centenares de datos sobre ese universo.
“Me sé un montón de datos curiosos de Pokémon. Te puedo decir más de 500 Pokémon. Me sé los 18 tipos, debilidades y resistencias, inmunidades y supereficaces por cuatro”.
Pero hay algo todavía más sencillo con lo que puede entretenerse.
Cuatro palitos. “Juego con mis palitos”. Son pedazos de madera con los que construye figuras y mundos imaginarios. “Con los palitos hago algún tipo de figura y, en mi imaginación, imagino lo que en verdad es”.
También tiene peluches, muchos de ellos de Pokémon. Mira Los Picapiedra, Los Supersónicos, Silvestre y Piolín y Tom y Jerry. Su favorito entre los primeros es Pedro Picapiedra.
“No sé, lo empecé a ver con mi abuelita”. Lee, aunque tampoco quiere presentarse como un niño permanentemente enterrado entre libros.
“Me leo, digamos, un libro en dos horas y luego lo dejo tal vez por dos meses”. Es precisamente ese contraste el que atraviesa su historia.
Puede hablar durante largos minutos de la singularidad de un agujero negro y después recordar que tiene hambre.
“Yo quiero los de McDonald's que mi mamá me prometió”.
En 2024 llegó uno de los momentos decisivos.
Pamela encontró una convocatoria para el Congreso Espacial Centroamericano, realizado en la Universidad del Valle de Guatemala. Prepararon propuestas y David fue aceptado para participar cuando tenía apenas nueve años.
Él recuerda perfectamente cómo recibió la noticia.
“Íbamos en el carro, yo ya tenía cara de ‘ay, me quiero dormir, tal vez un vasito de leche y yo me duermo’. Pero mi mamá me dijo: ‘Nos dieron la ponencia’, o algo así, y los dos gritamos de camino a la casa”.
Allí presenta ¡Mi Universo!, su primer libro publicado, pensado para acercar la astronomía a otros niños. Su participación en el congreso y el libro están documentados entre sus primeros hitos importantes como divulgador científico.
Después vinieron otros proyectos. Actualmente trabaja en nuevos libros, participa en divulgación y, junto con su mamá, impulsó el club de astronomía Constelación Quetzal.
Pamela recuerda que cada avance comenzó de la misma manera: buscando. “Nada es casualidad. Hay oportunidades que se dan y hay que trabajar por ellas”.
Entre los 100 niños prodigio del mundo
Después del congreso, Pamela quiso saber si existían en otros países niños con historias parecidas.
Investigó. Así encontró los Global Child Prodigy Awards. “Me di cuenta de que cumplía bien el checklist de lo que podía hacer y entonces lo nominé. Lo peor que podía pasar es que me dijeran que no”.
No ocurrió..David fue seleccionado en la categoría de Ciencias Espaciales y Astronomía entre los 100 niños prodigio reconocidos por los Global Child Prodigy Awards 2025, tras un proceso internacional de nominaciones, y viajó a Londres para recibir el reconocimiento.
Pamela cree que hubo algo determinante además de sus conocimientos.
“No es solo que sean inteligentes, sino que sepan comunicar. David tiene una característica y es que él no solo habla de ciencia, sino que habla ante un público. Se comunica con la gente y tiene un cierto don que sirve para divulgar ciencia”.
Y nuevamente, detrás del niño reconocido internacionalmente, aparece el niño común.
De sus viajes, uno de sus recuerdos favoritos ni siquiera está relacionado con recibir un premio.
Recuerda una visita a Washington cuando era pequeño, la caminata hasta el monumento, el frío, unas papas fritas que terminó compartiendo con una ardilla y una visita improvisada al museo del espacio.
“Tenía una roca lunar”, recuerda emocionado.
Otro salto internacional comenzó de una manera mucho más modesta: con una tarea del colegio.
David creó la historia de un microorganismo extremófilo que viaja por el espacio hasta llegar a Marte.
Pamela vio posibilidades en aquella idea y encontró una categoría de STEM Storytelling en la Olimpiada Internacional de Greenwich.
La historia se convirtió en Two Years in Another Planet.
David tuvo que preparar la defensa de su proyecto y presentarla en inglés ante jueces internacionales.
Hubo nervios.
“Me dieron ganas de ir al baño”, recuerda.
Después se plantó frente al jurado.
El 16 de mayo de 2026 presentó virtualmente el proyecto y finalmente obtuvo oro en STEM Storytelling. La historia incorpora conceptos como extremófilos, panspermia y litopanspermia.
Pamela recuerda la madrugada en que aparecieron los resultados.
“Primero llorar de la emoción, yo pura loquita en mi cuarto”.
Fue a despertarlo.
“David, ganaste tu medalla de oro”.
Luego despertaron al resto de la familia.
“Todos ahí a las 3 de la mañana haciendo la bulla de que había ganado su medalla de oro”.
Decir que Pamela acompaña a David quizá se quede corto.
Estudia cuando necesita comprender lo que él aprende, localiza especialistas, llena solicitudes, encuentra concursos, coordina actividades, lo acompaña a viajes y, al mismo tiempo, procura que siga teniendo recreo, amigos y una vida acorde con su edad.
David lo sabe. Cuando se le pregunta qué deberían hacer los adultos por los niños, su ejemplo aparece inmediatamente: “Como mi mamá, esforzarse”.
Después elabora una reflexión enorme para un niño de 11 años:
“Para los papás, tienen que darles muchas oportunidades a sus hijos, las más posibles. Y así en el día a día se va reformando y ya en un futuro el niño va a tener una buena vida y con el legado que le dejó el papá”.
Pamela lo explica desde el otro lado.
“Las oportunidades están después de la puerta. Uno dice: ‘Yo quisiera para mi hijo esto’, pero no abre la puerta y va a buscar”. Para ella, apoyar a un hijo comienza por escucharlo.
“Independientemente de qué les guste a nuestros hijos, les gusta cantar, les gusta ser poeta… Si mañana me dice ‘me gusta la guitarra y quiero ser cantante’, pues ir y abrir esa puerta y buscar esas posibilidades que estando sentada en mi casa no van a venir a mí”.
Un niño de ciencia y de fe
Otra dimensión ocupa un sitio importante en la familia: la fe.
“David es un niño de fe”, dice Pamela. “Cuando hay un problema, me dice: ‘Mami, oremos’. Esa es una de las primeras palabras que él dice”.
Su fascinación científica no lo lleva a afirmar aquello para lo que considera que no existen pruebas.
Al preguntarle si cree en extraterrestres, responde: “No soy creyente de los ovnis”. Sobre la posibilidad de seres humanos en otro lugar del universo, también es contundente:
“Lo que sí creo es que hay bacterias y vida microbiana, pero humanos, definitivamente no lo creo”. Su verdadera fascinación permanece en otro sitio.
Los agujeros negros. Puede hablar de ellos durante minutos, explicar el colapso de una estrella y llegar hasta la singularidad. Es el tema al que vuelve una y otra vez desde que tenía seis años.
La conversación ocurre por el Día del Niño y al final hay una pregunta distinta.
David ha pasado buena parte de sus 11 años aprendiendo de adultos. De profesores, científicos, profesionales y de su propia mamá.
Pero ¿qué podrían aprender los adultos de los niños?
Esta vez no necesita hablar de astrobiología ni hacer cálculos.
La respuesta llega en pocas palabras:
“Deberían aprender que no todo es trabajo”.
¿Qué significa?
¿Que los padres deberían pasar más tiempo con sus hijos?
“Exacto”, responde.
Y cuando se le pregunta si los adultos están descuidando a los niños por dedicarles demasiado poco tiempo, David responde:
“Lo dijo todo”.
Quizá allí esté la frase más importante de toda la conversación.
Porque la historia de David López no trata únicamente de un niño capaz de entender asuntos que normalmente estudian los adultos. Habla también de adultos capaces de detenerse para escuchar las preguntas de un niño.
Antes de terminar, David deja un mensaje para quienes sueñan con hacer algo, pero sienten que no tienen recursos, conexiones o posibilidades.
“Nunca es demasiado temprano para empezar a cumplir sus sueños, porque no importa que no haya oportunidades, siempre va a haber algún lugar de inicio”.
Ese inicio, advierte, puede ser muy pequeño.
“No importa si es un video de YouTube o un canal que te enseñe algo de astronomía o lo que tú quieras hacer, pero siempre hay un inicio”.
David comenzó así. Con una pregunta. Con un video. Con una mamá que decidió escuchar. Y con seis años.
“Lo que te interese, investiga”, aconseja.
Hoy tiene 11, acumula reconocimientos internacionales, estudia astronomía y sigue pensando qué otros misterios guarda el universo.
Pero cuando termina la entrevista, no está pensando en Londres, premios o agujeros negros.
Tiene hambre.
Y su mamá todavía le debe una hamburguesa.
David López: Los adultos deberían aprender de los niños que no todo es trabajo
Al hablar de agujeros negros, David cambia: explica supernovas, singularidades, astrobiología, extremófilos y vida fuera de la Tierra.
A sus 11 años, David López estudia astronomía y astrobiología, escribe libros, divulga ciencia y ya fue reconocido entre los 100 niños prodigio del mundo. Además, en 2026 obtuvo oro en la Olimpiada Internacional de Greenwich. Pero detrás de los premios está, ante todo, un niño: juega Pokémon, mira caricaturas, inventa mundos con cuatro palitos y todavía reclama la hamburguesa que su mamá le prometió. En esta conversación con República, David y Pamela López hablan de talento, maternidad, oportunidades, fe, sueños y de algo que los adultos, según él, parecen olvidar: “No todo es trabajo”.
David López tiene 11 años y, cuando alguien intenta envolverlo en la etiqueta de “niño prodigio”, él encuentra una manera mucho más sencilla de definirse.
“Si conozco a un nuevo amigo, no le digo nada, me comporto como un niño, literalmente soy un niño”, dice.
Y lo es.
Durante la conversación, sonríe, hace bromas, habla de comida, cuenta que detesta los frijoles, recuerda paseos familiares y se entusiasma enumerando personajes de Pokémon. A ratos abraza a su mamá, Pamela López, quien aparece en prácticamente todos los capítulos de esta historia.
Pero basta mencionar los agujeros negros para que David cambie de registro. Entonces aparecen las estrellas de más de ocho masas solares, las supernovas, singularidades, extremófilos, astrobiología y teorías sobre vida fuera de la Tierra.
Todo comenzó con una pregunta
Su curiosidad por el espacio apareció alrededor de los seis años. David López recuerda que una prima le mostró información sobre estrellas más grandes que el Sol.
“No le puse atención. Yo en ese momento no quería saber ni qué era mañana, porque creo que era día de colegio. No quería ni saber qué me iba a tocar, solo quería irme a dormir y jugar. Al día siguiente me levanté con esa curiosidad que me hizo investigar sobre la astronomía”.
Después ocurrió algo que su mamá describe como una necesidad casi permanente de aprender.
“Empecé a absorber un montón de información, puro agujero negro”, recuerda David. “Literalmente, puro agujero negro porque absorbía y absorbía y nunca me llenaba”.
Pero Pamela había comenzado a descubrir algo especial en su único hijo incluso antes. La pandemia los obligó a pasar juntos todo el día. Pamela, ingeniera en sistemas, empezó a observar conductas que antes podían diluirse entre el colegio, el trabajo y las rutinas familiares.
“Como es mi hijo único, yo no tenía punto de comparación con otros niños”, explica. Un día, David quiso comprender los números que aparecían en Pokémon Go. Pamela sacó un ábaco y comenzó a enseñarle.
Luego llegaron las multiplicaciones. Después, las raíces cuadradas. Pamela le dijo que primero tendría que aprenderse las tablas de multiplicar. “Esa noche me dijo: ‘Mami, te las puedo decir’. Y empezó desde la del uno hasta la del siete”, recuerda.
La reacción de Pamela no fue miedo. “En mi caso me emociona”. Esa frase explica buena parte de lo que ocurrió después. Cada vez que David abría una nueva puerta, su mamá buscaba qué había detrás.
Cuando quiso jugar ajedrez, aprendieron viendo videos y después consiguió clases para él. Cuando comenzó a obsesionarse con astronomía, buscó personas capaces de responder preguntas que la familia ya no podía contestar.
Una mamá que decidió seguir la curiosidad
En las cenas familiares, aquel niño de seis años comenzó a improvisar conferencias.
“Bueno, hoy les voy a hablar sobre agujeros negros”, anunciaba.
Su familia lo escuchaba hasta que apareció un problema curioso: ya no sabían si aquello que el niño explicaba era correcto. Pamela buscó entonces a la Asociación Guatemalteca de Astronomía. David comenzó a participar en sus actividades y se convirtió en el más pequeño del grupo.
Pero quería más. Pamela encontró un diplomado de astronomía en la Universidad Galileo. Inicialmente le explicaron que el niño no podía ingresar, pero ella sí.
Se inscribió. No porque quisiera convertirse en astrónoma, sino para que David pudiera escuchar. “Había veces que yo estaba ya casi dormida y él muy entretenido escuchando”, recuerda.
Llegó un momento en que David le pedía que formulara preguntas que ella misma no comprendía. “Yo no sabía ni qué estaba preguntando y menos qué me estaban contestando”. Al final, tuvieron que pedir que dejaran al niño preguntar directamente.
La universidad terminó haciendo una excepción y David se convirtió en su estudiante más joven en cursar el Diplomado de Astronomía. Posteriormente, continuó con astrobiología.
Hoy su mamá explica que un diplomado de este tipo exige como mínimo estudios de bachillerato y que sus compañeros suelen ser profesionales. “David ha recibido el diplomado con ingenieros, con doctores, con gente que disfruta de esto”.
Y mientras Pamela lo cuenta, David hace una aclaración que devuelve inmediatamente la conversación a sus 11 años: “Sigo sin saberme las tablas. Yo las hago al momento”.
Preguntarle qué hace cuando no estudia ciencia produce una respuesta instantánea:
“Pokémon”.
Tiene hora y media de teléfono, ve televisión, juega cartas y asegura saber centenares de datos sobre ese universo.
“Me sé un montón de datos curiosos de Pokémon. Te puedo decir más de 500 Pokémon. Me sé los 18 tipos, debilidades y resistencias, inmunidades y supereficaces por cuatro”.
Pero hay algo todavía más sencillo con lo que puede entretenerse.
Cuatro palitos. “Juego con mis palitos”. Son pedazos de madera con los que construye figuras y mundos imaginarios. “Con los palitos hago algún tipo de figura y, en mi imaginación, imagino lo que en verdad es”.
También tiene peluches, muchos de ellos de Pokémon. Mira Los Picapiedra, Los Supersónicos, Silvestre y Piolín y Tom y Jerry. Su favorito entre los primeros es Pedro Picapiedra.
“No sé, lo empecé a ver con mi abuelita”. Lee, aunque tampoco quiere presentarse como un niño permanentemente enterrado entre libros.
“Me leo, digamos, un libro en dos horas y luego lo dejo tal vez por dos meses”. Es precisamente ese contraste el que atraviesa su historia.
Puede hablar durante largos minutos de la singularidad de un agujero negro y después recordar que tiene hambre.
“Yo quiero los de McDonald's que mi mamá me prometió”.
En 2024 llegó uno de los momentos decisivos.
Pamela encontró una convocatoria para el Congreso Espacial Centroamericano, realizado en la Universidad del Valle de Guatemala. Prepararon propuestas y David fue aceptado para participar cuando tenía apenas nueve años.
Él recuerda perfectamente cómo recibió la noticia.
“Íbamos en el carro, yo ya tenía cara de ‘ay, me quiero dormir, tal vez un vasito de leche y yo me duermo’. Pero mi mamá me dijo: ‘Nos dieron la ponencia’, o algo así, y los dos gritamos de camino a la casa”.
Allí presenta ¡Mi Universo!, su primer libro publicado, pensado para acercar la astronomía a otros niños. Su participación en el congreso y el libro están documentados entre sus primeros hitos importantes como divulgador científico.
Después vinieron otros proyectos. Actualmente trabaja en nuevos libros, participa en divulgación y, junto con su mamá, impulsó el club de astronomía Constelación Quetzal.
Pamela recuerda que cada avance comenzó de la misma manera: buscando. “Nada es casualidad. Hay oportunidades que se dan y hay que trabajar por ellas”.
Entre los 100 niños prodigio del mundo
Después del congreso, Pamela quiso saber si existían en otros países niños con historias parecidas.
Investigó. Así encontró los Global Child Prodigy Awards. “Me di cuenta de que cumplía bien el checklist de lo que podía hacer y entonces lo nominé. Lo peor que podía pasar es que me dijeran que no”.
No ocurrió..David fue seleccionado en la categoría de Ciencias Espaciales y Astronomía entre los 100 niños prodigio reconocidos por los Global Child Prodigy Awards 2025, tras un proceso internacional de nominaciones, y viajó a Londres para recibir el reconocimiento.
Pamela cree que hubo algo determinante además de sus conocimientos.
“No es solo que sean inteligentes, sino que sepan comunicar. David tiene una característica y es que él no solo habla de ciencia, sino que habla ante un público. Se comunica con la gente y tiene un cierto don que sirve para divulgar ciencia”.
Y nuevamente, detrás del niño reconocido internacionalmente, aparece el niño común.
De sus viajes, uno de sus recuerdos favoritos ni siquiera está relacionado con recibir un premio.
Recuerda una visita a Washington cuando era pequeño, la caminata hasta el monumento, el frío, unas papas fritas que terminó compartiendo con una ardilla y una visita improvisada al museo del espacio.
“Tenía una roca lunar”, recuerda emocionado.
Otro salto internacional comenzó de una manera mucho más modesta: con una tarea del colegio.
David creó la historia de un microorganismo extremófilo que viaja por el espacio hasta llegar a Marte.
Pamela vio posibilidades en aquella idea y encontró una categoría de STEM Storytelling en la Olimpiada Internacional de Greenwich.
La historia se convirtió en Two Years in Another Planet.
David tuvo que preparar la defensa de su proyecto y presentarla en inglés ante jueces internacionales.
Hubo nervios.
“Me dieron ganas de ir al baño”, recuerda.
Después se plantó frente al jurado.
El 16 de mayo de 2026 presentó virtualmente el proyecto y finalmente obtuvo oro en STEM Storytelling. La historia incorpora conceptos como extremófilos, panspermia y litopanspermia.
Pamela recuerda la madrugada en que aparecieron los resultados.
“Primero llorar de la emoción, yo pura loquita en mi cuarto”.
Fue a despertarlo.
“David, ganaste tu medalla de oro”.
Luego despertaron al resto de la familia.
“Todos ahí a las 3 de la mañana haciendo la bulla de que había ganado su medalla de oro”.
Decir que Pamela acompaña a David quizá se quede corto.
Estudia cuando necesita comprender lo que él aprende, localiza especialistas, llena solicitudes, encuentra concursos, coordina actividades, lo acompaña a viajes y, al mismo tiempo, procura que siga teniendo recreo, amigos y una vida acorde con su edad.
David lo sabe. Cuando se le pregunta qué deberían hacer los adultos por los niños, su ejemplo aparece inmediatamente: “Como mi mamá, esforzarse”.
Después elabora una reflexión enorme para un niño de 11 años:
“Para los papás, tienen que darles muchas oportunidades a sus hijos, las más posibles. Y así en el día a día se va reformando y ya en un futuro el niño va a tener una buena vida y con el legado que le dejó el papá”.
Pamela lo explica desde el otro lado.
“Las oportunidades están después de la puerta. Uno dice: ‘Yo quisiera para mi hijo esto’, pero no abre la puerta y va a buscar”. Para ella, apoyar a un hijo comienza por escucharlo.
“Independientemente de qué les guste a nuestros hijos, les gusta cantar, les gusta ser poeta… Si mañana me dice ‘me gusta la guitarra y quiero ser cantante’, pues ir y abrir esa puerta y buscar esas posibilidades que estando sentada en mi casa no van a venir a mí”.
Un niño de ciencia y de fe
Otra dimensión ocupa un sitio importante en la familia: la fe.
“David es un niño de fe”, dice Pamela. “Cuando hay un problema, me dice: ‘Mami, oremos’. Esa es una de las primeras palabras que él dice”.
Su fascinación científica no lo lleva a afirmar aquello para lo que considera que no existen pruebas.
Al preguntarle si cree en extraterrestres, responde: “No soy creyente de los ovnis”. Sobre la posibilidad de seres humanos en otro lugar del universo, también es contundente:
“Lo que sí creo es que hay bacterias y vida microbiana, pero humanos, definitivamente no lo creo”. Su verdadera fascinación permanece en otro sitio.
Los agujeros negros. Puede hablar de ellos durante minutos, explicar el colapso de una estrella y llegar hasta la singularidad. Es el tema al que vuelve una y otra vez desde que tenía seis años.
La conversación ocurre por el Día del Niño y al final hay una pregunta distinta.
David ha pasado buena parte de sus 11 años aprendiendo de adultos. De profesores, científicos, profesionales y de su propia mamá.
Pero ¿qué podrían aprender los adultos de los niños?
Esta vez no necesita hablar de astrobiología ni hacer cálculos.
La respuesta llega en pocas palabras:
“Deberían aprender que no todo es trabajo”.
¿Qué significa?
¿Que los padres deberían pasar más tiempo con sus hijos?
“Exacto”, responde.
Y cuando se le pregunta si los adultos están descuidando a los niños por dedicarles demasiado poco tiempo, David responde:
“Lo dijo todo”.
Quizá allí esté la frase más importante de toda la conversación.
Porque la historia de David López no trata únicamente de un niño capaz de entender asuntos que normalmente estudian los adultos. Habla también de adultos capaces de detenerse para escuchar las preguntas de un niño.
Antes de terminar, David deja un mensaje para quienes sueñan con hacer algo, pero sienten que no tienen recursos, conexiones o posibilidades.
“Nunca es demasiado temprano para empezar a cumplir sus sueños, porque no importa que no haya oportunidades, siempre va a haber algún lugar de inicio”.
Ese inicio, advierte, puede ser muy pequeño.
“No importa si es un video de YouTube o un canal que te enseñe algo de astronomía o lo que tú quieras hacer, pero siempre hay un inicio”.
David comenzó así. Con una pregunta. Con un video. Con una mamá que decidió escuchar. Y con seis años.
“Lo que te interese, investiga”, aconseja.
Hoy tiene 11, acumula reconocimientos internacionales, estudia astronomía y sigue pensando qué otros misterios guarda el universo.
Pero cuando termina la entrevista, no está pensando en Londres, premios o agujeros negros.
Tiene hambre.
Y su mamá todavía le debe una hamburguesa.
EL TIPO DE CAMBIO DE HOY ES DE: