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Jaque mate a la edad: Ricardo Ordóñez, la nueva joya del ajedrez

Fotos: Diego Cabrera / República
Ana González
19 de julio, 2026

Con apenas 12 años, Ricardo Ordóñez ha logrado lo que para muchos ajedrecistas representa el trabajo de toda una vida. Hoy ocupa el primer lugar del ranking latinoamericano y el segundo del continente americano, un reconocimiento que confirma su enorme talento frente al tablero. Sin embargo, basta conversar unos minutos con él para descubrir que, detrás de las medallas, los trofeos y los rankings, sigue existiendo un niño que disfruta jugar fútbol con sus amigos, leer sobre astronomía, pasar tiempo con su familia y reír con la misma espontaneidad de cualquier estudiante de primaria.

Lo curioso es que el ajedrez nunca fue el plan.

Durante su infancia imaginó un camino muy distinto. El deporte que realmente lo apasionaba era el karate y estaba convencido de que crecería practicándolo. El ajedrez apareció casi por casualidad cuando tenía nueve años. La primera vez que movió una pieza no sintió ninguna emoción extraordinaria. "Solo sentí que se movía", recuerda entre risas. En ese momento no imaginó que aquel tablero terminaría convirtiéndose en el escenario donde construiría sus mayores sueños.

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Ricardo cursa quinto primaria en el Instituto Austriaco Guatemalteco.





El verdadero cambio llegó tiempo después. Conforme avanzaban los entrenamientos y empezaron a aparecer las primeras competencias, descubrió que ese juego exigía mucho más que memoria o inteligencia. Cada partida era un desafío para pensar mejor, controlar las emociones y aprender de los errores. Después de un campeonato centroamericano comprendió que tenía condiciones para competir a un nivel mucho más alto. Ese torneo marcó un antes y un después.

El día que cambió de tablero

A diferencia de quienes atribuyen el éxito al talento natural, Ricardo tiene otra explicación. Está convencido de que la disciplina pesa mucho más que cualquier don. Él mismo reconoce que nació con facilidad para los deportes. Le gusta correr, nadar, jugar fútbol y todavía conserva ese espíritu competitivo que desarrolló cuando practicaba karate. Pero asegura que lo que realmente lo llevó hasta la cima del ajedrez fue la constancia.

Su rutina refleja esa convicción. Se levanta temprano para asistir al colegio, comparte con sus compañeros, cumple con sus tareas y, al regresar a casa, dedica alrededor de tres horas y media al entrenamiento. Durante las vacaciones ese tiempo puede duplicarse, aunque insiste en que nunca ha permitido que el ajedrez ocupe toda su vida.

"No podría vivir solo para el ajedrez", dice con una madurez que sorprende para su edad.

Sigue jugando videojuegos, disfruta los partidos de fútbol con sus amigos y procura mantener el equilibrio entre el deporte, la escuela y la familia. Cree que esa es una de las razones por las que nunca ha perdido la ilusión de seguir aprendiendo. Para él, convertirse únicamente en ajedrecista sería renunciar a una parte importante de quién es.

Quienes lo conocen destacan su facilidad para hacer amigos. Él mismo se define como un niño tranquilo, carismático y alegre. En su grupo hay atletas de distintas disciplinas y los logros de uno siempre se convierten en motivo de celebración para todos. Cuando un compañero ganó un campeonato mundial de karate, lo festejaron como si fuera propio. Ahora son ellos quienes celebran cada nuevo triunfo de Ricardo.

El ajedrez apareció casi por casualidad cuando tenía nueve años.




Competir contra adultos tampoco parece intimidarlo. Mientras muchos pensarían que enfrentarse a jugadores con décadas de experiencia representa una enorme presión, él lo ve de otra manera. Cree que, en muchas ocasiones, son ellos quienes tienen más que perder. Antes de cada partida cierra los ojos, repasa mentalmente las variantes que ha estudiado y hace una oración.

En ese momento también lleva consigo un símbolo muy especial: una medalla de San Benito que siempre lo acompaña. La fe, junto con su devoción por la Virgen María, forma parte de su rutina desde pequeño y le brinda serenidad antes de comenzar cada torneo. Más que un amuleto, esa medalla representa un recordatorio de los valores que ha aprendido en casa y de la confianza con la que enfrenta cada desafío.

Las victorias también se construyen en familia

Fuera del tablero, hay otra presencia que nunca falta: su mamá, Karen Bonilla. Ella lo acompaña en cada viaje, organiza buena parte de la logística y está pendiente de cada detalle antes, durante y después de las competencias. Habla de los logros de Ricardo con emoción y orgullo, pero asegura que lo que más la satisface no son los trofeos, sino verlo crecer como un niño humilde, disciplinado y feliz. Ese respaldo incondicional ha sido una constante desde que comenzó a competir y forma parte del equipo que lo impulsa a seguir adelante.

Como cualquier deportista, también ha conocido la frustración. Uno de los momentos más difíciles ocurrió recientemente durante un torneo en Costa Rica. Llegó después de varias competencias consecutivas y sintió el desgaste físico y mental. Los resultados no fueron los que esperaba y durante algunos días la tristeza lo acompañó. Sin embargo, esa decepción no tardó en transformarse en motivación. Ahora espera regresar para buscar la revancha y conseguir una nueva norma que le permita seguir acercándose a sus metas.

Su pieza predilecta es el caballo, por la creatividad y las posibilidades que ofrece en cada partida.




Los sueños apenas comienzan

Porque, aunque ya figura entre los mejores del continente, Ricardo siente que apenas está comenzando.

Su mayor sueño es convertirse en campeón del mundo, una meta ambiciosa que pronuncia con absoluta naturalidad. También piensa en el futuro fuera del tablero. Cuando habla de la vida adulta menciona una profesión que le despierta la misma curiosidad que hoy le produce cada partida: la medicina.

Antes de pensar en ese futuro, el calendario ya le presenta nuevos desafíos. En las próximas semanas competirá en Medellín, Colombia, y posteriormente viajará a Uzbekistán para medirse con algunos de los mejores ajedrecistas del mundo. Cada torneo representa una nueva oportunidad para aprender, ganar experiencia y continuar escalando posiciones en el ajedrez internacional.

Mientras ese día llega, continúa resolviendo otro reto que pocos imaginan. Los constantes viajes a torneos lo obligan a ausentarse del colegio con frecuencia. Eso significa estudiar por adelantado, recuperar exámenes y organizar mejor su tiempo para mantener un buen rendimiento académico. No siempre resulta sencillo, pero ha aprendido que el éxito también exige responsabilidad fuera del deporte.

Ricardo tiene previsto competir en Colombia y Uzbekistán durante las próximas semanas.





Quizá por eso el mensaje que le gustaría transmitir a otros niños no habla de trofeos ni de rankings. Habla de creer en uno mismo, de atreverse a cambiar de camino cuando aparece una nueva pasión y de entender que el talento solo abre la primera puerta, mientras que la disciplina, la perseverancia y el tiempo son los que permiten recorrer el resto del camino.

A sus 12 años, Ricardo Ordóñez todavía conserva la sencillez de quien se sorprende al ver su nombre entre los mejores del continente. Tal vez esa sea la cualidad que más lo distingue. Mientras otros cuentan victorias, él sigue disfrutando cada movimiento como aquel niño que un día descubrió un tablero sin imaginar que, pieza por pieza, estaba empezando a construir su propio destino.

Jaque mate a la edad: Ricardo Ordóñez, la nueva joya del ajedrez

Fotos: Diego Cabrera / República
Ana González
19 de julio, 2026

Con apenas 12 años, Ricardo Ordóñez ha logrado lo que para muchos ajedrecistas representa el trabajo de toda una vida. Hoy ocupa el primer lugar del ranking latinoamericano y el segundo del continente americano, un reconocimiento que confirma su enorme talento frente al tablero. Sin embargo, basta conversar unos minutos con él para descubrir que, detrás de las medallas, los trofeos y los rankings, sigue existiendo un niño que disfruta jugar fútbol con sus amigos, leer sobre astronomía, pasar tiempo con su familia y reír con la misma espontaneidad de cualquier estudiante de primaria.

Lo curioso es que el ajedrez nunca fue el plan.

Durante su infancia imaginó un camino muy distinto. El deporte que realmente lo apasionaba era el karate y estaba convencido de que crecería practicándolo. El ajedrez apareció casi por casualidad cuando tenía nueve años. La primera vez que movió una pieza no sintió ninguna emoción extraordinaria. "Solo sentí que se movía", recuerda entre risas. En ese momento no imaginó que aquel tablero terminaría convirtiéndose en el escenario donde construiría sus mayores sueños.

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Ricardo cursa quinto primaria en el Instituto Austriaco Guatemalteco.





El verdadero cambio llegó tiempo después. Conforme avanzaban los entrenamientos y empezaron a aparecer las primeras competencias, descubrió que ese juego exigía mucho más que memoria o inteligencia. Cada partida era un desafío para pensar mejor, controlar las emociones y aprender de los errores. Después de un campeonato centroamericano comprendió que tenía condiciones para competir a un nivel mucho más alto. Ese torneo marcó un antes y un después.

El día que cambió de tablero

A diferencia de quienes atribuyen el éxito al talento natural, Ricardo tiene otra explicación. Está convencido de que la disciplina pesa mucho más que cualquier don. Él mismo reconoce que nació con facilidad para los deportes. Le gusta correr, nadar, jugar fútbol y todavía conserva ese espíritu competitivo que desarrolló cuando practicaba karate. Pero asegura que lo que realmente lo llevó hasta la cima del ajedrez fue la constancia.

Su rutina refleja esa convicción. Se levanta temprano para asistir al colegio, comparte con sus compañeros, cumple con sus tareas y, al regresar a casa, dedica alrededor de tres horas y media al entrenamiento. Durante las vacaciones ese tiempo puede duplicarse, aunque insiste en que nunca ha permitido que el ajedrez ocupe toda su vida.

"No podría vivir solo para el ajedrez", dice con una madurez que sorprende para su edad.

Sigue jugando videojuegos, disfruta los partidos de fútbol con sus amigos y procura mantener el equilibrio entre el deporte, la escuela y la familia. Cree que esa es una de las razones por las que nunca ha perdido la ilusión de seguir aprendiendo. Para él, convertirse únicamente en ajedrecista sería renunciar a una parte importante de quién es.

Quienes lo conocen destacan su facilidad para hacer amigos. Él mismo se define como un niño tranquilo, carismático y alegre. En su grupo hay atletas de distintas disciplinas y los logros de uno siempre se convierten en motivo de celebración para todos. Cuando un compañero ganó un campeonato mundial de karate, lo festejaron como si fuera propio. Ahora son ellos quienes celebran cada nuevo triunfo de Ricardo.

El ajedrez apareció casi por casualidad cuando tenía nueve años.




Competir contra adultos tampoco parece intimidarlo. Mientras muchos pensarían que enfrentarse a jugadores con décadas de experiencia representa una enorme presión, él lo ve de otra manera. Cree que, en muchas ocasiones, son ellos quienes tienen más que perder. Antes de cada partida cierra los ojos, repasa mentalmente las variantes que ha estudiado y hace una oración.

En ese momento también lleva consigo un símbolo muy especial: una medalla de San Benito que siempre lo acompaña. La fe, junto con su devoción por la Virgen María, forma parte de su rutina desde pequeño y le brinda serenidad antes de comenzar cada torneo. Más que un amuleto, esa medalla representa un recordatorio de los valores que ha aprendido en casa y de la confianza con la que enfrenta cada desafío.

Las victorias también se construyen en familia

Fuera del tablero, hay otra presencia que nunca falta: su mamá, Karen Bonilla. Ella lo acompaña en cada viaje, organiza buena parte de la logística y está pendiente de cada detalle antes, durante y después de las competencias. Habla de los logros de Ricardo con emoción y orgullo, pero asegura que lo que más la satisface no son los trofeos, sino verlo crecer como un niño humilde, disciplinado y feliz. Ese respaldo incondicional ha sido una constante desde que comenzó a competir y forma parte del equipo que lo impulsa a seguir adelante.

Como cualquier deportista, también ha conocido la frustración. Uno de los momentos más difíciles ocurrió recientemente durante un torneo en Costa Rica. Llegó después de varias competencias consecutivas y sintió el desgaste físico y mental. Los resultados no fueron los que esperaba y durante algunos días la tristeza lo acompañó. Sin embargo, esa decepción no tardó en transformarse en motivación. Ahora espera regresar para buscar la revancha y conseguir una nueva norma que le permita seguir acercándose a sus metas.

Su pieza predilecta es el caballo, por la creatividad y las posibilidades que ofrece en cada partida.




Los sueños apenas comienzan

Porque, aunque ya figura entre los mejores del continente, Ricardo siente que apenas está comenzando.

Su mayor sueño es convertirse en campeón del mundo, una meta ambiciosa que pronuncia con absoluta naturalidad. También piensa en el futuro fuera del tablero. Cuando habla de la vida adulta menciona una profesión que le despierta la misma curiosidad que hoy le produce cada partida: la medicina.

Antes de pensar en ese futuro, el calendario ya le presenta nuevos desafíos. En las próximas semanas competirá en Medellín, Colombia, y posteriormente viajará a Uzbekistán para medirse con algunos de los mejores ajedrecistas del mundo. Cada torneo representa una nueva oportunidad para aprender, ganar experiencia y continuar escalando posiciones en el ajedrez internacional.

Mientras ese día llega, continúa resolviendo otro reto que pocos imaginan. Los constantes viajes a torneos lo obligan a ausentarse del colegio con frecuencia. Eso significa estudiar por adelantado, recuperar exámenes y organizar mejor su tiempo para mantener un buen rendimiento académico. No siempre resulta sencillo, pero ha aprendido que el éxito también exige responsabilidad fuera del deporte.

Ricardo tiene previsto competir en Colombia y Uzbekistán durante las próximas semanas.





Quizá por eso el mensaje que le gustaría transmitir a otros niños no habla de trofeos ni de rankings. Habla de creer en uno mismo, de atreverse a cambiar de camino cuando aparece una nueva pasión y de entender que el talento solo abre la primera puerta, mientras que la disciplina, la perseverancia y el tiempo son los que permiten recorrer el resto del camino.

A sus 12 años, Ricardo Ordóñez todavía conserva la sencillez de quien se sorprende al ver su nombre entre los mejores del continente. Tal vez esa sea la cualidad que más lo distingue. Mientras otros cuentan victorias, él sigue disfrutando cada movimiento como aquel niño que un día descubrió un tablero sin imaginar que, pieza por pieza, estaba empezando a construir su propio destino.

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