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Charles Bland: “No arruinemos la poca formalidad; generemos más empleo”

El presidente de CAMAGRO advierte que elevar el salario mínimo sin criterios técnicos frena el empleo formal y amplía la informalidad.

Luis Gonzalez
24 de octubre, 2026

El presidente de la Cámara del Agro (CAMAGRO), Charles Bland, sostiene que el debate debe centrarse menos en el monto del incremento y más en la generación de empleo formal. En esta conversación, advierte sobre los efectos que pueden tener los aumentos salariales en la competitividad, la contratación de trabajadores y la informalidad, en un contexto marcado por mayores costos de producción, incertidumbre internacional y riesgos climáticos.

¿Cómo analiza el sector agro el debate anual sobre el salario mínimo?

Es un tema recurrente. Todos los años nos toca sentarnos a discutir el salario mínimo en una comisión tripartita en la que participan los empleadores, los trabajadores, representados por los sindicatos, y el Ministerio de Trabajo. La idea de estas comisiones es discutir las realidades del país y encontrar un punto de equilibrio que permita desarrollar la economía.

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Al final del año, el presidente toma una decisión y define qué hacer con el salario mínimo. Sin embargo, es importante entender que detrás de esa decisión hay implicaciones muy grandes para el desarrollo del país, para la economía y especialmente para el agro.

El agro es muy diverso. Tenemos empresas grandes y pequeñas, empresas que trabajan todo el año y otras que operan solo en épocas de cosecha. Además, están distribuidas en todos los rincones del país, por lo que las realidades son distintas. Lo mismo ocurre con sectores como la construcción o la industria. Hay años buenos para unos y difíciles para otros.

Por eso no debemos asumir que una misma cifra funciona para todos. Muchas veces estas decisiones terminan afectando más a las empresas pequeñas que a las grandes. Y son precisamente esas empresas pequeñas las que generan muchísimo empleo. En muchos casos, una diferencia relativamente pequeña en el salario mínimo puede marcar la diferencia entre mantener trabajadores en la formalidad o llevarlos a la informalidad. Y esa diferencia significa tener o no cobertura social, tener o no prestaciones y contar o no con oportunidades de crecimiento dentro de una economía formal.

¿Cómo o cuál es la coyuntura de este año y la que se prevé para el sector agro, considerando la posibilidad de aumentar o no el salario mínimo?

Es un año sumamente complicado. Todos los años tienen desafíos, pero este tiene matices especiales. Está el tema de los aranceles y de Estados Unidos, que sigue siendo el principal mercado individual para muchas exportaciones de Guatemala. Algunos productos no se han visto afectados, pero otros sí.

También están los conflictos internacionales. Uno podría preguntarse qué tiene que ver el campo en Guatemala con la guerra en Ucrania o con las tensiones en el estrecho de Hormuz, pero de allí provienen muchos fertilizantes y combustibles. Cuando esos insumos escasean o se encarecen a nivel mundial, los precios terminan subiendo aquí también.

Los fertilizantes cuestan más, los combustibles cuestan más y las empresas ya operan con costos bastante ajustados. Además, conseguir mano de obra cada vez es más complicado. Todo esto termina afectando la formalidad, porque muchas personas y empresas consideran más barato mantenerse fuera de ella.

A eso se suma el tema del IGSS. Muchos trabajadores del interior hacen sus aportes, pero para recibir atención deben recorrer largas distancias o esperar meses por una cita. El servicio debería estar más cerca de las áreas rurales.

También está el asunto del trabajo a tiempo parcial. En el agro existen distintas modalidades laborales, pero las regulaciones terminan desincentivando esa contratación y dejan fuera de la formalidad a personas que podrían tener un empleo con prestaciones.

Cuando uno ve el panorama completo, encuentra empresas enfrentando combustibles caros, fertilizantes caros, infraestructura deficiente y costos de seguridad elevados. Hay ocasiones en las que debemos arreglar nuestros propios caminos, pasar hasta doce horas para llegar a un puerto y asumir gastos que reducen nuestra competitividad.

¿Considera que los incrementos recientes al salario mínimo han agravado la situación?

Sí. Hemos venido recibiendo aumentos que, desde nuestra perspectiva, no han tenido una justificación técnica vinculada al crecimiento económico o a la productividad. Tuvimos incrementos de alrededor del 10 % hace algunos años, que consideramos muy altos, y luego otros del 5 % o 7 %.

Cuando esos aumentos se suman a todos los demás costos que enfrentan las empresas, el resultado es que se vuelve más difícil generar empleo formal.

Algo que nos preocupa es que cada año ingresan alrededor de 250 mil jóvenes al mercado laboral. Hace algunos años se estaban generando cerca de 100 mil empleos formales; hoy hablamos de alrededor de 60 mil. Eso significa que miles de jóvenes cada año no encuentran oportunidades dentro de la formalidad.

Mientras más difícil sea formalizarse y mientras más trabas existan, más complicado será generar los empleos que el país necesita.

¿Qué papel juega el factor climático en este escenario?

Es un factor sumamente importante. El fenómeno de El Niño podría ser uno de los más fuertes en muchas décadas y eso significa sequías, menos agua y menores niveles de producción.

Si hubiera suficiente agua y sistemas de riego accesibles, sería distinto, pero el riego también se ha encarecido por el costo de los combustibles. Entonces tenemos menos agua, mayores costos y menor producción.

La pregunta es cómo se puede pagar más cuando se está produciendo menos. Tenemos que ser más productivos y más competitivos. En otros países, muchos productores reciben apoyos y condiciones que les permiten producir más. Aquí cada quien hace lo que puede.

Para los pequeños agricultores, la situación es especialmente complicada. Ven cosechas reducidas, menos producción y mayores costos. Por eso este es un tema que requiere equilibrio. Entendemos que existe la necesidad de mejorar los ingresos de las personas, pero también hay que entender de dónde salen esos recursos y cómo se generan esos empleos.

Si no hay productividad, no hay trabajo. Si una actividad deja de ser rentable, ese empleo simplemente desaparece. Por eso debe existir un balance.

Entre 2015 y la actualidad, el salario mínimo aumentó más del 50 %. ¿Qué ha ocurrido con los precios de exportación?

No se puede analizar de una manera tan lineal. Los precios internacionales suben y bajan constantemente. Pueden aumentar durante un tiempo y después volver a caer.

Lo vimos con el petróleo. Hubo momentos en que se decía que nunca volvería a bajar de los USD 100 por barril, y años después llegó incluso a precios negativos. Ahora vuelve a estar alto.

Eso demuestra que los mercados cambian por el clima, por conflictos internacionales o por situaciones económicas que hoy existen y mañana no. Los precios suben y bajan. El salario mínimo, en cambio, solo sube.

Por eso debemos ser responsables. El salario mínimo es precisamente eso: un mínimo. No es el salario promedio ni necesariamente el salario que debería ganar una persona de acuerdo con su desempeño. Hay que tomar decisiones considerando que las condiciones económicas cambian.

Usted sostiene que el salario mínimo puede convertirse en una barrera para la formalidad. ¿Por qué?

Porque hay muchas personas que hoy ni siquiera logran acceder a un empleo formal. Guatemala tiene una informalidad cercana al 80%.

Entonces la pregunta no debería ser únicamente cuánto ganan quienes ya están en la formalidad, sino qué pasa con ese 80% que está fuera. ¿Cómo hacemos para que puedan tener un empleo formal, con cobertura social y prestaciones de ley?

Incluso Guatemala es uno de los pocos países donde el salario promedio es menor que el salario mínimo. Si lográramos formalizar a una gran parte de esa población, estaríamos mejorando significativamente sus ingresos y sus condiciones laborales.

¿Cree que el modelo actual de discusión en la Comisión Nacional del Salario está agotado?

Creo que es algo frustrante y que vale la pena repensarlo. La discusión suele terminar centrándose en un número: cuánto subir, cuánto no subir. Pero deberíamos preguntarnos qué queremos lograr.

La pregunta debería ser cómo generar más empleo formal. Cómo hacemos para que más personas encuentren trabajo dentro de la formalidad y tengan acceso a todos los beneficios que eso implica.

Si esa fuera la motivación principal de la discusión, probablemente tendríamos una conversación distinta.

¿Qué opina sobre los salarios diferenciados y las circunscripciones económicas?

Ha habido algunos avances. Se crearon distintas circunscripciones económicas, pero la realidad es mucho más compleja. No hablamos de dos realidades; podríamos estar hablando de muchas más.

Para tomar decisiones adecuadas, necesitamos información específica de cada región y de cada actividad económica. No es lo mismo una zona agrícola que una zona urbana, ni una actividad exportadora que una orientada al mercado local.

Al final, la discusión no debería reducirse a si el aumento será de un 2 %, un 3 % o un 5 %. Lo importante es entender si la medida ayuda o no a generar más empleo.

¿Qué mensaje enviaría al Gobierno antes de que tome una decisión sobre el salario mínimo?

Que pensemos en cómo hacer al agro más competitivo frente al resto del mundo. Competimos con productores de Perú, Colombia, India y muchos otros países.

Lo que necesitamos es generar más formalidad, más empleo y más competitividad. No arruinemos la poca formalidad que existe. Pensemos en cómo crear mejores condiciones para producir y contratar, no en cómo agregar más costos.

¿Cuál es el aporte del agro en materia de empleo?

El agro es uno de los principales generadores de empleo formal del país y, probablemente, tiene un peso todavía mayor dentro de la economía informal.

El problema es que la formalidad sigue creciendo, pero cada vez a un ritmo menor. Mientras tanto, la informalidad continúa avanzando.

No debemos permitir que la informalidad nos gane terreno.

¿Cuál sería su principal llamado?

No dejemos que la informalidad nos gane. Si vamos a crear reglas, hagamos reglas que todos podamos cumplir y que ayuden a generar empleo formal, especialmente en el interior del país.

El agro es uno de los principales generadores de empleo y el reto es cómo proteger esos puestos de trabajo y crear más oportunidades para quienes hoy siguen fuera de la formalidad.

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Charles Bland: “No arruinemos la poca formalidad; generemos más empleo”

El presidente de CAMAGRO advierte que elevar el salario mínimo sin criterios técnicos frena el empleo formal y amplía la informalidad.

Luis Gonzalez
24 de octubre, 2026

El presidente de la Cámara del Agro (CAMAGRO), Charles Bland, sostiene que el debate debe centrarse menos en el monto del incremento y más en la generación de empleo formal. En esta conversación, advierte sobre los efectos que pueden tener los aumentos salariales en la competitividad, la contratación de trabajadores y la informalidad, en un contexto marcado por mayores costos de producción, incertidumbre internacional y riesgos climáticos.

¿Cómo analiza el sector agro el debate anual sobre el salario mínimo?

Es un tema recurrente. Todos los años nos toca sentarnos a discutir el salario mínimo en una comisión tripartita en la que participan los empleadores, los trabajadores, representados por los sindicatos, y el Ministerio de Trabajo. La idea de estas comisiones es discutir las realidades del país y encontrar un punto de equilibrio que permita desarrollar la economía.

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Al final del año, el presidente toma una decisión y define qué hacer con el salario mínimo. Sin embargo, es importante entender que detrás de esa decisión hay implicaciones muy grandes para el desarrollo del país, para la economía y especialmente para el agro.

El agro es muy diverso. Tenemos empresas grandes y pequeñas, empresas que trabajan todo el año y otras que operan solo en épocas de cosecha. Además, están distribuidas en todos los rincones del país, por lo que las realidades son distintas. Lo mismo ocurre con sectores como la construcción o la industria. Hay años buenos para unos y difíciles para otros.

Por eso no debemos asumir que una misma cifra funciona para todos. Muchas veces estas decisiones terminan afectando más a las empresas pequeñas que a las grandes. Y son precisamente esas empresas pequeñas las que generan muchísimo empleo. En muchos casos, una diferencia relativamente pequeña en el salario mínimo puede marcar la diferencia entre mantener trabajadores en la formalidad o llevarlos a la informalidad. Y esa diferencia significa tener o no cobertura social, tener o no prestaciones y contar o no con oportunidades de crecimiento dentro de una economía formal.

¿Cómo o cuál es la coyuntura de este año y la que se prevé para el sector agro, considerando la posibilidad de aumentar o no el salario mínimo?

Es un año sumamente complicado. Todos los años tienen desafíos, pero este tiene matices especiales. Está el tema de los aranceles y de Estados Unidos, que sigue siendo el principal mercado individual para muchas exportaciones de Guatemala. Algunos productos no se han visto afectados, pero otros sí.

También están los conflictos internacionales. Uno podría preguntarse qué tiene que ver el campo en Guatemala con la guerra en Ucrania o con las tensiones en el estrecho de Hormuz, pero de allí provienen muchos fertilizantes y combustibles. Cuando esos insumos escasean o se encarecen a nivel mundial, los precios terminan subiendo aquí también.

Los fertilizantes cuestan más, los combustibles cuestan más y las empresas ya operan con costos bastante ajustados. Además, conseguir mano de obra cada vez es más complicado. Todo esto termina afectando la formalidad, porque muchas personas y empresas consideran más barato mantenerse fuera de ella.

A eso se suma el tema del IGSS. Muchos trabajadores del interior hacen sus aportes, pero para recibir atención deben recorrer largas distancias o esperar meses por una cita. El servicio debería estar más cerca de las áreas rurales.

También está el asunto del trabajo a tiempo parcial. En el agro existen distintas modalidades laborales, pero las regulaciones terminan desincentivando esa contratación y dejan fuera de la formalidad a personas que podrían tener un empleo con prestaciones.

Cuando uno ve el panorama completo, encuentra empresas enfrentando combustibles caros, fertilizantes caros, infraestructura deficiente y costos de seguridad elevados. Hay ocasiones en las que debemos arreglar nuestros propios caminos, pasar hasta doce horas para llegar a un puerto y asumir gastos que reducen nuestra competitividad.

¿Considera que los incrementos recientes al salario mínimo han agravado la situación?

Sí. Hemos venido recibiendo aumentos que, desde nuestra perspectiva, no han tenido una justificación técnica vinculada al crecimiento económico o a la productividad. Tuvimos incrementos de alrededor del 10 % hace algunos años, que consideramos muy altos, y luego otros del 5 % o 7 %.

Cuando esos aumentos se suman a todos los demás costos que enfrentan las empresas, el resultado es que se vuelve más difícil generar empleo formal.

Algo que nos preocupa es que cada año ingresan alrededor de 250 mil jóvenes al mercado laboral. Hace algunos años se estaban generando cerca de 100 mil empleos formales; hoy hablamos de alrededor de 60 mil. Eso significa que miles de jóvenes cada año no encuentran oportunidades dentro de la formalidad.

Mientras más difícil sea formalizarse y mientras más trabas existan, más complicado será generar los empleos que el país necesita.

¿Qué papel juega el factor climático en este escenario?

Es un factor sumamente importante. El fenómeno de El Niño podría ser uno de los más fuertes en muchas décadas y eso significa sequías, menos agua y menores niveles de producción.

Si hubiera suficiente agua y sistemas de riego accesibles, sería distinto, pero el riego también se ha encarecido por el costo de los combustibles. Entonces tenemos menos agua, mayores costos y menor producción.

La pregunta es cómo se puede pagar más cuando se está produciendo menos. Tenemos que ser más productivos y más competitivos. En otros países, muchos productores reciben apoyos y condiciones que les permiten producir más. Aquí cada quien hace lo que puede.

Para los pequeños agricultores, la situación es especialmente complicada. Ven cosechas reducidas, menos producción y mayores costos. Por eso este es un tema que requiere equilibrio. Entendemos que existe la necesidad de mejorar los ingresos de las personas, pero también hay que entender de dónde salen esos recursos y cómo se generan esos empleos.

Si no hay productividad, no hay trabajo. Si una actividad deja de ser rentable, ese empleo simplemente desaparece. Por eso debe existir un balance.

Entre 2015 y la actualidad, el salario mínimo aumentó más del 50 %. ¿Qué ha ocurrido con los precios de exportación?

No se puede analizar de una manera tan lineal. Los precios internacionales suben y bajan constantemente. Pueden aumentar durante un tiempo y después volver a caer.

Lo vimos con el petróleo. Hubo momentos en que se decía que nunca volvería a bajar de los USD 100 por barril, y años después llegó incluso a precios negativos. Ahora vuelve a estar alto.

Eso demuestra que los mercados cambian por el clima, por conflictos internacionales o por situaciones económicas que hoy existen y mañana no. Los precios suben y bajan. El salario mínimo, en cambio, solo sube.

Por eso debemos ser responsables. El salario mínimo es precisamente eso: un mínimo. No es el salario promedio ni necesariamente el salario que debería ganar una persona de acuerdo con su desempeño. Hay que tomar decisiones considerando que las condiciones económicas cambian.

Usted sostiene que el salario mínimo puede convertirse en una barrera para la formalidad. ¿Por qué?

Porque hay muchas personas que hoy ni siquiera logran acceder a un empleo formal. Guatemala tiene una informalidad cercana al 80%.

Entonces la pregunta no debería ser únicamente cuánto ganan quienes ya están en la formalidad, sino qué pasa con ese 80% que está fuera. ¿Cómo hacemos para que puedan tener un empleo formal, con cobertura social y prestaciones de ley?

Incluso Guatemala es uno de los pocos países donde el salario promedio es menor que el salario mínimo. Si lográramos formalizar a una gran parte de esa población, estaríamos mejorando significativamente sus ingresos y sus condiciones laborales.

¿Cree que el modelo actual de discusión en la Comisión Nacional del Salario está agotado?

Creo que es algo frustrante y que vale la pena repensarlo. La discusión suele terminar centrándose en un número: cuánto subir, cuánto no subir. Pero deberíamos preguntarnos qué queremos lograr.

La pregunta debería ser cómo generar más empleo formal. Cómo hacemos para que más personas encuentren trabajo dentro de la formalidad y tengan acceso a todos los beneficios que eso implica.

Si esa fuera la motivación principal de la discusión, probablemente tendríamos una conversación distinta.

¿Qué opina sobre los salarios diferenciados y las circunscripciones económicas?

Ha habido algunos avances. Se crearon distintas circunscripciones económicas, pero la realidad es mucho más compleja. No hablamos de dos realidades; podríamos estar hablando de muchas más.

Para tomar decisiones adecuadas, necesitamos información específica de cada región y de cada actividad económica. No es lo mismo una zona agrícola que una zona urbana, ni una actividad exportadora que una orientada al mercado local.

Al final, la discusión no debería reducirse a si el aumento será de un 2 %, un 3 % o un 5 %. Lo importante es entender si la medida ayuda o no a generar más empleo.

¿Qué mensaje enviaría al Gobierno antes de que tome una decisión sobre el salario mínimo?

Que pensemos en cómo hacer al agro más competitivo frente al resto del mundo. Competimos con productores de Perú, Colombia, India y muchos otros países.

Lo que necesitamos es generar más formalidad, más empleo y más competitividad. No arruinemos la poca formalidad que existe. Pensemos en cómo crear mejores condiciones para producir y contratar, no en cómo agregar más costos.

¿Cuál es el aporte del agro en materia de empleo?

El agro es uno de los principales generadores de empleo formal del país y, probablemente, tiene un peso todavía mayor dentro de la economía informal.

El problema es que la formalidad sigue creciendo, pero cada vez a un ritmo menor. Mientras tanto, la informalidad continúa avanzando.

No debemos permitir que la informalidad nos gane terreno.

¿Cuál sería su principal llamado?

No dejemos que la informalidad nos gane. Si vamos a crear reglas, hagamos reglas que todos podamos cumplir y que ayuden a generar empleo formal, especialmente en el interior del país.

El agro es uno de los principales generadores de empleo y el reto es cómo proteger esos puestos de trabajo y crear más oportunidades para quienes hoy siguen fuera de la formalidad.

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