Marielos Miranda: "Creemos que tenemos mucho tiempo"
La psicóloga y tanatóloga aborda los temores que rodean la muerte, el duelo y la importancia de hablar de estos temas sin evitarlos.
En el marco del 1 de noviembre, Marielos Miranda, psicóloga y tanatóloga, explica por qué hablar de la muerte sigue siendo difícil.
Advierte que evitar estas conversaciones complica el duelo y plantea abordar la muerte como parte natural de la vida, también con los niños.
Además, destaca el valor de los rituales para honrar a quienes murieron y la importancia de expresar afecto, resolver pendientes y vivir el presente.
¿Por qué le tenemos tanto miedo a hablar de la muerte?
—Creo que tiene mucho que ver con la cultura y con lo social. Nos han enseñado a pensar en la vida, en lo que tenemos que hacer y cumplir, pero olvidamos que también debemos afrontar la muerte, porque todos tenemos una fecha de caducidad. A mí me gusta hablar de ella no como algo que termina, sino como el día y la noche: el día no acaba cuando se va el sol; después viene la noche y uno sigue viviendo. Sin embargo, hablar de la muerte y del duelo significa abordar lo que duele y nos incomoda, y muchas veces preferimos evitarlo.
¿Qué hay detrás del miedo a morir: el temor a lo desconocido, dejar a nuestros seres queridos o perder el control sobre nuestro cuerpo?
—Creo que hay un poco de los tres factores, pero depende mucho de la vida que las personas hayan tenido. Me ha tocado acompañar a personas en la transición hacia la muerte, cuando el cuerpo empieza a pasar por una serie de fases. Quizá la persona siente que pierde el control de su cuerpo y experimenta nostalgia, culpa o miedo por quienes se quedan. También influye cómo ocurre la muerte: quien enfrenta una enfermedad prolongada tiene tiempo para adaptarse y vivir el duelo, a diferencia de quien muere en un accidente. A esto se suma lo que aprendemos en la familia y la religión, que a veces nos enseñan a temerle a la muerte.
¿Evitar hablar de la muerte nos protege emocionalmente o hace más difícil enfrentarla cuando finalmente llega?
—Lo hace más difícil, porque el cerebro realmente necesita sentir que entiende qué está pasando. Por eso, cuando alguien tiene una enfermedad, algunas familias creen que el paciente no debe enterarse de su situación. Evitan decirle que está empeorando o incluso comunicarle el diagnóstico. Sin embargo, mientras más información tengamos sobre lo que está pasando, más fácil puede ser el proceso.
No hablarlo no significa que no vaya a doler. Cualquier pérdida va a doler, porque es parte del proceso emocional y mental que necesitamos para transitar los cambios de rutina y de vida. Por eso, hablarlo realmente marca una gran diferencia.
¿Qué consecuencias tiene crecer en una familia donde no se habla de la muerte ni de las pérdidas que han experimentado sus integrantes?
—Creo que cuando somos niños no vemos las consecuencias, pero cuando llegamos a adultos nos damos cuenta de que, a veces, no nos gusta terminar lo que comenzamos o conversar sobre ciertos temas. También podemos volvernos menos empáticos: vemos el sufrimiento de alguien más y pasamos de largo. A veces desarrollamos mecanismos de defensa y evasión. Alguien te cuenta que terminó una relación de pareja, que también es una pérdida, y hay personas que simplemente se van, no dan explicaciones, dejan de hablar o dejan de enviar mensajes.
Aprendimos a no enfrentar el dolor, y esto no se limita a la muerte de un familiar. Hablar de duelos también significa hablar de la pérdida de una rutina por una enfermedad, de un destino o de muchas otras cosas. Si crecemos en un entorno donde los adultos no hablan de esas experiencias, podemos tener más dificultades con nuestra salud mental.
¿Cómo deberíamos iniciar una conversación sobre la muerte con los niños sin transmitirles miedo ni generarles confusión?
—Creo que debemos hablar de la muerte como algo natural. Todo tiene un inicio y un final, así como una flor pasa por un proceso de crecimiento. El final de la vida puede llegar en cualquier momento, sin importar nuestra edad. A los niños podemos explicarles este proceso mediante cuentos, por ejemplo, cómo crece una mariposa desde el capullo hasta que sale. También debemos enseñarles que la muerte es como el día y la noche: después de que se va el sol, seguimos viviendo bajo la luna.
¿Por qué solemos esperar hasta que alguien enferma o muere para expresar lo que sentimos y decirle cuánto significó para nosotros?
—Creo que tiene mucho que ver con lo que nos han enseñado. Las nuevas generaciones hablan más de sus sentimientos, pero a quienes tenemos más de cuarenta años nos enseñaron de otra manera. A las mujeres, por ejemplo, nos decían que éramos dramáticas si llorábamos. Ahora las redes promueven vidas perfectas y nos dicen que sigamos adelante, pero cuando estamos en duelo necesitamos hacer una pausa para sentir y reconocer el dolor. La terapia sistémica permite observar cómo aprendimos nuestras creencias y cómo influyen la religión y nuestra visión sobre lo que puede haber después de la muerte.
¿Aceptar nuestra propia mortalidad puede ayudarnos a tomar mejores decisiones y a prestar atención a lo verdaderamente importante en la vida?
—Totalmente. Llevo aproximadamente diez años trabajando con la muerte y puedo asegurar que, durante este tiempo, incluso en la pandemia, cuando me tocó estar al lado de personas que transitaban hacia ella, jamás me había sentido tan viva. Estar consciente de que nuestra vida tendrá una fecha de caducidad, aunque no sepamos cuándo, nos permite entender que el presente es lo que importa. Respirar hoy es muy importante. En mi trabajo me ha tocado acompañar a personas con enfermedades, a quienes atraviesan duelos y también a niños. A veces es muy difícil entender cómo los niños transitan tan pronto hacia la muerte.
Sin embargo, considero que los niños están más preparados en ciertos aspectos porque no tienen tantas creencias incorporadas que les impidan vivir. Cuando sienten que su cuerpo tiene una fecha de caducidad, viven cada día con intensidad. A los adultos nos cuesta porque creemos que siempre debemos pensar en el futuro, en lo que nos falta, en lo que tenemos que hacer o en lo que debimos haber cumplido. Nos enseñaron que hay que tener metas y propósitos, pero quizá no había que cumplir nada más que estar en el día a día, viviendo y haciendo lo mejor para uno mismo.
¿Qué puede decir la tanatología o la psicología sobre el temor de que una persona haya muerto sola, especialmente cuando fallece en un hospital?
—Hay una autora que me gusta mucho, Elisabeth Kübler-Ross, una de las principales referentes en el estudio del duelo. Ella abordó las etapas del duelo y nos invita a reflexionar sobre lo que sucede en los últimos momentos de la vida. En Guatemala todavía no existe algo que he tenido la oportunidad de conocer y trabajar en México: el acompañamiento especializado durante la transición hacia la muerte, así como existen las doulas de nacimiento. México tiene una cosmovisión diferente. Allí se celebra la muerte, se habla de ella y es un tema mucho más aceptado. Aquí apenas comenzamos a darle un poco más de espacio a estas conversaciones.
He podido observar que muchas personas, durante sus últimos momentos, parecen buscar estar solas. Por eso existen historias de familiares que dicen que estuvieron con alguien todo el día, salieron cinco minutos al baño y, al regresar, la persona había fallecido. La ciencia todavía no ha podido explicar completamente este proceso. El cuerpo va experimentando cambios y el ritmo cardíaco empieza a disminuir. Durante las últimas horas de vida, el pulso puede dejar de sentirse en las muñecas o en el cuello, y hay que buscarlo en diferentes partes del cuerpo.
Creo que ese proceso hace que la persona pierda la capacidad de estar consciente del exterior y se vuelva más consciente de su mundo interior. También se han descrito experiencias de niños que, durante sus últimos momentos, dibujaban historias sobre cómo entendían la muerte. Sus familiares a veces cuentan que tenían una sonrisa o que dijeron alguna palabra relacionada con un color, un animalito o su mascota. No creo que podamos afirmar que sea necesario transitar la muerte en soledad para que el alma trascienda.
Eso depende de las creencias religiosas y culturales. Lo que ocurre en la mente de cada persona en ese momento es algo que, considero, ni siquiera la ciencia puede conocer por completo.
En el marco del 1 de noviembre, ¿qué función cumplen los rituales del recuerdo y las visitas al cementerio en nuestra relación con quienes se nos adelantaron?
—Depende mucho de las creencias de las personas, tanto religiosas como familiares. Por eso mencionaba países como México, donde se celebra y donde la gente incluso organiza grandes fiestas en los cementerios. En Guatemala también tenemos esas expresiones: la cosmovisión maya, por ejemplo, cuenta con rituales hermosos para recordar a los seres queridos. Considero que esos rituales son muy importantes desde la psicología y la espiritualidad. La persona ya no está aquí, pero el recuerdo, el dolor y el amor que sentimos por ella permanecen. Incluso puede quedar el desamor que experimentamos hacia esa persona. El cerebro no entiende de tiempos: algo que nos dolió cuando ocurrió puede volver a dolernos diez años después, al recordarlo. Los rituales sirven para honrar la memoria y el legado de quienes se fueron. También podemos hacerlo a través de la comida y de las costumbres familiares. No hay algo más sanador que recordar lo delicioso que cocinaba la abuelita o volver a preparar una receta de una tía durante esta semana en la que regresan tantos recuerdos. Reunirnos y preguntarnos cuál era la comida favorita de nuestra abuela también permite que el corazón celebre un ritual. De alguna manera, nos acerca a las personas que se fueron. Los rituales nos ayudan a reconocer que ya no están aquí, pero que el amor sigue presente.
Si tuviéramos que aprender a hablar de la muerte con mayor naturalidad, ¿por dónde deberíamos empezar y qué conversaciones no deberíamos seguir posponiendo?
—A veces creemos que tenemos mucho tiempo, pero lo perdemos en otras cosas. ¿Por qué no aprovechar, por ejemplo, el tiempo que pasamos en el tráfico para hablar con alguien que queremos? No debemos buscar a las personas solo cuando tienen un problema o necesitamos un favor; también debemos acompañarlas y preguntar cómo están. No sabemos cuándo alguien puede irse, por eso es importante tener esas conversaciones, pedir perdón, agradecer y resolver pendientes. También debemos procurar que nuestros hogares sean espacios seguros, donde podamos expresar lo que sentimos y encontrar apoyo. Más allá de hablar de la muerte, debemos procurar tener más momentos que valga la pena vivir.
Marielos Miranda: "Creemos que tenemos mucho tiempo"
La psicóloga y tanatóloga aborda los temores que rodean la muerte, el duelo y la importancia de hablar de estos temas sin evitarlos.
En el marco del 1 de noviembre, Marielos Miranda, psicóloga y tanatóloga, explica por qué hablar de la muerte sigue siendo difícil.
Advierte que evitar estas conversaciones complica el duelo y plantea abordar la muerte como parte natural de la vida, también con los niños.
Además, destaca el valor de los rituales para honrar a quienes murieron y la importancia de expresar afecto, resolver pendientes y vivir el presente.
¿Por qué le tenemos tanto miedo a hablar de la muerte?
—Creo que tiene mucho que ver con la cultura y con lo social. Nos han enseñado a pensar en la vida, en lo que tenemos que hacer y cumplir, pero olvidamos que también debemos afrontar la muerte, porque todos tenemos una fecha de caducidad. A mí me gusta hablar de ella no como algo que termina, sino como el día y la noche: el día no acaba cuando se va el sol; después viene la noche y uno sigue viviendo. Sin embargo, hablar de la muerte y del duelo significa abordar lo que duele y nos incomoda, y muchas veces preferimos evitarlo.
¿Qué hay detrás del miedo a morir: el temor a lo desconocido, dejar a nuestros seres queridos o perder el control sobre nuestro cuerpo?
—Creo que hay un poco de los tres factores, pero depende mucho de la vida que las personas hayan tenido. Me ha tocado acompañar a personas en la transición hacia la muerte, cuando el cuerpo empieza a pasar por una serie de fases. Quizá la persona siente que pierde el control de su cuerpo y experimenta nostalgia, culpa o miedo por quienes se quedan. También influye cómo ocurre la muerte: quien enfrenta una enfermedad prolongada tiene tiempo para adaptarse y vivir el duelo, a diferencia de quien muere en un accidente. A esto se suma lo que aprendemos en la familia y la religión, que a veces nos enseñan a temerle a la muerte.
¿Evitar hablar de la muerte nos protege emocionalmente o hace más difícil enfrentarla cuando finalmente llega?
—Lo hace más difícil, porque el cerebro realmente necesita sentir que entiende qué está pasando. Por eso, cuando alguien tiene una enfermedad, algunas familias creen que el paciente no debe enterarse de su situación. Evitan decirle que está empeorando o incluso comunicarle el diagnóstico. Sin embargo, mientras más información tengamos sobre lo que está pasando, más fácil puede ser el proceso.
No hablarlo no significa que no vaya a doler. Cualquier pérdida va a doler, porque es parte del proceso emocional y mental que necesitamos para transitar los cambios de rutina y de vida. Por eso, hablarlo realmente marca una gran diferencia.
¿Qué consecuencias tiene crecer en una familia donde no se habla de la muerte ni de las pérdidas que han experimentado sus integrantes?
—Creo que cuando somos niños no vemos las consecuencias, pero cuando llegamos a adultos nos damos cuenta de que, a veces, no nos gusta terminar lo que comenzamos o conversar sobre ciertos temas. También podemos volvernos menos empáticos: vemos el sufrimiento de alguien más y pasamos de largo. A veces desarrollamos mecanismos de defensa y evasión. Alguien te cuenta que terminó una relación de pareja, que también es una pérdida, y hay personas que simplemente se van, no dan explicaciones, dejan de hablar o dejan de enviar mensajes.
Aprendimos a no enfrentar el dolor, y esto no se limita a la muerte de un familiar. Hablar de duelos también significa hablar de la pérdida de una rutina por una enfermedad, de un destino o de muchas otras cosas. Si crecemos en un entorno donde los adultos no hablan de esas experiencias, podemos tener más dificultades con nuestra salud mental.
¿Cómo deberíamos iniciar una conversación sobre la muerte con los niños sin transmitirles miedo ni generarles confusión?
—Creo que debemos hablar de la muerte como algo natural. Todo tiene un inicio y un final, así como una flor pasa por un proceso de crecimiento. El final de la vida puede llegar en cualquier momento, sin importar nuestra edad. A los niños podemos explicarles este proceso mediante cuentos, por ejemplo, cómo crece una mariposa desde el capullo hasta que sale. También debemos enseñarles que la muerte es como el día y la noche: después de que se va el sol, seguimos viviendo bajo la luna.
¿Por qué solemos esperar hasta que alguien enferma o muere para expresar lo que sentimos y decirle cuánto significó para nosotros?
—Creo que tiene mucho que ver con lo que nos han enseñado. Las nuevas generaciones hablan más de sus sentimientos, pero a quienes tenemos más de cuarenta años nos enseñaron de otra manera. A las mujeres, por ejemplo, nos decían que éramos dramáticas si llorábamos. Ahora las redes promueven vidas perfectas y nos dicen que sigamos adelante, pero cuando estamos en duelo necesitamos hacer una pausa para sentir y reconocer el dolor. La terapia sistémica permite observar cómo aprendimos nuestras creencias y cómo influyen la religión y nuestra visión sobre lo que puede haber después de la muerte.
¿Aceptar nuestra propia mortalidad puede ayudarnos a tomar mejores decisiones y a prestar atención a lo verdaderamente importante en la vida?
—Totalmente. Llevo aproximadamente diez años trabajando con la muerte y puedo asegurar que, durante este tiempo, incluso en la pandemia, cuando me tocó estar al lado de personas que transitaban hacia ella, jamás me había sentido tan viva. Estar consciente de que nuestra vida tendrá una fecha de caducidad, aunque no sepamos cuándo, nos permite entender que el presente es lo que importa. Respirar hoy es muy importante. En mi trabajo me ha tocado acompañar a personas con enfermedades, a quienes atraviesan duelos y también a niños. A veces es muy difícil entender cómo los niños transitan tan pronto hacia la muerte.
Sin embargo, considero que los niños están más preparados en ciertos aspectos porque no tienen tantas creencias incorporadas que les impidan vivir. Cuando sienten que su cuerpo tiene una fecha de caducidad, viven cada día con intensidad. A los adultos nos cuesta porque creemos que siempre debemos pensar en el futuro, en lo que nos falta, en lo que tenemos que hacer o en lo que debimos haber cumplido. Nos enseñaron que hay que tener metas y propósitos, pero quizá no había que cumplir nada más que estar en el día a día, viviendo y haciendo lo mejor para uno mismo.
¿Qué puede decir la tanatología o la psicología sobre el temor de que una persona haya muerto sola, especialmente cuando fallece en un hospital?
—Hay una autora que me gusta mucho, Elisabeth Kübler-Ross, una de las principales referentes en el estudio del duelo. Ella abordó las etapas del duelo y nos invita a reflexionar sobre lo que sucede en los últimos momentos de la vida. En Guatemala todavía no existe algo que he tenido la oportunidad de conocer y trabajar en México: el acompañamiento especializado durante la transición hacia la muerte, así como existen las doulas de nacimiento. México tiene una cosmovisión diferente. Allí se celebra la muerte, se habla de ella y es un tema mucho más aceptado. Aquí apenas comenzamos a darle un poco más de espacio a estas conversaciones.
He podido observar que muchas personas, durante sus últimos momentos, parecen buscar estar solas. Por eso existen historias de familiares que dicen que estuvieron con alguien todo el día, salieron cinco minutos al baño y, al regresar, la persona había fallecido. La ciencia todavía no ha podido explicar completamente este proceso. El cuerpo va experimentando cambios y el ritmo cardíaco empieza a disminuir. Durante las últimas horas de vida, el pulso puede dejar de sentirse en las muñecas o en el cuello, y hay que buscarlo en diferentes partes del cuerpo.
Creo que ese proceso hace que la persona pierda la capacidad de estar consciente del exterior y se vuelva más consciente de su mundo interior. También se han descrito experiencias de niños que, durante sus últimos momentos, dibujaban historias sobre cómo entendían la muerte. Sus familiares a veces cuentan que tenían una sonrisa o que dijeron alguna palabra relacionada con un color, un animalito o su mascota. No creo que podamos afirmar que sea necesario transitar la muerte en soledad para que el alma trascienda.
Eso depende de las creencias religiosas y culturales. Lo que ocurre en la mente de cada persona en ese momento es algo que, considero, ni siquiera la ciencia puede conocer por completo.
En el marco del 1 de noviembre, ¿qué función cumplen los rituales del recuerdo y las visitas al cementerio en nuestra relación con quienes se nos adelantaron?
—Depende mucho de las creencias de las personas, tanto religiosas como familiares. Por eso mencionaba países como México, donde se celebra y donde la gente incluso organiza grandes fiestas en los cementerios. En Guatemala también tenemos esas expresiones: la cosmovisión maya, por ejemplo, cuenta con rituales hermosos para recordar a los seres queridos. Considero que esos rituales son muy importantes desde la psicología y la espiritualidad. La persona ya no está aquí, pero el recuerdo, el dolor y el amor que sentimos por ella permanecen. Incluso puede quedar el desamor que experimentamos hacia esa persona. El cerebro no entiende de tiempos: algo que nos dolió cuando ocurrió puede volver a dolernos diez años después, al recordarlo. Los rituales sirven para honrar la memoria y el legado de quienes se fueron. También podemos hacerlo a través de la comida y de las costumbres familiares. No hay algo más sanador que recordar lo delicioso que cocinaba la abuelita o volver a preparar una receta de una tía durante esta semana en la que regresan tantos recuerdos. Reunirnos y preguntarnos cuál era la comida favorita de nuestra abuela también permite que el corazón celebre un ritual. De alguna manera, nos acerca a las personas que se fueron. Los rituales nos ayudan a reconocer que ya no están aquí, pero que el amor sigue presente.
Si tuviéramos que aprender a hablar de la muerte con mayor naturalidad, ¿por dónde deberíamos empezar y qué conversaciones no deberíamos seguir posponiendo?
—A veces creemos que tenemos mucho tiempo, pero lo perdemos en otras cosas. ¿Por qué no aprovechar, por ejemplo, el tiempo que pasamos en el tráfico para hablar con alguien que queremos? No debemos buscar a las personas solo cuando tienen un problema o necesitamos un favor; también debemos acompañarlas y preguntar cómo están. No sabemos cuándo alguien puede irse, por eso es importante tener esas conversaciones, pedir perdón, agradecer y resolver pendientes. También debemos procurar que nuestros hogares sean espacios seguros, donde podamos expresar lo que sentimos y encontrar apoyo. Más allá de hablar de la muerte, debemos procurar tener más momentos que valga la pena vivir.