Aprender a vivir con la ausencia
Afrontar la pérdida de un ser querido, aceptar su ausencia y aprender a convivir con el duelo sin dejar de lado el amor y los recuerdos.
Todo comenzó cuando te enfermaste.
Había decidido tomar distancia porque tenías novia y, de alguna manera, pensaba que eso era lo que siempre habías querido: sentirte amado, compartir tu vida con alguien y construir un amor propio.
Cuando mi mamá me contó que estabas en el hospital, pensé que estabas bien cuidado. Nunca imaginamos cómo terminaría todo.
Tu estado se complicó y terminaste en cuidados intensivos. Los médicos hicieron todo lo posible, mientras nosotros esperábamos, orábamos y pedíamos un milagro.
Pero el milagro no llegó.
El 4 de agosto recibí un mensaje que todavía recuerdo: «Se nos fue».
Estaba trabajando. Tenía que continuar con mis responsabilidades, presentarme frente a reporteros, dar una presentación y seguir con mi jornada. Por dentro estaba destruida, pero por fuera tenía que funcionar.
Quizá esa fue una de las primeras cosas que aprendí del duelo: el mundo no se detiene cuando alguien que amamos muere.
El trabajo continúa. Los hijos necesitan atención. Hay mensajes que responder, horarios que cumplir y cosas tan sencillas como levantarse, comer o manejar. Todo sigue funcionando, mientras uno siente que por dentro se quedó detenido.
Ese día, cuando finalmente llegué a casa, lloré y dejé salir todo aquello que había contenido durante horas. Después vino el velorio. Luego, el entierro. Y con ellos, una realidad que no quería aceptar: tenía que aprender a vivir sin ti.
Pasaron los meses. Hubo días en los que pensar en ti me quebraba. Comencé a tener ansiedad y problemas para respirar. Mis hijos fueron un sostén, aunque durante mucho tiempo pensé que tenía que poder sola.
No podía.
Unos meses antes de que se cumpliera un año de tu partida, decidí buscar ayuda profesional. Fue una de las decisiones más importantes de mi proceso.
Con la terapia entendí que el duelo no tiene una fórmula ni un tiempo establecido. No todos lo vivimos de la misma manera. Tampoco existe un momento exacto en el que dejamos de extrañar a alguien.
Hay días buenos y días difíciles. Una fotografía, una canción, una fecha o un recuerdo pueden devolvernos, por un instante, al dolor del principio.
Durante mucho tiempo pensé que sanar significaba despedirme de ti. No quería hacerlo.
Hasta que un día llevé todo ese dolor al mar. Allí escribí una carta que me había costado meses comenzar. Escribirla no significó olvidarte. Significó aceptar que podía seguir amándote, aunque ya no estuvieras físicamente.
Hoy entiendo que sanar no es olvidar.
Tampoco significa dejar de llorar o extrañar. A veces significa aprender a recordar sin que el recuerdo nos destruya. Poder decir el nombre de quien se fue y sentir, junto al dolor, gratitud por lo vivido.
El duelo también me enseñó que pedir ayuda no es una señal de debilidad. Cuando el dolor, la ansiedad o la tristeza empiezan a interferir con nuestra vida, buscar acompañamiento profesional puede ser una forma de cuidarnos.
Yo todavía estoy aprendiendo.
No puedo decir que te superé, porque no creo que el amor por alguien se supere. Lo que cambia es la manera en que aprendemos a llevarlo.
Davicito, mi primillo, siempre vivirá en mi mente y en mi corazón.
Algunas personas se van, pero el amor que dejaron permanece. Quizá parte del duelo consiste precisamente en eso: aprender a vivir con la ausencia sin dejar de amar y recordar sin rompernos.
Aprender a vivir con la ausencia
Afrontar la pérdida de un ser querido, aceptar su ausencia y aprender a convivir con el duelo sin dejar de lado el amor y los recuerdos.
Todo comenzó cuando te enfermaste.
Había decidido tomar distancia porque tenías novia y, de alguna manera, pensaba que eso era lo que siempre habías querido: sentirte amado, compartir tu vida con alguien y construir un amor propio.
Cuando mi mamá me contó que estabas en el hospital, pensé que estabas bien cuidado. Nunca imaginamos cómo terminaría todo.
Tu estado se complicó y terminaste en cuidados intensivos. Los médicos hicieron todo lo posible, mientras nosotros esperábamos, orábamos y pedíamos un milagro.
Pero el milagro no llegó.
El 4 de agosto recibí un mensaje que todavía recuerdo: «Se nos fue».
Estaba trabajando. Tenía que continuar con mis responsabilidades, presentarme frente a reporteros, dar una presentación y seguir con mi jornada. Por dentro estaba destruida, pero por fuera tenía que funcionar.
Quizá esa fue una de las primeras cosas que aprendí del duelo: el mundo no se detiene cuando alguien que amamos muere.
El trabajo continúa. Los hijos necesitan atención. Hay mensajes que responder, horarios que cumplir y cosas tan sencillas como levantarse, comer o manejar. Todo sigue funcionando, mientras uno siente que por dentro se quedó detenido.
Ese día, cuando finalmente llegué a casa, lloré y dejé salir todo aquello que había contenido durante horas. Después vino el velorio. Luego, el entierro. Y con ellos, una realidad que no quería aceptar: tenía que aprender a vivir sin ti.
Pasaron los meses. Hubo días en los que pensar en ti me quebraba. Comencé a tener ansiedad y problemas para respirar. Mis hijos fueron un sostén, aunque durante mucho tiempo pensé que tenía que poder sola.
No podía.
Unos meses antes de que se cumpliera un año de tu partida, decidí buscar ayuda profesional. Fue una de las decisiones más importantes de mi proceso.
Con la terapia entendí que el duelo no tiene una fórmula ni un tiempo establecido. No todos lo vivimos de la misma manera. Tampoco existe un momento exacto en el que dejamos de extrañar a alguien.
Hay días buenos y días difíciles. Una fotografía, una canción, una fecha o un recuerdo pueden devolvernos, por un instante, al dolor del principio.
Durante mucho tiempo pensé que sanar significaba despedirme de ti. No quería hacerlo.
Hasta que un día llevé todo ese dolor al mar. Allí escribí una carta que me había costado meses comenzar. Escribirla no significó olvidarte. Significó aceptar que podía seguir amándote, aunque ya no estuvieras físicamente.
Hoy entiendo que sanar no es olvidar.
Tampoco significa dejar de llorar o extrañar. A veces significa aprender a recordar sin que el recuerdo nos destruya. Poder decir el nombre de quien se fue y sentir, junto al dolor, gratitud por lo vivido.
El duelo también me enseñó que pedir ayuda no es una señal de debilidad. Cuando el dolor, la ansiedad o la tristeza empiezan a interferir con nuestra vida, buscar acompañamiento profesional puede ser una forma de cuidarnos.
Yo todavía estoy aprendiendo.
No puedo decir que te superé, porque no creo que el amor por alguien se supere. Lo que cambia es la manera en que aprendemos a llevarlo.
Davicito, mi primillo, siempre vivirá en mi mente y en mi corazón.
Algunas personas se van, pero el amor que dejaron permanece. Quizá parte del duelo consiste precisamente en eso: aprender a vivir con la ausencia sin dejar de amar y recordar sin rompernos.