Actualidad
Actualidad
Política
Política
Empresa
Empresa
Opinión
Opinión
Inmobiliaria
Inmobiliaria
Agenda Empresarial
Agenda Empresarial

Carta para el cielo de mamá

.
Voz invitada: Carina Velásquez Portillo
10 de mayo, 2026

Hola, hijito:

Hoy es 10 de mayo y me enfrento a un Día de la Madre sin escucharte y sin sentirte; es una de esas fechas que te hace sentir que el piso se abre y vamos de nuevo al abismo inmenso que pareciera no tener fin. Solo que hoy, mi amor, me armé de valor y te escribo estas líneas, leyendo cada una de ellas en voz alta, para que Dios te permita escuchar cada palabra y que el mensaje llegue a tu corazón.

Hoy te quiero contar cómo han avanzado los días desde tu partida; aunque estoy convencida de que lo sabes, has permanecido con nosotros todo el tiempo. Te hemos sentido y hemos visto cada una de tus señales.

SUSCRÍBASE A NUESTRO NEWSLETTER

Te confieso que he tenido días en donde las fuerzas se esfuman, la respiración no fluye y el peso en el pecho arde, y solo frente al altar esa carga se desvanece; las lágrimas corren, pero limpian, y la respiración vuelve a regularse.

Ha transcurrido un poco más de un año desde tu partida, Jorgito, y cada día es un nuevo reto. He aprendido a vivir de nuevo; no soy la misma que dejaste. Mi vida se fue contigo y ahora intento continuar, con otra versión que nunca imaginé de mí, mucho más fuerte, tal vez.

Porque jamás me vi continuando sin ti; más real, quizás, porque me ha dejado de interesar lo exterior y me ocupo más de lo interior. Más liviana, llevo lo necesario, sin expectativas de nada ni de nadie, y siempre con tu sonrisa y tus palabras de aliento en mi mente para poder continuar: “Vamos, madre linda, tú puedes”.

Cuando todo aquello ocurrió, me sentía flotando; mis pasos los daba sin sentir que caminaba sobre alguna superficie, y en uno de esos días pensé: “Ya no escucharé por un buen tiempo la palabra mamá”.

Tu hermana en ese entonces estaba muy pequeña y solo balbuceaba, y Dios se apiadó de mí y en esa misma semana me regaló las primeras palabras de tu hermanita diciéndome “mamá”, dándome la fuerza que necesitaba para continuar y tratar de encontrar el propósito de todo aquello a lo que nos enfrentábamos.

Te confieso que he discutido muchas veces con Dios, porque no te puedo negar que lo siento injusto. Le he planteado alternativas como: “Detén el tiempo, haz que todo sea un mal sueño, permite regresar a aquel instante y que el resultado no sea tu muerte, sino vida después de ese accidente”. Lo he retado diciéndole que Él tiene el poder y que puede hacerlo, pero con el transcurrir de los minutos me responde dándome la paz que necesito, y termino pidiéndole perdón por mi arrebato y sabiduría para entender todo y aceptar su voluntad.

Lo más difícil de esto, hijito, han sido dos cosas. La primera: darme cuenta de que la vida continúa igual para todos, menos para mí. Los planes, las risas, las celebraciones, las agendas continúan; todo sigue su marcha mientras a uno se le detiene el tiempo. Y lo segundo es continuar siendo luz y guía para alguien más (tu hermanita), mientras apenas puedo respirar. Los suspiros son más constantes y llevan consigo el deseo inmenso de ese reencuentro que hasta este momento es únicamente imaginario, pero que, por fe, llegará.

La fe es lo único que ha sido inquebrantable, hijito, y la que nos mantiene de pie. El ser creyentes no nos exime del dolor; el estar cerca de Dios no nos asegura que no transcurriremos esas noches oscuras del alma, pero lo que sí nos asegura es mantenernos de pie, avanzando con propósito y seguros de que algún día nos volveremos a ver.

Desde aquel día, leo libros intentando encontrar respuestas. Trabajo mucho intentando tener la mente ocupada; disfrutamos muchísimo a tu hermana. Te sentimos a ti a través de ella en cada beso, cada abrazo y en cada risa. Siempre te dije que son iguales físicamente, y la mano de Dios es perfecta, porque son como dos gotas de agua. Es una niña feliz, amada, cuidada y bendecida. Sabemos que tú la amaste tanto como nosotros a ti.

¿Qué te agradezco, hijo? Agradezco tus palabras bonitas, tus besos, tus abrazos, tus cartas tan honestas que guardo como el tesoro más preciado en esta vida. Tus consejos tan certeros, muchos de los cuales ya he aplicado, y te puedo asegurar que me han ayudado a construir mi mejor versión de ahora, sin ti.

Soy otra, no soy la misma, y te lo agradezco; somos una familia que aprendió a valorarse a través del dolor, a darse amor a través de la ausencia más grande que se pueda sentir, a acompañarse en medio del silencio y el vacío. Y eso nos ha hecho más fuertes, más unidos y más llenos de amor.

Te agradezco haberme elegido como madre, porque ni el dolor más grande puede apagar el amor infinito que siento por ti, ni la profunda alegría que me regalaste durante 20 años puede ser borrada por esta tristeza que provoca no tenerte más. Haberte tenido me confirma que todo ha valido la pena. Y aun sabiendo que te adelantarías en el camino, te volvería a elegir siempre.

Hoy rindo un homenaje a todos esos seres de luz maravillosos que nos dieron el privilegio de ser madres y que, por propósito divino, están disfrutando de las maravillas del cielo. Hoy abrazo a todas esas mamis que, al igual que yo, celebramos distinto, pero desde el amor, el privilegio de dar vida y continuar construyendo nuestro propósito, a pesar de que la inspiración en ocasiones nos abandona.

Te amo, Jorgito, por siempre y hasta la eternidad.

Tu mamá

Carta para el cielo de mamá

.
Voz invitada: Carina Velásquez Portillo
10 de mayo, 2026

Hola, hijito:

Hoy es 10 de mayo y me enfrento a un Día de la Madre sin escucharte y sin sentirte; es una de esas fechas que te hace sentir que el piso se abre y vamos de nuevo al abismo inmenso que pareciera no tener fin. Solo que hoy, mi amor, me armé de valor y te escribo estas líneas, leyendo cada una de ellas en voz alta, para que Dios te permita escuchar cada palabra y que el mensaje llegue a tu corazón.

Hoy te quiero contar cómo han avanzado los días desde tu partida; aunque estoy convencida de que lo sabes, has permanecido con nosotros todo el tiempo. Te hemos sentido y hemos visto cada una de tus señales.

SUSCRÍBASE A NUESTRO NEWSLETTER

Te confieso que he tenido días en donde las fuerzas se esfuman, la respiración no fluye y el peso en el pecho arde, y solo frente al altar esa carga se desvanece; las lágrimas corren, pero limpian, y la respiración vuelve a regularse.

Ha transcurrido un poco más de un año desde tu partida, Jorgito, y cada día es un nuevo reto. He aprendido a vivir de nuevo; no soy la misma que dejaste. Mi vida se fue contigo y ahora intento continuar, con otra versión que nunca imaginé de mí, mucho más fuerte, tal vez.

Porque jamás me vi continuando sin ti; más real, quizás, porque me ha dejado de interesar lo exterior y me ocupo más de lo interior. Más liviana, llevo lo necesario, sin expectativas de nada ni de nadie, y siempre con tu sonrisa y tus palabras de aliento en mi mente para poder continuar: “Vamos, madre linda, tú puedes”.

Cuando todo aquello ocurrió, me sentía flotando; mis pasos los daba sin sentir que caminaba sobre alguna superficie, y en uno de esos días pensé: “Ya no escucharé por un buen tiempo la palabra mamá”.

Tu hermana en ese entonces estaba muy pequeña y solo balbuceaba, y Dios se apiadó de mí y en esa misma semana me regaló las primeras palabras de tu hermanita diciéndome “mamá”, dándome la fuerza que necesitaba para continuar y tratar de encontrar el propósito de todo aquello a lo que nos enfrentábamos.

Te confieso que he discutido muchas veces con Dios, porque no te puedo negar que lo siento injusto. Le he planteado alternativas como: “Detén el tiempo, haz que todo sea un mal sueño, permite regresar a aquel instante y que el resultado no sea tu muerte, sino vida después de ese accidente”. Lo he retado diciéndole que Él tiene el poder y que puede hacerlo, pero con el transcurrir de los minutos me responde dándome la paz que necesito, y termino pidiéndole perdón por mi arrebato y sabiduría para entender todo y aceptar su voluntad.

Lo más difícil de esto, hijito, han sido dos cosas. La primera: darme cuenta de que la vida continúa igual para todos, menos para mí. Los planes, las risas, las celebraciones, las agendas continúan; todo sigue su marcha mientras a uno se le detiene el tiempo. Y lo segundo es continuar siendo luz y guía para alguien más (tu hermanita), mientras apenas puedo respirar. Los suspiros son más constantes y llevan consigo el deseo inmenso de ese reencuentro que hasta este momento es únicamente imaginario, pero que, por fe, llegará.

La fe es lo único que ha sido inquebrantable, hijito, y la que nos mantiene de pie. El ser creyentes no nos exime del dolor; el estar cerca de Dios no nos asegura que no transcurriremos esas noches oscuras del alma, pero lo que sí nos asegura es mantenernos de pie, avanzando con propósito y seguros de que algún día nos volveremos a ver.

Desde aquel día, leo libros intentando encontrar respuestas. Trabajo mucho intentando tener la mente ocupada; disfrutamos muchísimo a tu hermana. Te sentimos a ti a través de ella en cada beso, cada abrazo y en cada risa. Siempre te dije que son iguales físicamente, y la mano de Dios es perfecta, porque son como dos gotas de agua. Es una niña feliz, amada, cuidada y bendecida. Sabemos que tú la amaste tanto como nosotros a ti.

¿Qué te agradezco, hijo? Agradezco tus palabras bonitas, tus besos, tus abrazos, tus cartas tan honestas que guardo como el tesoro más preciado en esta vida. Tus consejos tan certeros, muchos de los cuales ya he aplicado, y te puedo asegurar que me han ayudado a construir mi mejor versión de ahora, sin ti.

Soy otra, no soy la misma, y te lo agradezco; somos una familia que aprendió a valorarse a través del dolor, a darse amor a través de la ausencia más grande que se pueda sentir, a acompañarse en medio del silencio y el vacío. Y eso nos ha hecho más fuertes, más unidos y más llenos de amor.

Te agradezco haberme elegido como madre, porque ni el dolor más grande puede apagar el amor infinito que siento por ti, ni la profunda alegría que me regalaste durante 20 años puede ser borrada por esta tristeza que provoca no tenerte más. Haberte tenido me confirma que todo ha valido la pena. Y aun sabiendo que te adelantarías en el camino, te volvería a elegir siempre.

Hoy rindo un homenaje a todos esos seres de luz maravillosos que nos dieron el privilegio de ser madres y que, por propósito divino, están disfrutando de las maravillas del cielo. Hoy abrazo a todas esas mamis que, al igual que yo, celebramos distinto, pero desde el amor, el privilegio de dar vida y continuar construyendo nuestro propósito, a pesar de que la inspiración en ocasiones nos abandona.

Te amo, Jorgito, por siempre y hasta la eternidad.

Tu mamá

¿Quiere recibir notificaciones de alertas?