La patria que todavía estamos construyendo
Europa no cabe en un mapa: tiene memoria, fronteras movedizas y una identidad que todavía estamos aprendiendo a compartir.
Europa es una palabra que se pronuncia con demasiada facilidad y se piensa poco. En Europa: la otra patria, Juan González-Barba se ha propuesto hacer lo contrario: detenerse en ella, desmontarla pieza a pieza y preguntarse qué queda cuando se retiran los tratados, las instituciones y el chivo expiatorio en que queda convertida la burocracia de Bruselas.
No es un detalle menor que quien lo haga ingresara en la carrera diplomática en 1991 pasando por embajadas, Bruselas y el Gobierno. Fue secretario de Estado para la Unión Europea entre 2020 y 2021 y embajador en Turquía, Sudán y Croacia. Su salida de este último destino, anunciada en 2025 por el Gobierno de Pedro Sánchez, llegó después de discrepancias con el ministro José Manuel Albares y de la publicación de un artículo sobre la proyección exterior de la monarquía; las razones concretas del relevo no fueron explicadas de manera oficial. Todo ello forma parte de su biografía pública, pero no de la tesis del libro: González-Barba es, ante todo, un europeísta convencido. Y precisamente por eso puede permitirse ser crítico. El europeísmo serio no consiste en aplaudir a Europa cuando acierta y mirar hacia otro lado cuando se equivoca.
Hay en estas páginas algo que agradezco especialmente: Europa aparece con memoria. El autor se remonta a Gibbon, Henri Pirenne y Peter Brown, dialoga con Ortega y Gasset y utiliza la historia no como decoración erudita, sino como herramienta para explicar el presente. Su división en tres leyes —de hierro, de plata y de oro— intenta encontrar constantes detrás de guerras, fronteras, invasiones, equilibrios de poder y cambios políticos. En un continente que a veces parece haber descubierto ayer mismo que la geografía existe, no viene mal recordarlo.
Como hispano-alemán, me detengo en el capítulo dedicado a Alemania, ese “corazón asaeteado” que González-Barba coloca en el centro de muchas de las contradicciones europeas. Como la de Turquía, que muestra que las fronteras de Europa nunca han sido solo una cuestión de geografía. Y me interesa igualmente su lectura de España como “proyecto nacional inacabado”. No porque España necesite otra sentencia sobre sí misma, sino porque el autor recuerda algo que suele olvidarse: durante siglos su devenir nacional fue inseparable de Hispanoamérica. Nuestra historia europea tuvo durante mucho tiempo un océano de por medio.
Ahí entra con naturalidad La balsa de piedra, de José Saramago. La península que se separa físicamente de los Pirineos en la novela es una formidable metáfora de una relación mucho más compleja: la de dos países que quisieron entrar en Europa cuando esta llevaba demasiado tiempo entrando en ellos. González-Barba recupera esa dimensión ibérica en su capítulo sobre el euroiberismo. España y Portugal, que durante siglos supieron estar cerca sin estar juntos, tienen en la Unión una oportunidad histórica que va mucho más allá de la anécdota fronteriza.
Desde Guatemala, esa parte del libro se lee además con otra perspectiva. España y Portugal son más que el extremo occidental de la Unión: son sus dos grandes puertas históricas hacia Latinoamérica. González-Barba ve en ese vínculo cultural, lingüístico e histórico una baza. Y conviene recordarlo desde aquí: Europa puede ganar profundidad internacional cuando deja de mirarse exclusivamente en el espejo europeo.
Este es, en definitiva, un libro militante, como reconoce el propio autor, pero no ingenuo. Quiere convencer de que Europa merece ser defendida porque conoce sus fracturas, sus enemigos y sus insuficiencias. En tiempos de guerras, Trump, Putin, repliegues nacionales y populismos, inteligencia artificial y democracias bajo presión, creer en Europa puede parecer una forma de romanticismo. Tal vez lo sea. Sin embargo, puede también ser una forma bastante sensata de memoria.
González-Barba y quien firma estas líneas compartimos ese europeísmo entusiasta, aunque ninguno necesite creer que el continente atraviesa su mejor momento. Quizá porque quienes hemos vivido entre más de una lengua, más de una cultura o más de una frontera sabemos que una patria no tiene por qué borrar a las otras. Puede sumarlas. Y esa otra patria que propone González-Barba, como tantas patrias prestadas que uno va acumulando por el camino, todavía está por terminar de construirse.
La patria que todavía estamos construyendo
Europa no cabe en un mapa: tiene memoria, fronteras movedizas y una identidad que todavía estamos aprendiendo a compartir.
Europa es una palabra que se pronuncia con demasiada facilidad y se piensa poco. En Europa: la otra patria, Juan González-Barba se ha propuesto hacer lo contrario: detenerse en ella, desmontarla pieza a pieza y preguntarse qué queda cuando se retiran los tratados, las instituciones y el chivo expiatorio en que queda convertida la burocracia de Bruselas.
No es un detalle menor que quien lo haga ingresara en la carrera diplomática en 1991 pasando por embajadas, Bruselas y el Gobierno. Fue secretario de Estado para la Unión Europea entre 2020 y 2021 y embajador en Turquía, Sudán y Croacia. Su salida de este último destino, anunciada en 2025 por el Gobierno de Pedro Sánchez, llegó después de discrepancias con el ministro José Manuel Albares y de la publicación de un artículo sobre la proyección exterior de la monarquía; las razones concretas del relevo no fueron explicadas de manera oficial. Todo ello forma parte de su biografía pública, pero no de la tesis del libro: González-Barba es, ante todo, un europeísta convencido. Y precisamente por eso puede permitirse ser crítico. El europeísmo serio no consiste en aplaudir a Europa cuando acierta y mirar hacia otro lado cuando se equivoca.
Hay en estas páginas algo que agradezco especialmente: Europa aparece con memoria. El autor se remonta a Gibbon, Henri Pirenne y Peter Brown, dialoga con Ortega y Gasset y utiliza la historia no como decoración erudita, sino como herramienta para explicar el presente. Su división en tres leyes —de hierro, de plata y de oro— intenta encontrar constantes detrás de guerras, fronteras, invasiones, equilibrios de poder y cambios políticos. En un continente que a veces parece haber descubierto ayer mismo que la geografía existe, no viene mal recordarlo.
Como hispano-alemán, me detengo en el capítulo dedicado a Alemania, ese “corazón asaeteado” que González-Barba coloca en el centro de muchas de las contradicciones europeas. Como la de Turquía, que muestra que las fronteras de Europa nunca han sido solo una cuestión de geografía. Y me interesa igualmente su lectura de España como “proyecto nacional inacabado”. No porque España necesite otra sentencia sobre sí misma, sino porque el autor recuerda algo que suele olvidarse: durante siglos su devenir nacional fue inseparable de Hispanoamérica. Nuestra historia europea tuvo durante mucho tiempo un océano de por medio.
Ahí entra con naturalidad La balsa de piedra, de José Saramago. La península que se separa físicamente de los Pirineos en la novela es una formidable metáfora de una relación mucho más compleja: la de dos países que quisieron entrar en Europa cuando esta llevaba demasiado tiempo entrando en ellos. González-Barba recupera esa dimensión ibérica en su capítulo sobre el euroiberismo. España y Portugal, que durante siglos supieron estar cerca sin estar juntos, tienen en la Unión una oportunidad histórica que va mucho más allá de la anécdota fronteriza.
Desde Guatemala, esa parte del libro se lee además con otra perspectiva. España y Portugal son más que el extremo occidental de la Unión: son sus dos grandes puertas históricas hacia Latinoamérica. González-Barba ve en ese vínculo cultural, lingüístico e histórico una baza. Y conviene recordarlo desde aquí: Europa puede ganar profundidad internacional cuando deja de mirarse exclusivamente en el espejo europeo.
Este es, en definitiva, un libro militante, como reconoce el propio autor, pero no ingenuo. Quiere convencer de que Europa merece ser defendida porque conoce sus fracturas, sus enemigos y sus insuficiencias. En tiempos de guerras, Trump, Putin, repliegues nacionales y populismos, inteligencia artificial y democracias bajo presión, creer en Europa puede parecer una forma de romanticismo. Tal vez lo sea. Sin embargo, puede también ser una forma bastante sensata de memoria.
González-Barba y quien firma estas líneas compartimos ese europeísmo entusiasta, aunque ninguno necesite creer que el continente atraviesa su mejor momento. Quizá porque quienes hemos vivido entre más de una lengua, más de una cultura o más de una frontera sabemos que una patria no tiene por qué borrar a las otras. Puede sumarlas. Y esa otra patria que propone González-Barba, como tantas patrias prestadas que uno va acumulando por el camino, todavía está por terminar de construirse.
EL TIPO DE CAMBIO DE HOY ES DE: