Hay personas cuya biografía parece escrita para ser resumida en una hazaña. La del guatemalteco Edgar Carrillo invita a hacer justamente lo contrario. Sí, perdió la vista a consecuencia de una infección que dañó irreversiblemente el nervio óptico cuando tenía 39 años. Sí, años después se convirtió en el primer atleta latinoamericano con discapacidad visual en completar el Ironman de Cozumel. Pero reducir su trayectoria a una historia de superación sería quedarse en la superficie.
Escritor, conferencista y deportista de resistencia, Carrillo ha hecho de la adversidad un punto de partida, no un destino. Tras el éxito de Alma de hierro, donde relató el proceso de reconstruir una vida cuando parecía haberse derrumbado, regresa ahora con Nada que ver, un libro que, desde el propio título, juega con una ironía desarmante. Ya no se trata únicamente de contar lo que ocurrió, sino de reflexionar sobre la forma en que percibimos el mundo y sobre esa costumbre tan humana de confundir mirar con ver.
Su voz ha ido encontrando un registro propio: sobrio, cercano y poco dado a la épica grandilocuente. Quizá porque ha comprendido que las grandes transformaciones no siempre llegan con estruendo. A veces empiezan cuando uno aprende que la verdadera visión no depende de los ojos, sino de la capacidad de seguir descubriendo caminos donde otros solo alcanzan a distinguir un muro.
Nada que ver es una expresión que solemos usar para cerrar una conversación. En su caso, en cambio, parece abrirla. ¿Cuándo descubrió que el mejor título era precisamente el que invitaba al malentendido?
Para mí nada que ver, significa que algo no tiene importancia, que no es relevante para uno o que no le importa a uno y a la vez de una manera un tanto irónica es la manera en que yo vivo la vida. Y comprendí que el título debería ser ese, porque me permite jugar con los dos sentidos: el primero es el de vivir una vida sin la vista y el otro es una invitación a las personas a que no pasen por alto las cosas que pueden parecer insignificantes, pero que forman al final cada uno de nuestros días.
Hay personas que miran mucho y ven muy poco. ¿La pérdida de la vista le ha hecho comprender mejor a quienes sí la conservamos?
Cuando podía ver, seguramente muchas veces, miraba sin prestar demasiada atención. Luego, al perder la vista, pude descubrir sonidos, aromas, texturas y esos pequeños, y quizá insignificantes detalles que antes pasaban inadvertidos para mí. Por eso ahora comprendo que no basta con la capacidad de ver porque a todos puede pasarnos que las prisas, la costumbre y hasta las preocupaciones nos impidan ver lo que tenemos delante de nosotros.
No creo comprender mejor a las personas que tienen la capacidad de ver, pero sí comprendo mejor que es fácil pasar por la vida sin detenerse a mirarla.
Después de Alma de hierro, cualquiera esperaba una segunda ración de épica. Usted entrega un libro mucho más incómodo. ¿Le interesan más las preguntas que las medallas?
Creo que las medallas son importantes, porque al fin de cuentas son el justo reconocimiento al esfuerzo, al trabajo y la disciplina y todas esas cosas que hubo que hacer para poder obtenerlas. Y si lo pienso bien creo que Nada que ver también es una historia épica porque cuenta lo que muchas personas con discapacidad vivimos día a día, salir de nuestra casa, ir a trabajar, ir a estudiar, movilizarnos por una ciudad completamente caótica y realizar actividades que para muchas otras personas pueden resultar sencillas. Y no lo digo porque vivir con una discapacidad nos convierta en héroes; lo digo porque el entorno muchas veces hace extraordinariamente difícil hacer las cosas cotidianas.
Algunas escenas de Nada que ver pudieran resultar incómodas porque reflejan actitudes y prejuicios que muchas veces preferimos no reconocer. No escribí el libro con la intención de incomodar. Pero no quise esconder o limitar lo que me ha tocado vivir.
Al final de cuentas, las preguntas terminan pesando más que las medallas, porque una reconoce un logro y las otras pueden hacernos revisar y reflexionar sobre la manera en que actuamos con los demás.
Vivimos en una época obsesionada con la imagen. ¿Se siente, paradójicamente, un privilegiado por haberse librado de esa tiranía?
Bueno, realmente no lo considero un privilegio, aunque sí, siento bastante alivio de no tener que ponerle importancia al aspecto físico de las personas. En Nada que ver, aparece una frase de El Principito que siempre me ha gustado. Y es lo esencial es invisible a los ojos y eso se debe a que yo reconozco a las personas por la manera en que me hablan, por cómo me tratan y por cómo se relacionan conmigo. Y no en su aspecto. Sin embargo, creo que estoy lejos de la tiranía de la imagen, porque muchaspersonas no pueden juzgarme por cómo luzco o por mi discapacidad. Digamos que de alguna manera yo dejé atrás esto de la imagen, pero sigo viviendo en un mundo que le da aún demasiada importancia.
Cuando alguien le dice “ya veo”, ¿todavía sonríe por dentro o ya ha perdido la cuenta de esas pequeñas ironías del lenguaje?
Siempre me río por dentro, pero no es por la expresión, sino por la reacción de la persona que la dice. Algunas veces alguien dice “vamos a ver”, “mirá” o “ya veo” e inmediatamente se incomoda porque piensa que ha cometido un error o una torpeza. Yo lo tomo de la manera más natural, porque es la forma en que nos expresamos. Incluso yo digo “ya veo” cuando estoy de acuerdo con algo o “mirá” cuando quiero mostrarle alguna cosa a alguien más.
Su historia podría haberse convertido en una marca personal de motivación. Sin embargo, usted parece empeñado en escapar de ese papel. ¿Le incomoda que lo conviertan en ejemplo?
No me molesta que alguien me considere un ejemplo. Al contrario, lo considero un verdadero honor y una gran responsabilidad.
Lo que sí me incomoda es ser considerado como ejemplo solo porque soy una persona con discapacidad. Si algo de mi vida merece ser valorado preferiría que fuera la entrega, la disciplina y la constancia que he puesto en todo lo que he logrado. No intento escapar de la motivación, intento escapar de una versión simplificada de mi vida.
Si mañana recuperara la vista durante un solo día, ¿qué sería lo primero que querría ver… y qué preferiría seguir imaginando?
Lo primero que me gustaría ver, sería, sin duda, Pepita con esa su cola, escribiendo felicidad en el aire y con esos ojitos llenos de amor, encontrándose con los míos para decirnos lo que ambos ya sabemos desde hace mucho tiempo.
Y quizá me gustaría seguir imaginando esa mirada, porque no necesito comprobar nada cuando ya se siente tan profundamente como lo siento.
¿Diría que Nada que ver habla menos de la ceguera que de nuestra forma de mirar los demás?
Yo diría que aparecen tanto la ceguera como la manera en que miramos a los demás. La ceguera es parte de mi vida y por supuesto está en todo el libro, pero también aparecen los prejuicios, las barreras y la facilidad con que reducimos a una persona a lo que vemos de ella. En ese sentido, Nada que ver cuenta la manera en que yo percibo el mundo. Pero también la manera en que dejamos de percibir verdaderamente a las personas que nos rodean.
¿Qué revela mejor a una persona: lo que ve o lo que cuenta?
No estoy seguro. Creo que en lo que una persona cuenta puede revelar mucho más de ella, porque lo que una persona ve me indica donde detiene la mirada, mientras que lo que la persona cuenta me dice qué le importó, qué entendió y qué decidió conservar de lo que estaba viendo. En mi caso como no veo, yo cuento desde lo que escucho,lo que percibo y lo que siento.
Hay quien confunde resiliencia con obligación de sonreír. ¿Estamos convirtiendo la superación personal en una nueva forma de presión social?
Sí creo que algunas veces la superación personal puede convertirse en una forma de presión. Pareciera que uno tiene la obligación de mantenerse fuerte, de sonreír, de ser agradecido y hasta de demostrar que todas las cosas pueden vencerse. Yo no considero la resiliencia de esa manera. No consiste en negar el dolor o en repetir frases optimistas. Creo que es algo más profundo y más personal, porque cada quien enfrenta las situaciones o las circunstancias, a su manera y a su ritmo. Hay días en que resistir puede ser levantarse y continuar, pero también hay días en que consiste en detenerse, en pedir ayuda y en reconocer que uno no está bien. Creo que ninguna de las dos opciones debería avergonzarnos, porque son lo que enfrentamos y es la realidad.
¿Hay alguna pregunta sobre su ceguera que nunca le hacen y, sin embargo, le gustaría responder alguna vez?
La verdad es que no se me ocurre ninguna. Son pocas las personas que se acercan a preguntar sobre mi ceguera y cuando lo hacen se refieren a cuestiones simples o prácticas. Por ejemplo, cómo realizo ciertas actividades, qué percibo o cómo me adapto a diferentes situaciones. No creo tener ningún secreto, ningún tema prohibido sobre mi ceguera. Y si alguien pregunta con respeto y con verdadero interés, respondo con naturalidad. Creo que más que una pregunta me gustaría que las personas se acercaran con la confianza suficiente para preguntar sin ningún miedo a nada.
¿Recuerda el momento en que dejó de pensar “¿por qué a mí?” para empezar a preguntarse “¿y ahora qué?”?
No recuerdo un momento exacto, porque estas preguntas todavía regresan, aunque formuladas de otra manera. El “¿y por qué yo?” se transforma en “¿para qué?” Y no es porque crea que todo tiene una explicación, sino porque intento comprender qué hacer con lo que me ha tocado vivir. Y respecto a la pregunta, “¿y ahora qué?” esa aparece con más frecuencia y a veces sí llega a preocuparme. Sin embargo, me ha enseñado o he aprendido a detenerme a evaluar la situación, a pedir ayuda cuando es necesario. Y muchas veces después de esto, encuentro la salida o la respuesta.
Si pudiera dejar Nada que ver en la mesilla de noche de alguien, sin decirle quién lo escribió, ¿de quién sería esa mesilla?
Pues yo lo dejaría en la mesilla de cualquier persona que haya dejado de sorprenderse con las cosas simples de la vida. O que ya no consiga reconocer lo bueno cuando aparece. A veces lo difícil ocupa demasiado espacio y no nos deja percibir lo demás. Una conversación, una presencia, un gesto, un momento sencillo que puede sostenerlos durante todo el día.
Después de tantos kilómetros recorridos, ¿qué cansa más: correr un Ironman o luchar contra los prejuicios ajenos?
Sin duda, cansa más enfrentar los prejuicios ajenos porque parece ser una carrera que no tiene final. Un Ironman es finito, se llega a la meta, se cumple con el objetivo y después de todo esto vienen el descanso y recuperación. Sin embargo, enfrentar los prejuicios exige largo aliento. Uno puede superar una barrera, pero justamente después viene otra. La diferencia es que en el Ironman uno sabe donde termina el recorrido. Pero la meta contra los prejuicios parece estar todavía muy lejos.
Después de escribir Nada que ver, ¿qué es lo que usted ya no puede dejar de ver, aunque nosotros sigamos pasándolo por alto?
No estoy seguro de qué es lo que siguen pasando por alto los demás, pero sí puedo decir que después de escribir Nada que ver yo quiero seguir atento a los pequeños detalles de cada día. Una voz, un gesto, un sonido, una presencia, esas cosas casi siempre discretas que son las que le dan sentido a una jornada.
Hay personas cuya biografía parece escrita para ser resumida en una hazaña. La del guatemalteco Edgar Carrillo invita a hacer justamente lo contrario. Sí, perdió la vista a consecuencia de una infección que dañó irreversiblemente el nervio óptico cuando tenía 39 años. Sí, años después se convirtió en el primer atleta latinoamericano con discapacidad visual en completar el Ironman de Cozumel. Pero reducir su trayectoria a una historia de superación sería quedarse en la superficie.
Escritor, conferencista y deportista de resistencia, Carrillo ha hecho de la adversidad un punto de partida, no un destino. Tras el éxito de Alma de hierro, donde relató el proceso de reconstruir una vida cuando parecía haberse derrumbado, regresa ahora con Nada que ver, un libro que, desde el propio título, juega con una ironía desarmante. Ya no se trata únicamente de contar lo que ocurrió, sino de reflexionar sobre la forma en que percibimos el mundo y sobre esa costumbre tan humana de confundir mirar con ver.
Su voz ha ido encontrando un registro propio: sobrio, cercano y poco dado a la épica grandilocuente. Quizá porque ha comprendido que las grandes transformaciones no siempre llegan con estruendo. A veces empiezan cuando uno aprende que la verdadera visión no depende de los ojos, sino de la capacidad de seguir descubriendo caminos donde otros solo alcanzan a distinguir un muro.
Nada que ver es una expresión que solemos usar para cerrar una conversación. En su caso, en cambio, parece abrirla. ¿Cuándo descubrió que el mejor título era precisamente el que invitaba al malentendido?
Para mí nada que ver, significa que algo no tiene importancia, que no es relevante para uno o que no le importa a uno y a la vez de una manera un tanto irónica es la manera en que yo vivo la vida. Y comprendí que el título debería ser ese, porque me permite jugar con los dos sentidos: el primero es el de vivir una vida sin la vista y el otro es una invitación a las personas a que no pasen por alto las cosas que pueden parecer insignificantes, pero que forman al final cada uno de nuestros días.
Hay personas que miran mucho y ven muy poco. ¿La pérdida de la vista le ha hecho comprender mejor a quienes sí la conservamos?
Cuando podía ver, seguramente muchas veces, miraba sin prestar demasiada atención. Luego, al perder la vista, pude descubrir sonidos, aromas, texturas y esos pequeños, y quizá insignificantes detalles que antes pasaban inadvertidos para mí. Por eso ahora comprendo que no basta con la capacidad de ver porque a todos puede pasarnos que las prisas, la costumbre y hasta las preocupaciones nos impidan ver lo que tenemos delante de nosotros.
No creo comprender mejor a las personas que tienen la capacidad de ver, pero sí comprendo mejor que es fácil pasar por la vida sin detenerse a mirarla.
Después de Alma de hierro, cualquiera esperaba una segunda ración de épica. Usted entrega un libro mucho más incómodo. ¿Le interesan más las preguntas que las medallas?
Creo que las medallas son importantes, porque al fin de cuentas son el justo reconocimiento al esfuerzo, al trabajo y la disciplina y todas esas cosas que hubo que hacer para poder obtenerlas. Y si lo pienso bien creo que Nada que ver también es una historia épica porque cuenta lo que muchas personas con discapacidad vivimos día a día, salir de nuestra casa, ir a trabajar, ir a estudiar, movilizarnos por una ciudad completamente caótica y realizar actividades que para muchas otras personas pueden resultar sencillas. Y no lo digo porque vivir con una discapacidad nos convierta en héroes; lo digo porque el entorno muchas veces hace extraordinariamente difícil hacer las cosas cotidianas.
Algunas escenas de Nada que ver pudieran resultar incómodas porque reflejan actitudes y prejuicios que muchas veces preferimos no reconocer. No escribí el libro con la intención de incomodar. Pero no quise esconder o limitar lo que me ha tocado vivir.
Al final de cuentas, las preguntas terminan pesando más que las medallas, porque una reconoce un logro y las otras pueden hacernos revisar y reflexionar sobre la manera en que actuamos con los demás.
Vivimos en una época obsesionada con la imagen. ¿Se siente, paradójicamente, un privilegiado por haberse librado de esa tiranía?
Bueno, realmente no lo considero un privilegio, aunque sí, siento bastante alivio de no tener que ponerle importancia al aspecto físico de las personas. En Nada que ver, aparece una frase de El Principito que siempre me ha gustado. Y es lo esencial es invisible a los ojos y eso se debe a que yo reconozco a las personas por la manera en que me hablan, por cómo me tratan y por cómo se relacionan conmigo. Y no en su aspecto. Sin embargo, creo que estoy lejos de la tiranía de la imagen, porque muchaspersonas no pueden juzgarme por cómo luzco o por mi discapacidad. Digamos que de alguna manera yo dejé atrás esto de la imagen, pero sigo viviendo en un mundo que le da aún demasiada importancia.
Cuando alguien le dice “ya veo”, ¿todavía sonríe por dentro o ya ha perdido la cuenta de esas pequeñas ironías del lenguaje?
Siempre me río por dentro, pero no es por la expresión, sino por la reacción de la persona que la dice. Algunas veces alguien dice “vamos a ver”, “mirá” o “ya veo” e inmediatamente se incomoda porque piensa que ha cometido un error o una torpeza. Yo lo tomo de la manera más natural, porque es la forma en que nos expresamos. Incluso yo digo “ya veo” cuando estoy de acuerdo con algo o “mirá” cuando quiero mostrarle alguna cosa a alguien más.
Su historia podría haberse convertido en una marca personal de motivación. Sin embargo, usted parece empeñado en escapar de ese papel. ¿Le incomoda que lo conviertan en ejemplo?
No me molesta que alguien me considere un ejemplo. Al contrario, lo considero un verdadero honor y una gran responsabilidad.
Lo que sí me incomoda es ser considerado como ejemplo solo porque soy una persona con discapacidad. Si algo de mi vida merece ser valorado preferiría que fuera la entrega, la disciplina y la constancia que he puesto en todo lo que he logrado. No intento escapar de la motivación, intento escapar de una versión simplificada de mi vida.
Si mañana recuperara la vista durante un solo día, ¿qué sería lo primero que querría ver… y qué preferiría seguir imaginando?
Lo primero que me gustaría ver, sería, sin duda, Pepita con esa su cola, escribiendo felicidad en el aire y con esos ojitos llenos de amor, encontrándose con los míos para decirnos lo que ambos ya sabemos desde hace mucho tiempo.
Y quizá me gustaría seguir imaginando esa mirada, porque no necesito comprobar nada cuando ya se siente tan profundamente como lo siento.
¿Diría que Nada que ver habla menos de la ceguera que de nuestra forma de mirar los demás?
Yo diría que aparecen tanto la ceguera como la manera en que miramos a los demás. La ceguera es parte de mi vida y por supuesto está en todo el libro, pero también aparecen los prejuicios, las barreras y la facilidad con que reducimos a una persona a lo que vemos de ella. En ese sentido, Nada que ver cuenta la manera en que yo percibo el mundo. Pero también la manera en que dejamos de percibir verdaderamente a las personas que nos rodean.
¿Qué revela mejor a una persona: lo que ve o lo que cuenta?
No estoy seguro. Creo que en lo que una persona cuenta puede revelar mucho más de ella, porque lo que una persona ve me indica donde detiene la mirada, mientras que lo que la persona cuenta me dice qué le importó, qué entendió y qué decidió conservar de lo que estaba viendo. En mi caso como no veo, yo cuento desde lo que escucho,lo que percibo y lo que siento.
Hay quien confunde resiliencia con obligación de sonreír. ¿Estamos convirtiendo la superación personal en una nueva forma de presión social?
Sí creo que algunas veces la superación personal puede convertirse en una forma de presión. Pareciera que uno tiene la obligación de mantenerse fuerte, de sonreír, de ser agradecido y hasta de demostrar que todas las cosas pueden vencerse. Yo no considero la resiliencia de esa manera. No consiste en negar el dolor o en repetir frases optimistas. Creo que es algo más profundo y más personal, porque cada quien enfrenta las situaciones o las circunstancias, a su manera y a su ritmo. Hay días en que resistir puede ser levantarse y continuar, pero también hay días en que consiste en detenerse, en pedir ayuda y en reconocer que uno no está bien. Creo que ninguna de las dos opciones debería avergonzarnos, porque son lo que enfrentamos y es la realidad.
¿Hay alguna pregunta sobre su ceguera que nunca le hacen y, sin embargo, le gustaría responder alguna vez?
La verdad es que no se me ocurre ninguna. Son pocas las personas que se acercan a preguntar sobre mi ceguera y cuando lo hacen se refieren a cuestiones simples o prácticas. Por ejemplo, cómo realizo ciertas actividades, qué percibo o cómo me adapto a diferentes situaciones. No creo tener ningún secreto, ningún tema prohibido sobre mi ceguera. Y si alguien pregunta con respeto y con verdadero interés, respondo con naturalidad. Creo que más que una pregunta me gustaría que las personas se acercaran con la confianza suficiente para preguntar sin ningún miedo a nada.
¿Recuerda el momento en que dejó de pensar “¿por qué a mí?” para empezar a preguntarse “¿y ahora qué?”?
No recuerdo un momento exacto, porque estas preguntas todavía regresan, aunque formuladas de otra manera. El “¿y por qué yo?” se transforma en “¿para qué?” Y no es porque crea que todo tiene una explicación, sino porque intento comprender qué hacer con lo que me ha tocado vivir. Y respecto a la pregunta, “¿y ahora qué?” esa aparece con más frecuencia y a veces sí llega a preocuparme. Sin embargo, me ha enseñado o he aprendido a detenerme a evaluar la situación, a pedir ayuda cuando es necesario. Y muchas veces después de esto, encuentro la salida o la respuesta.
Si pudiera dejar Nada que ver en la mesilla de noche de alguien, sin decirle quién lo escribió, ¿de quién sería esa mesilla?
Pues yo lo dejaría en la mesilla de cualquier persona que haya dejado de sorprenderse con las cosas simples de la vida. O que ya no consiga reconocer lo bueno cuando aparece. A veces lo difícil ocupa demasiado espacio y no nos deja percibir lo demás. Una conversación, una presencia, un gesto, un momento sencillo que puede sostenerlos durante todo el día.
Después de tantos kilómetros recorridos, ¿qué cansa más: correr un Ironman o luchar contra los prejuicios ajenos?
Sin duda, cansa más enfrentar los prejuicios ajenos porque parece ser una carrera que no tiene final. Un Ironman es finito, se llega a la meta, se cumple con el objetivo y después de todo esto vienen el descanso y recuperación. Sin embargo, enfrentar los prejuicios exige largo aliento. Uno puede superar una barrera, pero justamente después viene otra. La diferencia es que en el Ironman uno sabe donde termina el recorrido. Pero la meta contra los prejuicios parece estar todavía muy lejos.
Después de escribir Nada que ver, ¿qué es lo que usted ya no puede dejar de ver, aunque nosotros sigamos pasándolo por alto?
No estoy seguro de qué es lo que siguen pasando por alto los demás, pero sí puedo decir que después de escribir Nada que ver yo quiero seguir atento a los pequeños detalles de cada día. Una voz, un gesto, un sonido, una presencia, esas cosas casi siempre discretas que son las que le dan sentido a una jornada.
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