Le Corbusier
«Yo pago; la deuda está saldada. Equivalencia de derechos y camarería perfecta.»
El primer arquitecto que uno estudia en la facultad de arquitectura es Le Corbusier. Para bien o para mal, Charles-Edouard Jeanneret, mejor conocido como Le Corbusier, ha sido el arquitecto más influyente en todo un siglo de arquitectura. Nos dejó una gran cantidad de inventos técnico-estéticos que han tenido una amplia influencia en la arquitectura mundial, comparable únicamente a la de Palladio en el pasado. Y también cincuenta y tantos libros y numerosos artículos en donde dio al movimiento moderno una estatura moral y una fuerza única. Fue visto siempre como una figura de una integridad y racionalidad incorruptible al defender sus principios.
Nació en el mismo año que empezó la construcción de la Torre Eiffel, la estructura de 300 metros de alto que pronto se convertiría en la imagen de París, el 6 de octubre de 1887, en el cantón suizo de Neuchâtel, de La Chaux-de-Fonds, una ciudad especializada en fabricar relojes. Fue en la tradición familiar que Le Corbusier adquirió esa visión de la sociedad siendo dirigida por un grupo pequeño de una élite de especialistas: el gran artista y el estadista o ‘capitán de la industria’, el negociante ilustrado.
Se educó en la Escuela de Artes de La Chaux-de-Fonds bajo la dirección de Charles L’Eplattenier quien le inculcó ‘una sed por el arte’ y lo convenció de estudiar arquitectura en lugar de pintura. En 1907 leyó un libro que le dio su maestro y que lo marcaría para siempre: Así habló Zaratustra, de Friedrich Nietzsche. Le Corbusier atendió al llamado de Zaratustra de crear nuevos valores, una nueva moral, un superhombre – el librepensador que razona por sí mismo, el hombre sano, el cuerpo fuerte, que ama la vida y escoge sólo lo que lo vigoriza.
En su libro Cuando las catedrales eran blancas pone:
«La realidad está ausente. Las escuelas enclaustran con diplomas, distribuciones del sueño, cuando deberían terminar por un gran puntapié en el trasero que obligara a los jóvenes a arrojarse al agua, abrir los ojos, los oídos y el entendimiento y a emprender su propia creación espiritual. ¡Ay! tengo inclinación por querer hacer superhombres, mientras que las administraciones han creado los diplomas, en primer lugar, para consagrarse a sí mismas, legitimando su existencia y luego para propagar la seguridad en el país.»
Su preocupación por querer hacer superhombres le llevó a concebir la ‘ciudad radiante’, una ciudad industrial verde vertical, soleada, ventilada, de sectores o barrios de 1200 metros por 800 metros, según una modernización de la tradición reticular de la urbe española, para 5000 a 20000 habitantes, con edificios de vivienda entre jardines, cual ‘partenones’, sobre pies derechos, dejando la planta baja como pórticos abiertos para cualquier uso, y el deporte al pie de éstas. Al sector lo atraviesa en el sentido corto la calle comercial con los artesanos, las tiendas, las diversiones cotidianas, y la plaza del mercado. En el eje largo propuso la calle donde se encuentran las escuelas y los deportes, asegurando a los niños la total seguridad de los juegos y el descanso, lejos de la presencia de los vehículos. Los bordes entre sectores se definen con las vías de circulación mecánica, que dan acceso por la periferia a calles más lentas que penetran el barrio conduciendo a los vehículos y a los peatones a las puertas de sus casas.
«¿Díganme también cuando ese ser organizado desde hace millares de años bajo la ley solar, díganme cuándo y dónde ofrecerá su pálido cuerpo a los rayos generadores?» [Le Corbusier. Cuando las catedrales eran blancas.]
La organización de la urbe en sectores con todos los servicios la diseñó para resolver el problema creado por la zonificación que obliga a los habitantes a derrochar tres o cuatro horas de su vida en el tránsito para desplazarse de su lugar de habitación al de trabajo. Algo que muchos capitalinos viven diariamente en Guatemala. El ahorro de tiempo lo puede usar el habitante para cultivar su cuerpo mediante el deporte, el paseo cotidiano, la helio e hidroterapia, la organización de los cursos de cultura física; y cultivar su mente mediante el estudio.
En Europa no pudo construir su visión. Apenas unas cinco unidades habitacionales, una en Marsella, una en Nantes, una en Berlín, una en Briey y una en Firminy-Vert. Fue Pandit Nehru en India quien le dio en 1950 la oportunidad de dar cuerpo a su visión urbana al encargarle el diseño de la nueva capital de Pendjab: Chandigarh. Además del plan maestro, el área comercial en el sector 17, y la casa club, Le Corbusier diseñó el palacio de la Asamblea, el palacio de Justicia y el Secretariado (edificio ministerial). Fueron estos edificios los que al igual que la torre Eiffel en París, le dieron la imagen a la nueva ciudad.
Pero no hay que equivocarse, la propuesta de Le Corbusier no era socialista. Entendió muy bien las virtudes del sistema de libre mercado:
«Los Estados Unidos son eminentemente democráticos. Ese hecho no entraña ninguna servidumbre: yo pago; por lo tanto, la deuda está saldada. En consecuencia, equivalencia de los derechos y camarería perfecta. Espíritus sectarios denunciarán que eso significa lucha de clases. Objetivamente, en el estado actual de la Unión, a mí me pareció una solución generosa e inteligente.» [Le Corbusier. Cuando las catedrales eran blancas.]
Le Corbusier
«Yo pago; la deuda está saldada. Equivalencia de derechos y camarería perfecta.»
El primer arquitecto que uno estudia en la facultad de arquitectura es Le Corbusier. Para bien o para mal, Charles-Edouard Jeanneret, mejor conocido como Le Corbusier, ha sido el arquitecto más influyente en todo un siglo de arquitectura. Nos dejó una gran cantidad de inventos técnico-estéticos que han tenido una amplia influencia en la arquitectura mundial, comparable únicamente a la de Palladio en el pasado. Y también cincuenta y tantos libros y numerosos artículos en donde dio al movimiento moderno una estatura moral y una fuerza única. Fue visto siempre como una figura de una integridad y racionalidad incorruptible al defender sus principios.
Nació en el mismo año que empezó la construcción de la Torre Eiffel, la estructura de 300 metros de alto que pronto se convertiría en la imagen de París, el 6 de octubre de 1887, en el cantón suizo de Neuchâtel, de La Chaux-de-Fonds, una ciudad especializada en fabricar relojes. Fue en la tradición familiar que Le Corbusier adquirió esa visión de la sociedad siendo dirigida por un grupo pequeño de una élite de especialistas: el gran artista y el estadista o ‘capitán de la industria’, el negociante ilustrado.
Se educó en la Escuela de Artes de La Chaux-de-Fonds bajo la dirección de Charles L’Eplattenier quien le inculcó ‘una sed por el arte’ y lo convenció de estudiar arquitectura en lugar de pintura. En 1907 leyó un libro que le dio su maestro y que lo marcaría para siempre: Así habló Zaratustra, de Friedrich Nietzsche. Le Corbusier atendió al llamado de Zaratustra de crear nuevos valores, una nueva moral, un superhombre – el librepensador que razona por sí mismo, el hombre sano, el cuerpo fuerte, que ama la vida y escoge sólo lo que lo vigoriza.
En su libro Cuando las catedrales eran blancas pone:
«La realidad está ausente. Las escuelas enclaustran con diplomas, distribuciones del sueño, cuando deberían terminar por un gran puntapié en el trasero que obligara a los jóvenes a arrojarse al agua, abrir los ojos, los oídos y el entendimiento y a emprender su propia creación espiritual. ¡Ay! tengo inclinación por querer hacer superhombres, mientras que las administraciones han creado los diplomas, en primer lugar, para consagrarse a sí mismas, legitimando su existencia y luego para propagar la seguridad en el país.»
Su preocupación por querer hacer superhombres le llevó a concebir la ‘ciudad radiante’, una ciudad industrial verde vertical, soleada, ventilada, de sectores o barrios de 1200 metros por 800 metros, según una modernización de la tradición reticular de la urbe española, para 5000 a 20000 habitantes, con edificios de vivienda entre jardines, cual ‘partenones’, sobre pies derechos, dejando la planta baja como pórticos abiertos para cualquier uso, y el deporte al pie de éstas. Al sector lo atraviesa en el sentido corto la calle comercial con los artesanos, las tiendas, las diversiones cotidianas, y la plaza del mercado. En el eje largo propuso la calle donde se encuentran las escuelas y los deportes, asegurando a los niños la total seguridad de los juegos y el descanso, lejos de la presencia de los vehículos. Los bordes entre sectores se definen con las vías de circulación mecánica, que dan acceso por la periferia a calles más lentas que penetran el barrio conduciendo a los vehículos y a los peatones a las puertas de sus casas.
«¿Díganme también cuando ese ser organizado desde hace millares de años bajo la ley solar, díganme cuándo y dónde ofrecerá su pálido cuerpo a los rayos generadores?» [Le Corbusier. Cuando las catedrales eran blancas.]
La organización de la urbe en sectores con todos los servicios la diseñó para resolver el problema creado por la zonificación que obliga a los habitantes a derrochar tres o cuatro horas de su vida en el tránsito para desplazarse de su lugar de habitación al de trabajo. Algo que muchos capitalinos viven diariamente en Guatemala. El ahorro de tiempo lo puede usar el habitante para cultivar su cuerpo mediante el deporte, el paseo cotidiano, la helio e hidroterapia, la organización de los cursos de cultura física; y cultivar su mente mediante el estudio.
En Europa no pudo construir su visión. Apenas unas cinco unidades habitacionales, una en Marsella, una en Nantes, una en Berlín, una en Briey y una en Firminy-Vert. Fue Pandit Nehru en India quien le dio en 1950 la oportunidad de dar cuerpo a su visión urbana al encargarle el diseño de la nueva capital de Pendjab: Chandigarh. Además del plan maestro, el área comercial en el sector 17, y la casa club, Le Corbusier diseñó el palacio de la Asamblea, el palacio de Justicia y el Secretariado (edificio ministerial). Fueron estos edificios los que al igual que la torre Eiffel en París, le dieron la imagen a la nueva ciudad.
Pero no hay que equivocarse, la propuesta de Le Corbusier no era socialista. Entendió muy bien las virtudes del sistema de libre mercado:
«Los Estados Unidos son eminentemente democráticos. Ese hecho no entraña ninguna servidumbre: yo pago; por lo tanto, la deuda está saldada. En consecuencia, equivalencia de los derechos y camarería perfecta. Espíritus sectarios denunciarán que eso significa lucha de clases. Objetivamente, en el estado actual de la Unión, a mí me pareció una solución generosa e inteligente.» [Le Corbusier. Cuando las catedrales eran blancas.]