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La ley del más fuerte cuando el poder no se ejerce

La gestión de Bernardo Arévalo enfrenta cuestionamientos por su relación con el Congreso, la falta de resultados y el vacío de poder que ha generado. 

Marimaite Rayo
04 de octubre, 2026

El pasado 20 de septiembre, la revista norteamericana, The Atlantic, publicó una extensa entrevista titulada “El dilema de la democracia guatemalteca” con el presidente, Bernardo Arévalo. Asimismo, incluía aportes de otras figuras cercanas al poder como el diputado Samuel Pérez, el nuevo fiscal general e, incluso, los líderes indígenas Luis Pacheco y Héctor Chaclán, a fin de proporcionar a los lectores una visión general sobre la situación del gobierno y la gobernabilidad en el país.  



 



Aunque hay mucho que decir sobre el contenido, lo primero que llama la atención es el medio seleccionado por el presidente, dado que, contrario a lo que se esperaría, pocas veces se le ha visto dar declaraciones tan extensas a la prensa nacional, como lo demuestran las repetidas veces que ha rechazado la invitación a este medio. Desde el exterior, pareciera que la elección de ser entrevistado lejos del escrutinio nacional responde a un cálculo estratégico: evitar preguntas incómodas y contar con amplio margen de libertad para dar excusas sin sentirse presionado por los periodistas. Ahora bien, con el objetivo de acercar el contenido al público guatemalteco, vale la pena rescatar algunos temas que se abordaron y, como corresponde en un verdadero ejercicio periodístico, evaluar críticamente las respuestas.  



 



El artículo inicia con un recorrido sobre los hitos que llevaron a Arévalo a la Presidencia. En este, se destaca las grandes expectativas con las que ganó en las urnas, especialmente de parte de la población joven, bajo la promesa de quitarle las posiciones de poder al “pacto de corruptos” y la limpieza institucional del Estado. Posteriormente, se aborda la compleja situación que tuvo que atravesar el presidente y, el ahora extinto, Movimiento Semilla, con el Ministerio Público. La larga extensión que se le dedica a esta sección denota que, desde la perspectiva de Arévalo, el traspaso de poder en la Fiscalía General representa uno de los actos insignia de este gobierno. En las siguientes líneas, incapaz de poder mencionar otro logro importante, el periodista tiene que recurrir a los malabares para rescatar uno que otro proyecto medianamente significativo, como la construcción de centros de salud o la construcción de caminos rurales.  



 



El artículo aborda una gran diversidad de temas, sin embargo, el hilo conductor que conecta todo el reportaje es el intento de justificar la inacción del gobierno. Desde argumentos legalistas, hasta la victimización, Arévalo expone un abanico de excusas que, lejos de ser convincentes, revelan un problema más profundo, el desapego del presidente con la realidad.  



 



Ahora bien, aunque su ejecución como mandatario no ha cumplido con las expectativas, es importante destacar que el presidente Arévalo, como se muestra en varios momentos de la entrevista, es un hombre de principios firmes y, como tal, ha pretendido conducir su gobierno. Entre ellos destacan su compromiso con los ideales democráticos, el mantenimiento de la estabilidad institucional y la transparencia en la gestión pública. El problema es que esta rectitud se ha traducido en parálisis y, como era de esperarse, ha generado un vacío de poder. Lamentablemente, tal cosa únicamente existe en la teoría, ya que, en la práctica, es un espacio que rápidamente es llenado por otro grupo de interés. En términos coloquiales, la inacción de Arévalo ha dejado el tablero abierto para que otros jugadores le ganen la partida.  

Sombras del pasado 



 A lo largo de la entrevista, una de las declaraciones que más llama la atención es cuando el periodista se refiere a la relación que el presidente ha mantenido con el Congreso. Desde el inicio de la Legislatura, la cancelación del partido oficial, evitó que cualquiera de los operadores del Ejecutivo pudiera ocupar posiciones de poder dentro del hemiciclo, lo cual puso al presidente en una situación de desventaja. Posteriormente, como consecuencia de la ruptura a lo interno del bloque oficial, debido a la falta de contundencia en las acciones del presidente —según declaró el diputado Pérez—, Arévalo perdió el apoyo de muchas piezas claves para su gobierno y, como tal, el control de su “gente”. Por lo tanto, la interacción con el Legislativo no ha sido nada fácil y, de cierta manera, lo ha doblegado a los intereses de los legisladores.  



 



En este sentido, haciendo referencia a estas dificultades, la entrevista señala que «indispuesto a comprar votos en el Congreso de forma directa, [...] Arévalo ha recurrido al gasto en proyectos de beneficio local (pork-barrel spending, en inglés) y al aumento de los salarios de los congresistas para ganar apoyo legislativo». La estructura del artículo no permite distinguir si se trata de una cita directa del presidente o una interpretación del periodista, pero, independientemente del emisor, estas declaraciones confirman que, como era de esperarse, este gobierno no es diferente a los anteriores. La aparente rectitud del presidente se ha visto comprometida y, de cierta manera, podría estar reconociendo algo que,  aunque se ha señalado hasta la saciedad, hasta el momento se había negado: la instrumentalización de los Consejos de Desarrollo para la entrega de proyectos locales, por fines políticos.  



 



En un análisis simplista se podría argumentar que esta “artimaña política” no tardaría en penetrar a este gobierno, pese a presentarse como “una opción diferente”. No obstante, la realidad es que no es más que un intercambio, en donde el presidente, al verse en una relación asimétrica de poder, tuvo que ceder a los intereses de los legisladores, mejor posicionados, si eso significaba avanzar con su programa de gobierno. La transacción era simple: los diputados obtenían beneficios para sus jurisdicciones y para “sus bolsillos” y el presidente, una marco legislativo favorable para cumplir con los objetivos del gobierno.  



 



Sin embargo, el tiempo ha demostrado que este intercambio “salió muy caro” para el Ejecutivo, ya que, la mínima capacidad administrativa del gobierno central ha imposibilitado cualquier oportunidad de avance. Es más, el mayor problema es que, quienes se ven más afectados son los ciudadanos, ya que no solo están pagando un precio más alto para mantener a sus diputados, sino que tampoco reciben nada a cambio en forma de infraestructura, seguridad u otro servicio.  



 



Bajo esta lógica, los diputados no solo quedaron mejor posicionados, sino que, ante la pasividad del presidente, le hicieron el jaque en el hemiciclo.  



 



La ley del más fuerte  



 Otro momento clave en la entrevista surge cuando el periodista hace una comparación entre Bernardo Arévalo y sus homólogos de la región. El periodista destaca que, contrario a lo que se podría predecir, Guatemala se ha mantenido firme ante la creciente regresión democrática en los territorios vecinos, lo cual, según el entrevistador, es un reflejo del compromiso del presidente con los valores de la democracia y la libertad. Ante esto, el presidente responde que la diferencia está en que él, desde el momento en que tomó posesión, decidió “gobernar bajo la ley y no con la ley”. Con esta frase, Arévalo se refería a la práctica de utilizar la ley en favor de los intereses de quienes gobiernan, es decir, revestir de legalidad medidas que, en realidad, son autoritarias y optar por un régimen de Estado de derecho, en donde todo individuo, incluyendo el mandatario, está sometido a la ley.  



 



No obstante, este fetichismo legalista, que únicamente ha generado una parálisis institucional y, por ende, ha profundizado en el vacío de autoridad, ha posicionado al presidente y, por extensión, al país, en una situación complicada. El miedo a aplicar la ley con fuerza y determinación, cuando corresponde, ha creado una grieta desde la cual, grupos que operan al margen de la ley y no conocen de ideales o democracia, operan en la sombra y paralelo al Estado. 

La ley ha triunfado, pero, contrario a las expectativas del presidente, no ha sido la ley democrática. La ley del más fuerte, de la violencia, del dinero y la impunidad se han impuesto.  



 



En un estado de negación  



 Esta entrevista y, particularmente los dos fragmentos que se destacan en este análisis, no solo evidencian que el presidente, atrapado en el mundo de los principios y la idealización democrática, está totalmente desapegado de la realidad del país, sino que también confirma su estado de negación. Dar estas declaraciones, lejos del escrutinio nacional, supone un mecanismo de defensa psicológico, a fin de evitar reconocer las verdades que son evidentes y asumir la responsabilidad. 



 



El autoengaño sólo funciona hacia el interior. Todavía queda un poco más de un año y medio de gobierno y a quienes verdaderamente debe convencer y rendir cuentas es a sus electores, quienes confiaron en su liderazgo. De lo contrario, su legado democrático quedará empañado por uno de fracaso e incapacidad institucional.  



 



 

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La ley del más fuerte cuando el poder no se ejerce

La gestión de Bernardo Arévalo enfrenta cuestionamientos por su relación con el Congreso, la falta de resultados y el vacío de poder que ha generado. 

Marimaite Rayo
04 de octubre, 2026

El pasado 20 de septiembre, la revista norteamericana, The Atlantic, publicó una extensa entrevista titulada “El dilema de la democracia guatemalteca” con el presidente, Bernardo Arévalo. Asimismo, incluía aportes de otras figuras cercanas al poder como el diputado Samuel Pérez, el nuevo fiscal general e, incluso, los líderes indígenas Luis Pacheco y Héctor Chaclán, a fin de proporcionar a los lectores una visión general sobre la situación del gobierno y la gobernabilidad en el país.  



 



Aunque hay mucho que decir sobre el contenido, lo primero que llama la atención es el medio seleccionado por el presidente, dado que, contrario a lo que se esperaría, pocas veces se le ha visto dar declaraciones tan extensas a la prensa nacional, como lo demuestran las repetidas veces que ha rechazado la invitación a este medio. Desde el exterior, pareciera que la elección de ser entrevistado lejos del escrutinio nacional responde a un cálculo estratégico: evitar preguntas incómodas y contar con amplio margen de libertad para dar excusas sin sentirse presionado por los periodistas. Ahora bien, con el objetivo de acercar el contenido al público guatemalteco, vale la pena rescatar algunos temas que se abordaron y, como corresponde en un verdadero ejercicio periodístico, evaluar críticamente las respuestas.  



 



El artículo inicia con un recorrido sobre los hitos que llevaron a Arévalo a la Presidencia. En este, se destaca las grandes expectativas con las que ganó en las urnas, especialmente de parte de la población joven, bajo la promesa de quitarle las posiciones de poder al “pacto de corruptos” y la limpieza institucional del Estado. Posteriormente, se aborda la compleja situación que tuvo que atravesar el presidente y, el ahora extinto, Movimiento Semilla, con el Ministerio Público. La larga extensión que se le dedica a esta sección denota que, desde la perspectiva de Arévalo, el traspaso de poder en la Fiscalía General representa uno de los actos insignia de este gobierno. En las siguientes líneas, incapaz de poder mencionar otro logro importante, el periodista tiene que recurrir a los malabares para rescatar uno que otro proyecto medianamente significativo, como la construcción de centros de salud o la construcción de caminos rurales.  



 



El artículo aborda una gran diversidad de temas, sin embargo, el hilo conductor que conecta todo el reportaje es el intento de justificar la inacción del gobierno. Desde argumentos legalistas, hasta la victimización, Arévalo expone un abanico de excusas que, lejos de ser convincentes, revelan un problema más profundo, el desapego del presidente con la realidad.  



 



Ahora bien, aunque su ejecución como mandatario no ha cumplido con las expectativas, es importante destacar que el presidente Arévalo, como se muestra en varios momentos de la entrevista, es un hombre de principios firmes y, como tal, ha pretendido conducir su gobierno. Entre ellos destacan su compromiso con los ideales democráticos, el mantenimiento de la estabilidad institucional y la transparencia en la gestión pública. El problema es que esta rectitud se ha traducido en parálisis y, como era de esperarse, ha generado un vacío de poder. Lamentablemente, tal cosa únicamente existe en la teoría, ya que, en la práctica, es un espacio que rápidamente es llenado por otro grupo de interés. En términos coloquiales, la inacción de Arévalo ha dejado el tablero abierto para que otros jugadores le ganen la partida.  

Sombras del pasado 



 A lo largo de la entrevista, una de las declaraciones que más llama la atención es cuando el periodista se refiere a la relación que el presidente ha mantenido con el Congreso. Desde el inicio de la Legislatura, la cancelación del partido oficial, evitó que cualquiera de los operadores del Ejecutivo pudiera ocupar posiciones de poder dentro del hemiciclo, lo cual puso al presidente en una situación de desventaja. Posteriormente, como consecuencia de la ruptura a lo interno del bloque oficial, debido a la falta de contundencia en las acciones del presidente —según declaró el diputado Pérez—, Arévalo perdió el apoyo de muchas piezas claves para su gobierno y, como tal, el control de su “gente”. Por lo tanto, la interacción con el Legislativo no ha sido nada fácil y, de cierta manera, lo ha doblegado a los intereses de los legisladores.  



 



En este sentido, haciendo referencia a estas dificultades, la entrevista señala que «indispuesto a comprar votos en el Congreso de forma directa, [...] Arévalo ha recurrido al gasto en proyectos de beneficio local (pork-barrel spending, en inglés) y al aumento de los salarios de los congresistas para ganar apoyo legislativo». La estructura del artículo no permite distinguir si se trata de una cita directa del presidente o una interpretación del periodista, pero, independientemente del emisor, estas declaraciones confirman que, como era de esperarse, este gobierno no es diferente a los anteriores. La aparente rectitud del presidente se ha visto comprometida y, de cierta manera, podría estar reconociendo algo que,  aunque se ha señalado hasta la saciedad, hasta el momento se había negado: la instrumentalización de los Consejos de Desarrollo para la entrega de proyectos locales, por fines políticos.  



 



En un análisis simplista se podría argumentar que esta “artimaña política” no tardaría en penetrar a este gobierno, pese a presentarse como “una opción diferente”. No obstante, la realidad es que no es más que un intercambio, en donde el presidente, al verse en una relación asimétrica de poder, tuvo que ceder a los intereses de los legisladores, mejor posicionados, si eso significaba avanzar con su programa de gobierno. La transacción era simple: los diputados obtenían beneficios para sus jurisdicciones y para “sus bolsillos” y el presidente, una marco legislativo favorable para cumplir con los objetivos del gobierno.  



 



Sin embargo, el tiempo ha demostrado que este intercambio “salió muy caro” para el Ejecutivo, ya que, la mínima capacidad administrativa del gobierno central ha imposibilitado cualquier oportunidad de avance. Es más, el mayor problema es que, quienes se ven más afectados son los ciudadanos, ya que no solo están pagando un precio más alto para mantener a sus diputados, sino que tampoco reciben nada a cambio en forma de infraestructura, seguridad u otro servicio.  



 



Bajo esta lógica, los diputados no solo quedaron mejor posicionados, sino que, ante la pasividad del presidente, le hicieron el jaque en el hemiciclo.  



 



La ley del más fuerte  



 Otro momento clave en la entrevista surge cuando el periodista hace una comparación entre Bernardo Arévalo y sus homólogos de la región. El periodista destaca que, contrario a lo que se podría predecir, Guatemala se ha mantenido firme ante la creciente regresión democrática en los territorios vecinos, lo cual, según el entrevistador, es un reflejo del compromiso del presidente con los valores de la democracia y la libertad. Ante esto, el presidente responde que la diferencia está en que él, desde el momento en que tomó posesión, decidió “gobernar bajo la ley y no con la ley”. Con esta frase, Arévalo se refería a la práctica de utilizar la ley en favor de los intereses de quienes gobiernan, es decir, revestir de legalidad medidas que, en realidad, son autoritarias y optar por un régimen de Estado de derecho, en donde todo individuo, incluyendo el mandatario, está sometido a la ley.  



 



No obstante, este fetichismo legalista, que únicamente ha generado una parálisis institucional y, por ende, ha profundizado en el vacío de autoridad, ha posicionado al presidente y, por extensión, al país, en una situación complicada. El miedo a aplicar la ley con fuerza y determinación, cuando corresponde, ha creado una grieta desde la cual, grupos que operan al margen de la ley y no conocen de ideales o democracia, operan en la sombra y paralelo al Estado. 

La ley ha triunfado, pero, contrario a las expectativas del presidente, no ha sido la ley democrática. La ley del más fuerte, de la violencia, del dinero y la impunidad se han impuesto.  



 



En un estado de negación  



 Esta entrevista y, particularmente los dos fragmentos que se destacan en este análisis, no solo evidencian que el presidente, atrapado en el mundo de los principios y la idealización democrática, está totalmente desapegado de la realidad del país, sino que también confirma su estado de negación. Dar estas declaraciones, lejos del escrutinio nacional, supone un mecanismo de defensa psicológico, a fin de evitar reconocer las verdades que son evidentes y asumir la responsabilidad. 



 



El autoengaño sólo funciona hacia el interior. Todavía queda un poco más de un año y medio de gobierno y a quienes verdaderamente debe convencer y rendir cuentas es a sus electores, quienes confiaron en su liderazgo. De lo contrario, su legado democrático quedará empañado por uno de fracaso e incapacidad institucional.  



 



 

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