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Los demócratas no cambiaron de opinión, sino de estrategia

Las primarias serán decisivas en la disputa por el Congreso de EE. UU., en un escenario marcado por la polarización política.

Marimaite Rayo
06 de septiembre, 2026

En dos meses, la población norteamericana tiene una cita con las urnas para celebrar las elecciones de medio término. En el actual contexto político las apuestas no podrían ser más altas, tanto para el partido Republicano, como para el Demócrata. Los republicanos, de perder la mayoría en alguna de las casas —el escenario más probable— no solo dejarían como un “pato cojo” a su presidente, Donald Trump, sino que también podrían sufrir una dosis de “venganza” por parte de los demócratas. Por su parte, los demócratas, si no son capaces de superar la barrera electoral, tendrían un margen casi nulo para negociar con el gobierno central y, como consecuencia, tendrían que pagar un costo político altísimo frente a su electorado. 

Aunque la percepción general es que la carrera electoral será muy reñida, lo más probable es que haya pocas sorpresas, ya que, como consecuencia del diseño institucional, la elección ya estará definida desde antes de las votaciones. Esto se debe a que, de acuerdo con el mapa político de Estados Unidos, alrededor del 83 % de los distritos electorales se consideran bloqueados —son tan demócratas o republicanos que no hay posibilidad de disputa—. Como consecuencia, el partido que controla ese bloqueo es quien cuenta con el candidato ganador. Así pues, el proceso electoral que verdaderamente importa son las primaras, donde los electores eligen los candidatos que participarán por cada partido en las elecciones de medio término.  

En la teoría política, la celebración de primarias se ha considerado una práctica favorable para el ejercicio democrático, dado que limita la capacidad del partido para imponer candidatos y, en cambio, involucra directamente a los electores en el proceso de toma de decisiones. Sin embargo, en la práctica este se ha convertido en un mecanismo que no solo ha desvirtuado el concepto de representación, sino que también condiciona, cada vez más, el comportamiento de los políticos de turno.  

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En su origen, el establecimiento de un sistema democrático representativo respondía a la necesidad de contar con mecanismos para que, aquellas figuras que llegaban al poder pusieran en la agenda política los intereses de los electores y jurisdicciones que representaban. Ante la imposibilidad de someter todos los temas políticos a una votación directa, era necesario contar con figuras que canalizaran la variedad de intereses y los hicieran visibles en las discusiones políticas. Consecuentemente, bajo esta visión idealizada, esas figuras serían los representantes que, como su nombre lo dice, representarían la variedad de intereses de su jurisdicción. No obstante, como consecuencia de las dinámicas del poder, la realidad muestra el efecto contrario, dado que, debido a los altos costos de la participación política, los representantes, tanto en el Congreso, como en el Senado, terminan visibilizando únicamente aquellos temas de interés para los grupos de presión organizados —una mínima parte de la población— que tienen los recursos necesarios para hacer valer sus propuestas. En pocas palabras, se genera una distorsión en el concepto de representación.  

Evidentemente, esta distorsión está presente a lo largo de todo el proceso político. Sin embargo, se torna aún más relevante cuando se observa el efecto que tiene sobre las votaciones primarias, que, como se mencionó anteriormente, son la clave para las elecciones de medio término.  



Para entender la relevancia de las primarias, es necesario hacer referencia a la paradoja de la votación. Esta paradoja indica que, con base en el cálculo de elección racional, una persona racional únicamente emitirá un voto si los beneficios de hacerlo superan los costos (ej. tiempo o esfuerzo). En este caso, el beneficio está definido por las recompensas obtenidas si gana el candidato preferido, multiplicado por la probabilidad de que el voto individual sea determinante en el resultado general. Ahora bien, dado que esa probabilidad tiende a ser nula, debido a la dispersión del voto entre millones de electores, los costos siempre serán superiores a los beneficios. Por lo tanto, esta lógica nos dice que, en términos racionales ninguna persona tiene incentivos para votar.  



Pero, si esto es cierto, ¿por qué la gente sigue votando? Según la teoría, la diferencia está en que dentro de este cálculo también se debe considerar el valor psicológico y social que se obtiene al participar electoralmente. El sentimiento de satisfacción al cumplir con un deber cívico. Por ende, una votación, más que la expresión de una opinión racional, en realidad, está guiada por un efecto psicológico o sentimental.  

Tomando en cuenta esta información, no nos debiera de extrañar que, dados los altos costos que representan las elecciones primarias, la participación se concentra en aquellos electores que le atribuyen un valor más alto al elemento psicológico y social. Es decir, en las primarias participan, casi exclusivamente, los ciudadanos más ideológicos y políticamente activos. Como consecuencia, esto no solo refuerza la distorsión de la representación, dado que únicamente una parte de los intereses serán exteriorizados, sino que también reafirma el bloqueo del que gozan los partidos en algunas jurisdicciones, dado que limita la posibilidad de disputa.  

En este sentido, dado que el bloqueo jurisdiccional es un resultado directo del comportamiento político de los electores, esto nos conduce a un segundo efecto de las primarias sobre la democracia, particularmente el discurso político. De forma general, se podría decir que, debido a los bloqueos, los partidos ya saben, previo a las elecciones, los distritos electorales asegurados, las probabilidades de competencia y, como consecuencia, su capacidad de influencia sobre los distritos indeterminados —que serán la clave para definir qué partido obtiene la mayoría en cada una de las cámaras— mediante el discurso político.  

Según las previsiones de este año, los republicanos tendrían asegurados 202 escaños, los demócratas 197 y 36 estarían en disputa. Dado que el margen de competencia es mínimo, no debiera de sorprendernos el cambio que han dado los discursos de algunos candidatos, particularmente en el ala demócrata, con el fin de capturar la mayor cantidad de votos.  

Por ejemplo, Alexandria Ocasio-Cortez, una de las figuras más representativas del movimiento progresista en el partido demócrata, en una entrevista por televisión intentó distanciarse de algunas de las posiciones más radicales expuestas por el partido en los últimos años, el cual llamó Woke 1, y catalogó como “una locura”. Entre estas propuestas se incluían medidas como la abolición de la policía; la narrativa de diversidad, equidad e inclusión (DEI); y el movimiento en contra de la discriminación. Aunque a primera vista podría ser una señal de madurez política, en realidad todo es parte de una estrategia política. Esto se debe a que, con el tiempo se ha demostrado que estas posiciones eran poco populares entre la población norteamericana. Por lo tanto, si en este momento el objetivo es capturar esos distritos que todavía están en disputa y, finalmente, conseguir la mayoría en la cámara, no es extraño verla a ella y otros representantes apelar hacia posiciones más moderadas. Una estrategia políticamente racional.  

El riesgo de esta estrategia es que, debido a que el distanciamiento con estas posiciones más radicales no es genuino, sino que únicamente una estrategia de campaña, de alcanzar el poder, lo más probable es que resurjan y en ese momento sí se cuente con los medios para ponerlas en marcha. Especialmente, si se toma en cuenta que los electores que los llevarán al poder, y a quienes deberán rendir cuentas, son los más ideológicos y políticamente activos.  

De esta manera, esta reflexión nos sugiere que, aunque las elecciones de medio término sí podrían ser un punto de inflexión en la política norteamericana, aún más importante serán todos los acontecimientos previos a esa votación. Las primarias ya no se pueden consideran únicamente un trámite de partido; la fragmentación política en el país ha alcanzado niveles extraordinarios y por ello, todo procedimiento o declaración podría cambiar la distribución de poder en la balanza y, posteriormente, el rumbo del país. 



 

Los demócratas no cambiaron de opinión, sino de estrategia

Las primarias serán decisivas en la disputa por el Congreso de EE. UU., en un escenario marcado por la polarización política.

Marimaite Rayo
06 de septiembre, 2026

En dos meses, la población norteamericana tiene una cita con las urnas para celebrar las elecciones de medio término. En el actual contexto político las apuestas no podrían ser más altas, tanto para el partido Republicano, como para el Demócrata. Los republicanos, de perder la mayoría en alguna de las casas —el escenario más probable— no solo dejarían como un “pato cojo” a su presidente, Donald Trump, sino que también podrían sufrir una dosis de “venganza” por parte de los demócratas. Por su parte, los demócratas, si no son capaces de superar la barrera electoral, tendrían un margen casi nulo para negociar con el gobierno central y, como consecuencia, tendrían que pagar un costo político altísimo frente a su electorado. 

Aunque la percepción general es que la carrera electoral será muy reñida, lo más probable es que haya pocas sorpresas, ya que, como consecuencia del diseño institucional, la elección ya estará definida desde antes de las votaciones. Esto se debe a que, de acuerdo con el mapa político de Estados Unidos, alrededor del 83 % de los distritos electorales se consideran bloqueados —son tan demócratas o republicanos que no hay posibilidad de disputa—. Como consecuencia, el partido que controla ese bloqueo es quien cuenta con el candidato ganador. Así pues, el proceso electoral que verdaderamente importa son las primaras, donde los electores eligen los candidatos que participarán por cada partido en las elecciones de medio término.  

En la teoría política, la celebración de primarias se ha considerado una práctica favorable para el ejercicio democrático, dado que limita la capacidad del partido para imponer candidatos y, en cambio, involucra directamente a los electores en el proceso de toma de decisiones. Sin embargo, en la práctica este se ha convertido en un mecanismo que no solo ha desvirtuado el concepto de representación, sino que también condiciona, cada vez más, el comportamiento de los políticos de turno.  

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En su origen, el establecimiento de un sistema democrático representativo respondía a la necesidad de contar con mecanismos para que, aquellas figuras que llegaban al poder pusieran en la agenda política los intereses de los electores y jurisdicciones que representaban. Ante la imposibilidad de someter todos los temas políticos a una votación directa, era necesario contar con figuras que canalizaran la variedad de intereses y los hicieran visibles en las discusiones políticas. Consecuentemente, bajo esta visión idealizada, esas figuras serían los representantes que, como su nombre lo dice, representarían la variedad de intereses de su jurisdicción. No obstante, como consecuencia de las dinámicas del poder, la realidad muestra el efecto contrario, dado que, debido a los altos costos de la participación política, los representantes, tanto en el Congreso, como en el Senado, terminan visibilizando únicamente aquellos temas de interés para los grupos de presión organizados —una mínima parte de la población— que tienen los recursos necesarios para hacer valer sus propuestas. En pocas palabras, se genera una distorsión en el concepto de representación.  

Evidentemente, esta distorsión está presente a lo largo de todo el proceso político. Sin embargo, se torna aún más relevante cuando se observa el efecto que tiene sobre las votaciones primarias, que, como se mencionó anteriormente, son la clave para las elecciones de medio término.  



Para entender la relevancia de las primarias, es necesario hacer referencia a la paradoja de la votación. Esta paradoja indica que, con base en el cálculo de elección racional, una persona racional únicamente emitirá un voto si los beneficios de hacerlo superan los costos (ej. tiempo o esfuerzo). En este caso, el beneficio está definido por las recompensas obtenidas si gana el candidato preferido, multiplicado por la probabilidad de que el voto individual sea determinante en el resultado general. Ahora bien, dado que esa probabilidad tiende a ser nula, debido a la dispersión del voto entre millones de electores, los costos siempre serán superiores a los beneficios. Por lo tanto, esta lógica nos dice que, en términos racionales ninguna persona tiene incentivos para votar.  



Pero, si esto es cierto, ¿por qué la gente sigue votando? Según la teoría, la diferencia está en que dentro de este cálculo también se debe considerar el valor psicológico y social que se obtiene al participar electoralmente. El sentimiento de satisfacción al cumplir con un deber cívico. Por ende, una votación, más que la expresión de una opinión racional, en realidad, está guiada por un efecto psicológico o sentimental.  

Tomando en cuenta esta información, no nos debiera de extrañar que, dados los altos costos que representan las elecciones primarias, la participación se concentra en aquellos electores que le atribuyen un valor más alto al elemento psicológico y social. Es decir, en las primarias participan, casi exclusivamente, los ciudadanos más ideológicos y políticamente activos. Como consecuencia, esto no solo refuerza la distorsión de la representación, dado que únicamente una parte de los intereses serán exteriorizados, sino que también reafirma el bloqueo del que gozan los partidos en algunas jurisdicciones, dado que limita la posibilidad de disputa.  

En este sentido, dado que el bloqueo jurisdiccional es un resultado directo del comportamiento político de los electores, esto nos conduce a un segundo efecto de las primarias sobre la democracia, particularmente el discurso político. De forma general, se podría decir que, debido a los bloqueos, los partidos ya saben, previo a las elecciones, los distritos electorales asegurados, las probabilidades de competencia y, como consecuencia, su capacidad de influencia sobre los distritos indeterminados —que serán la clave para definir qué partido obtiene la mayoría en cada una de las cámaras— mediante el discurso político.  

Según las previsiones de este año, los republicanos tendrían asegurados 202 escaños, los demócratas 197 y 36 estarían en disputa. Dado que el margen de competencia es mínimo, no debiera de sorprendernos el cambio que han dado los discursos de algunos candidatos, particularmente en el ala demócrata, con el fin de capturar la mayor cantidad de votos.  

Por ejemplo, Alexandria Ocasio-Cortez, una de las figuras más representativas del movimiento progresista en el partido demócrata, en una entrevista por televisión intentó distanciarse de algunas de las posiciones más radicales expuestas por el partido en los últimos años, el cual llamó Woke 1, y catalogó como “una locura”. Entre estas propuestas se incluían medidas como la abolición de la policía; la narrativa de diversidad, equidad e inclusión (DEI); y el movimiento en contra de la discriminación. Aunque a primera vista podría ser una señal de madurez política, en realidad todo es parte de una estrategia política. Esto se debe a que, con el tiempo se ha demostrado que estas posiciones eran poco populares entre la población norteamericana. Por lo tanto, si en este momento el objetivo es capturar esos distritos que todavía están en disputa y, finalmente, conseguir la mayoría en la cámara, no es extraño verla a ella y otros representantes apelar hacia posiciones más moderadas. Una estrategia políticamente racional.  

El riesgo de esta estrategia es que, debido a que el distanciamiento con estas posiciones más radicales no es genuino, sino que únicamente una estrategia de campaña, de alcanzar el poder, lo más probable es que resurjan y en ese momento sí se cuente con los medios para ponerlas en marcha. Especialmente, si se toma en cuenta que los electores que los llevarán al poder, y a quienes deberán rendir cuentas, son los más ideológicos y políticamente activos.  

De esta manera, esta reflexión nos sugiere que, aunque las elecciones de medio término sí podrían ser un punto de inflexión en la política norteamericana, aún más importante serán todos los acontecimientos previos a esa votación. Las primarias ya no se pueden consideran únicamente un trámite de partido; la fragmentación política en el país ha alcanzado niveles extraordinarios y por ello, todo procedimiento o declaración podría cambiar la distribución de poder en la balanza y, posteriormente, el rumbo del país. 



 

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