Guatemala, el país de “fíjese que…"
Tres años después, un extranjero se marcha de Guatemala con gratitud, algunas decepciones y la certeza de que un país nunca cabe en sus titulares.
Cuando llegué ya sabía algunas cosas de Guatemala. Me habían hablado de la violencia, de la corrupción, de la pobreza, de la deficiente infraestructura y, sobre todo, del tráfico. En España, además, había escuchado aquello de que Guatemala no sabía venderse y hacía muy poco por contarle al mundo lo que era.
Tres años después, me voy con la sensación de que algo de todo aquello era cierto y… de que casi nada de ello explica Guatemala.
Porque un país no cabe en sus problemas. Tampoco en sus estadísticas, sus titulares ni en la imagen que otros construyen desde lejos. He vivido aquí una vida cómoda, incluso privilegiada en muchos aspectos, dentro de una especie de burbuja que no pretendo confundir con la realidad de todo el país. Pero precisamente por esa vivencia parcial, puedo decir que encontré mucho más de lo que esperaba.
Encontré un país contradictorio: hospitalario y, al mismo tiempo, difícil de descifrar. Un lugar donde hasta lo aparentemente sencillo adquiere una inesperada complejidad.
Y una expresión terminó resumiendo buena parte de mi experiencia: “fíjese que...”.
Un país que no se cuenta
Antes de venir, pensaba que Guatemala necesitaba mejorar su imagen. Después de vivir aquí, sigo pensándolo.
No porque el país tenga que esconder sus problemas. Al contrario. El tráfico puede convertir cualquier desplazamiento en una pequeña odisea. La infraestructura tiene carencias evidentes. La desigualdad está ahí. La violencia forma parte de una realidad que nadie debería minimizar. La corrupción no es una invención de observadores foráneos.
Pero hay otra Guatemala que cuesta bastante más encontrar en los relatos que llegan al exterior. Una que trabaja, que crea, que emprende, que tiene talento, que discute y que, pese a todo, sigue adelante.
El problema puede estar en que el país cuenta demasiado poco de sí mismo.
Durante años he vivido y trabajado en distintos lugares y he comprobado algo bastante sencillo: los países capaces de contar su propia historia parten con ventaja. No han de ser perfectos. Ninguno lo es. Necesitan explicar quiénes son, qué hacen bien y por qué merece la pena mirarlos más allá de sus titulares.
Más que un problema de identidad puede ser una cuestión de relaciones públicas.
Hay otra paradoja que he observado. No recuerdo otro lugar donde haya participado en tantos desayunos de trabajo, foros, encuentros y actos en los que se analiza una idea hasta dejarla sin secretos. Se diagnostica mucho y, a menudo, con inteligencia. Se discute, se matiza, se encuentran las causas y hasta se propone la solución. El problema llega después: cuando toca ponerla en práctica, aparece una especie de parálisis. Guatemala tiene una extraordinaria capacidad para organizar la conversación sobre lo que debería hacerse; convertirla en hechos parece bastante más difícil.
A veces tengo la impresión de que aquí hasta la parálisis tiene comité, agenda y desayuno de trabajo.
Y hubo algo que me llamó la atención desde los primeros días y que nada tenía que ver con las grandes cuestiones del país. Si uno preguntaba algo por la calle, la respuesta parecía estar programada de antemano: “No sé”. Podía tratarse de una dirección, de un edificio o de cualquier cosa a la vuelta de la esquina. Si necesitaba ayuda para orientarme, acabé preguntando a un extranjero. Un guatemalteco podía no saberlo; el extranjero, al menos, solía intentarlo.
El idioma de la paciencia
Y está el lenguaje.
En Guatemala aprendí pronto que algunas palabras tienen una vida propia cuando cruzan una frontera. Una de ellas ha sido “fíjese que”.
Al principio la escuchaba con absoluta naturalidad. Después empecé a entender que tenía más significados de los que decía el diccionario. Con el tiempo descubrí una de sus traducciones más precisas: cuando uno pide algo y recibe un “fíjese que…”, conviene prepararse, porque lo que viene después suele ser un no.
No necesariamente un no seco, desagradable o definitivo. Mucho más guatemalteco: un no envuelto en cortesía, conversación y cierta delicadeza.
Hay otra palabra que he aprendido a temer: “ahorita”.
Más que una unidad de tiempo, “ahorita” es una categoría filosófica. Puede significar cuando se pueda, cuando toque o, en no pocas ocasiones, una cantidad de tiempo cuya medición exacta conviene no intentar.
“Fíjese que” y “ahorita” terminaron formando parte de mi pequeño diccionario personal de Guatemala.
Y sospecho que, cuando ya no esté aquí, las echaré de menos.
Una burbuja con ventanas
He vivido bien en Guatemala. Mi Guatemala no ha sido la de la mayoría de los guatemaltecos. Sería absurdo pretenderlo. Y tampoco me engaño sobre mí mismo: no siempre soy la persona más fácil con la que convivir.
Pero una burbuja también tiene ventanas. Y a lo largo de este tiempo he podido mirar desde ellas una vida cotidiana que terminó resultándome propia.
He trabajado, he conocido gente, he viajado y he compartido experiencias que no cabrían en ningún informe por exhaustivo que sea. La realidad de un país suele ser bastante más interesante que su reputación.
Y he leído. Mucho. Mi trabajo me ha llevado durante años a la cultura, y Guatemala me ha obligado a ampliar una biblioteca que ya venía bastante cargada. He hallado autores guatemaltecos que merecerían circular mucho más fuera del país y, a veces, encontrar todavía más lectores dentro de él.
Un país joven en población no tiene por qué ser joven en cultura, pero sí necesita transmitirla de una generación a otra.
La literatura tiene esa rara virtud de hacer visible un país sin necesidad de explicarlo.
A lo largo de este tiempo he trabajado rodeado de personas que podrían ser mis hijos o, en algunos casos, mis nietos. La diferencia de edad era evidente; la distancia intelectual, no necesariamente. Llegué con la ilusión de que mi experiencia pudiera servirles de algo. No tengo claro hasta qué punto lo conseguí. Lo cierto es que ellos me enseñaron bastante más de lo que yo había previsto: otras formas de trabajar, otras preguntas, otras prioridades y una manera distinta de mirar el futuro. A cierta edad uno empieza a descubrir que transmitir experiencia no consiste en dar lecciones, sino en ponerla sobre la mesa y aceptar que los demás pueden hacer con ella lo que quieran.
Me voy con una mezcla extraña de gratitud y de espíritu crítico. Las dos cosas pueden y deben convivir.
Porque agradecer no obliga a idealizar. Y criticar no significa despreciar. Los países, como las personas, se entienden mejor cuando uno deja de exigirles que sean una sola cosa.
La mayor sorpresa ha sido otra: acabar hablando de un lugar como si una parte de mi propia historia se hubiera quedado aquí.
Por eso me resulta difícil marcharme con una sola palabra. “Gracias” sería demasiado sencilla. “Adiós”, demasiado definitiva.
Lo que queda al marcharse
Hay, sin embargo, una parte de cualquier despedida que tiene que ver con las personas. Y esa es la que más me cuesta escribir.
Hace dos meses terminó mi etapa profesional. Desde entonces he visto con claridad algo que no esperaba: cuando uno deja de formar parte de una organización, algunas relaciones cambian de inmediato.
Tampoco sería justo olvidar a quienes sí estuvieron, a quienes preguntaron, llamaron, escribieron o simplemente hicieron saber que la relación no terminaba con un puesto de trabajo. Fueron y son importantes.
Pero hubo otras ausencias. Dentro y fuera de la oficina.
Personas con las que había compartido años de trabajo y parte de la vida cotidiana dejaron prácticamente de hacerlo cuando dejé de pertenecer a aquel lugar. No hubo una puerta que se cerrara. A veces fue algo más silencioso: sencillamente, dejó de haber una puerta que alguien considerara necesario abrir.
Y eso me entristeció.
Tal vez mi propia edad tenga algo que ver con esa tristeza. Cuando uno lleva ya bastantes décadas a sus espaldas, concede un valor especial a los vínculos que nacen del trabajo y espera que alguno de ellos sobreviva al trabajo mismo. Yo había llegado, además, con la ilusión de que mi experiencia pudiera ser útil a una generación mucho más joven. Quería transmitirla y, al mismo tiempo, seguir aprendiendo. Esa segunda parte la conseguí con creces.
Después de todo este tiempo, uno espera que algo de lo compartido sobreviva al cargo, al despacho, al correo electrónico o a la tarjeta de visita.
No me resulta fácil escribirlo sin cierta tristeza, pero tampoco quiero convertirla en reproche.
Queda la gratitud, aunque no falten las decepciones. Y, sobre todo, la sorpresa de cuánto puede llegar a formar parte de uno un lugar al que, en principio, solo venía a trabajar.
Dentro de poco Guatemala será, para mí, otra cosa: una de esas patrias prestadas que uno incorpora a su biografía sin haberlo previsto.
Todavía no quiero escribir esa historia. Para eso hará falta distancia.
Ahora estoy aquí, en los últimos días, mirando un país que pronto empezaré a recordar desde lejos.
Prefiero quedarme con aquella expresión que he aprendido a traducir de mil maneras.
“Fíjese que…”
Llegué creyendo conocer algunas cosas de Guatemala. Hoy comprendo que eran muchas menos de las que imaginaba. Y quizá ese sea el mejor recuerdo que puede dejar un lugar: marcharse con preguntas que no estaban allí al llegar.
Guatemala, el país de “fíjese que…"
Tres años después, un extranjero se marcha de Guatemala con gratitud, algunas decepciones y la certeza de que un país nunca cabe en sus titulares.
Cuando llegué ya sabía algunas cosas de Guatemala. Me habían hablado de la violencia, de la corrupción, de la pobreza, de la deficiente infraestructura y, sobre todo, del tráfico. En España, además, había escuchado aquello de que Guatemala no sabía venderse y hacía muy poco por contarle al mundo lo que era.
Tres años después, me voy con la sensación de que algo de todo aquello era cierto y… de que casi nada de ello explica Guatemala.
Porque un país no cabe en sus problemas. Tampoco en sus estadísticas, sus titulares ni en la imagen que otros construyen desde lejos. He vivido aquí una vida cómoda, incluso privilegiada en muchos aspectos, dentro de una especie de burbuja que no pretendo confundir con la realidad de todo el país. Pero precisamente por esa vivencia parcial, puedo decir que encontré mucho más de lo que esperaba.
Encontré un país contradictorio: hospitalario y, al mismo tiempo, difícil de descifrar. Un lugar donde hasta lo aparentemente sencillo adquiere una inesperada complejidad.
Y una expresión terminó resumiendo buena parte de mi experiencia: “fíjese que...”.
Un país que no se cuenta
Antes de venir, pensaba que Guatemala necesitaba mejorar su imagen. Después de vivir aquí, sigo pensándolo.
No porque el país tenga que esconder sus problemas. Al contrario. El tráfico puede convertir cualquier desplazamiento en una pequeña odisea. La infraestructura tiene carencias evidentes. La desigualdad está ahí. La violencia forma parte de una realidad que nadie debería minimizar. La corrupción no es una invención de observadores foráneos.
Pero hay otra Guatemala que cuesta bastante más encontrar en los relatos que llegan al exterior. Una que trabaja, que crea, que emprende, que tiene talento, que discute y que, pese a todo, sigue adelante.
El problema puede estar en que el país cuenta demasiado poco de sí mismo.
Durante años he vivido y trabajado en distintos lugares y he comprobado algo bastante sencillo: los países capaces de contar su propia historia parten con ventaja. No han de ser perfectos. Ninguno lo es. Necesitan explicar quiénes son, qué hacen bien y por qué merece la pena mirarlos más allá de sus titulares.
Más que un problema de identidad puede ser una cuestión de relaciones públicas.
Hay otra paradoja que he observado. No recuerdo otro lugar donde haya participado en tantos desayunos de trabajo, foros, encuentros y actos en los que se analiza una idea hasta dejarla sin secretos. Se diagnostica mucho y, a menudo, con inteligencia. Se discute, se matiza, se encuentran las causas y hasta se propone la solución. El problema llega después: cuando toca ponerla en práctica, aparece una especie de parálisis. Guatemala tiene una extraordinaria capacidad para organizar la conversación sobre lo que debería hacerse; convertirla en hechos parece bastante más difícil.
A veces tengo la impresión de que aquí hasta la parálisis tiene comité, agenda y desayuno de trabajo.
Y hubo algo que me llamó la atención desde los primeros días y que nada tenía que ver con las grandes cuestiones del país. Si uno preguntaba algo por la calle, la respuesta parecía estar programada de antemano: “No sé”. Podía tratarse de una dirección, de un edificio o de cualquier cosa a la vuelta de la esquina. Si necesitaba ayuda para orientarme, acabé preguntando a un extranjero. Un guatemalteco podía no saberlo; el extranjero, al menos, solía intentarlo.
El idioma de la paciencia
Y está el lenguaje.
En Guatemala aprendí pronto que algunas palabras tienen una vida propia cuando cruzan una frontera. Una de ellas ha sido “fíjese que”.
Al principio la escuchaba con absoluta naturalidad. Después empecé a entender que tenía más significados de los que decía el diccionario. Con el tiempo descubrí una de sus traducciones más precisas: cuando uno pide algo y recibe un “fíjese que…”, conviene prepararse, porque lo que viene después suele ser un no.
No necesariamente un no seco, desagradable o definitivo. Mucho más guatemalteco: un no envuelto en cortesía, conversación y cierta delicadeza.
Hay otra palabra que he aprendido a temer: “ahorita”.
Más que una unidad de tiempo, “ahorita” es una categoría filosófica. Puede significar cuando se pueda, cuando toque o, en no pocas ocasiones, una cantidad de tiempo cuya medición exacta conviene no intentar.
“Fíjese que” y “ahorita” terminaron formando parte de mi pequeño diccionario personal de Guatemala.
Y sospecho que, cuando ya no esté aquí, las echaré de menos.
Una burbuja con ventanas
He vivido bien en Guatemala. Mi Guatemala no ha sido la de la mayoría de los guatemaltecos. Sería absurdo pretenderlo. Y tampoco me engaño sobre mí mismo: no siempre soy la persona más fácil con la que convivir.
Pero una burbuja también tiene ventanas. Y a lo largo de este tiempo he podido mirar desde ellas una vida cotidiana que terminó resultándome propia.
He trabajado, he conocido gente, he viajado y he compartido experiencias que no cabrían en ningún informe por exhaustivo que sea. La realidad de un país suele ser bastante más interesante que su reputación.
Y he leído. Mucho. Mi trabajo me ha llevado durante años a la cultura, y Guatemala me ha obligado a ampliar una biblioteca que ya venía bastante cargada. He hallado autores guatemaltecos que merecerían circular mucho más fuera del país y, a veces, encontrar todavía más lectores dentro de él.
Un país joven en población no tiene por qué ser joven en cultura, pero sí necesita transmitirla de una generación a otra.
La literatura tiene esa rara virtud de hacer visible un país sin necesidad de explicarlo.
A lo largo de este tiempo he trabajado rodeado de personas que podrían ser mis hijos o, en algunos casos, mis nietos. La diferencia de edad era evidente; la distancia intelectual, no necesariamente. Llegué con la ilusión de que mi experiencia pudiera servirles de algo. No tengo claro hasta qué punto lo conseguí. Lo cierto es que ellos me enseñaron bastante más de lo que yo había previsto: otras formas de trabajar, otras preguntas, otras prioridades y una manera distinta de mirar el futuro. A cierta edad uno empieza a descubrir que transmitir experiencia no consiste en dar lecciones, sino en ponerla sobre la mesa y aceptar que los demás pueden hacer con ella lo que quieran.
Me voy con una mezcla extraña de gratitud y de espíritu crítico. Las dos cosas pueden y deben convivir.
Porque agradecer no obliga a idealizar. Y criticar no significa despreciar. Los países, como las personas, se entienden mejor cuando uno deja de exigirles que sean una sola cosa.
La mayor sorpresa ha sido otra: acabar hablando de un lugar como si una parte de mi propia historia se hubiera quedado aquí.
Por eso me resulta difícil marcharme con una sola palabra. “Gracias” sería demasiado sencilla. “Adiós”, demasiado definitiva.
Lo que queda al marcharse
Hay, sin embargo, una parte de cualquier despedida que tiene que ver con las personas. Y esa es la que más me cuesta escribir.
Hace dos meses terminó mi etapa profesional. Desde entonces he visto con claridad algo que no esperaba: cuando uno deja de formar parte de una organización, algunas relaciones cambian de inmediato.
Tampoco sería justo olvidar a quienes sí estuvieron, a quienes preguntaron, llamaron, escribieron o simplemente hicieron saber que la relación no terminaba con un puesto de trabajo. Fueron y son importantes.
Pero hubo otras ausencias. Dentro y fuera de la oficina.
Personas con las que había compartido años de trabajo y parte de la vida cotidiana dejaron prácticamente de hacerlo cuando dejé de pertenecer a aquel lugar. No hubo una puerta que se cerrara. A veces fue algo más silencioso: sencillamente, dejó de haber una puerta que alguien considerara necesario abrir.
Y eso me entristeció.
Tal vez mi propia edad tenga algo que ver con esa tristeza. Cuando uno lleva ya bastantes décadas a sus espaldas, concede un valor especial a los vínculos que nacen del trabajo y espera que alguno de ellos sobreviva al trabajo mismo. Yo había llegado, además, con la ilusión de que mi experiencia pudiera ser útil a una generación mucho más joven. Quería transmitirla y, al mismo tiempo, seguir aprendiendo. Esa segunda parte la conseguí con creces.
Después de todo este tiempo, uno espera que algo de lo compartido sobreviva al cargo, al despacho, al correo electrónico o a la tarjeta de visita.
No me resulta fácil escribirlo sin cierta tristeza, pero tampoco quiero convertirla en reproche.
Queda la gratitud, aunque no falten las decepciones. Y, sobre todo, la sorpresa de cuánto puede llegar a formar parte de uno un lugar al que, en principio, solo venía a trabajar.
Dentro de poco Guatemala será, para mí, otra cosa: una de esas patrias prestadas que uno incorpora a su biografía sin haberlo previsto.
Todavía no quiero escribir esa historia. Para eso hará falta distancia.
Ahora estoy aquí, en los últimos días, mirando un país que pronto empezaré a recordar desde lejos.
Prefiero quedarme con aquella expresión que he aprendido a traducir de mil maneras.
“Fíjese que…”
Llegué creyendo conocer algunas cosas de Guatemala. Hoy comprendo que eran muchas menos de las que imaginaba. Y quizá ese sea el mejor recuerdo que puede dejar un lugar: marcharse con preguntas que no estaban allí al llegar.
EL TIPO DE CAMBIO DE HOY ES DE: