El futuro siempre queda pendiente
Una periodista recorre cuatro décadas de violencia, poder y resistencia para retratar un continente que aún busca superar las heridas de su historia.
En Latinoamérica, las revoluciones suelen anunciar el porvenir con más entusiasmo del que después ponen en construirlo. Caudillos y utopías cambian de nombre, pero la promesa de empezar de nuevo sobrevive a sus fracasos. Entre esa expectativa y la realidad lleva Alma Guillermoprieto más de cuatro décadas haciendo periodismo.
Publicado en mayo de este año, Esta improbable tierra prometida reúne diecinueve crónicas y reportajes con los que la periodista mexicana retrata la Latinoamérica del siglo XXI, aunque algunas de sus historias se remontan a las últimas décadas del anterior. El volumen indaga en las fuerzas que han moldeado la región y en la persistencia de conflictos que sobreviven a los cambios de gobierno. Violencia, narcotráfico, corrupción, mesianismo político e injusticia atraviesan estas páginas; no las agotan. También hay fiestas, arte, creencias y comunidades empeñadas en preservar una forma de vida.
La autoridad de Guillermoprieto procede de haber recorrido esos países y escuchado a sus habitantes. Empezó a cubrir Centroamérica a finales de los setenta, durante la insurrección sandinista y la guerra salvadoreña; después trabajó para The Washington Post, Newsweek y, desde 1989, para The New Yorker y The New York Review of Books. Importa menos el currículum que su método: preguntar y quedarse hasta que la primera respuesta deje paso a otra.
Dirigentes, religiosos, delincuentes, artistas y ciudadanos anónimos pueblan estas crónicas. Están Evo Morales, Hugo Chávez, Daniel Ortega y Rosario Murillo; aparecen el cura Marcial Maciel y el Chapo Guzmán. Pero el foco no se queda en los nombres conocidos. En las crónicas colombianas, un sicario al que llama Néstor permite observar cómo la pobreza, el miedo y la violencia se encadenan hasta convertir el asesinato en rutina. Guillermoprieto no confunde la explicación con la absolución: comprender las circunstancias de un verdugo no obliga a olvidar a sus víctimas ni a rebajar su responsabilidad.
Esa voluntad de mirar sin indulgencia se advierte en Centroamérica. El asesinato de monseñor Óscar Arnulfo Romero devuelve al lector a uno de los episodios decisivos de la historia salvadoreña y a una violencia cuyas consecuencias no terminaron con la guerra. En Nicaragua, el retrato de Daniel Ortega y Rosario Murillo desmonta cualquier nostalgia automática por la revolución sandinista: quienes llegaron al poder en nombre de la emancipación terminaron levantando otra estructura de sometimiento. La decepción está en el destino de aquellas promesas.
La autora observa los liderazgos providenciales y las tentaciones autoritarias con una desconfianza que no distingue entre etiquetas ideológicas. El caudillismo cambia de vestuario y de consigna, pero conserva la inclinación a confundir el país con quien lo gobierna.
Su mirada tiene una orientación progresista muy visible. En ocasiones, el peso que concede a la desigualdad, a las responsabilidades de EE. UU. o a las contradicciones del capitalismo deja en segundo plano otros factores y responsabilidades internas. No invalida sus reportajes, aunque recuerda que la mirada de una periodista, por rigurosa que sea, nunca es completamente neutral. El libro gana cuando la complejidad de los hechos desborda el marco ideológico desde el que se interpretan.
La sección dedicada a la belleza y el arte impide reducir el libro a una denuncia política. Las fiestas populares, los carnavales, la espiritualidad y la creación aparecen como expresiones de una vitalidad que sobrevive a la violencia. Destaca la historia de la fotógrafa Claudia Andujar y su trabajo con el pueblo yanomami. La resistencia no siempre adopta la forma de una barricada; puede consistir en proteger una cultura, conservar una memoria o defender el derecho a vivir de acuerdo con ella.
La manera de trabajar de Guillermoprieto recuerda por momentos a Ryszard Kapuściński. No se trata de atribuir influencias, sino de reconocer una afinidad de oficio: el reportero que se desplaza, escucha y busca comprender antes de dictar sentencia. Los dos hicieron de la presencia sobre el terreno una condición del relato. La comparación no resta personalidad a la mexicana; la sitúa en una tradición exigente de periodismo narrativo.
Especialmente valiosas son las posdatas que Guillermoprieto añade a varios reportajes para contar qué ocurrió después de su publicación. El periodismo entrega historias abiertas a una actualidad que pasa página con prisa; estas posdatas permiten medir consecuencias y comprobar qué heridas siguen abiertas.
Con Esta improbable tierra prometida, Guillermoprieto cierra un ciclo de recopilaciones sobre las transformaciones de Latinoamérica. Su aportación es documentar, escuchar y contar sin convertir la complejidad en consigna. El resultado es un libro valioso, a ratos incómodo, que no pierde de vista a quienes viven bajo las decisiones políticas.
El título procede de una historia colombiana: la de quienes regresaron a El Salado después de la masacre para reconstruir su vida en el lugar del que habían sido expulsados. Esa imagen contiene buena parte del sentido del libro. La tierra prometida no es un paraíso al final del camino, sino el lugar al que algunos regresan aun sabiendo lo que allí ocurrió. Después de tantas promesas incumplidas, la esperanza está en quienes, sin anunciar nada, vuelven a levantar su casa. Y en no dejar de preguntar quién paga el precio.
El futuro siempre queda pendiente
Una periodista recorre cuatro décadas de violencia, poder y resistencia para retratar un continente que aún busca superar las heridas de su historia.
En Latinoamérica, las revoluciones suelen anunciar el porvenir con más entusiasmo del que después ponen en construirlo. Caudillos y utopías cambian de nombre, pero la promesa de empezar de nuevo sobrevive a sus fracasos. Entre esa expectativa y la realidad lleva Alma Guillermoprieto más de cuatro décadas haciendo periodismo.
Publicado en mayo de este año, Esta improbable tierra prometida reúne diecinueve crónicas y reportajes con los que la periodista mexicana retrata la Latinoamérica del siglo XXI, aunque algunas de sus historias se remontan a las últimas décadas del anterior. El volumen indaga en las fuerzas que han moldeado la región y en la persistencia de conflictos que sobreviven a los cambios de gobierno. Violencia, narcotráfico, corrupción, mesianismo político e injusticia atraviesan estas páginas; no las agotan. También hay fiestas, arte, creencias y comunidades empeñadas en preservar una forma de vida.
La autoridad de Guillermoprieto procede de haber recorrido esos países y escuchado a sus habitantes. Empezó a cubrir Centroamérica a finales de los setenta, durante la insurrección sandinista y la guerra salvadoreña; después trabajó para The Washington Post, Newsweek y, desde 1989, para The New Yorker y The New York Review of Books. Importa menos el currículum que su método: preguntar y quedarse hasta que la primera respuesta deje paso a otra.
Dirigentes, religiosos, delincuentes, artistas y ciudadanos anónimos pueblan estas crónicas. Están Evo Morales, Hugo Chávez, Daniel Ortega y Rosario Murillo; aparecen el cura Marcial Maciel y el Chapo Guzmán. Pero el foco no se queda en los nombres conocidos. En las crónicas colombianas, un sicario al que llama Néstor permite observar cómo la pobreza, el miedo y la violencia se encadenan hasta convertir el asesinato en rutina. Guillermoprieto no confunde la explicación con la absolución: comprender las circunstancias de un verdugo no obliga a olvidar a sus víctimas ni a rebajar su responsabilidad.
Esa voluntad de mirar sin indulgencia se advierte en Centroamérica. El asesinato de monseñor Óscar Arnulfo Romero devuelve al lector a uno de los episodios decisivos de la historia salvadoreña y a una violencia cuyas consecuencias no terminaron con la guerra. En Nicaragua, el retrato de Daniel Ortega y Rosario Murillo desmonta cualquier nostalgia automática por la revolución sandinista: quienes llegaron al poder en nombre de la emancipación terminaron levantando otra estructura de sometimiento. La decepción está en el destino de aquellas promesas.
La autora observa los liderazgos providenciales y las tentaciones autoritarias con una desconfianza que no distingue entre etiquetas ideológicas. El caudillismo cambia de vestuario y de consigna, pero conserva la inclinación a confundir el país con quien lo gobierna.
Su mirada tiene una orientación progresista muy visible. En ocasiones, el peso que concede a la desigualdad, a las responsabilidades de EE. UU. o a las contradicciones del capitalismo deja en segundo plano otros factores y responsabilidades internas. No invalida sus reportajes, aunque recuerda que la mirada de una periodista, por rigurosa que sea, nunca es completamente neutral. El libro gana cuando la complejidad de los hechos desborda el marco ideológico desde el que se interpretan.
La sección dedicada a la belleza y el arte impide reducir el libro a una denuncia política. Las fiestas populares, los carnavales, la espiritualidad y la creación aparecen como expresiones de una vitalidad que sobrevive a la violencia. Destaca la historia de la fotógrafa Claudia Andujar y su trabajo con el pueblo yanomami. La resistencia no siempre adopta la forma de una barricada; puede consistir en proteger una cultura, conservar una memoria o defender el derecho a vivir de acuerdo con ella.
La manera de trabajar de Guillermoprieto recuerda por momentos a Ryszard Kapuściński. No se trata de atribuir influencias, sino de reconocer una afinidad de oficio: el reportero que se desplaza, escucha y busca comprender antes de dictar sentencia. Los dos hicieron de la presencia sobre el terreno una condición del relato. La comparación no resta personalidad a la mexicana; la sitúa en una tradición exigente de periodismo narrativo.
Especialmente valiosas son las posdatas que Guillermoprieto añade a varios reportajes para contar qué ocurrió después de su publicación. El periodismo entrega historias abiertas a una actualidad que pasa página con prisa; estas posdatas permiten medir consecuencias y comprobar qué heridas siguen abiertas.
Con Esta improbable tierra prometida, Guillermoprieto cierra un ciclo de recopilaciones sobre las transformaciones de Latinoamérica. Su aportación es documentar, escuchar y contar sin convertir la complejidad en consigna. El resultado es un libro valioso, a ratos incómodo, que no pierde de vista a quienes viven bajo las decisiones políticas.
El título procede de una historia colombiana: la de quienes regresaron a El Salado después de la masacre para reconstruir su vida en el lugar del que habían sido expulsados. Esa imagen contiene buena parte del sentido del libro. La tierra prometida no es un paraíso al final del camino, sino el lugar al que algunos regresan aun sabiendo lo que allí ocurrió. Después de tantas promesas incumplidas, la esperanza está en quienes, sin anunciar nada, vuelven a levantar su casa. Y en no dejar de preguntar quién paga el precio.