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Desconfianza política: un arma de doble filo a las puertas del proceso electoral 

La creciente desconfianza hacia las instituciones amenaza con extenderse al proceso electoral y poner en duda la legitimidad de las urnas en 2027.

Marimaite Rayo
01 de noviembre, 2026

No cabe duda de que los últimos días han sido los más desgastantes para el gobierno del presidente Arévalo en lo que va de su administración. El mes inició con noticias devastadoras para el presidente, quien, de acuerdo con una encuesta realizada por la Fundación Libertad y Desarrollo y CID Gallup, recibió los niveles de aprobación presidencial más bajos de la era democrática. La mala racha continuó y se acentuó a lo largo del mes. Desde designaciones controvertidas a instituciones clave y picos de violencia que se mantienen, hasta escándalos a lo interno de su gabinete que incluyen actores como el Ejército y la Policía, estos problemas no solo dejan a la vista la incompetencia de la administración actual, sino también las fisuras que desgarran todo el tejido institucional de la república. Como consecuencia, los ciudadanos no solo perciben un sistema político desgastado, sino que, aún más preocupante, cada vez hacen sentir más sus crecientes niveles de desconfianza hacia el complejo institucional.

Tomando en cuenta el momento político en el que nos encontramos, ¿qué nos puede decir esta desconfianza ciudadana sobre el futuro del proceso electoral?

En la literatura de la ciencia política y la filosofía, el concepto de desconfianza normalmente se ha relacionado con la tradición política del liberalismo clásico, particularmente la rama que se identifica con uno de los padres fundadores de Estados Unidos, James Madison. De acuerdo con esta, el correcto funcionamiento de un sistema democrático depende de una ciudadanía que sea eternamente sospechosa y vigilante del poder político. Esta actitud funciona como un contrapeso a un potencial ejercicio abusivo del poder, que podría poner en riesgo la estabilidad del sistema y las garantías y derechos que suponía proteger. Este principio normativo se ha formalizado en lo que hoy conocemos como la división de poderes y las instituciones de control, pilares clave de cualquier sistema republicano.

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Evidentemente, este proceso es lo que, históricamente, permitió el establecimiento de repúblicas libres y democráticas a lo largo del hemisferio occidental. Paradójicamente, con el paso del tiempo, esta desconfianza ha sufrido una transformación y, en la actualidad, se ha convertido en una de las principales amenazas para la estabilidad democrática. Esto se debe a que, contrario a la desconfianza liberal, la desconfianza política se refiere a una actitud que surge de una falta de fiabilidad sobre el funcionamiento del sistema político en su conjunto y sus diferentes componentes. Es decir, se trata de una actitud negativa, que surge de una evaluación del sistema y que inherentemente conlleva la expectativa de la gestión pública tendrá resultados nocivos para el individuo y la sociedad.

Cuando un ciudadano evalúa el sistema político y lo percibe como poco fiable, se debe a tres factores. En primer lugar, la incompetencia técnica, entendida como la falta de habilidades o conocimientos necesarios para entregar resultados que beneficien a la comunidad política.

Seguidamente, esta evaluación técnica debe ser complementada con un componente ético, dado que la desconfianza política, al ser una actitud normativa, surge de que el ciudadano interprete las acciones por parte de los funcionarios como contrarias a las normas compartidas de lo que se considera “bueno” o “justo”. Por último, esta desconfianza también cristaliza la creencia de que las instituciones y sus agentes actúan de forma contraria a sus intereses individuales. Consecuentemente, la combinación de estos tres elementos no solo produce mayor desconfianza, sino que también refuerza las divisiones sociales y la polarización en la arena política.

Estos procesos evaluativos no son estables, sino que constantemente se están actualizando conforme los ciudadanos reciben nueva información sobre sucesos recientes o las características de los actores políticos. Así pues, a la luz de los eventos recientes en el país, particularmente el asesinato de Solórzano Foppa, los hechos en Huité, Zacapa y la falta de transparencia sobre la manera en la que se desenvolvieron los hechos, no sería extraño que esta desconfianza haya alcanzado niveles extraordinarios (de forma negativa) en el país.

Aunque en este momento esa desconfianza únicamente se perciba como un sentimiento generalizado, en un futuro podría tener efectos concretos sobre la estabilidad del país. Esto se debe a que este tipo de nociones afectivas, como la confianza o la desconfianza, se vuelven particularmente relevantes bajo condiciones de riesgo o incertidumbre (i.e el proceso electoral). Mientras la confianza puede ayudar a mitigar el riesgo y reducir la incertidumbre, la desconfianza, al agrandar las situaciones de riesgo, motiva acciones que socavan la legitimidad de la interacción social basada en la cooperación. En un contexto político, esto significa que los ciudadanos, influidos por los sentimientos de decepción, hostilidad y enojo, querrán terminar cualquier relación con aquellos actores que perciban como poco fiables.

El problema es que, como cualquier sistema, la política no funciona de forma aislada, por lo que la desconfianza hacia un actor genera un efecto dominó sobre el resto de los componentes. Por ende, el ciudadano termina deslegitimando todo el sistema, incluyendo aquellos procesos que le permiten reemplazar a las piezas de poco fiar, es decir, las elecciones.

Siguiendo esta lógica, si asumimos que la desconfianza política en Guatemala ha alcanzado nuevos máximos y que, posiblemente, seguirá aumentando, quiere decir que la legitimidad de todo el sistema está en juego. A las puertas de un proceso electoral, esto es sumamente peligroso, ya que la definición popperiana de democracia como la posibilidad de desechar pacíficamente a los gobernantes sin recurrir a la violencia parece ser una opción que cada vez se aleja más de la realidad guatemalteca. ¿El mayor problema? La incompetencia, las promesas vacías, las expectativas que se quedaron muy grandes y, especialmente, la falta de liderazgo que únicamente alimentan estos sentimientos y que, en última instancia, tendrán un efecto en las urnas.

Desconfianza política: un arma de doble filo a las puertas del proceso electoral 

La creciente desconfianza hacia las instituciones amenaza con extenderse al proceso electoral y poner en duda la legitimidad de las urnas en 2027.

Marimaite Rayo
01 de noviembre, 2026

No cabe duda de que los últimos días han sido los más desgastantes para el gobierno del presidente Arévalo en lo que va de su administración. El mes inició con noticias devastadoras para el presidente, quien, de acuerdo con una encuesta realizada por la Fundación Libertad y Desarrollo y CID Gallup, recibió los niveles de aprobación presidencial más bajos de la era democrática. La mala racha continuó y se acentuó a lo largo del mes. Desde designaciones controvertidas a instituciones clave y picos de violencia que se mantienen, hasta escándalos a lo interno de su gabinete que incluyen actores como el Ejército y la Policía, estos problemas no solo dejan a la vista la incompetencia de la administración actual, sino también las fisuras que desgarran todo el tejido institucional de la república. Como consecuencia, los ciudadanos no solo perciben un sistema político desgastado, sino que, aún más preocupante, cada vez hacen sentir más sus crecientes niveles de desconfianza hacia el complejo institucional.

Tomando en cuenta el momento político en el que nos encontramos, ¿qué nos puede decir esta desconfianza ciudadana sobre el futuro del proceso electoral?

En la literatura de la ciencia política y la filosofía, el concepto de desconfianza normalmente se ha relacionado con la tradición política del liberalismo clásico, particularmente la rama que se identifica con uno de los padres fundadores de Estados Unidos, James Madison. De acuerdo con esta, el correcto funcionamiento de un sistema democrático depende de una ciudadanía que sea eternamente sospechosa y vigilante del poder político. Esta actitud funciona como un contrapeso a un potencial ejercicio abusivo del poder, que podría poner en riesgo la estabilidad del sistema y las garantías y derechos que suponía proteger. Este principio normativo se ha formalizado en lo que hoy conocemos como la división de poderes y las instituciones de control, pilares clave de cualquier sistema republicano.

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Evidentemente, este proceso es lo que, históricamente, permitió el establecimiento de repúblicas libres y democráticas a lo largo del hemisferio occidental. Paradójicamente, con el paso del tiempo, esta desconfianza ha sufrido una transformación y, en la actualidad, se ha convertido en una de las principales amenazas para la estabilidad democrática. Esto se debe a que, contrario a la desconfianza liberal, la desconfianza política se refiere a una actitud que surge de una falta de fiabilidad sobre el funcionamiento del sistema político en su conjunto y sus diferentes componentes. Es decir, se trata de una actitud negativa, que surge de una evaluación del sistema y que inherentemente conlleva la expectativa de la gestión pública tendrá resultados nocivos para el individuo y la sociedad.

Cuando un ciudadano evalúa el sistema político y lo percibe como poco fiable, se debe a tres factores. En primer lugar, la incompetencia técnica, entendida como la falta de habilidades o conocimientos necesarios para entregar resultados que beneficien a la comunidad política.

Seguidamente, esta evaluación técnica debe ser complementada con un componente ético, dado que la desconfianza política, al ser una actitud normativa, surge de que el ciudadano interprete las acciones por parte de los funcionarios como contrarias a las normas compartidas de lo que se considera “bueno” o “justo”. Por último, esta desconfianza también cristaliza la creencia de que las instituciones y sus agentes actúan de forma contraria a sus intereses individuales. Consecuentemente, la combinación de estos tres elementos no solo produce mayor desconfianza, sino que también refuerza las divisiones sociales y la polarización en la arena política.

Estos procesos evaluativos no son estables, sino que constantemente se están actualizando conforme los ciudadanos reciben nueva información sobre sucesos recientes o las características de los actores políticos. Así pues, a la luz de los eventos recientes en el país, particularmente el asesinato de Solórzano Foppa, los hechos en Huité, Zacapa y la falta de transparencia sobre la manera en la que se desenvolvieron los hechos, no sería extraño que esta desconfianza haya alcanzado niveles extraordinarios (de forma negativa) en el país.

Aunque en este momento esa desconfianza únicamente se perciba como un sentimiento generalizado, en un futuro podría tener efectos concretos sobre la estabilidad del país. Esto se debe a que este tipo de nociones afectivas, como la confianza o la desconfianza, se vuelven particularmente relevantes bajo condiciones de riesgo o incertidumbre (i.e el proceso electoral). Mientras la confianza puede ayudar a mitigar el riesgo y reducir la incertidumbre, la desconfianza, al agrandar las situaciones de riesgo, motiva acciones que socavan la legitimidad de la interacción social basada en la cooperación. En un contexto político, esto significa que los ciudadanos, influidos por los sentimientos de decepción, hostilidad y enojo, querrán terminar cualquier relación con aquellos actores que perciban como poco fiables.

El problema es que, como cualquier sistema, la política no funciona de forma aislada, por lo que la desconfianza hacia un actor genera un efecto dominó sobre el resto de los componentes. Por ende, el ciudadano termina deslegitimando todo el sistema, incluyendo aquellos procesos que le permiten reemplazar a las piezas de poco fiar, es decir, las elecciones.

Siguiendo esta lógica, si asumimos que la desconfianza política en Guatemala ha alcanzado nuevos máximos y que, posiblemente, seguirá aumentando, quiere decir que la legitimidad de todo el sistema está en juego. A las puertas de un proceso electoral, esto es sumamente peligroso, ya que la definición popperiana de democracia como la posibilidad de desechar pacíficamente a los gobernantes sin recurrir a la violencia parece ser una opción que cada vez se aleja más de la realidad guatemalteca. ¿El mayor problema? La incompetencia, las promesas vacías, las expectativas que se quedaron muy grandes y, especialmente, la falta de liderazgo que únicamente alimentan estos sentimientos y que, en última instancia, tendrán un efecto en las urnas.

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