De la elegancia al guamazo
El declive del revés a una mano sirve de metáfora para cuestionar cómo la política cambió la elegancia por el espectáculo y la popularidad.
Esa es una expresión que, conforme pasa el tiempo —conforme uno se hace viejo, pues—, escucha y repite cada vez más. Es la nostalgia de que todo tiempo pasado fue mejor; en inglés algunos le llaman rosy retrospection, retrospección color de rosa. No, no todo tiempo pasado fue mejor, obviamente: toda generalización es falsa por imprecisa, incluida esta. Pero lo que sí dan el tiempo, la vida, las experiencias y el conocimiento es perspectiva. Quien solo ha caminado unos metros, digamos, desde el pie de la Torre Eiffel, no puede sino ver la base. Si camina hasta el Trocadéro, la aprecia en toda su gloria.
Haber visto y vivido más que la media no lo hace a uno más inteligente ni más sabio, pero sí le da más elementos para formarse criterio y opinar sobre lo aprendido. Por eso la máxima del filósofo, escritor y ensayista Jorge Agustín Nicolás Ruiz de Santayana y Borrás —más conocido como George Santayana— es una verdad como la hostia: “Aquellos que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo”.
Me hice esa reflexión hace algunas semanas, mientras se disputaba la edición de este año del US Open, donde ocurrió algo inédito: por primera vez, desde 1877, ningún jugador con revés a una mano llegó siquiera a los cuartos de final de un Grand Slam. Un golpe precioso, sí, pero sin mayor potencia y que telegrafía al adversario con enorme facilidad.
Yo no sé mucho de tenis y lo juego aún menos, pero soy aficionado. Ese golpe es, en mi opinión y —más importante— en la de los expertos, uno de los más elegantes del juego. No por nada fue el golpe insignia del jugador con más clase de lo que va de este siglo: Roger Federer.
Así, Stefanos Tsitsipas se quedó en octavos en Flushing Meadows, derrotado por Ben Shelton, un jugador que representa, precisamente, aquello en lo que el tenis se ha convertido: un juego de potencia, predominantemente. Que no se me malinterprete: el tenis moderno es emocionante de ver. Pero siempre queda la añoranza de lo que se conoció como «el deporte blanco», que nada tiene que ver con asuntos raciales —cuando menos, oficialmente—.
Hoy se permite vestimenta por demás colorida; solo Wimbledon sigue exigiendo el blanco predominante. La diferencia de estilo, de elegancia, es indiscutible. Con el declive del revés a una mano termina una era y comienza otra, dominada por el golpe contundente y los saques de más de 190 km por hora.
Y, como si se tratara de una suerte de pareidolia, en la política de todo el orbe me parece que ocurre algo muy parecido. Los políticos —generalizando, pero con excepciones— han perdido la mística, el espíritu de servicio y, francamente, la vergüenza. No es que antes no hubiera políticos cafres: siempre los ha habido. Pero ahora son más, y más cafres.
Antes, el político basaba su permanencia en un cargo de elección en su credibilidad, en su capacidad de cumplir lo prometido, en su honestidad. En su “nombre”, pues. Eso valía, y el votante lo premiaba.
Ahora la basa en cuántos seguidores tiene en redes. Y para conseguirlos no hace falta plantear propuestas serias ni explicar con detalle un plan de gobierno: basta con hacer y decir ridiculeces, porque entre más ridículas, más gente los sigue. Mejor todavía si le ponen “Durango 86” al TikTok. Por supuesto, eso también habla muy mal del público, del votante, pero esa es harina de otro costal.
Ni hablar de la ideología: ahora resulta que algunos políticos y precandidatos —porque les conviene— dicen no tenerla e incluso la rechazan. Es como subirse a un bus manejado por alguien que no sabe la ruta al destino, pero que “ya la averiguamos” en el camino. Eso es algo sumamente peligroso, no tanto por perderse, sino porque usualmente eso lleva al depeñadero.
Como en el tenis, en la política se han ido perdiendo las maniobras elegantes, finas, acaso astutas. Ahora prevalece el golpe duro, el guamazo.
Los tiempos cambian y con ellos las costumbres y las formas. Pero una cosa es que cambien las formas y otra muy distinta que cambie la esencia. En el tenis eso no importa tanto: los jugadores, al fin y al cabo, solo compiten entre ellos, y el espectador disfruta del espectáculo de cualquier modo. En la política, no. Ahí, los que han perdido la vergüenza se llevan entre las patas a sus pueblos.
El revés a una mano se extinguió porque dejó de ganar puntos. La decencia política se está extinguiendo por la misma razón: dejó de ganar votos. Mientras el guamazo siga siendo premiado en las urnas, seguiremos teniendo exactamente el juego que aplaudimos. Y, para mayor ofensa, seremos nosotros quienes lo pusimos en cancha.
En el tenis, el partido termina y uno se levanta de la silla. En la política, el país se queda a vivir con el resultado.
De la elegancia al guamazo
El declive del revés a una mano sirve de metáfora para cuestionar cómo la política cambió la elegancia por el espectáculo y la popularidad.
Esa es una expresión que, conforme pasa el tiempo —conforme uno se hace viejo, pues—, escucha y repite cada vez más. Es la nostalgia de que todo tiempo pasado fue mejor; en inglés algunos le llaman rosy retrospection, retrospección color de rosa. No, no todo tiempo pasado fue mejor, obviamente: toda generalización es falsa por imprecisa, incluida esta. Pero lo que sí dan el tiempo, la vida, las experiencias y el conocimiento es perspectiva. Quien solo ha caminado unos metros, digamos, desde el pie de la Torre Eiffel, no puede sino ver la base. Si camina hasta el Trocadéro, la aprecia en toda su gloria.
Haber visto y vivido más que la media no lo hace a uno más inteligente ni más sabio, pero sí le da más elementos para formarse criterio y opinar sobre lo aprendido. Por eso la máxima del filósofo, escritor y ensayista Jorge Agustín Nicolás Ruiz de Santayana y Borrás —más conocido como George Santayana— es una verdad como la hostia: “Aquellos que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo”.
Me hice esa reflexión hace algunas semanas, mientras se disputaba la edición de este año del US Open, donde ocurrió algo inédito: por primera vez, desde 1877, ningún jugador con revés a una mano llegó siquiera a los cuartos de final de un Grand Slam. Un golpe precioso, sí, pero sin mayor potencia y que telegrafía al adversario con enorme facilidad.
Yo no sé mucho de tenis y lo juego aún menos, pero soy aficionado. Ese golpe es, en mi opinión y —más importante— en la de los expertos, uno de los más elegantes del juego. No por nada fue el golpe insignia del jugador con más clase de lo que va de este siglo: Roger Federer.
Así, Stefanos Tsitsipas se quedó en octavos en Flushing Meadows, derrotado por Ben Shelton, un jugador que representa, precisamente, aquello en lo que el tenis se ha convertido: un juego de potencia, predominantemente. Que no se me malinterprete: el tenis moderno es emocionante de ver. Pero siempre queda la añoranza de lo que se conoció como «el deporte blanco», que nada tiene que ver con asuntos raciales —cuando menos, oficialmente—.
Hoy se permite vestimenta por demás colorida; solo Wimbledon sigue exigiendo el blanco predominante. La diferencia de estilo, de elegancia, es indiscutible. Con el declive del revés a una mano termina una era y comienza otra, dominada por el golpe contundente y los saques de más de 190 km por hora.
Y, como si se tratara de una suerte de pareidolia, en la política de todo el orbe me parece que ocurre algo muy parecido. Los políticos —generalizando, pero con excepciones— han perdido la mística, el espíritu de servicio y, francamente, la vergüenza. No es que antes no hubiera políticos cafres: siempre los ha habido. Pero ahora son más, y más cafres.
Antes, el político basaba su permanencia en un cargo de elección en su credibilidad, en su capacidad de cumplir lo prometido, en su honestidad. En su “nombre”, pues. Eso valía, y el votante lo premiaba.
Ahora la basa en cuántos seguidores tiene en redes. Y para conseguirlos no hace falta plantear propuestas serias ni explicar con detalle un plan de gobierno: basta con hacer y decir ridiculeces, porque entre más ridículas, más gente los sigue. Mejor todavía si le ponen “Durango 86” al TikTok. Por supuesto, eso también habla muy mal del público, del votante, pero esa es harina de otro costal.
Ni hablar de la ideología: ahora resulta que algunos políticos y precandidatos —porque les conviene— dicen no tenerla e incluso la rechazan. Es como subirse a un bus manejado por alguien que no sabe la ruta al destino, pero que “ya la averiguamos” en el camino. Eso es algo sumamente peligroso, no tanto por perderse, sino porque usualmente eso lleva al depeñadero.
Como en el tenis, en la política se han ido perdiendo las maniobras elegantes, finas, acaso astutas. Ahora prevalece el golpe duro, el guamazo.
Los tiempos cambian y con ellos las costumbres y las formas. Pero una cosa es que cambien las formas y otra muy distinta que cambie la esencia. En el tenis eso no importa tanto: los jugadores, al fin y al cabo, solo compiten entre ellos, y el espectador disfruta del espectáculo de cualquier modo. En la política, no. Ahí, los que han perdido la vergüenza se llevan entre las patas a sus pueblos.
El revés a una mano se extinguió porque dejó de ganar puntos. La decencia política se está extinguiendo por la misma razón: dejó de ganar votos. Mientras el guamazo siga siendo premiado en las urnas, seguiremos teniendo exactamente el juego que aplaudimos. Y, para mayor ofensa, seremos nosotros quienes lo pusimos en cancha.
En el tenis, el partido termina y uno se levanta de la silla. En la política, el país se queda a vivir con el resultado.
EL TIPO DE CAMBIO DE HOY ES DE: