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Los economistas también lloran

La polémica entre Daron Acemoglu y The Economist plantea una pregunta incómoda: ¿hasta dónde llega el derecho a cuestionar a un Nobel?

Alejandro Palmieri
23 de agosto, 2026

Dice el dicho que: “entre tres economistas, 5 opiniones distintas”. O algo así. La cosa es que esta semana hubo una suerte de pelea de la UFC entre economistas y sus fans; algo así como un “escándalo” y, como cosa rara, no es por política. 

El 17 de agosto, The Economist publicó un artículo sobre Daron Acemoglu con un titular que solo se permite quien lleva 183 años perfeccionando la crueldad británica: “El economista más influyente del mundo resulta extrañamente poco convincente”. 48 horas después, el aludido —Nobel de Economía 2024, profesor del MIT, autor de siete libros y de más de diez papers solo en lo que va del año— se asomó a la red social X para llorar públicamente que aquello era un hit piece. Y que, además, existía “un trasfondo, más preocupante”, que él revelará “en algún momento”. 

Lo del trasfondo merece aplauso aparte: es la técnica narrativa del final de temporada, dejar el misterio flotando para que la audiencia renueve la suscripción. Netflix cobra por eso. 

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Vayamos a lo sustantivo, que es donde la comedia se pone buena. Un hit piece, por definición, demuele a alguien sin concederle derecho a réplica. El artículo de The Economist cita a Acemoglu defendiéndose —con comillas y todo— en cinco ocasiones distintas. Lo dejan rebatir a David Albouy, el economista de Illinois que en 2012 mostró que a varios países del célebre paper de 2001 se les asignaron tasas de mortalidad colonial prestadas de otras naciones. Lo dejan defender sus capítulos sobre China y explicar por qué su marco no es tautológico. Y lo dejan reconocer que no anticipó la IA agéntica y que por eso sus proyecciones de productividad se quedaron cortas. 

Si eso es un asesinato reputacional, el asesino tuvo la delicadeza de prestarle el micrófono a la víctima cinco veces durante el crimen. 

¿Y qué dice realmente el artículo? Tres golpes, ninguno bajo. 

Primero, los datos. El propio comité del Nobel admitió en su informe de 2024 que las cifras de mortalidad del paper fundacional eran, cuando menos, irregulares. Un estudio reciente del instituto RWI-Essen encontró que los expertos consultados se inclinan algo más por la corrección de Albouy que por el original. Esto no es difamación: es literatura académica. 

Segundo, las tortugas. Tyler Cowen observó hace más de una década que, en el esquema de Acemoglu, los cambios institucionales solo se explican por otros cambios institucionales previos, una regresión infinita de tortugas sobre tortugas. Fukuyama señaló que China, que creció como cohete con instituciones bastante extractivas, no termina de encajar. Duncan Green apuntó que el marco funciona espléndidamente hacia atrás y bastante menos hacia adelante. Ninguno escribe para The Economist. 

Tercero, y este es el que duele: su “teoría unificada de Trump” sostiene que el presidente estadounidense opera elevando el poder ejecutivo y demoliendo las instituciones que lo limitan. La revista responde con dos palabras que merecen marco y pared: pues obviamente. Si no se tratase de ese respetable medio, la respuesta podría haber sido: well, duh! 

Ese es el verdadero “pecado” del artículo. No acusa a Acemoglu de fraude —al contrario, recoge testimonios de colegas que lo llaman un genio generoso con sus doctorandos—. Lo acusa de decirnos cosas que ya sabíamos, pero con más ecuaciones. ¡Algo mucho peor para un intelectual! 

Y entonces llegó la caballería. Los acólitos. 

X se llenó de economistas indignados anunciando cancelaciones de suscripción con la solemnidad de quien renuncia a una ciudadanía. Hubo quien calificó el texto de vulgar. Alguien más dictaminó que los economistas entrevistados “no son tan impresionantes”. Argumento fascinante. La crítica no vale porque quien la formula tiene menos citas. Es el argumento de autoridad en versión bibliométrica, y viniendo de un gremio que presume de rigor metodológico, resulta conmovedor. 

Aquí está la ironía que ningún guionista se habría atrevido a escribir. Acemoglu construyó una obra monumental sobre una sola tesis: las sociedades prosperan cuando el poder se somete a controles y nadie es demasiado grande para ser fiscalizado. Es una tesis que aplaudimos; es, de hecho, buena parte de la razón de ser del periodismo que hacemos en República. 

Pero resulta que la comunidad académica también es una institución: reparte prestigio, financiamiento y deferencia. Y cuando alguien aplicó el escrutinio hacia adentro, la respuesta no fue un paper de réplica. Fue una acusación de emboscada y la insinuación de una conspiración por revelar. 

Karl Popper lo dijo mejor: una teoría que no admite refutación no es ciencia, es fe. Y un académico que interpreta la crítica como agresión no está defendiendo su trabajo, está defendiendo su estatus. Son cosas distintas, aunque cueste diferenciarlas desde adentro. 

Nada de esto vuelve trivial a Acemoglu. Su trabajo cambió la manera en que el mundo piensa el desarrollo, y “Por qué fracasan los países” sigue siendo lectura obligada para quien quiera entender por qué Guatemala no es Corea del Sur. El punto no es que esté equivocado; es que podría estarlo, y que discutirlo en voz alta no debería producir un comunicado de crisis. 

Porque aquí está la lección que sí nos sirve, a 9000 kilómetros de Cambridge. En cualquier sociedad hay tótems: el economista intocable, el catedrático vitalicio, el magistrado que confunde su investidura con su persona, el funcionario que toma una auditoría como afrenta. Todos comparten el mismo reflejo: ninguno responde “déjeme mostrarle los datos”; todos responden “¿usted sabe quién soy yo?”. 

Guatemala conoce ese reflejo de memoria: lo vemos cada vez que se pide una cifra, un expediente, un contrato. La diferencia es que aquí los tótems tienen menos citas académicas —si es que alguna— y más camionetas todoterreno. 

Mientras tanto, esperamos el gran trasfondo prometido por Acemoglu con la ansiedad de quien aguarda el estreno de la segunda temporada. Ojalá incluya datos. Sería un giro argumental extraordinario.

Los economistas también lloran

La polémica entre Daron Acemoglu y The Economist plantea una pregunta incómoda: ¿hasta dónde llega el derecho a cuestionar a un Nobel?

Alejandro Palmieri
23 de agosto, 2026

Dice el dicho que: “entre tres economistas, 5 opiniones distintas”. O algo así. La cosa es que esta semana hubo una suerte de pelea de la UFC entre economistas y sus fans; algo así como un “escándalo” y, como cosa rara, no es por política. 

El 17 de agosto, The Economist publicó un artículo sobre Daron Acemoglu con un titular que solo se permite quien lleva 183 años perfeccionando la crueldad británica: “El economista más influyente del mundo resulta extrañamente poco convincente”. 48 horas después, el aludido —Nobel de Economía 2024, profesor del MIT, autor de siete libros y de más de diez papers solo en lo que va del año— se asomó a la red social X para llorar públicamente que aquello era un hit piece. Y que, además, existía “un trasfondo, más preocupante”, que él revelará “en algún momento”. 

Lo del trasfondo merece aplauso aparte: es la técnica narrativa del final de temporada, dejar el misterio flotando para que la audiencia renueve la suscripción. Netflix cobra por eso. 

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Vayamos a lo sustantivo, que es donde la comedia se pone buena. Un hit piece, por definición, demuele a alguien sin concederle derecho a réplica. El artículo de The Economist cita a Acemoglu defendiéndose —con comillas y todo— en cinco ocasiones distintas. Lo dejan rebatir a David Albouy, el economista de Illinois que en 2012 mostró que a varios países del célebre paper de 2001 se les asignaron tasas de mortalidad colonial prestadas de otras naciones. Lo dejan defender sus capítulos sobre China y explicar por qué su marco no es tautológico. Y lo dejan reconocer que no anticipó la IA agéntica y que por eso sus proyecciones de productividad se quedaron cortas. 

Si eso es un asesinato reputacional, el asesino tuvo la delicadeza de prestarle el micrófono a la víctima cinco veces durante el crimen. 

¿Y qué dice realmente el artículo? Tres golpes, ninguno bajo. 

Primero, los datos. El propio comité del Nobel admitió en su informe de 2024 que las cifras de mortalidad del paper fundacional eran, cuando menos, irregulares. Un estudio reciente del instituto RWI-Essen encontró que los expertos consultados se inclinan algo más por la corrección de Albouy que por el original. Esto no es difamación: es literatura académica. 

Segundo, las tortugas. Tyler Cowen observó hace más de una década que, en el esquema de Acemoglu, los cambios institucionales solo se explican por otros cambios institucionales previos, una regresión infinita de tortugas sobre tortugas. Fukuyama señaló que China, que creció como cohete con instituciones bastante extractivas, no termina de encajar. Duncan Green apuntó que el marco funciona espléndidamente hacia atrás y bastante menos hacia adelante. Ninguno escribe para The Economist. 

Tercero, y este es el que duele: su “teoría unificada de Trump” sostiene que el presidente estadounidense opera elevando el poder ejecutivo y demoliendo las instituciones que lo limitan. La revista responde con dos palabras que merecen marco y pared: pues obviamente. Si no se tratase de ese respetable medio, la respuesta podría haber sido: well, duh! 

Ese es el verdadero “pecado” del artículo. No acusa a Acemoglu de fraude —al contrario, recoge testimonios de colegas que lo llaman un genio generoso con sus doctorandos—. Lo acusa de decirnos cosas que ya sabíamos, pero con más ecuaciones. ¡Algo mucho peor para un intelectual! 

Y entonces llegó la caballería. Los acólitos. 

X se llenó de economistas indignados anunciando cancelaciones de suscripción con la solemnidad de quien renuncia a una ciudadanía. Hubo quien calificó el texto de vulgar. Alguien más dictaminó que los economistas entrevistados “no son tan impresionantes”. Argumento fascinante. La crítica no vale porque quien la formula tiene menos citas. Es el argumento de autoridad en versión bibliométrica, y viniendo de un gremio que presume de rigor metodológico, resulta conmovedor. 

Aquí está la ironía que ningún guionista se habría atrevido a escribir. Acemoglu construyó una obra monumental sobre una sola tesis: las sociedades prosperan cuando el poder se somete a controles y nadie es demasiado grande para ser fiscalizado. Es una tesis que aplaudimos; es, de hecho, buena parte de la razón de ser del periodismo que hacemos en República. 

Pero resulta que la comunidad académica también es una institución: reparte prestigio, financiamiento y deferencia. Y cuando alguien aplicó el escrutinio hacia adentro, la respuesta no fue un paper de réplica. Fue una acusación de emboscada y la insinuación de una conspiración por revelar. 

Karl Popper lo dijo mejor: una teoría que no admite refutación no es ciencia, es fe. Y un académico que interpreta la crítica como agresión no está defendiendo su trabajo, está defendiendo su estatus. Son cosas distintas, aunque cueste diferenciarlas desde adentro. 

Nada de esto vuelve trivial a Acemoglu. Su trabajo cambió la manera en que el mundo piensa el desarrollo, y “Por qué fracasan los países” sigue siendo lectura obligada para quien quiera entender por qué Guatemala no es Corea del Sur. El punto no es que esté equivocado; es que podría estarlo, y que discutirlo en voz alta no debería producir un comunicado de crisis. 

Porque aquí está la lección que sí nos sirve, a 9000 kilómetros de Cambridge. En cualquier sociedad hay tótems: el economista intocable, el catedrático vitalicio, el magistrado que confunde su investidura con su persona, el funcionario que toma una auditoría como afrenta. Todos comparten el mismo reflejo: ninguno responde “déjeme mostrarle los datos”; todos responden “¿usted sabe quién soy yo?”. 

Guatemala conoce ese reflejo de memoria: lo vemos cada vez que se pide una cifra, un expediente, un contrato. La diferencia es que aquí los tótems tienen menos citas académicas —si es que alguna— y más camionetas todoterreno. 

Mientras tanto, esperamos el gran trasfondo prometido por Acemoglu con la ansiedad de quien aguarda el estreno de la segunda temporada. Ojalá incluya datos. Sería un giro argumental extraordinario.

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