¿Cómo decidimos nuestro voto?
Antes de elegir a quién confiar el poder, conviene preguntarnos qué nos mueve a votar: las propuestas, la trayectoria o aquello que queremos escuchar.
Hace algunos años, con un primo y su hijo, fuimos con mi esposa a ver al Athletic de Bilbao contra los verdaderos “Galácticos” del Real Madrid, en la Catedral del Fútbol, San Mames, en Bilbao. Aquella era la época de Ronaldo —el bueno, dirán algunos—, Zidane, Beckham, Figo, Roberto Carlos, Casillas y compañía. Aquel Real Madrid era, por mucho, uno de los grandes espectáculos futbolísticos del mundo. Por cierto, gano el Athletic 4 a 2, para nuestro goce.
Para alguien que no tiene muchas oportunidades de ver buen fútbol en vivo, aquello para mí era extraordinario. Pero mientras yo estaba pendiente del partido, de las jugadas y de las estrellas, mi esposa estaba interesada en otras cosas: qué eran aquellos bocadillos que la mayoría llevaba para el medio tiempo y, sobre todo, en los “camotes” exagerados de Roberto Carlos. Todos estábamos viendo el mismo partido, pero no exactamente lo mismo.
Y eso ocurre constantemente en la vida. Cada persona observa la realidad desde su propia perspectiva, sus experiencias, sus conocimientos, sus prejuicios, sus intereses y, también, sus emociones. Sus sesgos. Dos personas pueden estar frente al mismo hecho y llegar a conclusiones completamente diferentes.
En política sucede exactamente lo mismo y en Guatemala se acerca nuevamente la carrera electoral oficial y sería interesante preguntarnos algo que pocas veces nos preguntamos con suficiente seriedad: ¿cómo decidimos nuestro voto?
Están quienes votan convencidos de que todo lo que viene de la derecha es bueno y todo lo que viene de la izquierda es malo. O al revés. Algunos, probablemente, sin tener demasiado claro qué significan realmente esos conceptos. Y el colmo, algunos creen que son de derecha y piensan y actúan muy cerca de los conceptos de izquierda, y viceversa.
Están quienes votan porque el candidato les cae bien, porque habla bonito, porque parece simpático o porque “se ve buena persona”. Otros lo hacen porque alguien de su familia, de su círculo social o de su grupo de influencia opina al respecto.
Están quienes se dejan convencer por un video de treinta segundos en redes sociales, por un meme, por una frase ingeniosa o por una fotografía cuidadosamente preparada por un equipo de comunicación. Y, por supuesto, están aquellos que encuentran razones todavía más particulares. Una señora me dijo alguna vez que no votaría por un candidato porque tenía los dientes torcidos.
Hace algunas semanas, en esta misma columna, escribí sobre la necesidad de tener cierta cultura política. La política forma parte de nuestra vida y afecta nuestra vida, querámoslo o no. No podemos desentendernos de ella y después sorprendernos por lo que hacen nuestros gobiernos nacionales, de la ciudad, de nuestra colonia o edificio.
En aquel artículo mencioné el libro Clásicos del Pensamiento Político, escrito por mi padre, Jesús Amurrio, como una posible puerta de entrada para conocer las distintas formas en que grandes pensadores han reflexionado sobre la sociedad, el poder, el Estado, la libertad y la responsabilidad de los ciudadanos.
Quizás fui demasiado optimista. Tal vez no sea razonable esperar que, antes de votar, todos los guatemaltecos se pongan a leer a Platón, Aristóteles, Maquiavelo, Locke, Rousseau, Tocqueville o los muchos otros pensadores que han intentado explicar cómo debemos organizar la sociedad. Pero tampoco deberíamos conformarnos con escoger a quien nos promete más, a quien nos cae mejor o, simplemente, a quien consideramos “el menos peor”.
El problema es que nuestras decisiones políticas no se producen en y de la nada. Los seres humanos, con nuestros sesgos, buscamos confirmar aquello que ya creemos, reaccionamos ante estímulos emocionales y muchas veces preferimos una respuesta sencilla para un problema complejo. Y la política moderna ha aprendido a utilizar todo eso para hacer caer a la gente.
Los candidatos ya no necesitan, como antes, convencernos de que tienen un buen programa de gobierno, que para empezar se los hacen y algunos de ellos ni los leen y mucho menos entienden. Necesitan conseguir nuestra atención, generar una emoción, construir una imagen y, entre otras cosas, evitar que hagamos demasiadas preguntas incómodas.
La estrategia que usan los candidatos parece ser: ¿qué quiere escuchar el votante? ¿Quiere seguridad? Hablemos de seguridad. ¿Quiere empleo? Prometamos empleo. ¿Quiere ayuda? Ofrezcamos ayuda. ¿Quiere que alguien “ponga orden”? Digamos que pondremos orden. ¿Quiere que lleguemos al mundial de futbol? Digamos que haremos la mejor selección de la historia, y a lo mejor hasta lo ganamos.
Y si el candidato tiene un pasado que puede perjudicarlo, habrá que encontrar la manera de que el votante mire hacia otro lado. El problema no es que los políticos utilicen la comunicación como su herramienta de convencimiento. Eso es parte natural de una campaña electoral. El problema aparece cuando la comunicación sustituye al contenido y la emoción sustituye al análisis. Pero aquí viene la parte incómoda: la responsabilidad no es solamente de los candidatos. Principalmente es nuestra. Porque los políticos que llegan al poder no aparecen de la nada. Salen de nuestra sociedad y llegan allí porque suficientes ciudadanos decidimos votar por ellos.
Si elegimos al que nos regaló una lámina, al que nos cae simpático, al que mejor maneja las redes sociales, al que promete soluciones imposibles o simplemente al que creemos que hará menos daño, no deberíamos sorprendernos demasiado cuando el resultado no sea el que esperábamos. Llevamos décadas repitiendo el mismo ciclo.
Nos quejamos del gobierno, nos indignamos con los políticos, denunciamos la corrupción, reclamamos que el Estado no funciona y exigimos cambios. Y, sin embargo, cuando llega nuevamente el momento de votar, volvemos a utilizar los criterios que contribuyeron a producir el problema.
Entonces quizá la pregunta no debería ser solamente “¿qué candidato creemos que es mejor?” También deberíamos preguntarnos: ¿Qué estoy buscando yo en un candidato? ¿Estoy buscando a alguien que me diga lo que quiero escuchar? ¿Estoy buscando al que más me gusta? ¿Al que más se parece a mis ideas? ¿Al que promete más? ¿Al que tiene la mejor campaña? ¿Al que mi grupo de amigos considera aceptable? ¿Al que tiene una bonita sonrisa?
¿O, estoy dispuesto a dedicar algún tiempo a conocer qué piensa, qué ha hecho, quiénes lo acompañan, qué propone realmente y, sobre todo, si aquello que promete tiene alguna posibilidad razonable de convertirse en realidad?
No es necesario convertirse en un experto en ciencia política para votar mejor. Pero sí necesitamos desarrollar una mínima capacidad para distinguir entre una propuesta y una promesa; entre una solución y un eslogan; entre una trayectoria y una imagen; entre una convicción y una estrategia electoral. Entre una narrativa a veces hasta ridícula e increíble y alguien serio, con experiencia y con posibilidades reales de hacer algo bueno. Necesitamos aceptar algo que no nos gusta: votar responsablemente requiere esfuerzo.
Si queremos que Guatemala cambie, quizá deberíamos empezar por algo mucho más sencillo: cambiar la forma en que nosotros decidimos. No podemos exigir mejores gobiernos si no estamos dispuestos a ser mejores electores. No necesitamos leer todos los clásicos del pensamiento político. Pero sí necesitamos pensar un poco más antes de votar. Porque al final, nuestros gobernantes no son solamente “los que nos tocaron”. Son, en buena medida, los que nosotros escogimos. Y por eso, antes de la próxima elección, quizá valga la pena responder la siguiente pregunta: ¿Qué tipo de votante es usted, amable lector?
¿Cómo decidimos nuestro voto?
Antes de elegir a quién confiar el poder, conviene preguntarnos qué nos mueve a votar: las propuestas, la trayectoria o aquello que queremos escuchar.
Hace algunos años, con un primo y su hijo, fuimos con mi esposa a ver al Athletic de Bilbao contra los verdaderos “Galácticos” del Real Madrid, en la Catedral del Fútbol, San Mames, en Bilbao. Aquella era la época de Ronaldo —el bueno, dirán algunos—, Zidane, Beckham, Figo, Roberto Carlos, Casillas y compañía. Aquel Real Madrid era, por mucho, uno de los grandes espectáculos futbolísticos del mundo. Por cierto, gano el Athletic 4 a 2, para nuestro goce.
Para alguien que no tiene muchas oportunidades de ver buen fútbol en vivo, aquello para mí era extraordinario. Pero mientras yo estaba pendiente del partido, de las jugadas y de las estrellas, mi esposa estaba interesada en otras cosas: qué eran aquellos bocadillos que la mayoría llevaba para el medio tiempo y, sobre todo, en los “camotes” exagerados de Roberto Carlos. Todos estábamos viendo el mismo partido, pero no exactamente lo mismo.
Y eso ocurre constantemente en la vida. Cada persona observa la realidad desde su propia perspectiva, sus experiencias, sus conocimientos, sus prejuicios, sus intereses y, también, sus emociones. Sus sesgos. Dos personas pueden estar frente al mismo hecho y llegar a conclusiones completamente diferentes.
En política sucede exactamente lo mismo y en Guatemala se acerca nuevamente la carrera electoral oficial y sería interesante preguntarnos algo que pocas veces nos preguntamos con suficiente seriedad: ¿cómo decidimos nuestro voto?
Están quienes votan convencidos de que todo lo que viene de la derecha es bueno y todo lo que viene de la izquierda es malo. O al revés. Algunos, probablemente, sin tener demasiado claro qué significan realmente esos conceptos. Y el colmo, algunos creen que son de derecha y piensan y actúan muy cerca de los conceptos de izquierda, y viceversa.
Están quienes votan porque el candidato les cae bien, porque habla bonito, porque parece simpático o porque “se ve buena persona”. Otros lo hacen porque alguien de su familia, de su círculo social o de su grupo de influencia opina al respecto.
Están quienes se dejan convencer por un video de treinta segundos en redes sociales, por un meme, por una frase ingeniosa o por una fotografía cuidadosamente preparada por un equipo de comunicación. Y, por supuesto, están aquellos que encuentran razones todavía más particulares. Una señora me dijo alguna vez que no votaría por un candidato porque tenía los dientes torcidos.
Hace algunas semanas, en esta misma columna, escribí sobre la necesidad de tener cierta cultura política. La política forma parte de nuestra vida y afecta nuestra vida, querámoslo o no. No podemos desentendernos de ella y después sorprendernos por lo que hacen nuestros gobiernos nacionales, de la ciudad, de nuestra colonia o edificio.
En aquel artículo mencioné el libro Clásicos del Pensamiento Político, escrito por mi padre, Jesús Amurrio, como una posible puerta de entrada para conocer las distintas formas en que grandes pensadores han reflexionado sobre la sociedad, el poder, el Estado, la libertad y la responsabilidad de los ciudadanos.
Quizás fui demasiado optimista. Tal vez no sea razonable esperar que, antes de votar, todos los guatemaltecos se pongan a leer a Platón, Aristóteles, Maquiavelo, Locke, Rousseau, Tocqueville o los muchos otros pensadores que han intentado explicar cómo debemos organizar la sociedad. Pero tampoco deberíamos conformarnos con escoger a quien nos promete más, a quien nos cae mejor o, simplemente, a quien consideramos “el menos peor”.
El problema es que nuestras decisiones políticas no se producen en y de la nada. Los seres humanos, con nuestros sesgos, buscamos confirmar aquello que ya creemos, reaccionamos ante estímulos emocionales y muchas veces preferimos una respuesta sencilla para un problema complejo. Y la política moderna ha aprendido a utilizar todo eso para hacer caer a la gente.
Los candidatos ya no necesitan, como antes, convencernos de que tienen un buen programa de gobierno, que para empezar se los hacen y algunos de ellos ni los leen y mucho menos entienden. Necesitan conseguir nuestra atención, generar una emoción, construir una imagen y, entre otras cosas, evitar que hagamos demasiadas preguntas incómodas.
La estrategia que usan los candidatos parece ser: ¿qué quiere escuchar el votante? ¿Quiere seguridad? Hablemos de seguridad. ¿Quiere empleo? Prometamos empleo. ¿Quiere ayuda? Ofrezcamos ayuda. ¿Quiere que alguien “ponga orden”? Digamos que pondremos orden. ¿Quiere que lleguemos al mundial de futbol? Digamos que haremos la mejor selección de la historia, y a lo mejor hasta lo ganamos.
Y si el candidato tiene un pasado que puede perjudicarlo, habrá que encontrar la manera de que el votante mire hacia otro lado. El problema no es que los políticos utilicen la comunicación como su herramienta de convencimiento. Eso es parte natural de una campaña electoral. El problema aparece cuando la comunicación sustituye al contenido y la emoción sustituye al análisis. Pero aquí viene la parte incómoda: la responsabilidad no es solamente de los candidatos. Principalmente es nuestra. Porque los políticos que llegan al poder no aparecen de la nada. Salen de nuestra sociedad y llegan allí porque suficientes ciudadanos decidimos votar por ellos.
Si elegimos al que nos regaló una lámina, al que nos cae simpático, al que mejor maneja las redes sociales, al que promete soluciones imposibles o simplemente al que creemos que hará menos daño, no deberíamos sorprendernos demasiado cuando el resultado no sea el que esperábamos. Llevamos décadas repitiendo el mismo ciclo.
Nos quejamos del gobierno, nos indignamos con los políticos, denunciamos la corrupción, reclamamos que el Estado no funciona y exigimos cambios. Y, sin embargo, cuando llega nuevamente el momento de votar, volvemos a utilizar los criterios que contribuyeron a producir el problema.
Entonces quizá la pregunta no debería ser solamente “¿qué candidato creemos que es mejor?” También deberíamos preguntarnos: ¿Qué estoy buscando yo en un candidato? ¿Estoy buscando a alguien que me diga lo que quiero escuchar? ¿Estoy buscando al que más me gusta? ¿Al que más se parece a mis ideas? ¿Al que promete más? ¿Al que tiene la mejor campaña? ¿Al que mi grupo de amigos considera aceptable? ¿Al que tiene una bonita sonrisa?
¿O, estoy dispuesto a dedicar algún tiempo a conocer qué piensa, qué ha hecho, quiénes lo acompañan, qué propone realmente y, sobre todo, si aquello que promete tiene alguna posibilidad razonable de convertirse en realidad?
No es necesario convertirse en un experto en ciencia política para votar mejor. Pero sí necesitamos desarrollar una mínima capacidad para distinguir entre una propuesta y una promesa; entre una solución y un eslogan; entre una trayectoria y una imagen; entre una convicción y una estrategia electoral. Entre una narrativa a veces hasta ridícula e increíble y alguien serio, con experiencia y con posibilidades reales de hacer algo bueno. Necesitamos aceptar algo que no nos gusta: votar responsablemente requiere esfuerzo.
Si queremos que Guatemala cambie, quizá deberíamos empezar por algo mucho más sencillo: cambiar la forma en que nosotros decidimos. No podemos exigir mejores gobiernos si no estamos dispuestos a ser mejores electores. No necesitamos leer todos los clásicos del pensamiento político. Pero sí necesitamos pensar un poco más antes de votar. Porque al final, nuestros gobernantes no son solamente “los que nos tocaron”. Son, en buena medida, los que nosotros escogimos. Y por eso, antes de la próxima elección, quizá valga la pena responder la siguiente pregunta: ¿Qué tipo de votante es usted, amable lector?
EL TIPO DE CAMBIO DE HOY ES DE: