Actualidad
Actualidad
Política
Política
Empresa
Empresa
Opinión
Opinión
Webinars
Webinars
Inmobiliaria
Inmobiliaria
Eventos
Eventos
Agenda Empresarial
Agenda Empresarial
Descubre
Descubre

¿Qué nos pasa?

Guatemala conoce sus problemas, pero pocas veces se pregunta qué está haciendo cada ciudadano para cambiarlos.

Enrique Amurrio
16 de agosto, 2026

Hace ya algunos años existía un programa de televisión mexicano llamado ¿Qué nos pasa?, dirigido y protagonizado por el recordado actor Héctor Suárez. Con humor, ironía y una buena dosis de sarcasmo, el programa retrataba situaciones de la vida cotidiana y ponía frente al espejo muchas de las actitudes, costumbres y contradicciones profundamente arraigadas en la sociedad mexicana, y también en la sociedad latinoamericana. 

Uno podía reírse de ellas, pero detrás de la risa había una realidad incómoda: ciertas conductas individuales, repetidas por millones de personas, terminaban convirtiéndose en problemas colectivos. 

Quizás Guatemala necesita hoy más que nunca hacerse la misma pregunta: ¿qué nos pasa? Somos, sin duda, uno de los países más analizados de la región. Tenemos diagnósticos elaborados por instituciones nacionales, organismos internacionales, universidades, centros de pensamiento, agencias de cooperación y una larga lista de expertos. Sabemos cuáles son nuestros principales problemas y, en términos generales, también sabemos cuáles podrían ser muchas de sus soluciones. 

SUSCRÍBASE A NUESTRO NEWSLETTER

Tenemos estudios sobre educación, salud, infraestructura, seguridad, justicia, pobreza, productividad, empleo, instituciones, corrupción y calidad del gasto. Y casi siempre, cuando hablamos de soluciones, nuestra mirada se dirige hacia el Gobierno, el Congreso, las municipalidades o alguna otra institución pública, muchas veces con razón. 

Tenemos problemas serios de corrupción, incompetencia, improvisación, falta de visión y ausencia de continuidad en las políticas públicas. Pero hay una pregunta que pocas veces nos hacemos con la misma intensidad: ¿Y nosotros qué estamos haciendo para que las cosas cambien? Porque los gobiernos no aparecen de la nada. Y aquí viene lo interesante: los funcionarios públicos salen de nuestra propia sociedad. Los diputados son ciudadanos que llegaron allí mediante nuestros votos. Los alcaldes también. Y, aunque sería absurdo atribuir a los ciudadanos la responsabilidad directa por todas las deficiencias del Estado, tampoco podemos pretender construir una sociedad diferente si, en nuestra vida cotidiana, reproducimos algunas de las mismas conductas que tanto criticamos en nuestros dirigentes.

Ejemplos como la impuntualidad. El “que cumpla la ley el otro”. El respeto selectivo de las normas. Estacionarnos donde no debemos porque “solo serán cinco minutos”. Hacer una fila y buscar la manera de adelantarnos. Tirar basura porque alguien más la recogerá. No cumplir una promesa o un compromiso porque siempre encontramos una excusa. No respetar siquiera las normas de convivencia del condominio. Postergar indefinidamente aquellas decisiones importantes que sabemos que debemos tomar. Respetar poco el espacio y los derechos de los demás. Justificar con facilidad nuestras propias faltas mientras condenamos las de otros, incluso cuando se trata exactamente de la misma falta. ¿Será que esas pequeñas cosas, aparentemente insignificantes, también forman parte de la explicación de nuestros grandes problemas? 

Existe el índice Big Mac, creado por The Economist en 1986, que utiliza el precio de una hamburguesa para comparar, de manera sencilla, el valor de las monedas de distintos países frente al dólar. Es una herramienta que, aunque no pretende sustituir los análisis económicos formales, facilita la comprensión de conceptos complejos al ciudadano común, por ejemplo, da una idea bastante aceptable del índice comparado de la inflación.

 Quizás podríamos hacer algo parecido con otro fenómeno reciente que, a primera vista, tiene poco que ver con todo esto: el mundial de fútbol.  El fútbol no es, por supuesto, una medida técnica del desarrollo de un país. Pero puede servir como una interesante metáfora de comparación de lo que ocurre cuando muchas personas, sin necesariamente conocerse entre sí, ni si quiera ponerse de acuerdo, colaboran alrededor de un objetivo común y trabajan consistentemente para alcanzarlo.

 Detrás de una selección nacional hay mucho más que once jugadores en una cancha. Está la familia que lleva al niño a sus entrenamientos semanales; el entrenador que desarrolla sus capacidades; los jugadores que se preparan durante años; los dirigentes; los médicos, fisioterapeutas, preparadores físicos y demás personal de apoyo; los patrocinadores; las instituciones; los aficionados y cientos de personas que, desde distintos lugares, contribuyen todos los días en lo que les toca. En conclusión, llegar a un mundial de futbol y no digamos ganarlo como hizo España, no es solo por el esfuerzo y calidad de esos once jugadores.

 Durante décadas, varias selecciones de diferentes regiones fueron consideradas inferiores a otras y en realidad lo eran. Sin embargo, países con poblaciones pequeñas, economías limitadas, poca infraestructura deportiva y, en algunos casos, condiciones sociales mucho más difíciles que las nuestras han conseguido clasificarse para una Copa Mundial. 

Países pequeños como Cabo Verde (483,628 habitantes) o Curazao (185,000 habitantes y 444 km2), han alcanzado niveles futbolísticos que hace algunos años parecían difíciles de imaginar. Incluso naciones que han enfrentado guerras, pobreza extrema y enormes dificultades institucionales han conseguido, en determinados momentos, superar obstáculos que parecían insalvables. Ahí están, por ejemplo, Haití y la República Democrática del Congo. Y nuestros vecinos centroamericanos tampoco son ajenos a ello: Panamá, Honduras, Costa Rica y El Salvador han tenido experiencias mundialistas.

Guatemala, con más de 18 millones de habitantes y una economía considerablemente mayor que la de varios de esos países, sigue buscando esa clasificación, y para los que entienden algo de futbol, cada vez se mira más lejos. La pregunta no debería ser simplemente ¿por qué ellos sí y nosotros no? La pregunta debería ser: ¿Qué hicieron diferente? 

Porque cuando un país se propone algo, establece una meta, crea instituciones, desarrolla capacidades, mantiene una estrategia y persevera durante años, los resultados eventualmente aparecen. Y esto no se aplica únicamente al fútbol. 

Las diferencias no están solamente en los recursos. Hay países con menos recursos que han conseguido mejores resultados en determinados ámbitos. Hay sociedades con enormes dificultades que han logrado avanzar. Y hay países con recursos naturales, población, ubicación geográfica y oportunidades que no han conseguido transformarlos en un buen grado de bienestar para sus ciudadanos. El desarrollo no depende de cuánto tiene un país, depende principalmente de cómo utiliza lo que tiene, de la capacidad de su sociedad para organizarse, establecer prioridades y perseverar en ellas.

Por supuesto, Guatemala enfrenta problemas estructurales muy profundos. No podemos simplificar la pobreza, la desigualdad, la inseguridad o la debilidad institucional diciendo que todo se resolvería si los ciudadanos fuéramos puntuales o respetáramos las filas o no usáramos el celular en el cine. No sería serio. Pero tampoco sería serio pensar que todos nuestros problemas se resolverán cambiando únicamente al presidente, a los diputados, a los alcaldes o a los funcionarios.

 Una sociedad no puede aspirar a tener instituciones mucho mejores que las conductas que está dispuesta a tolerar y reproducir como ciudadanos. El primer paso quizás sea reconocer el problema y dejar de engañarnos diciendo: “Estamos bien”. Claro, estamos mejor que cuando no llegaba la luz, el agua potable y drenajes a la mayoría de las regiones del país, pero comparativamente con algunos otros países similares o que han enfrentado mayores desafíos en su historia reciente, no lo estamos.  

En el tratamiento de las adicciones y otros males existe una idea ampliamente conocida: reconocer y aceptar que existe un problema constituye un primer paso fundamental para poder enfrentarlo. Quizás como sociedad deberíamos hacer algo parecido. Preguntarnos, sin complejos, pero también sin excusas: ¿Qué cosas hemos hecho mal? ¿Qué seguimos haciendo mal? ¿Qué conductas destructivas hemos normalizado? ¿Qué estamos enseñando a nuestros hijos? ¿Qué estamos dispuestos a cambiar nosotros, independientemente de lo que haga el Gobierno? 

Porque resulta muy fácil exigir honestidad a los políticos mientras buscamos una manera de evadir nuestras propias obligaciones. Exigir respeto mientras no respetamos al vecino. Exigir puntualidad mientras hacemos esperar a los demás. Exigir instituciones eficientes mientras nosotros mismos no cumplimos nuestros compromisos. y recordemos que también que, esas instituciones las conforman personas de nuestra sociedad. El cambio no puede ser solamente una exigencia hacia los demás; debe ser también una exigencia hacia nosotros mismos.

 Quizás hemos cometido el error de imaginar que el cambio de Guatemala necesariamente tiene que comenzar desde arriba. Esperamos al nuevo presidente. Al nuevo Congreso. Al nuevo alcalde. A la nueva ley. Al nuevo funcionario. Al nuevo proyecto. Y mientras esperamos, seguimos haciendo exactamente lo mismo. Tal vez el verdadero cambio tenga que comenzar de abajo hacia arriba. Con nosotros. 

Si cambiamos como personas, tendremos mejores familias. Si mejoran las familias, tendremos mejores comunidades. Si mejoran las comunidades, tendremos mejores municipios. Y si todos esos cambios se multiplican, eventualmente tendremos un país diferente, y seguramente en el corto o mediano plazo mejoraremos nuestras vidas en algo antes que el país.  

No ocurrirá de un día para otro. Tampoco será sencillo. Y, desde luego, esto no significa dejar de exigir a nuestros gobernantes que cumplan con su responsabilidad. Al contrario. Necesitamos ciudadanos más exigentes frente al Estado y, simultáneamente, más exigentes consigo mismos. 

Por supuesto, existen miles y miles de ciudadanos haciendo todo lo que pueden, esforzándose todos los días por cumplir las reglas y sus obligaciones honestamente, tratan bien a los demás sin importar sus diferencias, se esfuerzan por hacer bien cada cosa que les toca, generando mejoras en sus vidas, la de sus familias y su comunidad, algunos van más allá y sus acciones alcanzan esfuerzos para mejorar el país.  

Pero en general necesitamos recuperar algo que parece haberse debilitado: la convicción de que nuestras acciones individuales sí importan.  Llegar a tiempo importa.  Cumplir la palabra importa. Respetar la ley importa. No aprovecharse del otro importa. Hacer bien nuestro trabajo importa. Pagar nuestros impuestos importa. Votar responsablemente importa. Educar bien a nuestros hijos importa. Respetar al vecino importa. Hacer correctamente aquello que nos corresponde, incluso cuando nadie nos está viendo, importa. Y una lista bastante grande que todos conocemos. Si no que lo digan los ciudadanos de muchos países que lo han hecho y lo han logrado, algunos cambiando costumbres y paradigmas arraigados a través del tiempo, pero nocivos para su bienestar y desarrollo.  

Quizás ninguna de esas acciones, por sí sola, cambiará Guatemala. Pero millones de personas haciéndolas todos los días sí podrían hacerlo. El país que queremos no se construirá únicamente desde el Palacio Nacional, el Congreso o las municipalidades. Se construye también en nuestras casas, en nuestros trabajos, en las escuelas, en las calles, en el tráfico, en el cine, en la iglesia, en los negocios y en cada una de nuestras decisiones cotidianas. 

Por eso, antes de volver a preguntar qué le pasa a Guatemala, quizás deberíamos mirarnos al espejo y hacernos una pregunta más incómoda: ¿Qué nos pasa a nosotros los guatemaltecos? Y, sobre todo, una todavía más importante: ¿Qué estamos dispuestos a cambiar? Porque tal vez Guatemala no necesita solamente grandes reformas. Tal vez necesita millones de pequeños cambios.  

Y cuando esos pequeños cambios comiencen a multiplicarse; cuando una persona inspire a otra y una familia a otra; cuando una comunidad descubra que sí puede hacer las cosas de manera diferente, podremos comenzar a generar esa sinergia positiva que tanta falta nos hace. Quizás entonces recuperemos algo que también hemos perdido: la confianza en que sí podemos hacer cosas importantes y construir un mejor país. No mañana. No cuando cambien los políticos. No cuando alguien más lo haga.  

Hoy.  Nosotros. Cada uno desde donde le corresponde. 



 

¿Qué nos pasa?

Guatemala conoce sus problemas, pero pocas veces se pregunta qué está haciendo cada ciudadano para cambiarlos.

Enrique Amurrio
16 de agosto, 2026

Hace ya algunos años existía un programa de televisión mexicano llamado ¿Qué nos pasa?, dirigido y protagonizado por el recordado actor Héctor Suárez. Con humor, ironía y una buena dosis de sarcasmo, el programa retrataba situaciones de la vida cotidiana y ponía frente al espejo muchas de las actitudes, costumbres y contradicciones profundamente arraigadas en la sociedad mexicana, y también en la sociedad latinoamericana. 

Uno podía reírse de ellas, pero detrás de la risa había una realidad incómoda: ciertas conductas individuales, repetidas por millones de personas, terminaban convirtiéndose en problemas colectivos. 

Quizás Guatemala necesita hoy más que nunca hacerse la misma pregunta: ¿qué nos pasa? Somos, sin duda, uno de los países más analizados de la región. Tenemos diagnósticos elaborados por instituciones nacionales, organismos internacionales, universidades, centros de pensamiento, agencias de cooperación y una larga lista de expertos. Sabemos cuáles son nuestros principales problemas y, en términos generales, también sabemos cuáles podrían ser muchas de sus soluciones. 

SUSCRÍBASE A NUESTRO NEWSLETTER

Tenemos estudios sobre educación, salud, infraestructura, seguridad, justicia, pobreza, productividad, empleo, instituciones, corrupción y calidad del gasto. Y casi siempre, cuando hablamos de soluciones, nuestra mirada se dirige hacia el Gobierno, el Congreso, las municipalidades o alguna otra institución pública, muchas veces con razón. 

Tenemos problemas serios de corrupción, incompetencia, improvisación, falta de visión y ausencia de continuidad en las políticas públicas. Pero hay una pregunta que pocas veces nos hacemos con la misma intensidad: ¿Y nosotros qué estamos haciendo para que las cosas cambien? Porque los gobiernos no aparecen de la nada. Y aquí viene lo interesante: los funcionarios públicos salen de nuestra propia sociedad. Los diputados son ciudadanos que llegaron allí mediante nuestros votos. Los alcaldes también. Y, aunque sería absurdo atribuir a los ciudadanos la responsabilidad directa por todas las deficiencias del Estado, tampoco podemos pretender construir una sociedad diferente si, en nuestra vida cotidiana, reproducimos algunas de las mismas conductas que tanto criticamos en nuestros dirigentes.

Ejemplos como la impuntualidad. El “que cumpla la ley el otro”. El respeto selectivo de las normas. Estacionarnos donde no debemos porque “solo serán cinco minutos”. Hacer una fila y buscar la manera de adelantarnos. Tirar basura porque alguien más la recogerá. No cumplir una promesa o un compromiso porque siempre encontramos una excusa. No respetar siquiera las normas de convivencia del condominio. Postergar indefinidamente aquellas decisiones importantes que sabemos que debemos tomar. Respetar poco el espacio y los derechos de los demás. Justificar con facilidad nuestras propias faltas mientras condenamos las de otros, incluso cuando se trata exactamente de la misma falta. ¿Será que esas pequeñas cosas, aparentemente insignificantes, también forman parte de la explicación de nuestros grandes problemas? 

Existe el índice Big Mac, creado por The Economist en 1986, que utiliza el precio de una hamburguesa para comparar, de manera sencilla, el valor de las monedas de distintos países frente al dólar. Es una herramienta que, aunque no pretende sustituir los análisis económicos formales, facilita la comprensión de conceptos complejos al ciudadano común, por ejemplo, da una idea bastante aceptable del índice comparado de la inflación.

 Quizás podríamos hacer algo parecido con otro fenómeno reciente que, a primera vista, tiene poco que ver con todo esto: el mundial de fútbol.  El fútbol no es, por supuesto, una medida técnica del desarrollo de un país. Pero puede servir como una interesante metáfora de comparación de lo que ocurre cuando muchas personas, sin necesariamente conocerse entre sí, ni si quiera ponerse de acuerdo, colaboran alrededor de un objetivo común y trabajan consistentemente para alcanzarlo.

 Detrás de una selección nacional hay mucho más que once jugadores en una cancha. Está la familia que lleva al niño a sus entrenamientos semanales; el entrenador que desarrolla sus capacidades; los jugadores que se preparan durante años; los dirigentes; los médicos, fisioterapeutas, preparadores físicos y demás personal de apoyo; los patrocinadores; las instituciones; los aficionados y cientos de personas que, desde distintos lugares, contribuyen todos los días en lo que les toca. En conclusión, llegar a un mundial de futbol y no digamos ganarlo como hizo España, no es solo por el esfuerzo y calidad de esos once jugadores.

 Durante décadas, varias selecciones de diferentes regiones fueron consideradas inferiores a otras y en realidad lo eran. Sin embargo, países con poblaciones pequeñas, economías limitadas, poca infraestructura deportiva y, en algunos casos, condiciones sociales mucho más difíciles que las nuestras han conseguido clasificarse para una Copa Mundial. 

Países pequeños como Cabo Verde (483,628 habitantes) o Curazao (185,000 habitantes y 444 km2), han alcanzado niveles futbolísticos que hace algunos años parecían difíciles de imaginar. Incluso naciones que han enfrentado guerras, pobreza extrema y enormes dificultades institucionales han conseguido, en determinados momentos, superar obstáculos que parecían insalvables. Ahí están, por ejemplo, Haití y la República Democrática del Congo. Y nuestros vecinos centroamericanos tampoco son ajenos a ello: Panamá, Honduras, Costa Rica y El Salvador han tenido experiencias mundialistas.

Guatemala, con más de 18 millones de habitantes y una economía considerablemente mayor que la de varios de esos países, sigue buscando esa clasificación, y para los que entienden algo de futbol, cada vez se mira más lejos. La pregunta no debería ser simplemente ¿por qué ellos sí y nosotros no? La pregunta debería ser: ¿Qué hicieron diferente? 

Porque cuando un país se propone algo, establece una meta, crea instituciones, desarrolla capacidades, mantiene una estrategia y persevera durante años, los resultados eventualmente aparecen. Y esto no se aplica únicamente al fútbol. 

Las diferencias no están solamente en los recursos. Hay países con menos recursos que han conseguido mejores resultados en determinados ámbitos. Hay sociedades con enormes dificultades que han logrado avanzar. Y hay países con recursos naturales, población, ubicación geográfica y oportunidades que no han conseguido transformarlos en un buen grado de bienestar para sus ciudadanos. El desarrollo no depende de cuánto tiene un país, depende principalmente de cómo utiliza lo que tiene, de la capacidad de su sociedad para organizarse, establecer prioridades y perseverar en ellas.

Por supuesto, Guatemala enfrenta problemas estructurales muy profundos. No podemos simplificar la pobreza, la desigualdad, la inseguridad o la debilidad institucional diciendo que todo se resolvería si los ciudadanos fuéramos puntuales o respetáramos las filas o no usáramos el celular en el cine. No sería serio. Pero tampoco sería serio pensar que todos nuestros problemas se resolverán cambiando únicamente al presidente, a los diputados, a los alcaldes o a los funcionarios.

 Una sociedad no puede aspirar a tener instituciones mucho mejores que las conductas que está dispuesta a tolerar y reproducir como ciudadanos. El primer paso quizás sea reconocer el problema y dejar de engañarnos diciendo: “Estamos bien”. Claro, estamos mejor que cuando no llegaba la luz, el agua potable y drenajes a la mayoría de las regiones del país, pero comparativamente con algunos otros países similares o que han enfrentado mayores desafíos en su historia reciente, no lo estamos.  

En el tratamiento de las adicciones y otros males existe una idea ampliamente conocida: reconocer y aceptar que existe un problema constituye un primer paso fundamental para poder enfrentarlo. Quizás como sociedad deberíamos hacer algo parecido. Preguntarnos, sin complejos, pero también sin excusas: ¿Qué cosas hemos hecho mal? ¿Qué seguimos haciendo mal? ¿Qué conductas destructivas hemos normalizado? ¿Qué estamos enseñando a nuestros hijos? ¿Qué estamos dispuestos a cambiar nosotros, independientemente de lo que haga el Gobierno? 

Porque resulta muy fácil exigir honestidad a los políticos mientras buscamos una manera de evadir nuestras propias obligaciones. Exigir respeto mientras no respetamos al vecino. Exigir puntualidad mientras hacemos esperar a los demás. Exigir instituciones eficientes mientras nosotros mismos no cumplimos nuestros compromisos. y recordemos que también que, esas instituciones las conforman personas de nuestra sociedad. El cambio no puede ser solamente una exigencia hacia los demás; debe ser también una exigencia hacia nosotros mismos.

 Quizás hemos cometido el error de imaginar que el cambio de Guatemala necesariamente tiene que comenzar desde arriba. Esperamos al nuevo presidente. Al nuevo Congreso. Al nuevo alcalde. A la nueva ley. Al nuevo funcionario. Al nuevo proyecto. Y mientras esperamos, seguimos haciendo exactamente lo mismo. Tal vez el verdadero cambio tenga que comenzar de abajo hacia arriba. Con nosotros. 

Si cambiamos como personas, tendremos mejores familias. Si mejoran las familias, tendremos mejores comunidades. Si mejoran las comunidades, tendremos mejores municipios. Y si todos esos cambios se multiplican, eventualmente tendremos un país diferente, y seguramente en el corto o mediano plazo mejoraremos nuestras vidas en algo antes que el país.  

No ocurrirá de un día para otro. Tampoco será sencillo. Y, desde luego, esto no significa dejar de exigir a nuestros gobernantes que cumplan con su responsabilidad. Al contrario. Necesitamos ciudadanos más exigentes frente al Estado y, simultáneamente, más exigentes consigo mismos. 

Por supuesto, existen miles y miles de ciudadanos haciendo todo lo que pueden, esforzándose todos los días por cumplir las reglas y sus obligaciones honestamente, tratan bien a los demás sin importar sus diferencias, se esfuerzan por hacer bien cada cosa que les toca, generando mejoras en sus vidas, la de sus familias y su comunidad, algunos van más allá y sus acciones alcanzan esfuerzos para mejorar el país.  

Pero en general necesitamos recuperar algo que parece haberse debilitado: la convicción de que nuestras acciones individuales sí importan.  Llegar a tiempo importa.  Cumplir la palabra importa. Respetar la ley importa. No aprovecharse del otro importa. Hacer bien nuestro trabajo importa. Pagar nuestros impuestos importa. Votar responsablemente importa. Educar bien a nuestros hijos importa. Respetar al vecino importa. Hacer correctamente aquello que nos corresponde, incluso cuando nadie nos está viendo, importa. Y una lista bastante grande que todos conocemos. Si no que lo digan los ciudadanos de muchos países que lo han hecho y lo han logrado, algunos cambiando costumbres y paradigmas arraigados a través del tiempo, pero nocivos para su bienestar y desarrollo.  

Quizás ninguna de esas acciones, por sí sola, cambiará Guatemala. Pero millones de personas haciéndolas todos los días sí podrían hacerlo. El país que queremos no se construirá únicamente desde el Palacio Nacional, el Congreso o las municipalidades. Se construye también en nuestras casas, en nuestros trabajos, en las escuelas, en las calles, en el tráfico, en el cine, en la iglesia, en los negocios y en cada una de nuestras decisiones cotidianas. 

Por eso, antes de volver a preguntar qué le pasa a Guatemala, quizás deberíamos mirarnos al espejo y hacernos una pregunta más incómoda: ¿Qué nos pasa a nosotros los guatemaltecos? Y, sobre todo, una todavía más importante: ¿Qué estamos dispuestos a cambiar? Porque tal vez Guatemala no necesita solamente grandes reformas. Tal vez necesita millones de pequeños cambios.  

Y cuando esos pequeños cambios comiencen a multiplicarse; cuando una persona inspire a otra y una familia a otra; cuando una comunidad descubra que sí puede hacer las cosas de manera diferente, podremos comenzar a generar esa sinergia positiva que tanta falta nos hace. Quizás entonces recuperemos algo que también hemos perdido: la confianza en que sí podemos hacer cosas importantes y construir un mejor país. No mañana. No cuando cambien los políticos. No cuando alguien más lo haga.  

Hoy.  Nosotros. Cada uno desde donde le corresponde. 



 

¿Quiere recibir notificaciones de alertas?