La historia se repite en Chile, con una izquierda radical decidida a destruir y sabotear a la derecha para evitar su reelección.
En perspectiva. A pocas semanas de haber asumido la presidencia, José Antonio Kast ya enfrenta un escenario que va mucho más allá de la oposición política tradicional.
- Las protestas en universidades —que han derivado hasta en una agresión a la ministra Linconao—, los disturbios en las calles y la rápida activación de grupos organizados han configurado un clima de tensión que no es nuevo en Chile-
- La dinámica recuerda a episodios donde la protesta fue utilizada como herramienta de desgaste contra el gobierno de turno.
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En su día, la estrategia le sirvió a la izquierda para provocar un estallido social por un aumento de solo USD 0.04 en la tarifa del metro, lo que logró defenestrar a Piñera y a la derecha.
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Hemeroteca. El estallido social de 2019 fue el resultado de tensiones acumuladas —como resultado de una falsa narrativa promulgada por años desde la izquierda universitaria—, pero también de una capacidad de movilización que rápidamente escaló hacia niveles de violencia.
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Lo relevante aquí es el carácter de la protesta; no se trata de una oposición que busca negociar, influir o construir mayorías alternativas.
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Al contrario, busca bloquear, deslegitimar y, en última instancia, hacer inviable la gestión del gobierno.
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Aquí se acuña el término Izquierda Claymore, un entramado cuya única función es minar el campo por el cual caminan los gobiernos de derecha.
Visto y no visto. A este escenario se suma un segundo problema que complica aún más el panorama: el deterioro en materia de seguridad. Chile, que durante años fue uno de los países más estables y seguros de la región, tras un solo gobierno de izquierda, enfrenta un aumento sostenido en delitos violentos, crimen organizado y percepción de inseguridad.
- Esto obliga a Kast a dividir su atención entre dos frentes: por un lado, contener el desorden político y, por el otro, recuperar el control del orden público.
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No obstante, cada intento por restablecer el orden puede ser utilizado por sus adversarios para alimentar la narrativa de abuso o “autoritarismo”.
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Además, cada señal de debilidad frente a los disturbios puede erosionar la confianza de su propia base, que espera resultados concretos en seguridad.
Ecos regionales. El mal que sufre Kast no es un caso aislado. En EE. UU., Donald Trump ha enfrentado una dinámica similar en sus dos presidencias. Las protestas, iniciadas antes de que Trump tomara su primera decisión como presidente, derivaron en episodios de violencia, como los disturbios y saqueos de BLM, que terminaron marcando la narrativa política del país.
- Esa presión constante contribuyó a erosionar su capital político y tuvo efectos claros en las elecciones de medio término de 2018 y, posteriormente, en las presidenciales de 2020.
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La calle se convirtió en un espacio de disputa política donde el objetivo es erosionar la gobernabilidad.
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En ambos casos, sobre todo, el mal lo sufrió la derecha (Piñera y Trump), luego desapareció cuando les relevó la izquierda (Boric y Biden) y resurgió en el primer día del retorno de la derecha (Kast y Trump).
Entre líneas. El riesgo para Kast no es únicamente el desgaste inmediato, sino que se instale una narrativa que lo acompañe durante todo su mandato. Si la percepción es que su gobierno está permanentemente en crisis, avances concretos en otras áreas quedarán opacados.
- Esto ya ocurrió con Piñera, cuyo segundo mandato quedó definido, en gran medida, por la incapacidad de controlar el desorden, más allá de cualquier otro logro o intento de reforma.
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Hay un cálculo político claro detrás del sabotaje: si la izquierda logra proyectar una imagen de caos, inseguridad o conflicto permanente, debilita al gobierno actual y condiciona el terreno para la próxima elección.
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La lógica es generar el problema hoy para capitalizar la solución mañana. Fue, en buena medida, lo que derivó en la llegada de Boric al poder.
Lo que sigue. La clave para Kast está en no reaccionar exclusivamente en los términos que le impone su oposición. Si convierte cada episodio de violencia en el centro de su agenda, corre el riesgo de gobernar a la defensiva. Empero, ignorarlos tampoco es opción.
- La salida pasa por una combinación de firmeza y control de narrativa, actuando con claridad en materia de orden público, pero sin amplificar el conflicto más allá de lo necesario. La izquierda estará esperando cualquier sobrerreacción; debe manejar bien ese equilibrio para restarles legitimidad.
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Al mismo tiempo, necesita avanzar en resultados concretos que desplacen la conversación. La seguridad, el crecimiento económico y la estabilidad institucional no pueden quedar en un segundo plano.
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Si logra mostrar avances sostenidos en estas áreas y sostener el control sin perder el rumbo, puede romper el ciclo. Si no, corre el riesgo de repetir una historia que en Chile ya se ha visto demasiado.
La historia se repite en Chile, con una izquierda radical decidida a destruir y sabotear a la derecha para evitar su reelección.
En perspectiva. A pocas semanas de haber asumido la presidencia, José Antonio Kast ya enfrenta un escenario que va mucho más allá de la oposición política tradicional.
- Las protestas en universidades —que han derivado hasta en una agresión a la ministra Linconao—, los disturbios en las calles y la rápida activación de grupos organizados han configurado un clima de tensión que no es nuevo en Chile-
- La dinámica recuerda a episodios donde la protesta fue utilizada como herramienta de desgaste contra el gobierno de turno.
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En su día, la estrategia le sirvió a la izquierda para provocar un estallido social por un aumento de solo USD 0.04 en la tarifa del metro, lo que logró defenestrar a Piñera y a la derecha.
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Hemeroteca. El estallido social de 2019 fue el resultado de tensiones acumuladas —como resultado de una falsa narrativa promulgada por años desde la izquierda universitaria—, pero también de una capacidad de movilización que rápidamente escaló hacia niveles de violencia.
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Lo relevante aquí es el carácter de la protesta; no se trata de una oposición que busca negociar, influir o construir mayorías alternativas.
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Al contrario, busca bloquear, deslegitimar y, en última instancia, hacer inviable la gestión del gobierno.
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Aquí se acuña el término Izquierda Claymore, un entramado cuya única función es minar el campo por el cual caminan los gobiernos de derecha.
Visto y no visto. A este escenario se suma un segundo problema que complica aún más el panorama: el deterioro en materia de seguridad. Chile, que durante años fue uno de los países más estables y seguros de la región, tras un solo gobierno de izquierda, enfrenta un aumento sostenido en delitos violentos, crimen organizado y percepción de inseguridad.
- Esto obliga a Kast a dividir su atención entre dos frentes: por un lado, contener el desorden político y, por el otro, recuperar el control del orden público.
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No obstante, cada intento por restablecer el orden puede ser utilizado por sus adversarios para alimentar la narrativa de abuso o “autoritarismo”.
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Además, cada señal de debilidad frente a los disturbios puede erosionar la confianza de su propia base, que espera resultados concretos en seguridad.
Ecos regionales. El mal que sufre Kast no es un caso aislado. En EE. UU., Donald Trump ha enfrentado una dinámica similar en sus dos presidencias. Las protestas, iniciadas antes de que Trump tomara su primera decisión como presidente, derivaron en episodios de violencia, como los disturbios y saqueos de BLM, que terminaron marcando la narrativa política del país.
- Esa presión constante contribuyó a erosionar su capital político y tuvo efectos claros en las elecciones de medio término de 2018 y, posteriormente, en las presidenciales de 2020.
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La calle se convirtió en un espacio de disputa política donde el objetivo es erosionar la gobernabilidad.
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En ambos casos, sobre todo, el mal lo sufrió la derecha (Piñera y Trump), luego desapareció cuando les relevó la izquierda (Boric y Biden) y resurgió en el primer día del retorno de la derecha (Kast y Trump).
Entre líneas. El riesgo para Kast no es únicamente el desgaste inmediato, sino que se instale una narrativa que lo acompañe durante todo su mandato. Si la percepción es que su gobierno está permanentemente en crisis, avances concretos en otras áreas quedarán opacados.
- Esto ya ocurrió con Piñera, cuyo segundo mandato quedó definido, en gran medida, por la incapacidad de controlar el desorden, más allá de cualquier otro logro o intento de reforma.
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Hay un cálculo político claro detrás del sabotaje: si la izquierda logra proyectar una imagen de caos, inseguridad o conflicto permanente, debilita al gobierno actual y condiciona el terreno para la próxima elección.
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La lógica es generar el problema hoy para capitalizar la solución mañana. Fue, en buena medida, lo que derivó en la llegada de Boric al poder.
Lo que sigue. La clave para Kast está en no reaccionar exclusivamente en los términos que le impone su oposición. Si convierte cada episodio de violencia en el centro de su agenda, corre el riesgo de gobernar a la defensiva. Empero, ignorarlos tampoco es opción.
- La salida pasa por una combinación de firmeza y control de narrativa, actuando con claridad en materia de orden público, pero sin amplificar el conflicto más allá de lo necesario. La izquierda estará esperando cualquier sobrerreacción; debe manejar bien ese equilibrio para restarles legitimidad.
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Al mismo tiempo, necesita avanzar en resultados concretos que desplacen la conversación. La seguridad, el crecimiento económico y la estabilidad institucional no pueden quedar en un segundo plano.
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Si logra mostrar avances sostenidos en estas áreas y sostener el control sin perder el rumbo, puede romper el ciclo. Si no, corre el riesgo de repetir una historia que en Chile ya se ha visto demasiado.
EL TIPO DE CAMBIO DE HOY ES DE: