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Rodolfo Naró: No tengo lectores; tengo cómplices

.
Marcos Jacobo Suárez Sipmann
13 de julio, 2026

Nacido en Tequila, Jalisco, en 1967, Rodolfo Naró pertenece a esa estirpe cada vez menos frecuente de escritores que conciben la literatura como un territorio donde la poesía y la novela dejan de ser géneros para convertirse en una misma forma de mirar el mundo. Poeta antes que narrador —como él mismo se define en esta entrevista—, comenzó publicando versos, pero ha construido una obra que transita con naturalidad entre la novela histórica, la literatura juvenil, la poesía y los libros infantiles. 

Becario del programa Jóvenes Creadores del entonces Fonca y miembro desde 2019 del Sistema Nacional de Creadores de Arte de México, Naró alcanzó reconocimiento con El orden infinito, finalista del Premio Planeta Argentina y distinguida entre las mejores novelas mexicanas de 2007 por la revista Gatopardo. Después llegarían Cállate niña, la saga juvenil integrada por Un corazón para Eva y Una eternidad para Eva, varios poemarios reunidos en antologías y títulos infantiles como El misterio del colibrí, seleccionado por IBBY México para representar la literatura infantil mexicana en la Feria del Libro de Madrid de 2022. Su novela más reciente, La letra alemana, ambientada entre Berlín y el gueto de Varsovia durante la Segunda Guerra Mundial, confirma su inclinación por las historias de largo aliento, los personajes complejos y la convicción de que toda gran novela necesita dejar espacio para que el lector termine de escribirla. 

Usted nació en Tequila, un paisaje que parece filtrarse en todas sus obras. ¿Qué conserva de ese mundo que quizá ningún lector percibe de manera consciente, pero que siempre está presente en su literatura? 

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—Está retratado principalmente en mi primera novela, El orden infinito, y también en una novela que precisamente ayer entregué a mi editorial. Ambas transcurren en un universo ficticio que he creado, un poco siguiendo la tradición de García Márquez con Macondo o de Juan Rulfo con Comala. 

Ese universo se llama Altos y está inspirado en los alrededores de Tequila, Jalisco, donde nací y crecí. Es una tierra de caballos, de animales y de paisajes que remiten al México de principios del siglo XX. 

También es el escenario donde abrigo la historia de México, especialmente la Revolución mexicana, esa gran guerra que marcó al país durante todo el siglo pasado y cuyos ecos todavía siguen presentes. Ese mundo ha permeado, de una u otra forma, el resto de mis novelas. 

Si tuviera que señalar el instante exacto en que comprendió que escribir dejaría de ser un pasatiempo para convertirse en el centro de su vida, ¿podría identificarlo con precisión? 

—Sí. Lo puedo ubicar perfectamente: ocurrió cuando tenía 29 años. Pasé casi tres décadas de mi vida sin saber realmente para qué estaba en este mundo. 

Antes probé muchos caminos. Tomé clases de ballet, de piano, de solfeo, de actuación… Quise acercarme a distintas manifestaciones artísticas, pero nunca terminé de encontrar mi lugar. Sin embargo, desde los 15 años escribía poesía como una forma de desahogo. 

Todo cambió cuando publiqué, con mi propio dinero, mi primer libro de poemas. Fui personalmente a la imprenta y pagué la edición. Entonces descubrí que aquello que escribía llegaba a los lectores y entendí que mi verdadera vocación era ser escritor. A partir de ese momento empecé a reorganizar mi vida para dedicarme a la literatura, un objetivo que pude alcanzar plenamente alrededor de los 40 años. 

Si tuviera que definirse sin mencionar ninguno de sus libros ni de sus personajes, ¿con qué única palabra describiría quién es Rodolfo Naró? 

—Poeta. Esa es la palabra que mejor me define. 

Además de escribir libros de poesía, sigo haciendo poesía a través de mis novelas. Mi narrativa está llena de imágenes y recursos poéticos; para mí, ambos géneros forman parte de una misma manera de mirar el mundo. 

Por supuesto, también soy novelista y escribo literatura infantil, como La lista del colibrí. Pero, por encima de cualquier etiqueta, sigo sintiéndome poeta. 

Cuando se sienta a escribir, ¿lo hace primero para entenderse a sí mismo o para intentar comprender mejor el mundo que lo rodea? 

—Creo que todo empieza por entenderme a mí mismo. Pienso que muchos escritores comenzamos escribiendo porque tenemos una enorme duda sobre quiénes somos y hacia dónde vamos. 

Son las grandes preguntas existenciales, las mismas que Shakespeare resumía en aquel “ser o no ser”. A partir de esa búsqueda personal empezamos también a explorar el mundo que nos rodea. 

Escribimos para encontrar respuestas y, precisamente porque nunca terminamos de encontrarlas, seguimos escribiendo. 

En sus novelas aparecen personajes muy vivos. ¿En qué momento dejan de pertenecerle y comienzan a tener una existencia propia, independiente de quien los creó? 

—Yo veo a mis personajes como si fueran hijos. No tengo hijos, pero imagino que debe parecerse mucho a eso: nacen de mi experiencia, de mis emociones y de todo lo que llevo dentro. 

Conforme avanzo en la escritura descubro en ellos nuevas aficiones, nuevos defectos, nuevos vicios. Poco a poco van construyendo su propia personalidad, se alejan de mí y empiezan a tomar decisiones que ya no dependen del autor. 

Muchas personas creen que es una forma de hablar, pero los personajes realmente nos hablan. Nos revelan cómo viven, qué desean, cuáles son sus gustos e incluso aspectos tan íntimos como sus preferencias sexuales. Llega un momento en que simplemente empiezan a existir por sí mismos. 

¿Cree que existen novelas que intentan explicarlo absolutamente todo y, cuando eso ocurre, qué cree que terminan perdiendo frente al lector? 

—Creo que pierden el contacto con los lectores. Yo me formé como escritor en el taller del gran cuentista mexicano Guillermo Samperio, con quien trabajé durante cuatro años y medio. 

Samperio siempre nos repetía que no debíamos sobreexplicar. Decía que eso volvía perezosos a los lectores, porque ellos también tienen que participar, reinterpretar lo que leen y completar la historia con su propia imaginación. 

Cuando leemos, dialogamos con los personajes, pero en realidad también dialogamos con el escritor. Por eso la novela debe dejar un andamiaje invisible para que el lector construya parte del relato. Solo entonces hace suya la historia y puede identificarse con un personaje de una forma distinta a como lo hará cualquier otro lector. 

.

Para quienes todavía no conocen su obra, ¿cómo describiría el conjunto de su trabajo y por cuál de sus libros recomendaría comenzar ese recorrido? 

—Tengo una obra muy diversa. Escribo literatura infantil para pequeños lectores, poesía, novela juvenil y también novela histórica. 

Entre mis libros están Un corazón para Eva y Una eternidad para Eva, además de novelas como El orden infinito La letra alemana, la obra que me ha traído a FILGUA. Está ambientada en el gueto de Varsovia durante la Segunda Guerra Mundial y, con casi 500 páginas, es la novela más ambiciosa que he escrito. 

Me considero un escritor de largo aliento. Me gustan las novelas extensas, con muchos personajes e historias que se entrelazan. Aspiro a acompañar al lector durante mucho tiempo, no únicamente durante un fin de semana de lectura. 

También está Cállate niña, protagonizada por una bailarina clásica. Aunque la historia transcurre en el año 2000, recorre las tres décadas anteriores de la historia de México, desde el levantamiento zapatista hasta la guerra sucia, pasando por el periodo especial cubano y la Camorra napolitana. El mayor reto fue narrarla desde la voz de una mujer. 

Después de varias novelas publicadas y de una obra tan extensa, ¿todavía siente el temor que suele asociarse a la famosa página en blanco? 

—Más que miedo, siento respeto. En realidad, el verdadero desafío siempre es la primera página. Cada novela me recuerda que todavía tengo mucho que aprender como escritor. 

Antes de comenzar me hago preguntas fundamentales: quién contará la historia, desde qué punto de vista y para quién será contada. Encontrar esa voz narrativa determina el rumbo de toda la novela. 

Con La letra alemana, por ejemplo, descubrí que no era una niña quien debía contar la historia, sino esa misma niña muchos años después, recordando cómo sobrevivió a la guerra. Solo entonces la novela empezó a fluir. Ese tipo de descubrimientos son los que siguen enseñándome el oficio de escribir. 

Sus novelas buscan acompañar al lector durante mucho tiempo. Cuando alguien termina uno de sus libros, ¿cómo le gustaría permanecer en su memoria una semana después? 

—Me gustaría que el lector sintiera que ha vivido junto a alguno de mis personajes. A veces me dicen que una historia les recordó la vida de su abuela o que un personaje se parece mucho a ellos mismos. 

Cuando alguien percibe a un personaje como una persona de carne y hueso, siento que he acertado. Ahí la literatura deja de ser solamente una ficción y se convierte en una experiencia emocional. 

Entonces ya no tengo únicamente lectores: tengo cómplices. Esa complicidad también la encuentro en las redes sociales, donde converso con quienes leen mis libros y recibo tanto elogios como críticas. Ese diálogo permanente también forma parte de mi trabajo. 

Las redes sociales han cambiado la manera de leer y de relacionarse con los libros. ¿Qué cree que ha ganado la literatura y qué considera que ha perdido con esa transformación? 

—Lo mejor es la comunicación inmediata con los lectores. Hoy podemos saber casi al instante qué les provocó una novela y mantener un diálogo constante con ellos. 

Pero también existe una competencia enorme por captar su atención. Antes, Germán Dehesa decía que había que concederle 20 páginas a una novela antes de decidir abandonarla. Hoy ya no existe ese margen. 

Ahora el reto consiste en atrapar al lector desde la primera línea. Si no lo haces, deja el libro, toma el teléfono y continúa deslizando la pantalla. Esa exigencia, sin embargo, no nació con las redes sociales. Guillermo Samperio ya nos enseñaba que una novela debía comenzar con acción o con un diálogo capaz de despertar inmediatamente la curiosidad del lector. 

Si un lector guatemalteco quisiera iniciarse en la literatura mexicana contemporánea, ¿por qué autores y por qué libros le recomendaría comenzar ese viaje? 

—Afortunadamente, hoy existe una generación extraordinaria de escritoras mexicanas. Recomendaría, por ejemplo, a Gilma Luque, Brenda Navarro y Dahlia de la Cerda, todas con propuestas muy distintas y muy sólidas. 

Por supuesto, también hay clásicos imprescindibles como Juan Rulfo, autor de Pedro Páramo y El llano en llamas, una referencia obligada para cualquier lector de literatura mexicana. 

Además, recomendaría a Carlos Martín Briceño, magnífico cuentista yucateco; a David Martín del Campo y a Mónica Lavín. Hay muchísimos autores valiosos entre los que elegir y todos ofrecen puertas de entrada distintas a la literatura mexicana. 

Para terminar, ¿qué mensaje le gustaría dejar a los lectores guatemaltecos y qué impresión le deja una feria del libro como FILGUA? 

—Veo una feria mucho más viva que la de mi anterior visita, en 2022. Entonces todavía se sentían los efectos de la pandemia y el cambio de fechas había afectado mucho la asistencia. 

Ahora encuentro los pasillos llenos, más colegios y un ambiente mucho más dinámico. Me parece un gran acierto acercar a los jóvenes a los libros, incluso si llegan por obligación. 

Lo importante es que entren a los estands, tomen un libro, lo abran y lean sus primeras páginas. Alguno terminará enamorándose de la lectura. Si no los ponemos en contacto con los libros, inevitablemente seguirán refugiándose únicamente en el teléfono celular. 

Ese sería mi deseo: que se atrevan a leer la primera página de un libro. Tal vez descubran que esa primera página termina atrapándolos para siempre. 

Rodolfo Naró: No tengo lectores; tengo cómplices

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Marcos Jacobo Suárez Sipmann
13 de julio, 2026

Nacido en Tequila, Jalisco, en 1967, Rodolfo Naró pertenece a esa estirpe cada vez menos frecuente de escritores que conciben la literatura como un territorio donde la poesía y la novela dejan de ser géneros para convertirse en una misma forma de mirar el mundo. Poeta antes que narrador —como él mismo se define en esta entrevista—, comenzó publicando versos, pero ha construido una obra que transita con naturalidad entre la novela histórica, la literatura juvenil, la poesía y los libros infantiles. 

Becario del programa Jóvenes Creadores del entonces Fonca y miembro desde 2019 del Sistema Nacional de Creadores de Arte de México, Naró alcanzó reconocimiento con El orden infinito, finalista del Premio Planeta Argentina y distinguida entre las mejores novelas mexicanas de 2007 por la revista Gatopardo. Después llegarían Cállate niña, la saga juvenil integrada por Un corazón para Eva y Una eternidad para Eva, varios poemarios reunidos en antologías y títulos infantiles como El misterio del colibrí, seleccionado por IBBY México para representar la literatura infantil mexicana en la Feria del Libro de Madrid de 2022. Su novela más reciente, La letra alemana, ambientada entre Berlín y el gueto de Varsovia durante la Segunda Guerra Mundial, confirma su inclinación por las historias de largo aliento, los personajes complejos y la convicción de que toda gran novela necesita dejar espacio para que el lector termine de escribirla. 

Usted nació en Tequila, un paisaje que parece filtrarse en todas sus obras. ¿Qué conserva de ese mundo que quizá ningún lector percibe de manera consciente, pero que siempre está presente en su literatura? 

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—Está retratado principalmente en mi primera novela, El orden infinito, y también en una novela que precisamente ayer entregué a mi editorial. Ambas transcurren en un universo ficticio que he creado, un poco siguiendo la tradición de García Márquez con Macondo o de Juan Rulfo con Comala. 

Ese universo se llama Altos y está inspirado en los alrededores de Tequila, Jalisco, donde nací y crecí. Es una tierra de caballos, de animales y de paisajes que remiten al México de principios del siglo XX. 

También es el escenario donde abrigo la historia de México, especialmente la Revolución mexicana, esa gran guerra que marcó al país durante todo el siglo pasado y cuyos ecos todavía siguen presentes. Ese mundo ha permeado, de una u otra forma, el resto de mis novelas. 

Si tuviera que señalar el instante exacto en que comprendió que escribir dejaría de ser un pasatiempo para convertirse en el centro de su vida, ¿podría identificarlo con precisión? 

—Sí. Lo puedo ubicar perfectamente: ocurrió cuando tenía 29 años. Pasé casi tres décadas de mi vida sin saber realmente para qué estaba en este mundo. 

Antes probé muchos caminos. Tomé clases de ballet, de piano, de solfeo, de actuación… Quise acercarme a distintas manifestaciones artísticas, pero nunca terminé de encontrar mi lugar. Sin embargo, desde los 15 años escribía poesía como una forma de desahogo. 

Todo cambió cuando publiqué, con mi propio dinero, mi primer libro de poemas. Fui personalmente a la imprenta y pagué la edición. Entonces descubrí que aquello que escribía llegaba a los lectores y entendí que mi verdadera vocación era ser escritor. A partir de ese momento empecé a reorganizar mi vida para dedicarme a la literatura, un objetivo que pude alcanzar plenamente alrededor de los 40 años. 

Si tuviera que definirse sin mencionar ninguno de sus libros ni de sus personajes, ¿con qué única palabra describiría quién es Rodolfo Naró? 

—Poeta. Esa es la palabra que mejor me define. 

Además de escribir libros de poesía, sigo haciendo poesía a través de mis novelas. Mi narrativa está llena de imágenes y recursos poéticos; para mí, ambos géneros forman parte de una misma manera de mirar el mundo. 

Por supuesto, también soy novelista y escribo literatura infantil, como La lista del colibrí. Pero, por encima de cualquier etiqueta, sigo sintiéndome poeta. 

Cuando se sienta a escribir, ¿lo hace primero para entenderse a sí mismo o para intentar comprender mejor el mundo que lo rodea? 

—Creo que todo empieza por entenderme a mí mismo. Pienso que muchos escritores comenzamos escribiendo porque tenemos una enorme duda sobre quiénes somos y hacia dónde vamos. 

Son las grandes preguntas existenciales, las mismas que Shakespeare resumía en aquel “ser o no ser”. A partir de esa búsqueda personal empezamos también a explorar el mundo que nos rodea. 

Escribimos para encontrar respuestas y, precisamente porque nunca terminamos de encontrarlas, seguimos escribiendo. 

En sus novelas aparecen personajes muy vivos. ¿En qué momento dejan de pertenecerle y comienzan a tener una existencia propia, independiente de quien los creó? 

—Yo veo a mis personajes como si fueran hijos. No tengo hijos, pero imagino que debe parecerse mucho a eso: nacen de mi experiencia, de mis emociones y de todo lo que llevo dentro. 

Conforme avanzo en la escritura descubro en ellos nuevas aficiones, nuevos defectos, nuevos vicios. Poco a poco van construyendo su propia personalidad, se alejan de mí y empiezan a tomar decisiones que ya no dependen del autor. 

Muchas personas creen que es una forma de hablar, pero los personajes realmente nos hablan. Nos revelan cómo viven, qué desean, cuáles son sus gustos e incluso aspectos tan íntimos como sus preferencias sexuales. Llega un momento en que simplemente empiezan a existir por sí mismos. 

¿Cree que existen novelas que intentan explicarlo absolutamente todo y, cuando eso ocurre, qué cree que terminan perdiendo frente al lector? 

—Creo que pierden el contacto con los lectores. Yo me formé como escritor en el taller del gran cuentista mexicano Guillermo Samperio, con quien trabajé durante cuatro años y medio. 

Samperio siempre nos repetía que no debíamos sobreexplicar. Decía que eso volvía perezosos a los lectores, porque ellos también tienen que participar, reinterpretar lo que leen y completar la historia con su propia imaginación. 

Cuando leemos, dialogamos con los personajes, pero en realidad también dialogamos con el escritor. Por eso la novela debe dejar un andamiaje invisible para que el lector construya parte del relato. Solo entonces hace suya la historia y puede identificarse con un personaje de una forma distinta a como lo hará cualquier otro lector. 

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Para quienes todavía no conocen su obra, ¿cómo describiría el conjunto de su trabajo y por cuál de sus libros recomendaría comenzar ese recorrido? 

—Tengo una obra muy diversa. Escribo literatura infantil para pequeños lectores, poesía, novela juvenil y también novela histórica. 

Entre mis libros están Un corazón para Eva y Una eternidad para Eva, además de novelas como El orden infinito La letra alemana, la obra que me ha traído a FILGUA. Está ambientada en el gueto de Varsovia durante la Segunda Guerra Mundial y, con casi 500 páginas, es la novela más ambiciosa que he escrito. 

Me considero un escritor de largo aliento. Me gustan las novelas extensas, con muchos personajes e historias que se entrelazan. Aspiro a acompañar al lector durante mucho tiempo, no únicamente durante un fin de semana de lectura. 

También está Cállate niña, protagonizada por una bailarina clásica. Aunque la historia transcurre en el año 2000, recorre las tres décadas anteriores de la historia de México, desde el levantamiento zapatista hasta la guerra sucia, pasando por el periodo especial cubano y la Camorra napolitana. El mayor reto fue narrarla desde la voz de una mujer. 

Después de varias novelas publicadas y de una obra tan extensa, ¿todavía siente el temor que suele asociarse a la famosa página en blanco? 

—Más que miedo, siento respeto. En realidad, el verdadero desafío siempre es la primera página. Cada novela me recuerda que todavía tengo mucho que aprender como escritor. 

Antes de comenzar me hago preguntas fundamentales: quién contará la historia, desde qué punto de vista y para quién será contada. Encontrar esa voz narrativa determina el rumbo de toda la novela. 

Con La letra alemana, por ejemplo, descubrí que no era una niña quien debía contar la historia, sino esa misma niña muchos años después, recordando cómo sobrevivió a la guerra. Solo entonces la novela empezó a fluir. Ese tipo de descubrimientos son los que siguen enseñándome el oficio de escribir. 

Sus novelas buscan acompañar al lector durante mucho tiempo. Cuando alguien termina uno de sus libros, ¿cómo le gustaría permanecer en su memoria una semana después? 

—Me gustaría que el lector sintiera que ha vivido junto a alguno de mis personajes. A veces me dicen que una historia les recordó la vida de su abuela o que un personaje se parece mucho a ellos mismos. 

Cuando alguien percibe a un personaje como una persona de carne y hueso, siento que he acertado. Ahí la literatura deja de ser solamente una ficción y se convierte en una experiencia emocional. 

Entonces ya no tengo únicamente lectores: tengo cómplices. Esa complicidad también la encuentro en las redes sociales, donde converso con quienes leen mis libros y recibo tanto elogios como críticas. Ese diálogo permanente también forma parte de mi trabajo. 

Las redes sociales han cambiado la manera de leer y de relacionarse con los libros. ¿Qué cree que ha ganado la literatura y qué considera que ha perdido con esa transformación? 

—Lo mejor es la comunicación inmediata con los lectores. Hoy podemos saber casi al instante qué les provocó una novela y mantener un diálogo constante con ellos. 

Pero también existe una competencia enorme por captar su atención. Antes, Germán Dehesa decía que había que concederle 20 páginas a una novela antes de decidir abandonarla. Hoy ya no existe ese margen. 

Ahora el reto consiste en atrapar al lector desde la primera línea. Si no lo haces, deja el libro, toma el teléfono y continúa deslizando la pantalla. Esa exigencia, sin embargo, no nació con las redes sociales. Guillermo Samperio ya nos enseñaba que una novela debía comenzar con acción o con un diálogo capaz de despertar inmediatamente la curiosidad del lector. 

Si un lector guatemalteco quisiera iniciarse en la literatura mexicana contemporánea, ¿por qué autores y por qué libros le recomendaría comenzar ese viaje? 

—Afortunadamente, hoy existe una generación extraordinaria de escritoras mexicanas. Recomendaría, por ejemplo, a Gilma Luque, Brenda Navarro y Dahlia de la Cerda, todas con propuestas muy distintas y muy sólidas. 

Por supuesto, también hay clásicos imprescindibles como Juan Rulfo, autor de Pedro Páramo y El llano en llamas, una referencia obligada para cualquier lector de literatura mexicana. 

Además, recomendaría a Carlos Martín Briceño, magnífico cuentista yucateco; a David Martín del Campo y a Mónica Lavín. Hay muchísimos autores valiosos entre los que elegir y todos ofrecen puertas de entrada distintas a la literatura mexicana. 

Para terminar, ¿qué mensaje le gustaría dejar a los lectores guatemaltecos y qué impresión le deja una feria del libro como FILGUA? 

—Veo una feria mucho más viva que la de mi anterior visita, en 2022. Entonces todavía se sentían los efectos de la pandemia y el cambio de fechas había afectado mucho la asistencia. 

Ahora encuentro los pasillos llenos, más colegios y un ambiente mucho más dinámico. Me parece un gran acierto acercar a los jóvenes a los libros, incluso si llegan por obligación. 

Lo importante es que entren a los estands, tomen un libro, lo abran y lean sus primeras páginas. Alguno terminará enamorándose de la lectura. Si no los ponemos en contacto con los libros, inevitablemente seguirán refugiándose únicamente en el teléfono celular. 

Ese sería mi deseo: que se atrevan a leer la primera página de un libro. Tal vez descubran que esa primera página termina atrapándolos para siempre. 

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