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Juan Pablo Amado: cuando hacer reír también es una forma de sanar

.
Alicia Utrera
31 de julio, 2026

Antes de llenar teatros, de escuchar carcajadas al unísono o de convertirse en uno de los referentes del stand-up en Guatemala, atravesó un momento en el que todo parecía perder sentido. El trabajo no lo hacía feliz, las relaciones personales se desmoronaban y el entusiasmo por los días comenzaba a desaparecer. Fue precisamente en ese escenario, lejos de los reflectores, donde apareció la comedia como una forma de respirar cuando el aire parecía escasear. 

Juan Pablo nunca ha entendido el humor como un simple recurso para hacer reír. Detrás de cada historia hay una experiencia vivida, una observación paciente o una herida que encontró en el escenario una manera distinta de contarse. Quizá por eso sus rutinas conectan con personas tan diferentes entre sí. Porque detrás del chiste siempre hay algo profundamente humano: el miedo, la familia, los errores, el amor, la frustración o esa sensación de no saber exactamente qué hacer con la vida. En lugar de esconder esas emociones, decidió convertirlas en materia prima para construir una carrera que, con el paso de los años, ha trascendido el stand-up. 

Hoy, mientras ultima los ensayos de El último día, la primera obra teatral de su carrera, Juan Pablo vuelve a enfrentarse a esa mezcla de nervios e ilusión que acompaña todo comienzo importante. Solo que esta vez el reto es distinto. Ya no basta con un micrófono y una historia bien contada. Ahora hay actores, escenografía, luces, silencios y personajes que darán vida a episodios inspirados en su propia historia. El escenario cambia, pero la esencia permanece intacta: contar la vida con humor para recordar que incluso los momentos más difíciles pueden convertirse, algún día, en una buena historia. 

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El día que entendió que quería vivir de hacer reír 

Juan Pablo conserva un recuerdo uno con absoluta claridad. Hace poco más de una década tuvo la oportunidad de abrir el espectáculo del comediante mexicano Franco Escamilla. En aquel momento ya conocía el stand-up,pero verlo desde adentro transformó por completo su perspectiva. No solo observó a un comediante exitoso. Vio una producción impecable, un equipo perfectamente coordinado y cerca de 900 personas reunidas para disfrutar de un espectáculo construido con profesionalismo. Comprendió que el humor podía ser mucho más que una presentación de fin de semana; podía convertirse en una industria capaz de emocionar, convocar y transformar carreras. Ese día encontró el rumbo que quería seguir.  

Sin embargo, la decisión no nació únicamente de la admiración. También surgió de una necesidad profundamente personal. Mientras muchas personas dudan antes de cambiar el rumbo de su vida, él asegura que nunca tuvo que convencerse de intentarlo. El stand-up apareció cuando atravesaba uno de los momentos más complejos de su vida emocional. Lo describe como una etapa oscura, marcada por la insatisfacción laboral y problemas personales. En medio de ese panorama, subirse a un escenario dejó de ser un pasatiempo para convertirse en la única vía que encontraba para sentirse vivo. "Era la única vía positiva", recuerda al hablar de aquellos años.  

Aunque encontró rápidamente la certeza de que quería dedicarse a la comedia, el verdadero desafío apareció después. No era suficiente con hacer reír. Había que descubrir qué podía ofrecer él que nadie más tuviera. Durante años trabajó en construir una voz propia, un sello que no dependiera de imitaciones ni de fórmulas repetidas. En ese proceso entendió que el éxito de un comediante no está únicamente en la cantidad de carcajadas que provoca, sino en la autenticidad con la que logra contar aquello que solo él puede contar. Esa búsqueda, admite, es la parte más difícil del oficio y, al mismo tiempo, la más importante. 

La comedia nace mucho antes del escenario 

Existe una idea equivocada sobre el humor: pensar que quien hace reír simplemente improvisa. Detrás de un espectáculo hay mucho más de lo que el público alcanza a imaginar. Antes de que una rutina llegue al escenario hay horas de escritura, investigación, correcciones y observación. Hay palabras cuyo origen decide investigar porque quizá escondan un giro inesperado; situaciones cotidianas que desarma pieza por pieza hasta encontrar el detalle capaz de provocar una carcajada; ideas que aparecen durante una conversación cualquiera y terminan convertidas en un monólogo meses después. Para él, escribir humor se parece más al trabajo de un artesano que al de un improvisador.  

La disciplina también forma parte de esa construcción silenciosa. Mientras más preparado llega a un escenario, más natural parece todo. Esa aparente espontaneidad que percibe el público es, en realidad, el resultado de una rutina memorizada al detalle, ensayada una y otra vez hasta permitirle improvisar sin perder el hilo de la historia. "Entre más preparado estás, más relajado te ves", explica, desmontando uno de los mitos más frecuentes sobre la comedia.  

Pero quizá el aprendizaje más importante no ocurrió frente al computador ni durante los ensayos. Ocurrió observando a las personas. Con el paso de los años descubrió que todos compartimos emociones mucho más parecidas de lo que imaginamos. Detrás de diferentes edades, profesiones o historias personales existen miedos, pérdidas, inseguridades y recuerdos que terminan encontrándose en un mismo lugar: una sala llena de desconocidos riéndose exactamente del mismo momento. Allí entendió que el humor también podía ser un espejo. 

Cuando la risa también acompaña 

Con el tiempo, sus espectáculos comenzaron a cambiar. Las anécdotas sobre la vida cotidiana dieron paso a historias mucho más personales. Empezó a hablar de su infancia, de la familia, de las relaciones que lo marcaron y de los momentos que alguna vez le dolieron. Descubrió que la comedia no consiste únicamente en provocar carcajadas, sino en ponerle palabras a sentimientos que muchas personas experimentan, pero pocas se atreven a expresar. Esa honestidad terminó convirtiéndose en uno de los rasgos más reconocibles de su trabajo.  

No es casualidad que, al terminar una presentación, muchas personas se acerquen para hablarle menos de los chistes y más de lo que sintieron. Hay quienes le cuentan que ver sus videos ayudó a un familiar a sobrellevar una enfermedad; otros le dicen que sus espectáculos se convirtieron en una tradición familiar o que, después de perder a alguien importante, encontraron en su humor un recuerdo que les devolvía una sonrisa. Son historias que, reconoce, todavía lo conmueven. Porque detrás del escenario descubre que su trabajo trasciende el entretenimiento y, sin proponérselo, termina acompañando procesos muy íntimos de quienes lo siguen.  

Esa conexión también ha reforzado una idea que lo acompaña desde el inicio de su carrera: demostrar que en Guatemala es posible producir espectáculos con estándares internacionales. Para él, un show no empieza cuando toma el micrófono. Comienza desde que el público entra al recinto, escucha el sonido, observa la iluminación y vive una experiencia cuidada en cada detalle. Quiere que quienes asistan a una de sus presentaciones salgan con la certeza de que el talento guatemalteco puede competir de tú a tú con cualquier producción extranjera. Más que una meta personal, se ha convertido en una manera de dignificar el trabajo artístico hecho en el país.  

Quizá por eso habla con tanto agradecimiento de la comunidad que ha construido alrededor de su carrera. Más que sentir el peso de representar a una generación de comediantes, dice sentirse privilegiado por ocupar un espacio dentro de la escena nacional. Agradece a quienes compran una entrada, comparten un video o se acercan a saludarlo en la calle. Son gestos que, lejos de alimentar el ego, le recuerdan la responsabilidad de seguir creando historias capaces de conectar con la gente desde la honestidad. 

El telón se abre para un nuevo sueño 

Si el stand-up le enseñó a contar historias frente a un micrófono, el teatro le ha demostrado que una historia también puede respirar a través de otras voces. Durante años admiró a actores, directores y dramaturgos, imaginando que algún día tendría la oportunidad de explorar ese universo. Ese momento llegó con El último día, la primera obra teatral de su carrera, un proyecto que representa mucho más que un nuevo formato. Es la materialización de un sueño que llevaba años esperando el momento adecuado para salir a escena.  

La obra está inspirada en hechos reales de su propia vida. Sobre el escenario aparecen personajes construidos a partir de su familia, antiguos compañeros de trabajo, relaciones personales y episodios que marcaron su historia. Sin embargo, no se trata de una autobiografía solemne. El humor sigue siendo el hilo conductor. La diferencia es que ahora esas anécdotas cobran vida a través de un elenco que interpreta personas fundamentales en su camino, permitiéndole observar su propia historia desde una perspectiva completamente distinta. En cada personaje está Juan Pablo.  

El proceso también ha significado un aprendizaje como artista. Ensayos diarios, movimientos escénicos, trabajo colectivo, dirección actoral y una coordinación que involucra a más de una decena de personas le han permitido descubrir un oficio completamente diferente al del stand-up. Si antes bastaba con preparar una rutina en solitario, ahora entiende que el teatro exige confianza absoluta en un equipo.  

El último día tendrá ocho funciones en el Teatro Lux de la Ciudad de Guatemala, los viernes 7, 14, 21 y 28 de agosto a las 8:00 de la noche, y los sábados 8, 15, 22 y 29 de agosto a las 20:00 hrs. 

Al escucharlo hablar resulta evidente que el éxito nunca ha consistido únicamente en llenar un teatro o provocar una carcajada. Su mayor satisfacción está en otro lugar: en descubrir que una historia nacida del dolor puede convertirse en alivio para alguien más; que un recuerdo familiar puede despertar la nostalgia de un desconocido; que un escenario puede transformarse en un punto de encuentro para cientos de personas que, durante un par de horas, olvidan sus preocupaciones para reírse de aquello que también les pertenece. 

Quizá esa sea la verdadera esencia de su carrera. No la de un comediante que aprendió a hacer reír, sino la de un contador de historias que comprendió que el humor también puede abrazar, sanar y dejar recuerdos que permanecen mucho después de que el telón cae y las luces del teatro se apagan. 

 

 

Juan Pablo Amado: cuando hacer reír también es una forma de sanar

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Alicia Utrera
31 de julio, 2026

Antes de llenar teatros, de escuchar carcajadas al unísono o de convertirse en uno de los referentes del stand-up en Guatemala, atravesó un momento en el que todo parecía perder sentido. El trabajo no lo hacía feliz, las relaciones personales se desmoronaban y el entusiasmo por los días comenzaba a desaparecer. Fue precisamente en ese escenario, lejos de los reflectores, donde apareció la comedia como una forma de respirar cuando el aire parecía escasear. 

Juan Pablo nunca ha entendido el humor como un simple recurso para hacer reír. Detrás de cada historia hay una experiencia vivida, una observación paciente o una herida que encontró en el escenario una manera distinta de contarse. Quizá por eso sus rutinas conectan con personas tan diferentes entre sí. Porque detrás del chiste siempre hay algo profundamente humano: el miedo, la familia, los errores, el amor, la frustración o esa sensación de no saber exactamente qué hacer con la vida. En lugar de esconder esas emociones, decidió convertirlas en materia prima para construir una carrera que, con el paso de los años, ha trascendido el stand-up. 

Hoy, mientras ultima los ensayos de El último día, la primera obra teatral de su carrera, Juan Pablo vuelve a enfrentarse a esa mezcla de nervios e ilusión que acompaña todo comienzo importante. Solo que esta vez el reto es distinto. Ya no basta con un micrófono y una historia bien contada. Ahora hay actores, escenografía, luces, silencios y personajes que darán vida a episodios inspirados en su propia historia. El escenario cambia, pero la esencia permanece intacta: contar la vida con humor para recordar que incluso los momentos más difíciles pueden convertirse, algún día, en una buena historia. 

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El día que entendió que quería vivir de hacer reír 

Juan Pablo conserva un recuerdo uno con absoluta claridad. Hace poco más de una década tuvo la oportunidad de abrir el espectáculo del comediante mexicano Franco Escamilla. En aquel momento ya conocía el stand-up,pero verlo desde adentro transformó por completo su perspectiva. No solo observó a un comediante exitoso. Vio una producción impecable, un equipo perfectamente coordinado y cerca de 900 personas reunidas para disfrutar de un espectáculo construido con profesionalismo. Comprendió que el humor podía ser mucho más que una presentación de fin de semana; podía convertirse en una industria capaz de emocionar, convocar y transformar carreras. Ese día encontró el rumbo que quería seguir.  

Sin embargo, la decisión no nació únicamente de la admiración. También surgió de una necesidad profundamente personal. Mientras muchas personas dudan antes de cambiar el rumbo de su vida, él asegura que nunca tuvo que convencerse de intentarlo. El stand-up apareció cuando atravesaba uno de los momentos más complejos de su vida emocional. Lo describe como una etapa oscura, marcada por la insatisfacción laboral y problemas personales. En medio de ese panorama, subirse a un escenario dejó de ser un pasatiempo para convertirse en la única vía que encontraba para sentirse vivo. "Era la única vía positiva", recuerda al hablar de aquellos años.  

Aunque encontró rápidamente la certeza de que quería dedicarse a la comedia, el verdadero desafío apareció después. No era suficiente con hacer reír. Había que descubrir qué podía ofrecer él que nadie más tuviera. Durante años trabajó en construir una voz propia, un sello que no dependiera de imitaciones ni de fórmulas repetidas. En ese proceso entendió que el éxito de un comediante no está únicamente en la cantidad de carcajadas que provoca, sino en la autenticidad con la que logra contar aquello que solo él puede contar. Esa búsqueda, admite, es la parte más difícil del oficio y, al mismo tiempo, la más importante. 

La comedia nace mucho antes del escenario 

Existe una idea equivocada sobre el humor: pensar que quien hace reír simplemente improvisa. Detrás de un espectáculo hay mucho más de lo que el público alcanza a imaginar. Antes de que una rutina llegue al escenario hay horas de escritura, investigación, correcciones y observación. Hay palabras cuyo origen decide investigar porque quizá escondan un giro inesperado; situaciones cotidianas que desarma pieza por pieza hasta encontrar el detalle capaz de provocar una carcajada; ideas que aparecen durante una conversación cualquiera y terminan convertidas en un monólogo meses después. Para él, escribir humor se parece más al trabajo de un artesano que al de un improvisador.  

La disciplina también forma parte de esa construcción silenciosa. Mientras más preparado llega a un escenario, más natural parece todo. Esa aparente espontaneidad que percibe el público es, en realidad, el resultado de una rutina memorizada al detalle, ensayada una y otra vez hasta permitirle improvisar sin perder el hilo de la historia. "Entre más preparado estás, más relajado te ves", explica, desmontando uno de los mitos más frecuentes sobre la comedia.  

Pero quizá el aprendizaje más importante no ocurrió frente al computador ni durante los ensayos. Ocurrió observando a las personas. Con el paso de los años descubrió que todos compartimos emociones mucho más parecidas de lo que imaginamos. Detrás de diferentes edades, profesiones o historias personales existen miedos, pérdidas, inseguridades y recuerdos que terminan encontrándose en un mismo lugar: una sala llena de desconocidos riéndose exactamente del mismo momento. Allí entendió que el humor también podía ser un espejo. 

Cuando la risa también acompaña 

Con el tiempo, sus espectáculos comenzaron a cambiar. Las anécdotas sobre la vida cotidiana dieron paso a historias mucho más personales. Empezó a hablar de su infancia, de la familia, de las relaciones que lo marcaron y de los momentos que alguna vez le dolieron. Descubrió que la comedia no consiste únicamente en provocar carcajadas, sino en ponerle palabras a sentimientos que muchas personas experimentan, pero pocas se atreven a expresar. Esa honestidad terminó convirtiéndose en uno de los rasgos más reconocibles de su trabajo.  

No es casualidad que, al terminar una presentación, muchas personas se acerquen para hablarle menos de los chistes y más de lo que sintieron. Hay quienes le cuentan que ver sus videos ayudó a un familiar a sobrellevar una enfermedad; otros le dicen que sus espectáculos se convirtieron en una tradición familiar o que, después de perder a alguien importante, encontraron en su humor un recuerdo que les devolvía una sonrisa. Son historias que, reconoce, todavía lo conmueven. Porque detrás del escenario descubre que su trabajo trasciende el entretenimiento y, sin proponérselo, termina acompañando procesos muy íntimos de quienes lo siguen.  

Esa conexión también ha reforzado una idea que lo acompaña desde el inicio de su carrera: demostrar que en Guatemala es posible producir espectáculos con estándares internacionales. Para él, un show no empieza cuando toma el micrófono. Comienza desde que el público entra al recinto, escucha el sonido, observa la iluminación y vive una experiencia cuidada en cada detalle. Quiere que quienes asistan a una de sus presentaciones salgan con la certeza de que el talento guatemalteco puede competir de tú a tú con cualquier producción extranjera. Más que una meta personal, se ha convertido en una manera de dignificar el trabajo artístico hecho en el país.  

Quizá por eso habla con tanto agradecimiento de la comunidad que ha construido alrededor de su carrera. Más que sentir el peso de representar a una generación de comediantes, dice sentirse privilegiado por ocupar un espacio dentro de la escena nacional. Agradece a quienes compran una entrada, comparten un video o se acercan a saludarlo en la calle. Son gestos que, lejos de alimentar el ego, le recuerdan la responsabilidad de seguir creando historias capaces de conectar con la gente desde la honestidad. 

El telón se abre para un nuevo sueño 

Si el stand-up le enseñó a contar historias frente a un micrófono, el teatro le ha demostrado que una historia también puede respirar a través de otras voces. Durante años admiró a actores, directores y dramaturgos, imaginando que algún día tendría la oportunidad de explorar ese universo. Ese momento llegó con El último día, la primera obra teatral de su carrera, un proyecto que representa mucho más que un nuevo formato. Es la materialización de un sueño que llevaba años esperando el momento adecuado para salir a escena.  

La obra está inspirada en hechos reales de su propia vida. Sobre el escenario aparecen personajes construidos a partir de su familia, antiguos compañeros de trabajo, relaciones personales y episodios que marcaron su historia. Sin embargo, no se trata de una autobiografía solemne. El humor sigue siendo el hilo conductor. La diferencia es que ahora esas anécdotas cobran vida a través de un elenco que interpreta personas fundamentales en su camino, permitiéndole observar su propia historia desde una perspectiva completamente distinta. En cada personaje está Juan Pablo.  

El proceso también ha significado un aprendizaje como artista. Ensayos diarios, movimientos escénicos, trabajo colectivo, dirección actoral y una coordinación que involucra a más de una decena de personas le han permitido descubrir un oficio completamente diferente al del stand-up. Si antes bastaba con preparar una rutina en solitario, ahora entiende que el teatro exige confianza absoluta en un equipo.  

El último día tendrá ocho funciones en el Teatro Lux de la Ciudad de Guatemala, los viernes 7, 14, 21 y 28 de agosto a las 8:00 de la noche, y los sábados 8, 15, 22 y 29 de agosto a las 20:00 hrs. 

Al escucharlo hablar resulta evidente que el éxito nunca ha consistido únicamente en llenar un teatro o provocar una carcajada. Su mayor satisfacción está en otro lugar: en descubrir que una historia nacida del dolor puede convertirse en alivio para alguien más; que un recuerdo familiar puede despertar la nostalgia de un desconocido; que un escenario puede transformarse en un punto de encuentro para cientos de personas que, durante un par de horas, olvidan sus preocupaciones para reírse de aquello que también les pertenece. 

Quizá esa sea la verdadera esencia de su carrera. No la de un comediante que aprendió a hacer reír, sino la de un contador de historias que comprendió que el humor también puede abrazar, sanar y dejar recuerdos que permanecen mucho después de que el telón cae y las luces del teatro se apagan. 

 

 

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