La historia puede contarse desde los grandes acontecimientos, pero también desde una copa de vino, un sello de correos, una receta o la biografía de una mujer que apenas ocupa unas líneas en los manuales. Ese es el territorio en el que trabaja Isabel Revuelta Poo (Ciudad de México, 1973), una de las divulgadoras históricas más reconocidas de México y una firme defensora de una idea tan sencilla como exigente: el rigor académico no está reñido con la capacidad de llegar al gran público.
Internacionalista, historiadora del arte, investigadora y docente, fue profesora del Departamento de Arte de la Universidad Iberoamericana y fundó el proyecto La historia sin mayúscula, desde el que propone una mirada más cercana a los procesos históricos y a quienes los protagonizaron. Su trayectoria combina la investigación con una intensa labor de difusión cultural, desarrollada en colaboración con instituciones como el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta), el Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA) y el Auditorio Nacional.
Autora de ensayos sobre historia cultural mexicana, entre ellos La iconografía de los timbres mexicanos, La historia de la cerveza en México y Centurias de Historia en los viñedos mexicanos, ha participado también en obras colectivas como México 200 años. La patria en construcción y Cara o cruz: Miguel Hidalgo. Desde la televisión ha contribuido a desmontar tópicos y acercar el pasado a nuevas generaciones, una labor que continúa con Hijas de la historia 2, donde recupera la memoria de ocho mujeres decisivas para comprender la construcción histórica de México sin caer en mitificaciones ni simplificaciones.
Tras estudiar la historia de los viñedos y del vino en México, ¿qué crees que cuenta mejor la historia de un país: sus archivos o su mesa?
—Por supuesto que la comida habla mucho de lo que somos. En el caso de México, ahí está ese mestizaje que no es solamente biológico, sino también un profundo sincretismo cultural. La mesa y la gastronomía son una prueba magnífica de ello.
Cuando estudias, por ejemplo, la historia de la cerveza en México, descubres que muy pronto se concedió permiso a un hombre de apellido Herrera para elaborarla. Carlos V —Carlos I de España— viajaba con su maestro cervecero, así que tenía todo el sentido del mundo impulsar su producción en el nuevo territorio.
Los primeros años tras la conquista, la cerveza solo podía hacerse donde abundaba el agua: en el valle de México, alimentado por las corrientes que descendían de los volcanes. Si pensamos que entre el 70 y el 80 % del cuerpo y del sabor de una cerveza depende precisamente del agua, entendemos cómo el territorio también forma parte de esa historia.
Después el permiso dejó de concederse porque la cerveza debía comprarse a la metrópoli, pero ese episodio nos permite comprender mejor aquellos 300 años. No hubo únicamente un mestizaje biológico; hubo, sobre todo, un extraordinario sincretismo cultural.
¿Qué crees que dejamos de comprender hoy cuando desconocemos nuestra propia historia y renunciamos a entender de dónde venimos?
—Dejamos de comprendernos a nosotros mismos. La historia es un antídoto: sirve para saber quién eres, conocerte, ubicarte y mirar hacia el futuro con mayor claridad, porque entiendes plenamente de dónde vienes.
Eso te da certeza. Sabes quién eres, de dónde provienes y cómo te has formado. Lo que transmite la historia es continuidad, algo fundamental para cualquier sociedad.
Todos sentimos orgullo de pertenecer a un equipo o a un club. Nuestra historia es precisamente esa camiseta: decir “yo vengo de aquí”. Eso nos da pertenencia y nos permite proyectarnos hacia el futuro con continuidad. Conocer bien nuestra historia es una manera de ser más completos.
Antes de hablar de las mujeres y de tu libro, me gustaría preguntarte por las redes sociales. ¿Cuál crees que ha sido el mayor malentendido al trasladar la historia a ese ámbito y qué hemos ganado y qué hemos perdido?
—Llegar a públicos cada vez más amplios siempre ha sido una misión. Las redes sociales abren el mundo, igual que en su día lo hicieron la radio o la televisión.
El problema aparece cuando la divulgación pierde el rigor académico. Divulgar es maravilloso, pero si no existe investigación detrás, termina convirtiéndose en un problema. Hay que encontrar ese punto exacto entre hacer la historia accesible y mantener toda la seriedad del trabajo histórico.
La investigación es indispensable, aunque eso no significa que el resultado tenga que ser pesado o indigesto. El reto consiste en hacerla amena sin renunciar al rigor. Ese es el equilibrio al que aspiro.
Hoy la atención del público es mínima. Incluso un video de dos o tres minutos ya cuesta mantenerlo. Como divulgadores e historiadores debemos encontrar nuevas formas de transmitir nuestra historia y nuestra cultura de manera eficaz.
No es un desafío nuevo. También ocurrió con la aparición de los grandes medios de comunicación y del propio periódico. Entonces hubo que aprender a contar la historia para públicos mucho más amplios. Quizá convenga mirar cómo se resolvió aquel desafío para afrontar mejor el que tenemos delante.
También escribes para el gran público. ¿Cómo decides cuándo una investigación histórica está preparada para convertirse en una historia que cualquier lector pueda disfrutar?
—Siempre intento hacerlo desde la verdad, si se me permite la expresión. También acepto que ningún historiador es completamente objetivo: nuestra formación, nuestra mirada y las decisiones que tomamos son, en cierto modo, una forma de curaduría. Elegimos.
Al mismo tiempo, yo también formo parte de ese público. Desde niña me apasionaba que me contaran historias. Cuando le quitas la mayúscula a la Historia y entiendes que todos vamos hilvanando ese gran lienzo con nuestras propias vidas, descubres algo esencial.
A la gente le interesan esas pequeñas historias que conforman la vida cotidiana. Los grandes acontecimientos históricos son importantes, pero, sin contexto, no dejan de ser datos aislados con los que nadie logra identificarse.
Lo que me ha funcionado es ayudar a que el lector se sitúe en cada época, encuentre referencias cercanas, recuerde algo que le contaba su abuela o que vivió su familia. Así empieza a reconocerse dentro de la historia.
La gran historia académica es imprescindible. Pero si permanece encerrada en los archivos, no llega al público. Hay que contarla de forma cercana para que las personas establezcan un vínculo con ella.
No siempre es sencillo. Existen divulgadores que carecen de rigor o que se dejan arrastrar por las narrativas políticas del momento. Yo procuro acudir siempre a los documentos y a los archivos. Mi trabajo consiste en absorber una enorme cantidad de información, procesarla y devolverla convertida en un relato cotidiano, comprensible y cercano.
Lo que me cuentas y cómo me lo cuentas me recuerda a Miguel de Unamuno y su concepto de la intrahistoria. ¿Te reconoces en esa manera de entender la historia?
—Sí, claro. Y, por supuesto, esa intrahistoria y esa microhistoria son fundamentales. Todos vamos hilvanando ese gran lienzo de la historia con nuestras propias vidas. Por eso nos interesan tanto esas pequeñas historias: porque, en realidad, nos estamos buscando a nosotros mismos.
Alguien podría preguntarse cómo un español, una mexicana o un guatemalteco pueden encontrarse en la historia de Roma. Pues precisamente así: porque el lenguaje, las lenguas romances y nuestra propia cultura establecen esos hilos invisibles que nos conectan.
Empezamos a tender conexiones y descubrimos que todos estamos, de alguna manera, plasmados en ese gran relato común. Esa forma de entender la historia es la que, últimamente, mejor me ha funcionado.
Hablemos de Hijas de la historia. Desde que decidiste mirar la historia de México a través de las mujeres, ¿qué ha cambiado realmente en tu manera de comprender el pasado mexicano?
—Las mujeres siempre hemos estado presentes en la historia. Lo que ha cambiado es la manera de mirarlas. No somos nosotros quienes las empoderamos —además, ese término está muy manoseado—; ellas siempre estuvieron ahí, participando y dando un paso más en los momentos decisivos y también en los cotidianos.
Este trabajo me ha llevado a querer contemplar el proceso completo. No me entusiasman las biografías convertidas en simples monografías. Está bien rescatar nombres olvidados, pero resulta mucho más interesante situar a cada mujer dentro de su contexto histórico, junto a sus contemporáneos, entendiendo cómo se pensaba, cómo se gobernaba y cómo vivía la sociedad.
Eso le da un verdadero rostro como persona y permite comprender su aportación. Por eso cada vez me convencen menos esas clases basadas únicamente en memorizar fechas y nombres. Sin contexto no existe comprensión.
Además, me gusta disponer del espacio suficiente para explicar no solo cuándo nació o murió alguien, sino por qué actuó de determinada manera, qué papel desempeñó su familia, cómo se relacionó con su época y cómo enlazó con el periodo siguiente. Así entiendo a las mujeres: como protagonistas de procesos compartidos con hombres, nunca aisladas de su contexto.
¿Existe el riesgo de sustituir una historia incompleta por otra igualmente incompleta?
—No solo existe ese riesgo: ya está ocurriendo. Hay una enorme deuda historiográfica con las mujeres, pero también estamos cayendo en nuevas modas narrativas. Muchas quedaron fuera de los relatos tradicionales o fueron mal interpretadas desde su propio tiempo, como ocurre con Malintzin, la primera protagonista de mi obra.
Con frecuencia encontramos dos extremos: mujeres convertidas en heroínas perfectas, dulcísimas y madres de la patria, o auténticas villanas sin matices. Lo mismo sucede con muchos personajes masculinos. Ninguna de esas dos visiones ayuda realmente a comprender la historia.
Al visibilizarlas tampoco debemos convertirlas automáticamente en heroínas por el hecho de ser mujeres. Margarita Maza, por ejemplo, no necesita ser más grande que Benito Juárez; simplemente merece que se ilumine su papel histórico. Cuando hacemos eso descubrimos personas reales, con aciertos, errores, tragedias y contradicciones.
No hagamos héroes ni villanos, ni de hombres ni de mujeres. Si cambiamos un sesgo por otro, volvemos a desdibujar a los personajes y, con ellos, también nuestra propia historia.
Si tuvieras que elegir un episodio de la historia de México que sigue siendo incómodo porque nunca se ha contado del todo bien, ¿cuál señalarías?
—Sin duda, la fundación de México. No podemos apartar la mirada de ese momento. México, Centroamérica y toda América formaron parte durante tres siglos de una historia global que no puede entenderse aislada del resto del mundo.
Cuando juzgamos aquellos acontecimientos con criterios exclusivamente actuales, dejamos de comprenderlos. No estoy justificando la violencia; simplemente intento quitar el lente del presente para entender procesos que ocurrieron hace 500 años. Si uno se pelea con su origen, termina por desdibujarse.
Por eso en mis libros hablo de la conquista, pero también de todo lo que existía antes. En Mesoamérica ya había imperios que, como tantos otros en Asia, África o Europa, imponían su poder, su religión y sus tributos. Ese contexto también forma parte de la historia.
Después llegaron los viajes oceánicos y el mundo empezó a conectarse de otra manera. Surgieron conquistas, fundaciones y nuevas sociedades. Mi periodo favorito no es solo la conquista, sino, sobre todo, los 300 años posteriores, ese inmenso laboratorio cultural del que nacen nuestra comida, nuestras costumbres, nuestras creencias y nuestra identidad.
Somos fruto de un mestizaje extraordinario. No podemos afirmar que somos únicamente prehispánicos, porque sería falso. Tampoco tiene sentido renegar de esa mezcla. Nuestro origen está precisamente en esa fusión de culturas que nos hace únicos.
Por eso creo que debemos seguir iluminando ese periodo sin tragedias impostadas, sin desgarrarnos las vestiduras y sin someternos a las narrativas que, en distintos momentos, han utilizado los gobiernos para interpretar el pasado.
No se puede renunciar a una parte de la historia. La historia es la suma de todo lo que nos ha formado y solamente comprendiéndola en su conjunto podemos comprendernos también a nosotros mismos.
Si pudieras eliminar un solo mito de la historia de México, ¿cuál elegirías por considerarlo el más perjudicial?
—Eliminaría la idea de que fuimos únicamente un pueblo violado y ultrajado. Insisto: antes existía el Imperio mexica. Si preguntas a los tlaxcaltecas, ellos mismos han contado a lo largo de su historia por qué decidieron aliarse con los españoles y qué sufrían bajo ese dominio.
Me gustaría desterrar el mito de que estamos condenados a una historia permanente de sufrimiento o de derrota. No fue así. Somos tlaxcaltecas, cholultecas, mexicas, mayas… Somos todos. Del mismo modo que los españoles tampoco eran un bloque homogéneo: antes de ellos estuvieron los romanos, el mundo árabe y tantas otras influencias.
¿Por qué no hacer las paces con nuestro origen? Claro que hubo violencia; fue una guerra. No la justifico. Pero estamos perdiendo la oportunidad de comprendernos y de sentirnos orgullosos de lo que somos por aferrarnos a narrativas simplificadoras.
Admiro profundamente a Octavio Paz, pero, como mexicana, yo no me siento “hija de la chingada”. Creo que debemos superar ese complejo y asumir nuestra historia en toda su riqueza. México es un país maravilloso con unos orígenes extraordinarios que merecen ser conocidos y compartidos.
En Centroamérica existe una enorme atención hacia México. ¿Crees que esa mirada es recíproca? ¿qué pueden aprender México y Centroamérica el uno del otro?
—Nuestros orígenes comunes. El Imperio mexica llegó hasta las costas de Centroamérica. Incluso el nombre de Nicaragua procede del náhuatl, y podría mencionar muchísimos otros ejemplos de territorios, costumbres y tradiciones compartidas.
Los mayas no conocían las fronteras políticas actuales. Lo que hoy encontramos en Chiapas también forma parte de Guatemala. El maya chontal, el quiché y tantas otras expresiones culturales nos recuerdan que compartimos un mismo origen.
También nos une la historia posterior a la conquista. Durante tres siglos circularon personas, mercancías, ideas y culturas entre las capitanías centroamericanas y el virreinato de Nueva España. Un intercambio extraordinario.
La ruta del Galeón de Manila unía Asia con Acapulco y, desde allí, los caminos reales atravesaban Centroamérica y Veracruz hasta llegar a Cádiz o Sevilla. Durante más de dos siglos y medio circularon productos, personas y conocimientos en ambos sentidos.
Por eso compartimos el maíz, los tamales —con distintos nombres— y buena parte de nuestra cultura gastronómica. No podemos dividir aquello que nos hermana, porque nuestro origen común es tanto prehispánico como fruto del mestizaje posterior.
Además, existe una profunda relación con Europa. Un ejemplo fue Alexander von Humboldt. ¿Qué importancia tuvo realmente su mirada sobre México?
—Me acabas de dar el mero mole, como decimos en México. Humboldt comprendió perfectamente ese virreinato del que hemos estado hablando. Llegó a una sociedad mestiza y la observó con una curiosidad extraordinaria, además desde una perspectiva muy distinta, porque procedía de una tradición protestante y fue invitado por los Borbones.
Su mirada sobre México es fascinante porque representa el valor del ojo del otro. Como mexicanos deberían obligarnos a leer a Humboldt en la escuela. Lo que escribió sobre nuestro país es magnífico y demuestra una enorme admiración por aquel territorio.
En realidad, sus obras son casi una carta de presentación dirigida a Europa para mostrar la riqueza de esa nueva sociedad. Habla de un pueblo nuevo, de una cultura nueva y describe una realidad que nacía en América.
No solo llamó a Ciudad de México “la ciudad de los palacios”. También realizó un inmenso trabajo científico y botánico, registrando especies y documentando la naturaleza con un rigor extraordinario. Ese legado pertenece hoy al patrimonio intelectual de toda la humanidad.
Si tuvieras que sentarte a conversar con una de las protagonistas de Hijas de la historia, ¿a quién elegirías y qué le preguntarías?
—Voy a enlazar esta pregunta con la anterior porque antes hablábamos de Humboldt y una de las mujeres que él conoció fue la Güera Rodríguez. Es uno de los personajes del primer volumen de Hijas de la historia y creo que representa muy bien lo que intento hacer con el libro.
La Güera Rodríguez ha pasado a la historia envuelta en una cantidad enorme de velos novelescos: la mujer más bella del virreinato, una cortesana, una figura escandalosa… Incluso Humboldt escribe que era una mujer bellísima. Pero ¿por qué reducirla únicamente a eso?
Las 18 protagonistas del libro me parecen imprescindibles. Todas ellas toman decisiones, se equivocan, aciertan y van tejiendo ese gran lienzo que es la historia de México. Si tuviera que elegir una sería la Güera Rodríguez porque representa el momento en que los criollos empezaban a sentirse parte de una realidad distinta.
Tras tres siglos de virreinato ya existía un profundo arraigo. La expulsión de los jesuitas fue un punto de inflexión enorme. Habían construido colegios, impulsado actividades económicas y contribuido a crear una identidad propia en América. Aquella ruptura hizo que muchos criollos empezaran a preguntarse quiénes eran realmente.
Lo que buscaban no era, en principio, la independencia, sino representación política. Querían ser escuchados. Eso mismo defendía José Rizal en Filipinas. La Güera Rodríguez organizaba tertulias políticas en su casa y se jugaba literalmente la vida por esas ideas. Ese tipo de voces siguen siendo necesarias hoy.
Y ya que estoy en Guatemala, no puedo dejar de mencionar a otra protagonista fascinante: la hija de Xicoténcatl.
Ella, igual que Tecuichpo —después Isabel Moctezuma—, pertenece a la gran nobleza indígena. Una procede del mundo mexica y la otra del tlaxcalteca, dos pueblos enfrentados durante generaciones.
La historiadora Camilla Townsend explica muy bien que los tlaxcaltecas entendieron que la mejor manera de construir el futuro era crear nuevos linajes mediante matrimonios. La hija de Xicoténcatl terminó casándose con Pedro de Alvarado y acabó sus días en Santiago de los Caballeros, la actual Antigua Guatemala.
Esa historia demuestra que todos estamos conectados. Por eso me emociona tanto estar hoy en Guatemala. Allí está enterrada ella, también su hija Leonor de Alvarado y, además, Bernal Díaz del Castillo escribió buena parte de su obra. Todo forma parte de una misma historia.
Podría hablar de las 18 protagonistas. La China Poblana, que ni era china ni poblana, sino una princesa hindú; la grana cochinilla, cuyo color conquistó Europa; o la Reina Roja de Palenque, cuyos restos nos permiten reconstruir cómo vivía una mujer hace 1300 años. Al final, el verdadero pretexto siempre es el mismo: hablar de ellas para contar la historia de México.
No tendría sentido sustituir la leyenda negra por una leyenda rosa. ¿Crees que ese equilibrio sigue siendo una de las grandes asignaturas pendientes cuando hablamos de la presencia española en América?
—Por supuesto. Y me gusta que plantees la pregunta así porque una leyenda rosa sería tan falsa como una leyenda negra.
En la América española no se fundaron colonias al estilo de otros imperios, sino virreinatos, es decir, nuevos reinos de la Corona. Eso no elimina la violencia del proceso, pero tampoco podemos ignorar que después de la guerra surgió una realidad completamente nueva.
Toda religión ha construido sus propios sacrificios. Los pueblos mesoamericanos también los tenían. Cuando llegó el cristianismo ofreció otra explicación del sacrificio: ya no era necesario entregar a un miembro de la familia porque ese sacrificio ya había sido realizado por Cristo. Esa idea produjo un enorme impacto en la cosmovisión indígena y ayuda a explicar el profundo sincretismo religioso desarrollado.
No se trata de justificar la conquista, sino de comprender cómo se produjo esa fusión cultural y religiosa durante tres siglos. Ese mestizaje terminó formando parte incluso del discurso de la independencia, porque uno de los pilares del Ejército Trigarante fue precisamente la religión católica.
Y hay otro episodio que me toca muy de cerca: el siglo XX. Cuando España sufrió la Guerra Civil, México abrió sus puertas al exilio republicano. Antes ya habían llegado los indianos; después llegaron científicos, escritores, artistas y pensadores que enriquecieron todavía más nuestra cultura.
Mi abuelo llegó exiliado desde Cantabria y mi padre nació ya en México. Por eso siento que compartimos muchísimo con España. Leonora Carrington, por ejemplo, también encontró refugio en México tras la guerra y terminó convirtiéndose en una de las grandes figuras de nuestra cultura. Todo eso también forma parte de nuestra historia común.
Para terminar, imagina que dentro de 100 años un historiador estudia nuestra época. ¿Cuál crees que será el mayor error de interpretación que podría cometer sobre nosotros?
—Que, teniendo tanta información, seguimos tropezando con las mismas piedras. La historia no se repite; lo que ocurre es que muchas veces no sabemos comprenderla.
Disponemos de enormes avances científicos, tecnológicos y políticos, pero seguimos cayendo en narrativas superficiales y simplificadoras que olvidan los procesos y los orígenes. Nos falta profundidad y también una mayor equidad, que no es lo mismo que igualdad.
Y, si pienso en las mujeres, ojalá dentro de 100 años alguien pueda escribir que aquellas hijas de la historia consiguieron cambiar la realidad. Que en México dejaron de asesinar a 11 mujeres al día y que cualquier niña pudo proyectar su vida con la certeza de que podría desarrollarla plenamente.
Eso será, para mí, la verdadera historia del futuro.
La historia puede contarse desde los grandes acontecimientos, pero también desde una copa de vino, un sello de correos, una receta o la biografía de una mujer que apenas ocupa unas líneas en los manuales. Ese es el territorio en el que trabaja Isabel Revuelta Poo (Ciudad de México, 1973), una de las divulgadoras históricas más reconocidas de México y una firme defensora de una idea tan sencilla como exigente: el rigor académico no está reñido con la capacidad de llegar al gran público.
Internacionalista, historiadora del arte, investigadora y docente, fue profesora del Departamento de Arte de la Universidad Iberoamericana y fundó el proyecto La historia sin mayúscula, desde el que propone una mirada más cercana a los procesos históricos y a quienes los protagonizaron. Su trayectoria combina la investigación con una intensa labor de difusión cultural, desarrollada en colaboración con instituciones como el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta), el Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA) y el Auditorio Nacional.
Autora de ensayos sobre historia cultural mexicana, entre ellos La iconografía de los timbres mexicanos, La historia de la cerveza en México y Centurias de Historia en los viñedos mexicanos, ha participado también en obras colectivas como México 200 años. La patria en construcción y Cara o cruz: Miguel Hidalgo. Desde la televisión ha contribuido a desmontar tópicos y acercar el pasado a nuevas generaciones, una labor que continúa con Hijas de la historia 2, donde recupera la memoria de ocho mujeres decisivas para comprender la construcción histórica de México sin caer en mitificaciones ni simplificaciones.
Tras estudiar la historia de los viñedos y del vino en México, ¿qué crees que cuenta mejor la historia de un país: sus archivos o su mesa?
—Por supuesto que la comida habla mucho de lo que somos. En el caso de México, ahí está ese mestizaje que no es solamente biológico, sino también un profundo sincretismo cultural. La mesa y la gastronomía son una prueba magnífica de ello.
Cuando estudias, por ejemplo, la historia de la cerveza en México, descubres que muy pronto se concedió permiso a un hombre de apellido Herrera para elaborarla. Carlos V —Carlos I de España— viajaba con su maestro cervecero, así que tenía todo el sentido del mundo impulsar su producción en el nuevo territorio.
Los primeros años tras la conquista, la cerveza solo podía hacerse donde abundaba el agua: en el valle de México, alimentado por las corrientes que descendían de los volcanes. Si pensamos que entre el 70 y el 80 % del cuerpo y del sabor de una cerveza depende precisamente del agua, entendemos cómo el territorio también forma parte de esa historia.
Después el permiso dejó de concederse porque la cerveza debía comprarse a la metrópoli, pero ese episodio nos permite comprender mejor aquellos 300 años. No hubo únicamente un mestizaje biológico; hubo, sobre todo, un extraordinario sincretismo cultural.
¿Qué crees que dejamos de comprender hoy cuando desconocemos nuestra propia historia y renunciamos a entender de dónde venimos?
—Dejamos de comprendernos a nosotros mismos. La historia es un antídoto: sirve para saber quién eres, conocerte, ubicarte y mirar hacia el futuro con mayor claridad, porque entiendes plenamente de dónde vienes.
Eso te da certeza. Sabes quién eres, de dónde provienes y cómo te has formado. Lo que transmite la historia es continuidad, algo fundamental para cualquier sociedad.
Todos sentimos orgullo de pertenecer a un equipo o a un club. Nuestra historia es precisamente esa camiseta: decir “yo vengo de aquí”. Eso nos da pertenencia y nos permite proyectarnos hacia el futuro con continuidad. Conocer bien nuestra historia es una manera de ser más completos.
Antes de hablar de las mujeres y de tu libro, me gustaría preguntarte por las redes sociales. ¿Cuál crees que ha sido el mayor malentendido al trasladar la historia a ese ámbito y qué hemos ganado y qué hemos perdido?
—Llegar a públicos cada vez más amplios siempre ha sido una misión. Las redes sociales abren el mundo, igual que en su día lo hicieron la radio o la televisión.
El problema aparece cuando la divulgación pierde el rigor académico. Divulgar es maravilloso, pero si no existe investigación detrás, termina convirtiéndose en un problema. Hay que encontrar ese punto exacto entre hacer la historia accesible y mantener toda la seriedad del trabajo histórico.
La investigación es indispensable, aunque eso no significa que el resultado tenga que ser pesado o indigesto. El reto consiste en hacerla amena sin renunciar al rigor. Ese es el equilibrio al que aspiro.
Hoy la atención del público es mínima. Incluso un video de dos o tres minutos ya cuesta mantenerlo. Como divulgadores e historiadores debemos encontrar nuevas formas de transmitir nuestra historia y nuestra cultura de manera eficaz.
No es un desafío nuevo. También ocurrió con la aparición de los grandes medios de comunicación y del propio periódico. Entonces hubo que aprender a contar la historia para públicos mucho más amplios. Quizá convenga mirar cómo se resolvió aquel desafío para afrontar mejor el que tenemos delante.
También escribes para el gran público. ¿Cómo decides cuándo una investigación histórica está preparada para convertirse en una historia que cualquier lector pueda disfrutar?
—Siempre intento hacerlo desde la verdad, si se me permite la expresión. También acepto que ningún historiador es completamente objetivo: nuestra formación, nuestra mirada y las decisiones que tomamos son, en cierto modo, una forma de curaduría. Elegimos.
Al mismo tiempo, yo también formo parte de ese público. Desde niña me apasionaba que me contaran historias. Cuando le quitas la mayúscula a la Historia y entiendes que todos vamos hilvanando ese gran lienzo con nuestras propias vidas, descubres algo esencial.
A la gente le interesan esas pequeñas historias que conforman la vida cotidiana. Los grandes acontecimientos históricos son importantes, pero, sin contexto, no dejan de ser datos aislados con los que nadie logra identificarse.
Lo que me ha funcionado es ayudar a que el lector se sitúe en cada época, encuentre referencias cercanas, recuerde algo que le contaba su abuela o que vivió su familia. Así empieza a reconocerse dentro de la historia.
La gran historia académica es imprescindible. Pero si permanece encerrada en los archivos, no llega al público. Hay que contarla de forma cercana para que las personas establezcan un vínculo con ella.
No siempre es sencillo. Existen divulgadores que carecen de rigor o que se dejan arrastrar por las narrativas políticas del momento. Yo procuro acudir siempre a los documentos y a los archivos. Mi trabajo consiste en absorber una enorme cantidad de información, procesarla y devolverla convertida en un relato cotidiano, comprensible y cercano.
Lo que me cuentas y cómo me lo cuentas me recuerda a Miguel de Unamuno y su concepto de la intrahistoria. ¿Te reconoces en esa manera de entender la historia?
—Sí, claro. Y, por supuesto, esa intrahistoria y esa microhistoria son fundamentales. Todos vamos hilvanando ese gran lienzo de la historia con nuestras propias vidas. Por eso nos interesan tanto esas pequeñas historias: porque, en realidad, nos estamos buscando a nosotros mismos.
Alguien podría preguntarse cómo un español, una mexicana o un guatemalteco pueden encontrarse en la historia de Roma. Pues precisamente así: porque el lenguaje, las lenguas romances y nuestra propia cultura establecen esos hilos invisibles que nos conectan.
Empezamos a tender conexiones y descubrimos que todos estamos, de alguna manera, plasmados en ese gran relato común. Esa forma de entender la historia es la que, últimamente, mejor me ha funcionado.
Hablemos de Hijas de la historia. Desde que decidiste mirar la historia de México a través de las mujeres, ¿qué ha cambiado realmente en tu manera de comprender el pasado mexicano?
—Las mujeres siempre hemos estado presentes en la historia. Lo que ha cambiado es la manera de mirarlas. No somos nosotros quienes las empoderamos —además, ese término está muy manoseado—; ellas siempre estuvieron ahí, participando y dando un paso más en los momentos decisivos y también en los cotidianos.
Este trabajo me ha llevado a querer contemplar el proceso completo. No me entusiasman las biografías convertidas en simples monografías. Está bien rescatar nombres olvidados, pero resulta mucho más interesante situar a cada mujer dentro de su contexto histórico, junto a sus contemporáneos, entendiendo cómo se pensaba, cómo se gobernaba y cómo vivía la sociedad.
Eso le da un verdadero rostro como persona y permite comprender su aportación. Por eso cada vez me convencen menos esas clases basadas únicamente en memorizar fechas y nombres. Sin contexto no existe comprensión.
Además, me gusta disponer del espacio suficiente para explicar no solo cuándo nació o murió alguien, sino por qué actuó de determinada manera, qué papel desempeñó su familia, cómo se relacionó con su época y cómo enlazó con el periodo siguiente. Así entiendo a las mujeres: como protagonistas de procesos compartidos con hombres, nunca aisladas de su contexto.
¿Existe el riesgo de sustituir una historia incompleta por otra igualmente incompleta?
—No solo existe ese riesgo: ya está ocurriendo. Hay una enorme deuda historiográfica con las mujeres, pero también estamos cayendo en nuevas modas narrativas. Muchas quedaron fuera de los relatos tradicionales o fueron mal interpretadas desde su propio tiempo, como ocurre con Malintzin, la primera protagonista de mi obra.
Con frecuencia encontramos dos extremos: mujeres convertidas en heroínas perfectas, dulcísimas y madres de la patria, o auténticas villanas sin matices. Lo mismo sucede con muchos personajes masculinos. Ninguna de esas dos visiones ayuda realmente a comprender la historia.
Al visibilizarlas tampoco debemos convertirlas automáticamente en heroínas por el hecho de ser mujeres. Margarita Maza, por ejemplo, no necesita ser más grande que Benito Juárez; simplemente merece que se ilumine su papel histórico. Cuando hacemos eso descubrimos personas reales, con aciertos, errores, tragedias y contradicciones.
No hagamos héroes ni villanos, ni de hombres ni de mujeres. Si cambiamos un sesgo por otro, volvemos a desdibujar a los personajes y, con ellos, también nuestra propia historia.
Si tuvieras que elegir un episodio de la historia de México que sigue siendo incómodo porque nunca se ha contado del todo bien, ¿cuál señalarías?
—Sin duda, la fundación de México. No podemos apartar la mirada de ese momento. México, Centroamérica y toda América formaron parte durante tres siglos de una historia global que no puede entenderse aislada del resto del mundo.
Cuando juzgamos aquellos acontecimientos con criterios exclusivamente actuales, dejamos de comprenderlos. No estoy justificando la violencia; simplemente intento quitar el lente del presente para entender procesos que ocurrieron hace 500 años. Si uno se pelea con su origen, termina por desdibujarse.
Por eso en mis libros hablo de la conquista, pero también de todo lo que existía antes. En Mesoamérica ya había imperios que, como tantos otros en Asia, África o Europa, imponían su poder, su religión y sus tributos. Ese contexto también forma parte de la historia.
Después llegaron los viajes oceánicos y el mundo empezó a conectarse de otra manera. Surgieron conquistas, fundaciones y nuevas sociedades. Mi periodo favorito no es solo la conquista, sino, sobre todo, los 300 años posteriores, ese inmenso laboratorio cultural del que nacen nuestra comida, nuestras costumbres, nuestras creencias y nuestra identidad.
Somos fruto de un mestizaje extraordinario. No podemos afirmar que somos únicamente prehispánicos, porque sería falso. Tampoco tiene sentido renegar de esa mezcla. Nuestro origen está precisamente en esa fusión de culturas que nos hace únicos.
Por eso creo que debemos seguir iluminando ese periodo sin tragedias impostadas, sin desgarrarnos las vestiduras y sin someternos a las narrativas que, en distintos momentos, han utilizado los gobiernos para interpretar el pasado.
No se puede renunciar a una parte de la historia. La historia es la suma de todo lo que nos ha formado y solamente comprendiéndola en su conjunto podemos comprendernos también a nosotros mismos.
Si pudieras eliminar un solo mito de la historia de México, ¿cuál elegirías por considerarlo el más perjudicial?
—Eliminaría la idea de que fuimos únicamente un pueblo violado y ultrajado. Insisto: antes existía el Imperio mexica. Si preguntas a los tlaxcaltecas, ellos mismos han contado a lo largo de su historia por qué decidieron aliarse con los españoles y qué sufrían bajo ese dominio.
Me gustaría desterrar el mito de que estamos condenados a una historia permanente de sufrimiento o de derrota. No fue así. Somos tlaxcaltecas, cholultecas, mexicas, mayas… Somos todos. Del mismo modo que los españoles tampoco eran un bloque homogéneo: antes de ellos estuvieron los romanos, el mundo árabe y tantas otras influencias.
¿Por qué no hacer las paces con nuestro origen? Claro que hubo violencia; fue una guerra. No la justifico. Pero estamos perdiendo la oportunidad de comprendernos y de sentirnos orgullosos de lo que somos por aferrarnos a narrativas simplificadoras.
Admiro profundamente a Octavio Paz, pero, como mexicana, yo no me siento “hija de la chingada”. Creo que debemos superar ese complejo y asumir nuestra historia en toda su riqueza. México es un país maravilloso con unos orígenes extraordinarios que merecen ser conocidos y compartidos.
En Centroamérica existe una enorme atención hacia México. ¿Crees que esa mirada es recíproca? ¿qué pueden aprender México y Centroamérica el uno del otro?
—Nuestros orígenes comunes. El Imperio mexica llegó hasta las costas de Centroamérica. Incluso el nombre de Nicaragua procede del náhuatl, y podría mencionar muchísimos otros ejemplos de territorios, costumbres y tradiciones compartidas.
Los mayas no conocían las fronteras políticas actuales. Lo que hoy encontramos en Chiapas también forma parte de Guatemala. El maya chontal, el quiché y tantas otras expresiones culturales nos recuerdan que compartimos un mismo origen.
También nos une la historia posterior a la conquista. Durante tres siglos circularon personas, mercancías, ideas y culturas entre las capitanías centroamericanas y el virreinato de Nueva España. Un intercambio extraordinario.
La ruta del Galeón de Manila unía Asia con Acapulco y, desde allí, los caminos reales atravesaban Centroamérica y Veracruz hasta llegar a Cádiz o Sevilla. Durante más de dos siglos y medio circularon productos, personas y conocimientos en ambos sentidos.
Por eso compartimos el maíz, los tamales —con distintos nombres— y buena parte de nuestra cultura gastronómica. No podemos dividir aquello que nos hermana, porque nuestro origen común es tanto prehispánico como fruto del mestizaje posterior.
Además, existe una profunda relación con Europa. Un ejemplo fue Alexander von Humboldt. ¿Qué importancia tuvo realmente su mirada sobre México?
—Me acabas de dar el mero mole, como decimos en México. Humboldt comprendió perfectamente ese virreinato del que hemos estado hablando. Llegó a una sociedad mestiza y la observó con una curiosidad extraordinaria, además desde una perspectiva muy distinta, porque procedía de una tradición protestante y fue invitado por los Borbones.
Su mirada sobre México es fascinante porque representa el valor del ojo del otro. Como mexicanos deberían obligarnos a leer a Humboldt en la escuela. Lo que escribió sobre nuestro país es magnífico y demuestra una enorme admiración por aquel territorio.
En realidad, sus obras son casi una carta de presentación dirigida a Europa para mostrar la riqueza de esa nueva sociedad. Habla de un pueblo nuevo, de una cultura nueva y describe una realidad que nacía en América.
No solo llamó a Ciudad de México “la ciudad de los palacios”. También realizó un inmenso trabajo científico y botánico, registrando especies y documentando la naturaleza con un rigor extraordinario. Ese legado pertenece hoy al patrimonio intelectual de toda la humanidad.
Si tuvieras que sentarte a conversar con una de las protagonistas de Hijas de la historia, ¿a quién elegirías y qué le preguntarías?
—Voy a enlazar esta pregunta con la anterior porque antes hablábamos de Humboldt y una de las mujeres que él conoció fue la Güera Rodríguez. Es uno de los personajes del primer volumen de Hijas de la historia y creo que representa muy bien lo que intento hacer con el libro.
La Güera Rodríguez ha pasado a la historia envuelta en una cantidad enorme de velos novelescos: la mujer más bella del virreinato, una cortesana, una figura escandalosa… Incluso Humboldt escribe que era una mujer bellísima. Pero ¿por qué reducirla únicamente a eso?
Las 18 protagonistas del libro me parecen imprescindibles. Todas ellas toman decisiones, se equivocan, aciertan y van tejiendo ese gran lienzo que es la historia de México. Si tuviera que elegir una sería la Güera Rodríguez porque representa el momento en que los criollos empezaban a sentirse parte de una realidad distinta.
Tras tres siglos de virreinato ya existía un profundo arraigo. La expulsión de los jesuitas fue un punto de inflexión enorme. Habían construido colegios, impulsado actividades económicas y contribuido a crear una identidad propia en América. Aquella ruptura hizo que muchos criollos empezaran a preguntarse quiénes eran realmente.
Lo que buscaban no era, en principio, la independencia, sino representación política. Querían ser escuchados. Eso mismo defendía José Rizal en Filipinas. La Güera Rodríguez organizaba tertulias políticas en su casa y se jugaba literalmente la vida por esas ideas. Ese tipo de voces siguen siendo necesarias hoy.
Y ya que estoy en Guatemala, no puedo dejar de mencionar a otra protagonista fascinante: la hija de Xicoténcatl.
Ella, igual que Tecuichpo —después Isabel Moctezuma—, pertenece a la gran nobleza indígena. Una procede del mundo mexica y la otra del tlaxcalteca, dos pueblos enfrentados durante generaciones.
La historiadora Camilla Townsend explica muy bien que los tlaxcaltecas entendieron que la mejor manera de construir el futuro era crear nuevos linajes mediante matrimonios. La hija de Xicoténcatl terminó casándose con Pedro de Alvarado y acabó sus días en Santiago de los Caballeros, la actual Antigua Guatemala.
Esa historia demuestra que todos estamos conectados. Por eso me emociona tanto estar hoy en Guatemala. Allí está enterrada ella, también su hija Leonor de Alvarado y, además, Bernal Díaz del Castillo escribió buena parte de su obra. Todo forma parte de una misma historia.
Podría hablar de las 18 protagonistas. La China Poblana, que ni era china ni poblana, sino una princesa hindú; la grana cochinilla, cuyo color conquistó Europa; o la Reina Roja de Palenque, cuyos restos nos permiten reconstruir cómo vivía una mujer hace 1300 años. Al final, el verdadero pretexto siempre es el mismo: hablar de ellas para contar la historia de México.
No tendría sentido sustituir la leyenda negra por una leyenda rosa. ¿Crees que ese equilibrio sigue siendo una de las grandes asignaturas pendientes cuando hablamos de la presencia española en América?
—Por supuesto. Y me gusta que plantees la pregunta así porque una leyenda rosa sería tan falsa como una leyenda negra.
En la América española no se fundaron colonias al estilo de otros imperios, sino virreinatos, es decir, nuevos reinos de la Corona. Eso no elimina la violencia del proceso, pero tampoco podemos ignorar que después de la guerra surgió una realidad completamente nueva.
Toda religión ha construido sus propios sacrificios. Los pueblos mesoamericanos también los tenían. Cuando llegó el cristianismo ofreció otra explicación del sacrificio: ya no era necesario entregar a un miembro de la familia porque ese sacrificio ya había sido realizado por Cristo. Esa idea produjo un enorme impacto en la cosmovisión indígena y ayuda a explicar el profundo sincretismo religioso desarrollado.
No se trata de justificar la conquista, sino de comprender cómo se produjo esa fusión cultural y religiosa durante tres siglos. Ese mestizaje terminó formando parte incluso del discurso de la independencia, porque uno de los pilares del Ejército Trigarante fue precisamente la religión católica.
Y hay otro episodio que me toca muy de cerca: el siglo XX. Cuando España sufrió la Guerra Civil, México abrió sus puertas al exilio republicano. Antes ya habían llegado los indianos; después llegaron científicos, escritores, artistas y pensadores que enriquecieron todavía más nuestra cultura.
Mi abuelo llegó exiliado desde Cantabria y mi padre nació ya en México. Por eso siento que compartimos muchísimo con España. Leonora Carrington, por ejemplo, también encontró refugio en México tras la guerra y terminó convirtiéndose en una de las grandes figuras de nuestra cultura. Todo eso también forma parte de nuestra historia común.
Para terminar, imagina que dentro de 100 años un historiador estudia nuestra época. ¿Cuál crees que será el mayor error de interpretación que podría cometer sobre nosotros?
—Que, teniendo tanta información, seguimos tropezando con las mismas piedras. La historia no se repite; lo que ocurre es que muchas veces no sabemos comprenderla.
Disponemos de enormes avances científicos, tecnológicos y políticos, pero seguimos cayendo en narrativas superficiales y simplificadoras que olvidan los procesos y los orígenes. Nos falta profundidad y también una mayor equidad, que no es lo mismo que igualdad.
Y, si pienso en las mujeres, ojalá dentro de 100 años alguien pueda escribir que aquellas hijas de la historia consiguieron cambiar la realidad. Que en México dejaron de asesinar a 11 mujeres al día y que cualquier niña pudo proyectar su vida con la certeza de que podría desarrollarla plenamente.
Eso será, para mí, la verdadera historia del futuro.
EL TIPO DE CAMBIO DE HOY ES DE: