Escribe sobre monstruos, traumas, hospitales psiquiátricos y personajes que parecen empeñados en complicarse la vida. Sin embargo, fuera de las páginas, Gilraen Eärfalas sonríe con facilidad y confiesa, casi como un secreto, que sigue siendo profundamente tímida. Esa dualidad recorre también su literatura.
Nacida en Chilpancingo (Guerrero, México), es médica general y escritora. Dos vocaciones que no compiten entre sí, sino que dialogan constantemente. La medicina le ha proporcionado un lenguaje y una mirada que atraviesan buena parte de su obra: desde Desfibrilador, el poemario con el que comenzó a darse a conocer, hasta De anatomía poética, pasando por novelas como Eres el amor de mi otra vida y la reciente No me llames loca, presentada en FILGUA
Su comunidad de lectores nació en las redes sociales, pero sería un error reducirla al fenómeno digital. Eärfalas pertenece a una generación de autores que ha sabido utilizar internet como puente, no como destino. Sus historias mezclan thriller, romance, psicología, poesía e incluso incursiones en lo fantástico para hablar de heridas que rara vez cicatrizan del todo.
En esta conversación con República, la autora mexicana reflexiona sobre la creación literaria, la inteligencia artificial, la salud mental, la medicina, los fantasmas del pasado y esos personajes que, según asegura, siguen despertándola por las noches para exigirle que continúe escribiendo.
Has construido tu carrera en un lugar donde todo puede desaparecer con un desliz del dedo. Si mañana amaneciera internet vacío, ¿qué crees que quedaría de ti como autora?
—No me asustaría en absoluto. Al contrario, sería maravilloso porque todo lo que ya construí seguiría ahí y podría dedicarme únicamente a escribir, sin preocuparme por aparecer en las redes sociales.
Sé que quienes sienten que mis libros les han tocado el corazón seguirían buscándolos y recomendándolos. Igual que una canción permanece porque alguien la recuerda, también lo hacen los libros.
Si la música existe, la literatura seguirá existiendo. Y yo también. Al final, Dios siempre provee. No necesitamos las redes para seguir contando historias.
Tus lectores sienten que te conocen muy bien, pero ¿qué dirías que todavía muy pocas personas conocen realmente de ti?
—No saben que soy muy, muy tímida. Antes de bajar a verlos ya había devuelto el estómago en la habitación y preferí no desayunar para no causar un accidente delante de ellos. Muchos creen que soy extrovertida, pero no es cierto.
Sí conocen parte de mi corazón, de mis traumas, de mis tristezas y de mi desolación infantil. Sin embargo, solo comparto pequeñas pinceladas; el fondo de muchas cosas sigue siendo mío.
Lo que más cuesta ver es lo difícil que me resulta socializar. Pero los lectores merecen ese esfuerzo. Algunos viajan desde Nicaragua o El Salvador para verme y no puedo refugiarme en mi timidez. Tengo que darles mucho más.
Tus libros exploran emociones muy íntimas. ¿Dónde crees que termina la literatura y dónde empieza la autoprotección?
—La autoprotección está en los recursos literarios. Las metáforas protegen muchísimo la vida personal. Puedo hablar de lo que hizo mi padre durante mi infancia disfrazándolo en la historia de un monstruo escondido en un armario.
Entonces cada lector le pone un rostro distinto a ese monstruo. Puede ser la depresión, la ansiedad, un padre o un hermano. La historia deja de ser únicamente mía.
Mientras el lector hace suyo el relato, yo conservo una distancia respecto a la experiencia real. La literatura también sirve para proteger aquello que todavía duele.
¿Qué te ha enseñado tu comunidad de lectores que, probablemente, ningún editor habría podido enseñarte?
—Me han enseñado que disfrutan la intensidad y el drama. A veces un editor considera que determinadas escenas sobran o que un personaje atraviesa demasiados problemas, pero el lector quiere conocerlo por completo.
Quiere saber qué come, qué música escucha, cuál sería su artista favorito o adónde invitaría a alguien. Necesita construir una persona viva en su imaginación.
Sucede lo mismo con las descripciones físicas. Muchas veces aconsejan reducirlas, pero los lectores quieren imaginar a los personajes, dibujarlos, hacer ilustraciones o incluso convertirlos en pósteres. Esos detalles sí les importan.
Las redes sociales premian la inmediatez, mientras que la literatura exige paciencia. ¿Alguna vez sientes que escribes pendiente del algoritmo?
—No. Lo que depende del algoritmo es la manera de promocionar un libro, no la manera de escribirlo. Tengo una novela de 640 páginas y sé que a algunos puede parecerles demasiado extensa.
Pero basta una frase hermosa, leída en apenas diez segundos, para despertar la curiosidad de un lector y llevarlo hasta esas 640 páginas.
No hay que cambiar la forma de escribir. Lo que debemos cambiar es la forma de llegar a quienes todavía no nos leen.
Cuando empiezas un libro nuevo, ¿piensas primero en ti como autora o en la comunidad de lectores que espera tu siguiente historia?
—Siempre pienso en mí como autora.
La gente llega precisamente porque le gusta aquello que a mí me gusta escribir. Nunca empiezo una historia preguntándome si va a gustar o no.
Confío en que encontraré lectores que conecten con esa misma manera de entender la literatura.
Tus libros hablan con frecuencia del dolor. ¿Hay alguna herida para la que todavía no hayas encontrado las palabras adecuadas?
—En mis libros no hay nada pensado para sanar. Los lectores incluso bromean diciendo que no escribo autoayuda, sino autodestrucción, porque no ofrezco recetas para superar la depresión ni la ansiedad. No sé hacerlo.
Lo único que puedo ofrecer es sentarme al lado de quien sufre, darle la mano y decirle que sé lo que está viviendo y que no está loco. He encontrado palabras para hablar del abandono paterno, de los trastornos de la alimentación y de esas voces que siempre nos empujan a pensar que vamos a fracasar.
Tuve una infancia muy complicada y, aunque hoy estoy construyendo una familia bonita, todavía me cuesta sentirme completamente segura, como si siguiera durmiendo con una espada junto a la cama. Me gusta llevar esa sensación a mis libros porque muchas personas me dicen que viven exactamente igual: que, aunque hayan levantado una vida hermosa, los fantasmas siguen susurrándoles que no pueden quitarse la armadura porque nunca saben cuándo volverá a estallar la bomba.
Las redes sociales han transformado profundamente la literatura. Desde tu experiencia, ¿cuáles dirías que han sido sus grandes aportes y cuáles consideras sus principales riesgos?
—Lo más positivo es la difusión. Hoy es mucho más sencillo llegar a lectores de otros países. Aquí, por ejemplo, hay personas que me leen en Guatemala gracias a las redes sociales. Bueno, primero gracias a Dios y después gracias a las redes.
También tengo lectores que han pedido mis libros desde Suiza o China. Muchos autores de hace siglos habrían dado cualquier cosa por vivir una época en la que su obra pudiera cruzar fronteras con tanta facilidad. Muchos murieron sin llegar a ser reconocidos.
La parte negativa es la facilidad con la que cualquiera puede juzgarte. No me molesta que critiquen a un personaje; una cosa soy yo y otra el personaje, que puede ser incluso un asesino en serie. Lo difícil es la inmediatez con la que algunas personas descargan sobre el autor toda esa basura.
Si tuvieras que elegir entre enfrentarte a una página en blanco o a un silencio absoluto en las redes sociales, ¿qué sería lo que más te impondría?
—Sin duda, la página en blanco. Aunque gran parte de mi carrera se ha desarrollado en las redes sociales, nunca empecé pensando que iba a dedicarme profesionalmente a esto.
Yo soy médico general. Si algún día desaparecieran las redes o dejaran de funcionar para mí, seguiría teniendo una profesión a la que regresar y pacientes a quienes atender.
Por eso no siento que toda mi vida dependa de internet. Tengo otros caminos por los que seguir trabajando, creciendo y existiendo.
Tu formación y tu experiencia como médico aparecen con frecuencia en tus libros. ¿Hasta qué punto la medicina forma parte de tu manera de escribir?
—Muchísimo. Mi primer libro, Desfibrilador, es un poemario con terminología médica. Después llegó De anatomía poética, que también nace de ese mismo universo.
En No me llames loca los protagonistas son una estudiante de Medicina, un psiquiatra y un cardiólogo. En Eres el amor de mi otra vida la protagonista es odontóloga y la novela que viene también gira alrededor de una familia de médicos.
Es el mundo que conozco. Fueron seis años de carrera y un año ejerciendo la profesión. De alguna manera sigo ejerciendo la medicina a través de mis libros.
Acabas de presentar una nueva novela en Guatemala. ¿Qué encontrarán los lectores en ella y cuáles son tus próximos proyectos literarios?
—No me llames loca es la novela que vine a presentar a Guatemala. Yo la considero una obra híbrida porque mezcla thriller, romance, novela negra y otros géneros. La protagonista tiene 22 años, estudia Medicina y carga con un pasado devastador: sobrevivió a una red de trata tras matar a su captora.
Después de escapar es internada en un hospital psiquiátrico de alta seguridad porque apuñaló a su secuestradora más de 700 veces. Allí varios médicos intentan tratarla; dos de ellos se suicidan y otro descubre que los diagnósticos que ha recibido son erróneos. Deciden ayudarla a empezar una nueva vida, aunque ella sigue arrastrando profundas secuelas.
La novela aborda el trauma, el acoso y la falta de empatía, pero también incorpora elementos paranormales. Tiene tres precuelas, una de ellas centrada en el psiquiatra. El tema de la trata me toca muy de cerca porque estudié en Acapulco, un lugar donde conviven el turismo y el tráfico infantil. Todos sabemos que existe y que detrás hay personas muy poderosas.
¿Cuando escribes piensas en un público concreto o sientes que tus libros pueden dialogar con lectores de cualquier edad?
—Aunque suelen ubicarme dentro de la literatura juvenil, la realidad es que llega gente de todas las edades. No escribo pensando específicamente en un tipo de lector.
Aquí mismo he firmado ejemplares a niñas de 12 años y también a personas de 60 o incluso 70. Mis historias encuentran lectores muy distintos.
Eso sí, recomendaría mis libros a partir de los 18 años. Pero también sé que muchos adolescentes de 13 o 15 años ya tienen acceso a todo desde un teléfono móvil. Lo importante es que los temas se pongan sobre la mesa, se debatan y provoquen conversación.
¿Sientes que escribes principalmente para los lectores latinoamericanos o crees que tus historias pueden hablar igualmente a cualquier persona?
—Creo que van mucho más allá de Latinoamérica.
Los traumas, el dolor y los conflictos humanos no pertenecen a una sola región del mundo.
Por eso siento que cualquier lector puede reconocerse en esas historias, independientemente del país en el que viva.
Si pudieras desterrar para siempre uno de los consejos que suelen recibir los jóvenes, ¿cuál elegirías y por qué motivo?
—Eliminaría ese consejo que dice: “Escoge una carrera que te deje dinero”. A mí me lo dijeron muchas veces y, aunque terminé enamorándome de la Medicina, nunca se lo diría a un hijo.
Con demasiada frecuencia se desprecia a quienes quieren ser diseñadores, músicos o dedicarse a cualquier profesión creativa porque supuestamente “van a morirse de hambre”. Yo no lo creo.
Cuando algo te apasiona de verdad, buscas la manera de hacerlo posible. Si a los 17 años hubiera dicho que quería vivir de escribir, probablemente me habrían respondido que me buscara un trabajo. Hoy mi mayor obsesión sigue siendo escribir y encontrar la forma de que mis libros lleguen a los lectores.
Si tuvieras que elegir el legado de toda una vida, ¿preferirías dejar una frase que millones recordaran o un libro que muy pocos fueran incapaces de olvidar?
—Sin duda, un libro que pocas personas olvidaran.
Me gustaría que, dentro de 20 o 25 años, alguien encontrara uno de mis libros en una biblioteca y sintiera que tiene entre las manos una obra profundamente humana.
Encontrará errores, contradicciones e imperfecciones, pero precisamente ahí estará su valor. En un tiempo dominado por la inteligencia artificial y por una perfección cada vez más artificial, espero que mis libros sigan conservando el sello de una persona de carne y hueso.
Hace un momento hablabas de la inteligencia artificial. ¿Cómo crees que va a cambiar el mundo de la literatura y qué es lo que más te preocupa de ese proceso?
—Me da bastante miedo. Desde muy pequeña he narrado audiolibros y audiopoemas y, a veces, encuentro en las redes sociales mi propia voz recitando textos que nunca he leído. Suena como si realmente fuera yo y eso me inquieta muchísimo.
También me preocupa que alguien pueda introducir un libro mío en una inteligencia artificial y pedirle que escriba otro con el mismo estilo. Detrás de un escritor hay años de lecturas, de influencias y de unir, como el monstruo de Frankenstein, pequeños fragmentos de todo lo que ha vivido y aprendido. La inteligencia artificial puede hacerlo en un instante.
Sin embargo, también me reconcilia con mis propios errores. Cuando recibo un libro impreso siempre descubro algún fallo y entonces pienso: “Soy humana”. Recuerdo una noticia sobre un robot y una persona haciendo el mismo bordado. Preguntaban cuál tendría más valor y la respuesta era sencilla: el del ser humano, precisamente porque contiene imperfecciones. Esa idea me anima mucho.
Muchos jóvenes te leen y otros todavía no han descubierto el placer de la lectura. ¿Qué consejo les darías tanto a quienes quieren empezar como a quienes desean seguir leyendo más?
—Lo primero que les diría es que, si un libro no les está gustando, lo abandonen. No pasa absolutamente nada. A veces nos obligamos a terminar una lectura que no disfrutamos y acabamos alejándonos de los libros.
También les diría que lean aquello que realmente les gusta. Las redes sociales parecen decirnos constantemente qué deberíamos leer y qué obras tienen más prestigio, pero eso no significa que conecten con nosotros.
Hay quien desprecia la literatura juvenil y afirma que solo merece la pena leer a determinados clásicos. Yo no lo veo así. Los clásicos son maravillosos, pero quizá ahora mismo necesites una historia que dialogue con lo que estás viviendo. Lee sin miedo a las opiniones de los demás.
Como autora mexicana invitada a FILGUA, ¿qué crees que pueden aprender México y Centroamérica mutuamente desde el punto de vista cultural y literario?
—Aquí no me he sentido fuera de México. El cariño de la gente, el ambiente y la organización me han hecho sentir como en casa.
Creo que podemos aprender mucho unos de otros a través de las ferias del libro. Hay países donde llevan muchos años consolidándolas y otros en los que apenas empiezan a adquirir la importancia que merecen.
Las ferias crean nuevos lectores. Por eso es fundamental cuidarlas, organizarlas bien y darles la relevancia que tienen. No deberían celebrarse solo por cumplir, sino porque son una herramienta esencial para acercar la literatura a más personas.
Tus lectores conocen ya muchas facetas de ti. ¿Qué te gustaría que empezaran a descubrir a partir de ahora a través de tus próximos libros?
—Me gustaría que descubrieran que mis historias son imprevisibles. Todo puede pasar. Cualquier personaje puede desaparecer o morir y, cuando parece que todo pertenece al realismo más absoluto, puede aparecer un elemento paranormal.
No quiero que los lectores piensen que voy a quedarme para siempre en un solo género. Me gusta jugar con ellos y sorprenderlos constantemente.
Tampoco me interesan los finales completamente felices. Prefiero personajes que sufran, que se contradigan y que obliguen al lector a recorrer con ellos todo ese camino.
¿Esa preferencia por personajes que sufren nace de que los sientes más próximos a la vida o responde a otra razón distinta?
—Creo que ellos mismos terminan decidiéndolo. Sé que muchos editores dicen que eso de que un personaje cobre vida es una invención de los escritores, pero yo te prometo que conmigo ocurre.
A veces quiero irme a dormir y uno de ellos aparece para decirme: “Espera, todavía tengo algo que contarte”. Entonces tengo que levantarme y escribir. Incluso hay ocasiones en las que me dice que el resto de la historia me lo contará al día siguiente.
Por eso nunca prometo finales felices ni respeto de manera rígida un género. Puede aparecer un dragón en mitad de una novela de psicología oscura y, si sucede, habrá una explicación dentro de ese universo. Si alguien necesita historias completamente previsibles, probablemente mis libros no sean para esa persona.
Si alguno de tus personajes pudiera abandonar las páginas de un libro, ¿crees que terminaría invadiendo también tu propia vida?
—Ya lo hacen. Son tremendamente invasivos. Cuando terminé No me llames loca, Anthony Cadwell, el psiquiatra, seguía hablándome y diciéndome que todavía tenía cosas que contar.
Por eso nació De anatomía poética. Sentía que ese personaje necesitaba seguir viviendo, explicar mejor su historia y demostrar todo lo que aún llevaba dentro.
Llega un momento en que tengo que decirles “hasta aquí”, porque necesito escribir otros libros. Pero, incluso cuando una novela termina, muchos de ellos siguen apareciendo, incluso en mis poemarios.
Después de haber explorado el romance, el thriller y otros géneros, ¿hay alguno que todavía no hayas abordado y que te gustaría escribir en el futuro?
—Ahora mismo estoy completamente centrada en el thriller.
Quizá algún día me anime a escribir fantasía, pero todavía lo veo como un proyecto lejano.
De momento siento que esta etapa creativa pertenece al thriller y quiero seguir explorándola antes de cambiar de rumbo.
Escribe sobre monstruos, traumas, hospitales psiquiátricos y personajes que parecen empeñados en complicarse la vida. Sin embargo, fuera de las páginas, Gilraen Eärfalas sonríe con facilidad y confiesa, casi como un secreto, que sigue siendo profundamente tímida. Esa dualidad recorre también su literatura.
Nacida en Chilpancingo (Guerrero, México), es médica general y escritora. Dos vocaciones que no compiten entre sí, sino que dialogan constantemente. La medicina le ha proporcionado un lenguaje y una mirada que atraviesan buena parte de su obra: desde Desfibrilador, el poemario con el que comenzó a darse a conocer, hasta De anatomía poética, pasando por novelas como Eres el amor de mi otra vida y la reciente No me llames loca, presentada en FILGUA
Su comunidad de lectores nació en las redes sociales, pero sería un error reducirla al fenómeno digital. Eärfalas pertenece a una generación de autores que ha sabido utilizar internet como puente, no como destino. Sus historias mezclan thriller, romance, psicología, poesía e incluso incursiones en lo fantástico para hablar de heridas que rara vez cicatrizan del todo.
En esta conversación con República, la autora mexicana reflexiona sobre la creación literaria, la inteligencia artificial, la salud mental, la medicina, los fantasmas del pasado y esos personajes que, según asegura, siguen despertándola por las noches para exigirle que continúe escribiendo.
Has construido tu carrera en un lugar donde todo puede desaparecer con un desliz del dedo. Si mañana amaneciera internet vacío, ¿qué crees que quedaría de ti como autora?
—No me asustaría en absoluto. Al contrario, sería maravilloso porque todo lo que ya construí seguiría ahí y podría dedicarme únicamente a escribir, sin preocuparme por aparecer en las redes sociales.
Sé que quienes sienten que mis libros les han tocado el corazón seguirían buscándolos y recomendándolos. Igual que una canción permanece porque alguien la recuerda, también lo hacen los libros.
Si la música existe, la literatura seguirá existiendo. Y yo también. Al final, Dios siempre provee. No necesitamos las redes para seguir contando historias.
Tus lectores sienten que te conocen muy bien, pero ¿qué dirías que todavía muy pocas personas conocen realmente de ti?
—No saben que soy muy, muy tímida. Antes de bajar a verlos ya había devuelto el estómago en la habitación y preferí no desayunar para no causar un accidente delante de ellos. Muchos creen que soy extrovertida, pero no es cierto.
Sí conocen parte de mi corazón, de mis traumas, de mis tristezas y de mi desolación infantil. Sin embargo, solo comparto pequeñas pinceladas; el fondo de muchas cosas sigue siendo mío.
Lo que más cuesta ver es lo difícil que me resulta socializar. Pero los lectores merecen ese esfuerzo. Algunos viajan desde Nicaragua o El Salvador para verme y no puedo refugiarme en mi timidez. Tengo que darles mucho más.
Tus libros exploran emociones muy íntimas. ¿Dónde crees que termina la literatura y dónde empieza la autoprotección?
—La autoprotección está en los recursos literarios. Las metáforas protegen muchísimo la vida personal. Puedo hablar de lo que hizo mi padre durante mi infancia disfrazándolo en la historia de un monstruo escondido en un armario.
Entonces cada lector le pone un rostro distinto a ese monstruo. Puede ser la depresión, la ansiedad, un padre o un hermano. La historia deja de ser únicamente mía.
Mientras el lector hace suyo el relato, yo conservo una distancia respecto a la experiencia real. La literatura también sirve para proteger aquello que todavía duele.
¿Qué te ha enseñado tu comunidad de lectores que, probablemente, ningún editor habría podido enseñarte?
—Me han enseñado que disfrutan la intensidad y el drama. A veces un editor considera que determinadas escenas sobran o que un personaje atraviesa demasiados problemas, pero el lector quiere conocerlo por completo.
Quiere saber qué come, qué música escucha, cuál sería su artista favorito o adónde invitaría a alguien. Necesita construir una persona viva en su imaginación.
Sucede lo mismo con las descripciones físicas. Muchas veces aconsejan reducirlas, pero los lectores quieren imaginar a los personajes, dibujarlos, hacer ilustraciones o incluso convertirlos en pósteres. Esos detalles sí les importan.
Las redes sociales premian la inmediatez, mientras que la literatura exige paciencia. ¿Alguna vez sientes que escribes pendiente del algoritmo?
—No. Lo que depende del algoritmo es la manera de promocionar un libro, no la manera de escribirlo. Tengo una novela de 640 páginas y sé que a algunos puede parecerles demasiado extensa.
Pero basta una frase hermosa, leída en apenas diez segundos, para despertar la curiosidad de un lector y llevarlo hasta esas 640 páginas.
No hay que cambiar la forma de escribir. Lo que debemos cambiar es la forma de llegar a quienes todavía no nos leen.
Cuando empiezas un libro nuevo, ¿piensas primero en ti como autora o en la comunidad de lectores que espera tu siguiente historia?
—Siempre pienso en mí como autora.
La gente llega precisamente porque le gusta aquello que a mí me gusta escribir. Nunca empiezo una historia preguntándome si va a gustar o no.
Confío en que encontraré lectores que conecten con esa misma manera de entender la literatura.
Tus libros hablan con frecuencia del dolor. ¿Hay alguna herida para la que todavía no hayas encontrado las palabras adecuadas?
—En mis libros no hay nada pensado para sanar. Los lectores incluso bromean diciendo que no escribo autoayuda, sino autodestrucción, porque no ofrezco recetas para superar la depresión ni la ansiedad. No sé hacerlo.
Lo único que puedo ofrecer es sentarme al lado de quien sufre, darle la mano y decirle que sé lo que está viviendo y que no está loco. He encontrado palabras para hablar del abandono paterno, de los trastornos de la alimentación y de esas voces que siempre nos empujan a pensar que vamos a fracasar.
Tuve una infancia muy complicada y, aunque hoy estoy construyendo una familia bonita, todavía me cuesta sentirme completamente segura, como si siguiera durmiendo con una espada junto a la cama. Me gusta llevar esa sensación a mis libros porque muchas personas me dicen que viven exactamente igual: que, aunque hayan levantado una vida hermosa, los fantasmas siguen susurrándoles que no pueden quitarse la armadura porque nunca saben cuándo volverá a estallar la bomba.
Las redes sociales han transformado profundamente la literatura. Desde tu experiencia, ¿cuáles dirías que han sido sus grandes aportes y cuáles consideras sus principales riesgos?
—Lo más positivo es la difusión. Hoy es mucho más sencillo llegar a lectores de otros países. Aquí, por ejemplo, hay personas que me leen en Guatemala gracias a las redes sociales. Bueno, primero gracias a Dios y después gracias a las redes.
También tengo lectores que han pedido mis libros desde Suiza o China. Muchos autores de hace siglos habrían dado cualquier cosa por vivir una época en la que su obra pudiera cruzar fronteras con tanta facilidad. Muchos murieron sin llegar a ser reconocidos.
La parte negativa es la facilidad con la que cualquiera puede juzgarte. No me molesta que critiquen a un personaje; una cosa soy yo y otra el personaje, que puede ser incluso un asesino en serie. Lo difícil es la inmediatez con la que algunas personas descargan sobre el autor toda esa basura.
Si tuvieras que elegir entre enfrentarte a una página en blanco o a un silencio absoluto en las redes sociales, ¿qué sería lo que más te impondría?
—Sin duda, la página en blanco. Aunque gran parte de mi carrera se ha desarrollado en las redes sociales, nunca empecé pensando que iba a dedicarme profesionalmente a esto.
Yo soy médico general. Si algún día desaparecieran las redes o dejaran de funcionar para mí, seguiría teniendo una profesión a la que regresar y pacientes a quienes atender.
Por eso no siento que toda mi vida dependa de internet. Tengo otros caminos por los que seguir trabajando, creciendo y existiendo.
Tu formación y tu experiencia como médico aparecen con frecuencia en tus libros. ¿Hasta qué punto la medicina forma parte de tu manera de escribir?
—Muchísimo. Mi primer libro, Desfibrilador, es un poemario con terminología médica. Después llegó De anatomía poética, que también nace de ese mismo universo.
En No me llames loca los protagonistas son una estudiante de Medicina, un psiquiatra y un cardiólogo. En Eres el amor de mi otra vida la protagonista es odontóloga y la novela que viene también gira alrededor de una familia de médicos.
Es el mundo que conozco. Fueron seis años de carrera y un año ejerciendo la profesión. De alguna manera sigo ejerciendo la medicina a través de mis libros.
Acabas de presentar una nueva novela en Guatemala. ¿Qué encontrarán los lectores en ella y cuáles son tus próximos proyectos literarios?
—No me llames loca es la novela que vine a presentar a Guatemala. Yo la considero una obra híbrida porque mezcla thriller, romance, novela negra y otros géneros. La protagonista tiene 22 años, estudia Medicina y carga con un pasado devastador: sobrevivió a una red de trata tras matar a su captora.
Después de escapar es internada en un hospital psiquiátrico de alta seguridad porque apuñaló a su secuestradora más de 700 veces. Allí varios médicos intentan tratarla; dos de ellos se suicidan y otro descubre que los diagnósticos que ha recibido son erróneos. Deciden ayudarla a empezar una nueva vida, aunque ella sigue arrastrando profundas secuelas.
La novela aborda el trauma, el acoso y la falta de empatía, pero también incorpora elementos paranormales. Tiene tres precuelas, una de ellas centrada en el psiquiatra. El tema de la trata me toca muy de cerca porque estudié en Acapulco, un lugar donde conviven el turismo y el tráfico infantil. Todos sabemos que existe y que detrás hay personas muy poderosas.
¿Cuando escribes piensas en un público concreto o sientes que tus libros pueden dialogar con lectores de cualquier edad?
—Aunque suelen ubicarme dentro de la literatura juvenil, la realidad es que llega gente de todas las edades. No escribo pensando específicamente en un tipo de lector.
Aquí mismo he firmado ejemplares a niñas de 12 años y también a personas de 60 o incluso 70. Mis historias encuentran lectores muy distintos.
Eso sí, recomendaría mis libros a partir de los 18 años. Pero también sé que muchos adolescentes de 13 o 15 años ya tienen acceso a todo desde un teléfono móvil. Lo importante es que los temas se pongan sobre la mesa, se debatan y provoquen conversación.
¿Sientes que escribes principalmente para los lectores latinoamericanos o crees que tus historias pueden hablar igualmente a cualquier persona?
—Creo que van mucho más allá de Latinoamérica.
Los traumas, el dolor y los conflictos humanos no pertenecen a una sola región del mundo.
Por eso siento que cualquier lector puede reconocerse en esas historias, independientemente del país en el que viva.
Si pudieras desterrar para siempre uno de los consejos que suelen recibir los jóvenes, ¿cuál elegirías y por qué motivo?
—Eliminaría ese consejo que dice: “Escoge una carrera que te deje dinero”. A mí me lo dijeron muchas veces y, aunque terminé enamorándome de la Medicina, nunca se lo diría a un hijo.
Con demasiada frecuencia se desprecia a quienes quieren ser diseñadores, músicos o dedicarse a cualquier profesión creativa porque supuestamente “van a morirse de hambre”. Yo no lo creo.
Cuando algo te apasiona de verdad, buscas la manera de hacerlo posible. Si a los 17 años hubiera dicho que quería vivir de escribir, probablemente me habrían respondido que me buscara un trabajo. Hoy mi mayor obsesión sigue siendo escribir y encontrar la forma de que mis libros lleguen a los lectores.
Si tuvieras que elegir el legado de toda una vida, ¿preferirías dejar una frase que millones recordaran o un libro que muy pocos fueran incapaces de olvidar?
—Sin duda, un libro que pocas personas olvidaran.
Me gustaría que, dentro de 20 o 25 años, alguien encontrara uno de mis libros en una biblioteca y sintiera que tiene entre las manos una obra profundamente humana.
Encontrará errores, contradicciones e imperfecciones, pero precisamente ahí estará su valor. En un tiempo dominado por la inteligencia artificial y por una perfección cada vez más artificial, espero que mis libros sigan conservando el sello de una persona de carne y hueso.
Hace un momento hablabas de la inteligencia artificial. ¿Cómo crees que va a cambiar el mundo de la literatura y qué es lo que más te preocupa de ese proceso?
—Me da bastante miedo. Desde muy pequeña he narrado audiolibros y audiopoemas y, a veces, encuentro en las redes sociales mi propia voz recitando textos que nunca he leído. Suena como si realmente fuera yo y eso me inquieta muchísimo.
También me preocupa que alguien pueda introducir un libro mío en una inteligencia artificial y pedirle que escriba otro con el mismo estilo. Detrás de un escritor hay años de lecturas, de influencias y de unir, como el monstruo de Frankenstein, pequeños fragmentos de todo lo que ha vivido y aprendido. La inteligencia artificial puede hacerlo en un instante.
Sin embargo, también me reconcilia con mis propios errores. Cuando recibo un libro impreso siempre descubro algún fallo y entonces pienso: “Soy humana”. Recuerdo una noticia sobre un robot y una persona haciendo el mismo bordado. Preguntaban cuál tendría más valor y la respuesta era sencilla: el del ser humano, precisamente porque contiene imperfecciones. Esa idea me anima mucho.
Muchos jóvenes te leen y otros todavía no han descubierto el placer de la lectura. ¿Qué consejo les darías tanto a quienes quieren empezar como a quienes desean seguir leyendo más?
—Lo primero que les diría es que, si un libro no les está gustando, lo abandonen. No pasa absolutamente nada. A veces nos obligamos a terminar una lectura que no disfrutamos y acabamos alejándonos de los libros.
También les diría que lean aquello que realmente les gusta. Las redes sociales parecen decirnos constantemente qué deberíamos leer y qué obras tienen más prestigio, pero eso no significa que conecten con nosotros.
Hay quien desprecia la literatura juvenil y afirma que solo merece la pena leer a determinados clásicos. Yo no lo veo así. Los clásicos son maravillosos, pero quizá ahora mismo necesites una historia que dialogue con lo que estás viviendo. Lee sin miedo a las opiniones de los demás.
Como autora mexicana invitada a FILGUA, ¿qué crees que pueden aprender México y Centroamérica mutuamente desde el punto de vista cultural y literario?
—Aquí no me he sentido fuera de México. El cariño de la gente, el ambiente y la organización me han hecho sentir como en casa.
Creo que podemos aprender mucho unos de otros a través de las ferias del libro. Hay países donde llevan muchos años consolidándolas y otros en los que apenas empiezan a adquirir la importancia que merecen.
Las ferias crean nuevos lectores. Por eso es fundamental cuidarlas, organizarlas bien y darles la relevancia que tienen. No deberían celebrarse solo por cumplir, sino porque son una herramienta esencial para acercar la literatura a más personas.
Tus lectores conocen ya muchas facetas de ti. ¿Qué te gustaría que empezaran a descubrir a partir de ahora a través de tus próximos libros?
—Me gustaría que descubrieran que mis historias son imprevisibles. Todo puede pasar. Cualquier personaje puede desaparecer o morir y, cuando parece que todo pertenece al realismo más absoluto, puede aparecer un elemento paranormal.
No quiero que los lectores piensen que voy a quedarme para siempre en un solo género. Me gusta jugar con ellos y sorprenderlos constantemente.
Tampoco me interesan los finales completamente felices. Prefiero personajes que sufran, que se contradigan y que obliguen al lector a recorrer con ellos todo ese camino.
¿Esa preferencia por personajes que sufren nace de que los sientes más próximos a la vida o responde a otra razón distinta?
—Creo que ellos mismos terminan decidiéndolo. Sé que muchos editores dicen que eso de que un personaje cobre vida es una invención de los escritores, pero yo te prometo que conmigo ocurre.
A veces quiero irme a dormir y uno de ellos aparece para decirme: “Espera, todavía tengo algo que contarte”. Entonces tengo que levantarme y escribir. Incluso hay ocasiones en las que me dice que el resto de la historia me lo contará al día siguiente.
Por eso nunca prometo finales felices ni respeto de manera rígida un género. Puede aparecer un dragón en mitad de una novela de psicología oscura y, si sucede, habrá una explicación dentro de ese universo. Si alguien necesita historias completamente previsibles, probablemente mis libros no sean para esa persona.
Si alguno de tus personajes pudiera abandonar las páginas de un libro, ¿crees que terminaría invadiendo también tu propia vida?
—Ya lo hacen. Son tremendamente invasivos. Cuando terminé No me llames loca, Anthony Cadwell, el psiquiatra, seguía hablándome y diciéndome que todavía tenía cosas que contar.
Por eso nació De anatomía poética. Sentía que ese personaje necesitaba seguir viviendo, explicar mejor su historia y demostrar todo lo que aún llevaba dentro.
Llega un momento en que tengo que decirles “hasta aquí”, porque necesito escribir otros libros. Pero, incluso cuando una novela termina, muchos de ellos siguen apareciendo, incluso en mis poemarios.
Después de haber explorado el romance, el thriller y otros géneros, ¿hay alguno que todavía no hayas abordado y que te gustaría escribir en el futuro?
—Ahora mismo estoy completamente centrada en el thriller.
Quizá algún día me anime a escribir fantasía, pero todavía lo veo como un proyecto lejano.
De momento siento que esta etapa creativa pertenece al thriller y quiero seguir explorándola antes de cambiar de rumbo.
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