Durante décadas dimos por hecho que el ámbar apareció hace unos 320 millones de años. Hasta que un puñado de diminutos fragmentos encontrados por casualidad en un bloque de carbón chino decidió llevar la contraria a lo que creíamos saber. La ciencia también vive de esas pequeñas humillaciones.
El nuevo hallazgo, publicado en Science Advances, sitúa el origen del ámbar conocido hace 385 millones de años. La diferencia no parece enorme si hablamos de la edad de la Tierra, pero en términos evolutivos supone adelantar el reloj unos 65 millones de años. Es como descubrir que una tecnología revolucionaria existía mucho antes de lo que imaginábamos.
Lo curioso es que nadie estaba buscando ámbar. Los investigadores estudiaban restos de antiguos bosques del Devónico (un periodo de la historia de la Tierra, entre hace419 y 359 millones de años, en que los primeros bosques comenzaron a extenderse) cuando una linterna de luz ultravioleta reveló un brillo azul en el carbón. A partir de ahí comenzó un trabajo de paciencia casi monástica: extraer, uno a uno, 241 fragmentos obtenidos a partir de apenas 10 kilos de carbón fósil, la mayoría de menos de medio milímetro. Tan pequeños que habrían cabido en la punta de un lápiz.
Cuando pensamos en el ámbar solemos imaginar joyas elegantes o insectos atrapados para siempre, como en Parque Jurásico. Pero el ámbar es, sencillamente, resina fosilizada. Es el equivalente vegetal a una tirita: cuando un árbol sufre una herida, libera una sustancia pegajosa que la sella y la protege. Si el tiempo hace su trabajo durante millones de años, esa resina acaba convirtiéndose en ámbar.
El descubrimiento tiene una consecuencia inesperada. Hace 385 millones de años todavía no existían los pinos, los robles ni las plantas con semillas. Es decir, fueron plantas mucho más primitivas las que desarrollaron este sofisticado sistema de defensa. La naturaleza ya innovaba. mucho antes de que aparecieran algunos de sus protagonistas más famosos.
Hay otro detalle fascinante. En aquella época los grandes enemigos de las plantas no eran los insectos devoradores de hojas. Apenas habían empezado a aparecer. La verdadera amenaza eran los incendios y, sobre todo, los hongos que colonizaban los primeros bosques. Fabricar resina era una cuestión de supervivencia.Paradójicamente, los insectos atrapados en ámbar que hoy tanto nos fascinan aparecerían millones de años después.
Este descubrimiento no nació de un gigantesco fósil ni de un espectacular esqueleto de dinosaurio. Surgió de unas motas casi invisibles escondidas dentro del carbón. Una buena lección para recordar que los grandes descubrimientos no siempre hacen ruido.
La ciencia tiene estas ironías. A veces cambia nuestra visión del pasado gracias a un hallazgo que cabe debajo de una uña. La historia de la vida no siempre se reescribe con letras gigantes. En ocasiones basta un destello azul bajo una linterna para demostrar que la naturaleza llevaba millones de años siendo más ingeniosa de lo que imaginábamos.
Durante décadas dimos por hecho que el ámbar apareció hace unos 320 millones de años. Hasta que un puñado de diminutos fragmentos encontrados por casualidad en un bloque de carbón chino decidió llevar la contraria a lo que creíamos saber. La ciencia también vive de esas pequeñas humillaciones.
El nuevo hallazgo, publicado en Science Advances, sitúa el origen del ámbar conocido hace 385 millones de años. La diferencia no parece enorme si hablamos de la edad de la Tierra, pero en términos evolutivos supone adelantar el reloj unos 65 millones de años. Es como descubrir que una tecnología revolucionaria existía mucho antes de lo que imaginábamos.
Lo curioso es que nadie estaba buscando ámbar. Los investigadores estudiaban restos de antiguos bosques del Devónico (un periodo de la historia de la Tierra, entre hace419 y 359 millones de años, en que los primeros bosques comenzaron a extenderse) cuando una linterna de luz ultravioleta reveló un brillo azul en el carbón. A partir de ahí comenzó un trabajo de paciencia casi monástica: extraer, uno a uno, 241 fragmentos obtenidos a partir de apenas 10 kilos de carbón fósil, la mayoría de menos de medio milímetro. Tan pequeños que habrían cabido en la punta de un lápiz.
Cuando pensamos en el ámbar solemos imaginar joyas elegantes o insectos atrapados para siempre, como en Parque Jurásico. Pero el ámbar es, sencillamente, resina fosilizada. Es el equivalente vegetal a una tirita: cuando un árbol sufre una herida, libera una sustancia pegajosa que la sella y la protege. Si el tiempo hace su trabajo durante millones de años, esa resina acaba convirtiéndose en ámbar.
El descubrimiento tiene una consecuencia inesperada. Hace 385 millones de años todavía no existían los pinos, los robles ni las plantas con semillas. Es decir, fueron plantas mucho más primitivas las que desarrollaron este sofisticado sistema de defensa. La naturaleza ya innovaba. mucho antes de que aparecieran algunos de sus protagonistas más famosos.
Hay otro detalle fascinante. En aquella época los grandes enemigos de las plantas no eran los insectos devoradores de hojas. Apenas habían empezado a aparecer. La verdadera amenaza eran los incendios y, sobre todo, los hongos que colonizaban los primeros bosques. Fabricar resina era una cuestión de supervivencia.Paradójicamente, los insectos atrapados en ámbar que hoy tanto nos fascinan aparecerían millones de años después.
Este descubrimiento no nació de un gigantesco fósil ni de un espectacular esqueleto de dinosaurio. Surgió de unas motas casi invisibles escondidas dentro del carbón. Una buena lección para recordar que los grandes descubrimientos no siempre hacen ruido.
La ciencia tiene estas ironías. A veces cambia nuestra visión del pasado gracias a un hallazgo que cabe debajo de una uña. La historia de la vida no siempre se reescribe con letras gigantes. En ocasiones basta un destello azul bajo una linterna para demostrar que la naturaleza llevaba millones de años siendo más ingeniosa de lo que imaginábamos.
EL TIPO DE CAMBIO DE HOY ES DE: