Hablar de música es hablar de un lenguaje que va más allá de voces, palabras o frases con un significado concreto; llega directamente al alma, a la sensibilidad del ser humano y a la compleja amalgama de sus sentimientos.
Prueba de ello es el profundo impacto que causó el compositor guatemalteco Jorge Sarmientos en Japón con su poema sinfónico Destellos de Hiroshima, una pieza lírica y desgarradora que narra desde el pentagrama los horrores de la tragedia atómica. No es una obra que describa los hechos; los evoca. No pretende explicar la historia, sino hacer sentir el peso del silencio que queda después de la destrucción.
El propio Sarmientos recordaba en entrevistas cómo la música lo llevó a Japón. Allí conoció a su gran amigo Yokitaka, quien le regaló un libro infantil, ilustrado por Toshi Maruki, que narraba con un lenguaje sencillo los hechos de aquel 6 de agosto. Bastó una sola frase para transformar la conmoción en música. A veces la inspiración no nace de grandes discursos, sino de una imagen o una línea capaz de condensar todo el dolor de una tragedia.
La obra se estrenó el 4 de agosto de 1995, interpretada por la Filarmónica de Nagoya bajo la dirección de Kazuhiko Komatsu. La profunda empatía que despertó este homenaje desde Guatemala hacia la herida histórica japonesa llevó al Gobierno de Japón a concederle, en 2012, la Orden del Sol Naciente, Rayos de Oro con Roseta. Fue un reconocimiento artístico, pero también humano: la confirmación de que el arte puede tender puentes donde la historia solo dejó cicatrices.
Destellos de Hiroshima, si se me permite la descripción, es una composición cargada de dramatismo donde la percusión se convierte en la gran protagonista, generando la tensión sísmica y acústica del cataclismo. Los metales irrumpen con violencia, las cuerdas alternan momentos de angustia y recogimiento, y el conjunto avanza con una intensidad que recuerda que la música también puede contar aquello para lo que las palabras resultan insuficientes.
Hiroshima: el destello que cambió la historia
Más allá de la música, y a pocos días de conmemorar un nuevo aniversario de aquel trágico agosto, el ejercicio de la memoria sigue siendo indispensable.
En mi caso, descubrir la sinfonía con la que Sarmientos narró aquellos horrores me llevó inevitablemente a una lectura que hoy recomiendo sin reservas: Hiroshima, de John Hersey.
Publicado originalmente el 31 de agosto de 1946 en The New Yorker, marcó un hito al convertirse en la primera edición íntegramente dedicada a un solo reportaje. Millones de lectores conocieron por primera vez las consecuencias de la bomba a través de historias individuales, lejos de los comunicados militares y de las cifras impersonales.
Toshiko Sasaki, el reverendo Tanimoto, Hatsuyo Nakamura, el padre Kleinsorge, el Dr. Fujii y el Dr. Sasaki: nombres que hoy podrían sonar a personajes de un manga trágico, pero que aquel 6 de agosto de 1945 estaban, simplemente, demasiado ocupados intentando no morir.
El libro de Hersey es la versión definitiva de aquel trabajo periodístico. Una prosa tan fría que parece escrita con guantes de cirujano. No intenta conmover; abre la puerta de las ruinas y nos deja entrar. Y eso, irónicamente, conmueve más que cualquier alarde dramático.
Hiroshima es un texto directo, sin anestesia. No deja espacio para esconderse detrás de la retórica bélica o patriótica. Nos enfrenta a los hechos, y los hechos no tienen piedad.
Por eso duele. Por eso sigue vigente. Porque la destrucción siempre encuentra nuevas formas de repetirse, y nosotros, nuevas maneras de justificarla.
Hablar de música es hablar de un lenguaje que va más allá de voces, palabras o frases con un significado concreto; llega directamente al alma, a la sensibilidad del ser humano y a la compleja amalgama de sus sentimientos.
Prueba de ello es el profundo impacto que causó el compositor guatemalteco Jorge Sarmientos en Japón con su poema sinfónico Destellos de Hiroshima, una pieza lírica y desgarradora que narra desde el pentagrama los horrores de la tragedia atómica. No es una obra que describa los hechos; los evoca. No pretende explicar la historia, sino hacer sentir el peso del silencio que queda después de la destrucción.
El propio Sarmientos recordaba en entrevistas cómo la música lo llevó a Japón. Allí conoció a su gran amigo Yokitaka, quien le regaló un libro infantil, ilustrado por Toshi Maruki, que narraba con un lenguaje sencillo los hechos de aquel 6 de agosto. Bastó una sola frase para transformar la conmoción en música. A veces la inspiración no nace de grandes discursos, sino de una imagen o una línea capaz de condensar todo el dolor de una tragedia.
La obra se estrenó el 4 de agosto de 1995, interpretada por la Filarmónica de Nagoya bajo la dirección de Kazuhiko Komatsu. La profunda empatía que despertó este homenaje desde Guatemala hacia la herida histórica japonesa llevó al Gobierno de Japón a concederle, en 2012, la Orden del Sol Naciente, Rayos de Oro con Roseta. Fue un reconocimiento artístico, pero también humano: la confirmación de que el arte puede tender puentes donde la historia solo dejó cicatrices.
Destellos de Hiroshima, si se me permite la descripción, es una composición cargada de dramatismo donde la percusión se convierte en la gran protagonista, generando la tensión sísmica y acústica del cataclismo. Los metales irrumpen con violencia, las cuerdas alternan momentos de angustia y recogimiento, y el conjunto avanza con una intensidad que recuerda que la música también puede contar aquello para lo que las palabras resultan insuficientes.
Hiroshima: el destello que cambió la historia
Más allá de la música, y a pocos días de conmemorar un nuevo aniversario de aquel trágico agosto, el ejercicio de la memoria sigue siendo indispensable.
En mi caso, descubrir la sinfonía con la que Sarmientos narró aquellos horrores me llevó inevitablemente a una lectura que hoy recomiendo sin reservas: Hiroshima, de John Hersey.
Publicado originalmente el 31 de agosto de 1946 en The New Yorker, marcó un hito al convertirse en la primera edición íntegramente dedicada a un solo reportaje. Millones de lectores conocieron por primera vez las consecuencias de la bomba a través de historias individuales, lejos de los comunicados militares y de las cifras impersonales.
Toshiko Sasaki, el reverendo Tanimoto, Hatsuyo Nakamura, el padre Kleinsorge, el Dr. Fujii y el Dr. Sasaki: nombres que hoy podrían sonar a personajes de un manga trágico, pero que aquel 6 de agosto de 1945 estaban, simplemente, demasiado ocupados intentando no morir.
El libro de Hersey es la versión definitiva de aquel trabajo periodístico. Una prosa tan fría que parece escrita con guantes de cirujano. No intenta conmover; abre la puerta de las ruinas y nos deja entrar. Y eso, irónicamente, conmueve más que cualquier alarde dramático.
Hiroshima es un texto directo, sin anestesia. No deja espacio para esconderse detrás de la retórica bélica o patriótica. Nos enfrenta a los hechos, y los hechos no tienen piedad.
Por eso duele. Por eso sigue vigente. Porque la destrucción siempre encuentra nuevas formas de repetirse, y nosotros, nuevas maneras de justificarla.
EL TIPO DE CAMBIO DE HOY ES DE: