Pocas trayectorias resumen tan bien las contradicciones de Centroamérica como la de Carlos Cortés. Mientras buena parte del imaginario internacional sigue asociando Costa Rica con una postal apacible, él ha dedicado más de cuatro décadas a demostrar que debajo de cualquier paisaje tranquilo también existen conflictos, olvidos y zonas oscuras. Esa búsqueda ha dado forma a una de las obras más sólidas de la literatura centroamericana contemporánea.
Nacido en San José en 1962, Cortés ha transitado con naturalidad por la novela, la poesía, el ensayo, el cuento y el periodismo. Sus libros —entre ellos Cruz de olvido, Larga noche hacia mi madre, Mojiganga y El año de la ira— convierten la memoria en una herramienta para interrogar el presente, mientras que La gran novela perdidadesafía con ironía la vieja idea de que Costa Rica carece de una tradición narrativa relevante.
Su obra ha recibido algunos de los principales reconocimientos literarios de la región, como el Premio Nacional Aquileo J. Echeverría, el Premio Centroamericano Mario Monteforte Toledo, el Premio Mesoamericano Luis Cardoza y Aragón y el Premio Centroamericano Rogelio Sinán. Larga noche hacia mi madre fue finalista del Premio Internacional Rómulo Gallegos, mientras que el Gobierno de Francia lo distinguió con la Orden de las Artes y las Letras. Traducido a numerosos idiomas y señalado por la Feria Internacional del Libro de Guadalajara como uno de los secretos mejor guardados de la literatura latinoamericana, Cortés continúa escribiendo con una convicción poco frecuente: las novelas no existen para ofrecer respuestas, sino para mantener abiertas las preguntas que una sociedad preferiría no hacerse.
Sus novelas suelen dejar más preguntas que respuestas. ¿Esa forma de escribir nace del escritor o del ciudadano que observa la realidad?
—Es imposible dividir al escritor del ciudadano, pero fundamentalmente pienso el mundo a partir de la escritura. Es mi punto de asidero para intentar interpretar la realidad e interactuar con ella. La literatura es una indagatoria imaginaria sobre lo real, donde unas preguntas siempre conducen a otras.
Escribir significa iluminar poco a poco zonas oscuras y desconocidas de la condición humana mediante una historia, sin certezas ni respuestas predeterminadas. A veces todo comienza con una imagen, una frase o incluso una sola palabra.
No creo en una literatura que le dé respuestas al lector porque yo mismo no las tengo. Borges decía que un escritor puede contar la fábula, pero no la moraleja. Esa tarea corresponde al lector. La imaginación siempre necesita una puerta entreabierta: eso es, precisamente, la literatura.
Costa Rica proyecta desde hace décadas una imagen de país tranquilo. ¿La literatura confirma ese retrato o revela aquello que suele quedar fuera de la fotografía?
—Costa Rica proyectó durante mucho tiempo una imagen casi idílica dentro de la historia político-militar de Centroamérica y Latinoamérica, aunque esa representación empezó a fragmentarse hace una década por el aumento de la desigualdad, los homicidios y el narcotráfico.
En Cruz de olvido juego con ese estereotipo al comenzar diciendo que “en Costa Rica no pasa nada desde el Big Bang”. Las 400 páginas siguientes desmienten deliberadamente ese lugar común y muestran una realidad mucho más compleja.
La tradición literaria costarricense ha narrado huelgas bananeras, conflictos indígenas, dictaduras y violencia política. Sin embargo, muchas de esas obras permanecen fuera del sistema literario latinoamericano y, mientras eso ocurra, es como si no existieran en términos culturales.
¿Qué verdad incómoda sobre Costa Rica ha descubierto la literatura mientras exploraba la historia y la memoria de su propio país?
—Mi literatura siempre ha girado alrededor de verdades incómodas, secretos familiares e indagaciones sobre la historia extraoficial. Me interesa descubrir el lado oculto de las cosas y explorar los mecanismos de la violencia y del olvido social.
Al escribir El año de la ira descubrí aspectos silenciados de la dictadura de Tinoco, como un sistema de represión, tortura y asesinato del que casi no se habló durante un siglo. Muchos lectores incluso compartieron recuerdos familiares que nunca habían contado públicamente.
Con los años también entendí que la crisis económica de los años ochenta, la llegada del neoliberalismo y la erosión del contrato social transformaron profundamente a Costa Rica. El país actual es el resultado de un lento proceso histórico, social y cultural de más de cuatro décadas.
¿La memoria ayuda a comprender el pasado o también puede deformarlo según las necesidades de cada época?
—El pasado no existe como una realidad fija. Es una construcción que surge de la memoria social y de la forma en que una comunidad interpreta, desde el presente, los hechos que considera parte de su historia.
En Costa Rica, tras la caída de la dictadura de Tinoco, se impulsó una política de “perdón y olvido” que construyó determinados relatos públicos, mientras evitaba responsabilizar a quienes participaron en los crímenes del régimen.
Más adelante volvió a imponerse otra política del olvido y, ya en el siglo XXI, surgieron nuevas formas de interpretar el pasado. No existe una historia independiente de la memoria colectiva ni de la manera en que cada sociedad decide actualizarla.
Es periodista y novelista, ¿en cuál de esos dos oficios considera más difícil acercarse a la verdad?
—En ambos resulta muy difícil, porque la verdad y las condiciones en que la entendemos siempre son complejas. El periodismo debe hacer explícitas las condiciones de posibilidad de los hechos; la literatura no está obligada a hacerlo.
Me gusta la distinción de Truman Capote: el periodismo avanza en el eje horizontal de los hechos, mientras la literatura profundiza verticalmente en las relaciones, las causas y el comportamiento humano mediante nuevas preguntas.
Las verdades periodísticas suelen ser efímeras, mientras que la literatura aspira a perdurar. Ezra Pound definía la poesía como “noticias que siguen siendo noticias”, y obras como La Ilíada o La Odisea continúan diciendo verdades mucho después de haber sido escritas.
¿Qué prejuicio sobre Costa Rica ha sido el más difícil de desmontar mientras escribía?
—Escribí un libro para intentar responder esa pregunta. El prejuicio consiste en creer que en Costa Rica no hay nada que decir y que nuestra literatura únicamente interesa a los lectores locales, como si el país estuviera al margen de Centroamérica y Latinoamérica.
Toda nuestra tradición literaria dialoga con las preocupaciones de la región. Sin embargo, durante décadas se consolidó la idea de una literatura de consumo interno, realista y sin referentes de importancia regional, dejando en segundo plano a autores fundamentales.
Si una tradición literaria permanece invisible para el sistema latinoamericano, también lo son sus conflictos. Persiste la falsa idea de que los países con una historia política menos conflictiva producen un arte menor, como ironiza el personaje Harry Lime en El tercer hombre.
¿Qué ha perdido la literatura en una época dominada por la prisa, las pantallas y la cultura audiovisual?
—La transformación más importante tiene que ver con el lugar que ocupa la literatura frente a la cultura audiovisual y digital. La cultura letrada ya no resulta indispensable para comprender el mundo, aunque probablemente nunca haya existido un número tan grande de lectores.
La experiencia humana ya no pasa necesariamente por la literatura. Hoy es posible vivir sin leer los textos que durante siglos fueron considerados fundamentales para nuestra cultura y nuestra concepción de la vida.
Eso representa una pérdida enorme, comparable a la destrucción simbólica de la Biblioteca de Alejandría. Hemos pasado de compartir un patrimonio común de obras y autores a un hipermercado global donde cada persona consume aquello que le produce satisfacción inmediata.
Tras cultivar la novela, la poesía y el ensayo, ¿qué puede expresar un poema que jamás conseguirá decir una novela?
—La emoción instantánea. La aparición súbita del instante en el lector y la conciencia del presente. Un poema concentra al máximo los símbolos para producir un efecto; no actúa por acumulación, sino como una auténtica explosión semántica.
Por esa razón, un gran poema posee la capacidad de inventar un lenguaje radicalmente nuevo y, al mismo tiempo, parecer algo que hubiera existido desde siempre, como si despertara una memoria anterior.
Un poema es un conjuro, un abracadabra. Incluso cuando no se comprende por completo, resuena en una especie de conciencia superior donde la música encuentra finalmente su lugar.
Sus ensayos invitan a discutir ideas; sus novelas exploran múltiples realidades. ¿En cuál de esos territorios creativos se siente más libre?
—La novela es el género de la modernidad porque puede asumir cualquier forma: ensayo, poema, reportaje, crónica, diario, epistolario o incluso un libro de recetas. No tiene límites y esa libertad es una de sus mayores virtudes.
Mis novelas no apelan tanto a las emociones como a la exploración de nuevas realidades imaginarias y de complejos procesos sociohistóricos. Cada una exige una escritura distinta y una estructura propia para contar aquello que necesita contar.
En obras como Larga noche hacia mi madre o El año de la ira combiné diarios, cartas, memorias, noticias y múltiples voces narrativas. Incluso cuando los hechos son reales, esa búsqueda formal me proporciona un enorme sentido de libertad.
¿Ha existido algún personaje que, mientras lo escribía, terminara llevándole la contraria?
—Nabokov decía que es una superchería afirmar que los personajes cobran vida y dejan de ser marionetas del escritor. Sin embargo, yo procuro escuchar la lógica interna de cada relato y responder a la voz que surge durante la escritura.
El caso más difícil fue Larga noche hacia mi madre, porque narra la disolución de la conciencia de mi madre, su muerte y la decadencia de mi estirpe familiar. Como hijo, habría querido salvarla, al menos en la ficción.
Pero como narrador no podía traicionar el arco de la historia. El desenlace debía respetar su propia lógica, aunque personalmente hubiera preferido otro final. Como decía Flaubert, el autor debe estar presente en todas partes, pero siempre invisible.
¿Centroamérica continúa siendo una realidad compartida o cada país ha acabado contando su propia historia?
—Centroamérica comparte una historia colonial y federal, además de desafíos comunes como el cambio climático, la dependencia económica, la desigualdad, la violencia, el crimen organizado, el autoritarismo y la migración. Sin embargo, desde el punto de vista literario y cultural, cada vez estamos más incomunicados.
La tradición literaria regional se ha ido disgregando con la globalización. Aquella red de editoriales, revistas, suplementos y, más tarde, sitios web y blogs, que articulaba un espacio cultural centroamericano, prácticamente ha desaparecido.
He estado ligado a Centroamérica Cuenta desde su creación, pero un festival no puede sustituir una verdadera industria cultural regional. Hoy ni los escritores centroamericanos nos leemos entre nosotros ni los lectores suelen interesarse por autores que quedan fuera del canon latinoamericano.
¿Qué autor costarricense recomendaría descubrir antes que volver a leer a uno de los grandes clásicos universales? ¿Por qué?
—Recomendaría a Eunice Odio. Cuando la descubrí, llevaba varios años muerta en la miseria, en México, y era una figura casi desconocida dentro del panorama literario latinoamericano, pese a haber publicado en varios países y poseer una trayectoria extraordinaria.
Desde el primer momento me pareció una poeta grandiosa, quizá el mejor escritor nacido en Costa Rica. Construyó un universo poético complejo, de referencias míticas, tono místico y una voz de enorme potencia verbal.
Medio siglo después, su obra ha recibido el reconocimiento que merece. Hoy es considerada una de las grandes poetas en lengua castellana, sus obras completas han sido reeditadas y El tránsito de fuego incluso fue traducido al inglés.
Si un joven lector solo pudiera comenzar a conocer su obra con un único libro, ¿cuál pondría en sus manos?
—Le recomendaría el libro de cuentos La última aventura de Batman, una obra que ha sido leída en colegios costarricenses y que reúne algunos de mis relatos más antologados.
Uno de esos cuentos narra cómo descubrí que mi padre había sido asesinado al encontrar la noticia en un periódico conservado en la hemeroteca de la Biblioteca Nacional, una experiencia que marcó profundamente mi escritura.
Creo que esa colección constituye una buena puerta de entrada a mi literatura porque reúne los temas que más me interesan: los secretos familiares, la búsqueda del padre y el vínculo entre la historia colectiva y la vida individual.
¿Entre la poesía y el ensayo, cuál de esos dos géneros le ha enseñado más como novelista?
—Siempre fui, y seguiré siendo, un lector de poesía. Tal vez soy un poeta cansado y por eso escribo prosa. Mi concepción de la novela nace de la exploración del lenguaje, y ese aprendizaje procede directamente de la poesía.
Pienso que la prosa también debe respirar, sostener un ritmo y contar una historia mediante la sonoridad, los símbolos y ese lenguaje secreto que convierte la escritura en una experiencia estética.
Los autores que más han influido en mi obra, como Faulkner, Rulfo, Cabrera Infante o Borges, entendieron la literatura como una forma de invención. Esa es también la tradición en la que intento inscribirme.
¿Qué gran pregunta sobre Costa Rica sigue esperando la novela capaz de plantearla con profundidad?
—En La gran novela perdida intenté demostrar que Costa Rica ya posee grandes novelas que dialogan con la tradición latinoamericana, aunque muchas veces no hayan sido leídas como tales. Las novelas no ofrecen respuestas definitivas; abren debates y dialogan con otros textos.
Entre 1991 y 2013 surgió un ciclo de novelas urbanas que abordó la descomposición del contrato social y la decadencia de San José. Hoy percibo cierta resistencia entre los autores más jóvenes a enfrentarse a la realidad política y social del país.
Si pudiera formular la gran pregunta que debería abordar la novela contemporánea, giraría en torno a la transformación de Costa Rica durante las últimas décadas: cómo pasó de ser una democracia aparentemente exitosa a un país amenazado por el populismo autoritario. La literatura convierte esas tensiones colectivas en dramas profundamente humanos.
Pocas trayectorias resumen tan bien las contradicciones de Centroamérica como la de Carlos Cortés. Mientras buena parte del imaginario internacional sigue asociando Costa Rica con una postal apacible, él ha dedicado más de cuatro décadas a demostrar que debajo de cualquier paisaje tranquilo también existen conflictos, olvidos y zonas oscuras. Esa búsqueda ha dado forma a una de las obras más sólidas de la literatura centroamericana contemporánea.
Nacido en San José en 1962, Cortés ha transitado con naturalidad por la novela, la poesía, el ensayo, el cuento y el periodismo. Sus libros —entre ellos Cruz de olvido, Larga noche hacia mi madre, Mojiganga y El año de la ira— convierten la memoria en una herramienta para interrogar el presente, mientras que La gran novela perdidadesafía con ironía la vieja idea de que Costa Rica carece de una tradición narrativa relevante.
Su obra ha recibido algunos de los principales reconocimientos literarios de la región, como el Premio Nacional Aquileo J. Echeverría, el Premio Centroamericano Mario Monteforte Toledo, el Premio Mesoamericano Luis Cardoza y Aragón y el Premio Centroamericano Rogelio Sinán. Larga noche hacia mi madre fue finalista del Premio Internacional Rómulo Gallegos, mientras que el Gobierno de Francia lo distinguió con la Orden de las Artes y las Letras. Traducido a numerosos idiomas y señalado por la Feria Internacional del Libro de Guadalajara como uno de los secretos mejor guardados de la literatura latinoamericana, Cortés continúa escribiendo con una convicción poco frecuente: las novelas no existen para ofrecer respuestas, sino para mantener abiertas las preguntas que una sociedad preferiría no hacerse.
Sus novelas suelen dejar más preguntas que respuestas. ¿Esa forma de escribir nace del escritor o del ciudadano que observa la realidad?
—Es imposible dividir al escritor del ciudadano, pero fundamentalmente pienso el mundo a partir de la escritura. Es mi punto de asidero para intentar interpretar la realidad e interactuar con ella. La literatura es una indagatoria imaginaria sobre lo real, donde unas preguntas siempre conducen a otras.
Escribir significa iluminar poco a poco zonas oscuras y desconocidas de la condición humana mediante una historia, sin certezas ni respuestas predeterminadas. A veces todo comienza con una imagen, una frase o incluso una sola palabra.
No creo en una literatura que le dé respuestas al lector porque yo mismo no las tengo. Borges decía que un escritor puede contar la fábula, pero no la moraleja. Esa tarea corresponde al lector. La imaginación siempre necesita una puerta entreabierta: eso es, precisamente, la literatura.
Costa Rica proyecta desde hace décadas una imagen de país tranquilo. ¿La literatura confirma ese retrato o revela aquello que suele quedar fuera de la fotografía?
—Costa Rica proyectó durante mucho tiempo una imagen casi idílica dentro de la historia político-militar de Centroamérica y Latinoamérica, aunque esa representación empezó a fragmentarse hace una década por el aumento de la desigualdad, los homicidios y el narcotráfico.
En Cruz de olvido juego con ese estereotipo al comenzar diciendo que “en Costa Rica no pasa nada desde el Big Bang”. Las 400 páginas siguientes desmienten deliberadamente ese lugar común y muestran una realidad mucho más compleja.
La tradición literaria costarricense ha narrado huelgas bananeras, conflictos indígenas, dictaduras y violencia política. Sin embargo, muchas de esas obras permanecen fuera del sistema literario latinoamericano y, mientras eso ocurra, es como si no existieran en términos culturales.
¿Qué verdad incómoda sobre Costa Rica ha descubierto la literatura mientras exploraba la historia y la memoria de su propio país?
—Mi literatura siempre ha girado alrededor de verdades incómodas, secretos familiares e indagaciones sobre la historia extraoficial. Me interesa descubrir el lado oculto de las cosas y explorar los mecanismos de la violencia y del olvido social.
Al escribir El año de la ira descubrí aspectos silenciados de la dictadura de Tinoco, como un sistema de represión, tortura y asesinato del que casi no se habló durante un siglo. Muchos lectores incluso compartieron recuerdos familiares que nunca habían contado públicamente.
Con los años también entendí que la crisis económica de los años ochenta, la llegada del neoliberalismo y la erosión del contrato social transformaron profundamente a Costa Rica. El país actual es el resultado de un lento proceso histórico, social y cultural de más de cuatro décadas.
¿La memoria ayuda a comprender el pasado o también puede deformarlo según las necesidades de cada época?
—El pasado no existe como una realidad fija. Es una construcción que surge de la memoria social y de la forma en que una comunidad interpreta, desde el presente, los hechos que considera parte de su historia.
En Costa Rica, tras la caída de la dictadura de Tinoco, se impulsó una política de “perdón y olvido” que construyó determinados relatos públicos, mientras evitaba responsabilizar a quienes participaron en los crímenes del régimen.
Más adelante volvió a imponerse otra política del olvido y, ya en el siglo XXI, surgieron nuevas formas de interpretar el pasado. No existe una historia independiente de la memoria colectiva ni de la manera en que cada sociedad decide actualizarla.
Es periodista y novelista, ¿en cuál de esos dos oficios considera más difícil acercarse a la verdad?
—En ambos resulta muy difícil, porque la verdad y las condiciones en que la entendemos siempre son complejas. El periodismo debe hacer explícitas las condiciones de posibilidad de los hechos; la literatura no está obligada a hacerlo.
Me gusta la distinción de Truman Capote: el periodismo avanza en el eje horizontal de los hechos, mientras la literatura profundiza verticalmente en las relaciones, las causas y el comportamiento humano mediante nuevas preguntas.
Las verdades periodísticas suelen ser efímeras, mientras que la literatura aspira a perdurar. Ezra Pound definía la poesía como “noticias que siguen siendo noticias”, y obras como La Ilíada o La Odisea continúan diciendo verdades mucho después de haber sido escritas.
¿Qué prejuicio sobre Costa Rica ha sido el más difícil de desmontar mientras escribía?
—Escribí un libro para intentar responder esa pregunta. El prejuicio consiste en creer que en Costa Rica no hay nada que decir y que nuestra literatura únicamente interesa a los lectores locales, como si el país estuviera al margen de Centroamérica y Latinoamérica.
Toda nuestra tradición literaria dialoga con las preocupaciones de la región. Sin embargo, durante décadas se consolidó la idea de una literatura de consumo interno, realista y sin referentes de importancia regional, dejando en segundo plano a autores fundamentales.
Si una tradición literaria permanece invisible para el sistema latinoamericano, también lo son sus conflictos. Persiste la falsa idea de que los países con una historia política menos conflictiva producen un arte menor, como ironiza el personaje Harry Lime en El tercer hombre.
¿Qué ha perdido la literatura en una época dominada por la prisa, las pantallas y la cultura audiovisual?
—La transformación más importante tiene que ver con el lugar que ocupa la literatura frente a la cultura audiovisual y digital. La cultura letrada ya no resulta indispensable para comprender el mundo, aunque probablemente nunca haya existido un número tan grande de lectores.
La experiencia humana ya no pasa necesariamente por la literatura. Hoy es posible vivir sin leer los textos que durante siglos fueron considerados fundamentales para nuestra cultura y nuestra concepción de la vida.
Eso representa una pérdida enorme, comparable a la destrucción simbólica de la Biblioteca de Alejandría. Hemos pasado de compartir un patrimonio común de obras y autores a un hipermercado global donde cada persona consume aquello que le produce satisfacción inmediata.
Tras cultivar la novela, la poesía y el ensayo, ¿qué puede expresar un poema que jamás conseguirá decir una novela?
—La emoción instantánea. La aparición súbita del instante en el lector y la conciencia del presente. Un poema concentra al máximo los símbolos para producir un efecto; no actúa por acumulación, sino como una auténtica explosión semántica.
Por esa razón, un gran poema posee la capacidad de inventar un lenguaje radicalmente nuevo y, al mismo tiempo, parecer algo que hubiera existido desde siempre, como si despertara una memoria anterior.
Un poema es un conjuro, un abracadabra. Incluso cuando no se comprende por completo, resuena en una especie de conciencia superior donde la música encuentra finalmente su lugar.
Sus ensayos invitan a discutir ideas; sus novelas exploran múltiples realidades. ¿En cuál de esos territorios creativos se siente más libre?
—La novela es el género de la modernidad porque puede asumir cualquier forma: ensayo, poema, reportaje, crónica, diario, epistolario o incluso un libro de recetas. No tiene límites y esa libertad es una de sus mayores virtudes.
Mis novelas no apelan tanto a las emociones como a la exploración de nuevas realidades imaginarias y de complejos procesos sociohistóricos. Cada una exige una escritura distinta y una estructura propia para contar aquello que necesita contar.
En obras como Larga noche hacia mi madre o El año de la ira combiné diarios, cartas, memorias, noticias y múltiples voces narrativas. Incluso cuando los hechos son reales, esa búsqueda formal me proporciona un enorme sentido de libertad.
¿Ha existido algún personaje que, mientras lo escribía, terminara llevándole la contraria?
—Nabokov decía que es una superchería afirmar que los personajes cobran vida y dejan de ser marionetas del escritor. Sin embargo, yo procuro escuchar la lógica interna de cada relato y responder a la voz que surge durante la escritura.
El caso más difícil fue Larga noche hacia mi madre, porque narra la disolución de la conciencia de mi madre, su muerte y la decadencia de mi estirpe familiar. Como hijo, habría querido salvarla, al menos en la ficción.
Pero como narrador no podía traicionar el arco de la historia. El desenlace debía respetar su propia lógica, aunque personalmente hubiera preferido otro final. Como decía Flaubert, el autor debe estar presente en todas partes, pero siempre invisible.
¿Centroamérica continúa siendo una realidad compartida o cada país ha acabado contando su propia historia?
—Centroamérica comparte una historia colonial y federal, además de desafíos comunes como el cambio climático, la dependencia económica, la desigualdad, la violencia, el crimen organizado, el autoritarismo y la migración. Sin embargo, desde el punto de vista literario y cultural, cada vez estamos más incomunicados.
La tradición literaria regional se ha ido disgregando con la globalización. Aquella red de editoriales, revistas, suplementos y, más tarde, sitios web y blogs, que articulaba un espacio cultural centroamericano, prácticamente ha desaparecido.
He estado ligado a Centroamérica Cuenta desde su creación, pero un festival no puede sustituir una verdadera industria cultural regional. Hoy ni los escritores centroamericanos nos leemos entre nosotros ni los lectores suelen interesarse por autores que quedan fuera del canon latinoamericano.
¿Qué autor costarricense recomendaría descubrir antes que volver a leer a uno de los grandes clásicos universales? ¿Por qué?
—Recomendaría a Eunice Odio. Cuando la descubrí, llevaba varios años muerta en la miseria, en México, y era una figura casi desconocida dentro del panorama literario latinoamericano, pese a haber publicado en varios países y poseer una trayectoria extraordinaria.
Desde el primer momento me pareció una poeta grandiosa, quizá el mejor escritor nacido en Costa Rica. Construyó un universo poético complejo, de referencias míticas, tono místico y una voz de enorme potencia verbal.
Medio siglo después, su obra ha recibido el reconocimiento que merece. Hoy es considerada una de las grandes poetas en lengua castellana, sus obras completas han sido reeditadas y El tránsito de fuego incluso fue traducido al inglés.
Si un joven lector solo pudiera comenzar a conocer su obra con un único libro, ¿cuál pondría en sus manos?
—Le recomendaría el libro de cuentos La última aventura de Batman, una obra que ha sido leída en colegios costarricenses y que reúne algunos de mis relatos más antologados.
Uno de esos cuentos narra cómo descubrí que mi padre había sido asesinado al encontrar la noticia en un periódico conservado en la hemeroteca de la Biblioteca Nacional, una experiencia que marcó profundamente mi escritura.
Creo que esa colección constituye una buena puerta de entrada a mi literatura porque reúne los temas que más me interesan: los secretos familiares, la búsqueda del padre y el vínculo entre la historia colectiva y la vida individual.
¿Entre la poesía y el ensayo, cuál de esos dos géneros le ha enseñado más como novelista?
—Siempre fui, y seguiré siendo, un lector de poesía. Tal vez soy un poeta cansado y por eso escribo prosa. Mi concepción de la novela nace de la exploración del lenguaje, y ese aprendizaje procede directamente de la poesía.
Pienso que la prosa también debe respirar, sostener un ritmo y contar una historia mediante la sonoridad, los símbolos y ese lenguaje secreto que convierte la escritura en una experiencia estética.
Los autores que más han influido en mi obra, como Faulkner, Rulfo, Cabrera Infante o Borges, entendieron la literatura como una forma de invención. Esa es también la tradición en la que intento inscribirme.
¿Qué gran pregunta sobre Costa Rica sigue esperando la novela capaz de plantearla con profundidad?
—En La gran novela perdida intenté demostrar que Costa Rica ya posee grandes novelas que dialogan con la tradición latinoamericana, aunque muchas veces no hayan sido leídas como tales. Las novelas no ofrecen respuestas definitivas; abren debates y dialogan con otros textos.
Entre 1991 y 2013 surgió un ciclo de novelas urbanas que abordó la descomposición del contrato social y la decadencia de San José. Hoy percibo cierta resistencia entre los autores más jóvenes a enfrentarse a la realidad política y social del país.
Si pudiera formular la gran pregunta que debería abordar la novela contemporánea, giraría en torno a la transformación de Costa Rica durante las últimas décadas: cómo pasó de ser una democracia aparentemente exitosa a un país amenazado por el populismo autoritario. La literatura convierte esas tensiones colectivas en dramas profundamente humanos.
EL TIPO DE CAMBIO DE HOY ES DE: