VIVE LA FRANCE!
Ni el fuego ni la intolerancia arreglarán lo que está roto. Les comparto por qué la ignorancia es hoy nuestra mayor amenaza a la libertad.
La liberté commence où l'ignorance finit.
- Victor Hugo
En una escena de la serie Tapie, de Netflix, el personaje de Bernard Tapie, un empresario francés que llegó a comprar Adidas, fue ministro y terminó en la cárcel, camina con un micrófono en la mano y pronuncia un discurso cargado de entusiasmo y orgullo por su país:
“Francia es el mejor país del mundo. Así es, el mejor. No por haber inventado la moda, ni la gastronomía, sino porque todo lo que hace que nuestra vida sea grandiosa se inventó en Francia. Miren a su alrededor: la máquina de vapor, los ferrocarriles. ¡Francia nos dio el motor de combustión y los autos! La televisión en blanco y negro, la televisión a color, la fotografía, el cine, ¡Francia! Entonces, ¿cómo es que Francia no es la mayor superpotencia económica del mundo? Porque, para ser sinceros, existen dos Francias. La Francia generosa y entusiasta, que alienta la creatividad, la imaginación y el espíritu comunitario. Y la otra Francia. Así es, hay otra, y es triste. Una Francia que se ha rendido, que ya no cree en nada y que a veces es hasta cruel.”
Le tengo un cariño especial a Francia. El francés fue mi segundo idioma y estuvo presente desde mis primeros años de infancia. Guardo muchos recuerdos de aquella época, entre ellos el de las maestras francesas fumando tranquilamente mientras daban clase, algo que hoy resultaría impensable. Recuerdo también que, cuando llegaba el Día del Padre, los regalos que preparábamos eran casi siempre ceniceros o guardafósforos. Los hacíamos en el aula, mientras la madame fumaba su cigarrillo. Eran otros tiempos.
Creo que por ese cariño que le tengo a Francia me identifico con las palabras de Bernard Tapie. Ver la Francia de hoy duele. Y los acontecimientos recientes parecen darle la razón cuando hablaba de la otra Francia. El sábado 17 de octubre vimos a grupos de manifestantes violentos saquear comercios, incendiar vehículos y atacar edificios históricos, entre ellos el ayuntamiento de Limoges, del siglo XIX, que quedó parcialmente destruido. Al día siguiente vimos a ciudadanos franceses que, atendiendo al llamado del alcalde de París, Emmanuel Grégoire, salieron a limpiar las calles junto a los trabajadores municipales. Unos destruyendo su ciudad; otros recogiendo los destrozos. Dos Francias, tal como las describía Tapie.
El presidente francés, Emmanuel Macron, reconoce el malestar por el alto costo de la vida, pero atribuye buena parte del encarecimiento de la energía a la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán. “Francia no eligió esta guerra. Tampoco participó en ella”, declaró semanas antes de los disturbios. Donald Trump, por su parte, culpa a la inmigración y le exige a Francia que cierre sus fronteras.
Mientras todo esto sucedía el fin de semana en Francia, los guatemaltecos quedamos indignados por el asesinato de una persona que expresaba públicamente sus ideas y opiniones. Ni siquiera podemos decir que en Guatemala vivimos la ley del Viejo Oeste, porque en esos tiempos los problemas se resolvían de frente y en igualdad de condiciones. La otra Guatemala también duele. Duele la ignorancia, duele la violencia, duele la corrupción, duele la hipocresía y el doble discurso. Duele que alguien pueda perder la vida por su forma de pensar. Y duele que estemos llegando al punto de normalizarlo.
También existen dos Guatemalas. La de quienes vivimos de nuestro trabajo, buscamos una vida mejor, amamos y tenemos sueños. Y la de quienes creen que destruyendo se consigue una revolución, como si un carro descompuesto se arreglara prendiéndole fuego. Lo indignante es que, mientras unos intentamos construir un país, otros parecen empeñados en destruirlo. Pero Guatemala no necesita que todos pensemos igual. Necesita que aprendamos a respetarnos a pesar de nuestras diferencias. Tal vez entonces podamos dejar de hablar de dos Guatemalas y comenzar a construir una sola, donde prevalezcan los ideales de Liberté, Égalité et Fraternité.
VIVE LA FRANCE!
Ni el fuego ni la intolerancia arreglarán lo que está roto. Les comparto por qué la ignorancia es hoy nuestra mayor amenaza a la libertad.
La liberté commence où l'ignorance finit.
- Victor Hugo
En una escena de la serie Tapie, de Netflix, el personaje de Bernard Tapie, un empresario francés que llegó a comprar Adidas, fue ministro y terminó en la cárcel, camina con un micrófono en la mano y pronuncia un discurso cargado de entusiasmo y orgullo por su país:
“Francia es el mejor país del mundo. Así es, el mejor. No por haber inventado la moda, ni la gastronomía, sino porque todo lo que hace que nuestra vida sea grandiosa se inventó en Francia. Miren a su alrededor: la máquina de vapor, los ferrocarriles. ¡Francia nos dio el motor de combustión y los autos! La televisión en blanco y negro, la televisión a color, la fotografía, el cine, ¡Francia! Entonces, ¿cómo es que Francia no es la mayor superpotencia económica del mundo? Porque, para ser sinceros, existen dos Francias. La Francia generosa y entusiasta, que alienta la creatividad, la imaginación y el espíritu comunitario. Y la otra Francia. Así es, hay otra, y es triste. Una Francia que se ha rendido, que ya no cree en nada y que a veces es hasta cruel.”
Le tengo un cariño especial a Francia. El francés fue mi segundo idioma y estuvo presente desde mis primeros años de infancia. Guardo muchos recuerdos de aquella época, entre ellos el de las maestras francesas fumando tranquilamente mientras daban clase, algo que hoy resultaría impensable. Recuerdo también que, cuando llegaba el Día del Padre, los regalos que preparábamos eran casi siempre ceniceros o guardafósforos. Los hacíamos en el aula, mientras la madame fumaba su cigarrillo. Eran otros tiempos.
Creo que por ese cariño que le tengo a Francia me identifico con las palabras de Bernard Tapie. Ver la Francia de hoy duele. Y los acontecimientos recientes parecen darle la razón cuando hablaba de la otra Francia. El sábado 17 de octubre vimos a grupos de manifestantes violentos saquear comercios, incendiar vehículos y atacar edificios históricos, entre ellos el ayuntamiento de Limoges, del siglo XIX, que quedó parcialmente destruido. Al día siguiente vimos a ciudadanos franceses que, atendiendo al llamado del alcalde de París, Emmanuel Grégoire, salieron a limpiar las calles junto a los trabajadores municipales. Unos destruyendo su ciudad; otros recogiendo los destrozos. Dos Francias, tal como las describía Tapie.
El presidente francés, Emmanuel Macron, reconoce el malestar por el alto costo de la vida, pero atribuye buena parte del encarecimiento de la energía a la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán. “Francia no eligió esta guerra. Tampoco participó en ella”, declaró semanas antes de los disturbios. Donald Trump, por su parte, culpa a la inmigración y le exige a Francia que cierre sus fronteras.
Mientras todo esto sucedía el fin de semana en Francia, los guatemaltecos quedamos indignados por el asesinato de una persona que expresaba públicamente sus ideas y opiniones. Ni siquiera podemos decir que en Guatemala vivimos la ley del Viejo Oeste, porque en esos tiempos los problemas se resolvían de frente y en igualdad de condiciones. La otra Guatemala también duele. Duele la ignorancia, duele la violencia, duele la corrupción, duele la hipocresía y el doble discurso. Duele que alguien pueda perder la vida por su forma de pensar. Y duele que estemos llegando al punto de normalizarlo.
También existen dos Guatemalas. La de quienes vivimos de nuestro trabajo, buscamos una vida mejor, amamos y tenemos sueños. Y la de quienes creen que destruyendo se consigue una revolución, como si un carro descompuesto se arreglara prendiéndole fuego. Lo indignante es que, mientras unos intentamos construir un país, otros parecen empeñados en destruirlo. Pero Guatemala no necesita que todos pensemos igual. Necesita que aprendamos a respetarnos a pesar de nuestras diferencias. Tal vez entonces podamos dejar de hablar de dos Guatemalas y comenzar a construir una sola, donde prevalezcan los ideales de Liberté, Égalité et Fraternité.
