«Todes» por decreto
Hace siglos, el latín tenía tres géneros: masculino, femenino y neutro, como ocurre actualmente en el idioma alemán: der, die, das.
En noviembre de 2019, durante la Feria del Libro de Miami, un tenso e incómodo intercambio encendió el debate sobre el lenguaje inclusivo. El periodista Jorge Ramos abordó al Premio Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa con una pregunta directa: «Quería preguntarte sobre el lenguaje igualitario, por ejemplo...». La respuesta del escritor fue una interrupción inmediata y una posterior carcajada: «Pero ¿qué llamas lenguaje igualitario? A ver, ¿qué pasa con él?».
Cuando Ramos planteó el uso de términos como «todes» en grupos con mayoría de mujeres, Vargas Llosa defendió tajantemente el masculino inclusivo como una evolución natural sujeta a reglas. Calificó el intento de alterar el idioma en nombre de un «feminismo malentendido» como una «estupidez» y un «camino muy peligroso», desmarcando las reivindicaciones sociales legítimas de las modificaciones gramaticales.
Esta postura no es un caso aislado. La Real Academia Española (RAE) también rechaza el uso de «todes», «todxs» o «tod@s», calificando estas alternativas como «innecesarias y ajenas a la morfología del español». El uso de la e surge de una imposición ideológica y no de un cambio orgánico. Ante este panorama, vale la pena desentrañar la historia de nuestra lengua para responder una pregunta fundamental: ¿estamos ante una evolución lingüística orgánica o frente a una imposición ideológica?
Los idiomas evolucionan de abajo para arriba. Esto significa que los cambios surgen naturalmente entre la gente. Las reglas han cambiado a lo largo de los siglos para ahorrarnos esfuerzo. Un ejemplo claro es el origen del masculino genérico. Hace siglos, el latín tenía tres géneros: masculino, femenino y neutro, como ocurre actualmente en el idioma alemán: der, die, das. El género neutro fue desapareciendo y el masculino absorbió su función.
Por eso hoy decimos «los ciudadanos» o «los alumnos» para incluir a hombres y mujeres. No nació por decreto ni por machismo; nació en boca del pueblo para simplificar el habla cotidiana. Lo mismo pasa cuando adoptamos palabras nuevas como «chatear» o «wifi»: las usamos porque las necesitamos; nadie nos obliga. De hecho, palabras que en español conocemos como «chapear» y «silbín» vienen, por ejemplo, de expresiones inglesas como chop the yard y sealed beam.
El lenguaje inclusivo, al usar la «e», como en «todes», o al decir «los ciudadanos y las ciudadanas», funciona exactamente al revés: de arriba para abajo. Este fenómeno no nació de la gente común en las conversaciones para comunicarse mejor. Además, va en contra de la naturaleza del idioma porque no simplifica el habla, sino que la complica, pues exige un esfuerzo mental consciente para no romper las nuevas reglas.
Jorge Ramos quiso servirse de la autoridad de un Premio Nobel de Literatura para hablar del lenguaje inclusivo. Probablemente esperaba una respuesta distinta. Le salió el tiro por la culata. Vargas Llosa se rió en su cara y rechazó de frente la idea de alterar el idioma para adaptarlo a una causa política. La ironía es difícil de ignorar: Ramos fue a preguntarle a un maestro de las palabras cómo debíamos cambiarlas y terminó recibiendo una lección elemental. El idioma evoluciona naturalmente, no por imposición.
«Todes» por decreto
Hace siglos, el latín tenía tres géneros: masculino, femenino y neutro, como ocurre actualmente en el idioma alemán: der, die, das.
En noviembre de 2019, durante la Feria del Libro de Miami, un tenso e incómodo intercambio encendió el debate sobre el lenguaje inclusivo. El periodista Jorge Ramos abordó al Premio Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa con una pregunta directa: «Quería preguntarte sobre el lenguaje igualitario, por ejemplo...». La respuesta del escritor fue una interrupción inmediata y una posterior carcajada: «Pero ¿qué llamas lenguaje igualitario? A ver, ¿qué pasa con él?».
Cuando Ramos planteó el uso de términos como «todes» en grupos con mayoría de mujeres, Vargas Llosa defendió tajantemente el masculino inclusivo como una evolución natural sujeta a reglas. Calificó el intento de alterar el idioma en nombre de un «feminismo malentendido» como una «estupidez» y un «camino muy peligroso», desmarcando las reivindicaciones sociales legítimas de las modificaciones gramaticales.
Esta postura no es un caso aislado. La Real Academia Española (RAE) también rechaza el uso de «todes», «todxs» o «tod@s», calificando estas alternativas como «innecesarias y ajenas a la morfología del español». El uso de la e surge de una imposición ideológica y no de un cambio orgánico. Ante este panorama, vale la pena desentrañar la historia de nuestra lengua para responder una pregunta fundamental: ¿estamos ante una evolución lingüística orgánica o frente a una imposición ideológica?
Los idiomas evolucionan de abajo para arriba. Esto significa que los cambios surgen naturalmente entre la gente. Las reglas han cambiado a lo largo de los siglos para ahorrarnos esfuerzo. Un ejemplo claro es el origen del masculino genérico. Hace siglos, el latín tenía tres géneros: masculino, femenino y neutro, como ocurre actualmente en el idioma alemán: der, die, das. El género neutro fue desapareciendo y el masculino absorbió su función.
Por eso hoy decimos «los ciudadanos» o «los alumnos» para incluir a hombres y mujeres. No nació por decreto ni por machismo; nació en boca del pueblo para simplificar el habla cotidiana. Lo mismo pasa cuando adoptamos palabras nuevas como «chatear» o «wifi»: las usamos porque las necesitamos; nadie nos obliga. De hecho, palabras que en español conocemos como «chapear» y «silbín» vienen, por ejemplo, de expresiones inglesas como chop the yard y sealed beam.
El lenguaje inclusivo, al usar la «e», como en «todes», o al decir «los ciudadanos y las ciudadanas», funciona exactamente al revés: de arriba para abajo. Este fenómeno no nació de la gente común en las conversaciones para comunicarse mejor. Además, va en contra de la naturaleza del idioma porque no simplifica el habla, sino que la complica, pues exige un esfuerzo mental consciente para no romper las nuevas reglas.
Jorge Ramos quiso servirse de la autoridad de un Premio Nobel de Literatura para hablar del lenguaje inclusivo. Probablemente esperaba una respuesta distinta. Le salió el tiro por la culata. Vargas Llosa se rió en su cara y rechazó de frente la idea de alterar el idioma para adaptarlo a una causa política. La ironía es difícil de ignorar: Ramos fue a preguntarle a un maestro de las palabras cómo debíamos cambiarlas y terminó recibiendo una lección elemental. El idioma evoluciona naturalmente, no por imposición.
EL TIPO DE CAMBIO DE HOY ES DE: