¿Por qué Guatemala no ha sabido transformar cinco años de bonanza fiscal en infraestructura real?
Guatemala recauda más que nunca. Les comparto por qué debemos dejar los regalos populistas e invertir en obras estratégicas antes de que sea tarde.
¿Qué hacen los líderes de un Estado ante un incremento súbito de recursos públicos? ¿Lo reparten directamente a la población? ¿Lo dedican a festivales y monumentos? ¿O se sobreponen a sus impulsos populistas y cortoplacistas, y los dedican a la inversión productiva y a la protección ante amenazas futuras? Esta pregunta es relevante para Guatemala. Hoy en día, el sector público guatemalteco recauda, en términos reales, casi 50% más que hace una década.
El dilema de qué hacer ante un aumento inesperado de recursos no es nuevo. En la antigua Atenas, en el período de la tiranía, el tirano Pisístrato acumuló una gran riqueza explotando las minas de oro y plata la cual utilizó para financiar el apoyo popular con regalos, repartir préstamos subsidiados y edificar monumentos destinados a alimentar su ego personal. Durante un tiempo, el espejismo de prosperidad funcionó; sin embargo, la generosidad clientelar resultó ser una trampa para su legado. Cuando las minas se agotaron y el gasto se volvió insostenible, sus hijos fueron incapaces de seguir comprando lealtades; la frustración popular llevó a asesinar a uno de ellos y a exiliar al otro.
Tras esta experiencia, algo distinto ocurre durante la era de la democracia, ante un aumento súbito de recursos públicos de una nueva mina de plata. La Asamblea ateniense se vio tentada a repartir dinero entre todos los ciudadanos para ganar el favor popular. Sin embargo, una voz se alzó y propuso algo completamente distinto: Temístocles tuvo el olfato, la retórica y el liderazgo político para persuadir a los ciudadanos de renunciar al regalo inmediato y canalizar esa riqueza hacia la construcción de bienes públicos de alto impacto —una flota marítima y la infraestructura del puerto del Pireo—. Mientras el gasto del tirano solo compró una paz efímera para su dinastía y terminó en tragedia, la inversión del líder democrático le otorgó a Atenas la fuerza, la logística y la economía para derrotar la invasión persa en la batalla naval de Salamina. Décadas después, las inversiones de Temístocles en defensa terrestre y marítima, así como en caminos y puertos, volverían a dar frutos y permitir la sobrevivencia ateniense durante la época de Pericles.
Hoy, Guatemala se encuentra ante el reto de buscar a su Temístocles entre tanto Pisístrato. Tras cinco años consecutivos de recaudación fiscal récord, la política nacional ha preferido la ruta de Pisístrato: pulverizar el excedente en gasto corriente, parches clientelares y discusiones presupuestarias enfocadas en la repartición del botín. Nos ha faltado el liderazgo de un Temístocles capaz de elevar la conversación pública, resistir las presiones del cortoplacismo y convencer a la sociedad de que los activos estratégicos —la infraestructura logística, portuaria y vial, resiliente y competitiva— son el verdadero escudo de nuestro desarrollo.
Hoy necesitamos un Temístocles en el Ejecutivo que lidere y gestione con visión de Estado. Hoy, necesitamos, con igual urgencia, uno o varios Temístocles en el Congreso, que pongan fin a la práctica de regalar espejitos con el presupuesto nacional y avancen las reformas pendientes para construir la infraestructura y la economía que el país necesita: reformar la Ley de la Contraloría; reformar la Ley de Consejos de Desarrollo; reformar las Leyes de Servicio Civil y de Salarios Públicos; y mejorar el esquema de incentivos para atraer y sostener un ecosistema innovador de manufactura de clase mundial. Y, sobre todo, que, mediante el presupuesto, dejen de regalarnos espejitos y asignen las herramientas y los recursos a proyectos transformadores.
¿Por qué Guatemala no ha sabido transformar cinco años de bonanza fiscal en infraestructura real?
Guatemala recauda más que nunca. Les comparto por qué debemos dejar los regalos populistas e invertir en obras estratégicas antes de que sea tarde.
¿Qué hacen los líderes de un Estado ante un incremento súbito de recursos públicos? ¿Lo reparten directamente a la población? ¿Lo dedican a festivales y monumentos? ¿O se sobreponen a sus impulsos populistas y cortoplacistas, y los dedican a la inversión productiva y a la protección ante amenazas futuras? Esta pregunta es relevante para Guatemala. Hoy en día, el sector público guatemalteco recauda, en términos reales, casi 50% más que hace una década.
El dilema de qué hacer ante un aumento inesperado de recursos no es nuevo. En la antigua Atenas, en el período de la tiranía, el tirano Pisístrato acumuló una gran riqueza explotando las minas de oro y plata la cual utilizó para financiar el apoyo popular con regalos, repartir préstamos subsidiados y edificar monumentos destinados a alimentar su ego personal. Durante un tiempo, el espejismo de prosperidad funcionó; sin embargo, la generosidad clientelar resultó ser una trampa para su legado. Cuando las minas se agotaron y el gasto se volvió insostenible, sus hijos fueron incapaces de seguir comprando lealtades; la frustración popular llevó a asesinar a uno de ellos y a exiliar al otro.
Tras esta experiencia, algo distinto ocurre durante la era de la democracia, ante un aumento súbito de recursos públicos de una nueva mina de plata. La Asamblea ateniense se vio tentada a repartir dinero entre todos los ciudadanos para ganar el favor popular. Sin embargo, una voz se alzó y propuso algo completamente distinto: Temístocles tuvo el olfato, la retórica y el liderazgo político para persuadir a los ciudadanos de renunciar al regalo inmediato y canalizar esa riqueza hacia la construcción de bienes públicos de alto impacto —una flota marítima y la infraestructura del puerto del Pireo—. Mientras el gasto del tirano solo compró una paz efímera para su dinastía y terminó en tragedia, la inversión del líder democrático le otorgó a Atenas la fuerza, la logística y la economía para derrotar la invasión persa en la batalla naval de Salamina. Décadas después, las inversiones de Temístocles en defensa terrestre y marítima, así como en caminos y puertos, volverían a dar frutos y permitir la sobrevivencia ateniense durante la época de Pericles.
Hoy, Guatemala se encuentra ante el reto de buscar a su Temístocles entre tanto Pisístrato. Tras cinco años consecutivos de recaudación fiscal récord, la política nacional ha preferido la ruta de Pisístrato: pulverizar el excedente en gasto corriente, parches clientelares y discusiones presupuestarias enfocadas en la repartición del botín. Nos ha faltado el liderazgo de un Temístocles capaz de elevar la conversación pública, resistir las presiones del cortoplacismo y convencer a la sociedad de que los activos estratégicos —la infraestructura logística, portuaria y vial, resiliente y competitiva— son el verdadero escudo de nuestro desarrollo.
Hoy necesitamos un Temístocles en el Ejecutivo que lidere y gestione con visión de Estado. Hoy, necesitamos, con igual urgencia, uno o varios Temístocles en el Congreso, que pongan fin a la práctica de regalar espejitos con el presupuesto nacional y avancen las reformas pendientes para construir la infraestructura y la economía que el país necesita: reformar la Ley de la Contraloría; reformar la Ley de Consejos de Desarrollo; reformar las Leyes de Servicio Civil y de Salarios Públicos; y mejorar el esquema de incentivos para atraer y sostener un ecosistema innovador de manufactura de clase mundial. Y, sobre todo, que, mediante el presupuesto, dejen de regalarnos espejitos y asignen las herramientas y los recursos a proyectos transformadores.
