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Pese a todo, sigo siendo europeísta

Marcos Jacobo Suárez Sipmann |
14 de julio, 2026

Hay convicciones que sobreviven mejor que las modas. El vino mejora con los años; las ideologías, en cambio, suelen estropearse antes de abrir la segunda botella. Las certezas políticas tienen una esperanza de vida sorprendentemente corta. La mía, sin embargo, lleva más de tres décadas resistiendo crisis financieras, referéndums, guerras, burócratas insufribles, euroescépticos entusiastas y algún que otro reglamento comunitario capaz de poner a prueba la paciencia de un santo. En tiempos en que criticar a la Unión Europea parece haberse convertido en un deporte de masas, yo sigo declarando, sin demasiados complejos, una rara fidelidad: pese a todo, sigo siendo europeísta. 

En una fotografía tomada un viernes de mayo de 2002 mi compañera de proyecto Susana y yo aparecemos junto al entonces primer ministro de Estonia, Siim Kallas, en su despacho de Tallin. Estábamos en un país que muchos europeos occidentales apenas habrían sabido situar en un mapa. Ellos, en cambio, parecían tener muy claro dónde querían estar: en Europa. No en el continente —eso ya lo estaban—, sino en el proyecto político. Aquella entrevista terminó hace casi un cuarto de siglo. La conversación, sospecho, continúa.

 

Europa antes de Bruselas 

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Paseando por las calles empedradas de Tallin comprendí que Europa no había empezado en Bruselas. Siglos antes de los tratados, de la moneda única y de las interminables cumbres comunitarias, aquella ciudad ya formaba parte de una extraordinaria red de cooperación: la Liga Hanseática. Desde Lübeck hasta Novgorod, pasando por Bergen, Brujas o Londres, mercaderes y ciudades descubrieron que comerciar era mucho más rentable que enfrentarse. No era un proyecto político ni un ejercicio de idealismo. Era algo mucho más pragmático: crear confianza entre desconocidos. Compartieron normas, pesos y medidas, protegieron las rutas comerciales, combatieron las falsificaciones, establecieron controles de calidad y levantaron una inmensa red económica que convirtió el Báltico en el gran eje comercial del norte de Europa. Aquella alianza medieval no fue la Unión Europea, por supuesto, aunque sí uno de sus antecedentes culturales más sugestivos. Mientras caminaba por Tallin tuve la impresión de que esta ciudad no miraba a Bruselas. Antes había mirado a Lübeck. Estonia no estaba entrando en Europa; estaba recuperando un lugar que la historia ya le había reservado muchos siglos antes. Para Estonia, Europa nunca fue un descubrimiento. Fue, sencillamente, un regreso. 

La Hansa sigue sirviendo la mesa 

Durante aquellos tres días en Tallin regresamos varias veces a Olde Hansa, el establecimiento más emblemático del casco antiguo. No era una simple taberna para turistas, sino una recreación muy cuidada de una casa de mercaderes hanseáticos. Las velas sustituían a la luz eléctrica, los camareros vestían como en el siglo XV y la música parecía salir de una plaza medieval. Allí comprendí que la historia no solo se conserva en los archivos. También puede servirse a la mesa.  

Probamos arenque del Báltico, salmón ahumado, carne de ciervo y de alce, salchichas ahumadas, sopa de setas, col fermentada, patatas cocidas, un magnífico pan negro de centeno y una cerveza estonia sobria, sin artificios, hecha para acompañar la conversación y no para reclamar protagonismo. Aquella cocina no aspiraba a sorprender. Conservaba una memoria. Y lo hacía mejor que muchos museos. 

Un europeo por biografía 

Tal vez por mi condición de hispano-alemán aquel viaje tuvo para mí un significado especial. Crecí entre dos lenguas, dos maneras de entender Europa y dos tradiciones culturales que nunca viví como incompatibles, sino como complementarias. Con los años he descubierto que el europeísmo rara vez nace de los discursos; suele surgir de la experiencia. De comprobar que las fronteras separan menos de lo que imaginamos y que la cultura viaja con mucha más facilidad que la política. Mi europeísmo no nació en Bruselas, sino mucho antes, entre dos idiomas, dos culturas y la certeza de que la identidad no siempre exige elegir un solo lado de la frontera. Quizá por eso nunca he entendido Europa como un proyecto burocrático, sino como una conversación de siglos entre pueblos que decidieron compartir mucho más de lo que los diferenciaba. 

Estonia digital 

En 2002 Estonia tenía poco más de un millón de habitantes, acababa de salir de la órbita soviética y ya estaba construyendo una administración digital que entonces parecía casi ciencia ficción. Mientras muchos países grandes seguían avanzando con lentitud desesperante en ese ámbito, los estonios ya pensaban en digitalizar el Estado. Siim Kallas entendía que la modernización tecnológica y la integración europea formaban parte del mismo proyecto. 

No recuerdo cada respuesta del primer ministro. Recuerdo algo bastante más importante: la impresión de haber entrevistado a un político que creía sinceramente en Europa. Hoy esa sinceridad me parece todavía más valiosa. 

No era difícil advertir que Tallin quería parecerse más a Helsinki o a Estocolmo que a cualquier otra capital surgida del espacio postsoviético. Había en la pequeña Estonia una serenidad reformista muy poco estridente y, precisamente por eso, muy convincente. 

Quizá no fuera casualidad que uno de los países que mejor entendió la revolución digital hubiera formado parte siglos antes de la mayor red comercial del norte de Europa. La Hansa prosperó porque generó confianza entre ciudades alejadas cientos de kilómetros. La Estonia del siglo XXI hizo algo parecido entre ciudadanos y administración. Cambiaron los barcos por la fibra óptica, pero el principio seguía siendo el mismo: facilitar los intercambios, reducir la burocracia y hacer que la confianza viajara más deprisa que el papel. Al fin y al cabo, la tecnología no la sustituye. Solo la acelera. 

La historia europea enseña que la prosperidad aparece cuando sus pueblos deciden cooperar y empieza a resquebrajarse cuando vuelven a obsesionarse con las fronteras. Quizá por eso desconfío de quienes presentan la integración como una anomalía histórica. La verdadera excepción han sido siempre los largos periodos de desunión. 

Un libro para entender un país 

Antes de viajar había hojeado algunas páginas de Jaan Kross, el gran novelista estonio del siglo XX. Más tarde leería con más atención El loco del zar, quizá la mejor puerta de entrada para comprender la compleja relación de Estonia con el poder, la libertad y la identidad nacional. Pensé entonces que los países pequeños suelen producir escritores capaces de explicar con una lucidez extraordinaria aquello que las grandes potencias apenas alcanzan a intuir. Tal vez porque quienes viven en los márgenes de Europa a menudo comprenden su centro mejor que quienes siempre han habitado en él. 

Desde Guatemala, donde hoy escribo estas líneas, Europa se contempla con una perspectiva distinta. La distancia ayuda a relativizar sus defectos y a valorar mejor aquello que durante demasiado tiempo muchos europeos dieron por descontado. 

Tallin transmitía una serenidad poco habitual en una capital que aún estaba reinventándose. Tanto en entrevistas formales como en conversaciones coloquiales se percibía que el futuro no les daba miedo.  

Dos décadas después, Estonia sigue siendo uno de los países más avanzados del mundo en administración electrónica e identidad digital. 

La convicción permanece 

Cada cierto tiempo vuelvo a aquella fotografía tomada en Tallin en mayo de 2002. El hombre que sonríe en el centro acabaría siendo vicepresidente de la Comisión Europea. Su hija, Kaja Kallas, ocupa hoy el cargo más relevante de la política exterior de la Unión. El parecido entre ambos es casi una metáfora: algunas ideas también se heredan. 

Yo he cambiado bastante más que ellos. Tengo menos certezas y probablemente bastante menos ingenuidad que aquel periodista que aterrizó un viernes de mayo para entrevistar al primer ministro de un pequeño país báltico. No obstante, hay una convicción que ha sobrevivido al paso del tiempo. 

Europa nunca ha sido perfecta. Tampoco lo fueron la Liga Hanseática ni los Estados nacionales que vinieron después. Pero sospecho de quienes exigen perfección únicamente a la Unión y no a las alternativas que proponen. Pocos proyectos políticos han logrado mantener durante tanto tiempo un espacio tan amplio de libertad, prosperidad y convivencia. 

La mayor aportación de la construcción europea no ha sido eliminar los desacuerdos, sino acostumbrarnos a resolverlos con negociación, derecho y paciencia. Puede parecer poco épico. Precisamente por eso ha resultado tan eficaz. 

Cuando uno ha visto cómo algunos pueblos entienden la libertad como una conquista y no como una costumbre, resulta difícil dejar de creer en ella. Por eso, mientras contemplo aquella fotografía de 2002, no encuentro una conclusión mejor que aquella con la que empecé: pese a todo, sigo siendo europeísta. 

 

Pese a todo, sigo siendo europeísta

Marcos Jacobo Suárez Sipmann |
14 de julio, 2026

Hay convicciones que sobreviven mejor que las modas. El vino mejora con los años; las ideologías, en cambio, suelen estropearse antes de abrir la segunda botella. Las certezas políticas tienen una esperanza de vida sorprendentemente corta. La mía, sin embargo, lleva más de tres décadas resistiendo crisis financieras, referéndums, guerras, burócratas insufribles, euroescépticos entusiastas y algún que otro reglamento comunitario capaz de poner a prueba la paciencia de un santo. En tiempos en que criticar a la Unión Europea parece haberse convertido en un deporte de masas, yo sigo declarando, sin demasiados complejos, una rara fidelidad: pese a todo, sigo siendo europeísta. 

En una fotografía tomada un viernes de mayo de 2002 mi compañera de proyecto Susana y yo aparecemos junto al entonces primer ministro de Estonia, Siim Kallas, en su despacho de Tallin. Estábamos en un país que muchos europeos occidentales apenas habrían sabido situar en un mapa. Ellos, en cambio, parecían tener muy claro dónde querían estar: en Europa. No en el continente —eso ya lo estaban—, sino en el proyecto político. Aquella entrevista terminó hace casi un cuarto de siglo. La conversación, sospecho, continúa.

 

Europa antes de Bruselas 

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Paseando por las calles empedradas de Tallin comprendí que Europa no había empezado en Bruselas. Siglos antes de los tratados, de la moneda única y de las interminables cumbres comunitarias, aquella ciudad ya formaba parte de una extraordinaria red de cooperación: la Liga Hanseática. Desde Lübeck hasta Novgorod, pasando por Bergen, Brujas o Londres, mercaderes y ciudades descubrieron que comerciar era mucho más rentable que enfrentarse. No era un proyecto político ni un ejercicio de idealismo. Era algo mucho más pragmático: crear confianza entre desconocidos. Compartieron normas, pesos y medidas, protegieron las rutas comerciales, combatieron las falsificaciones, establecieron controles de calidad y levantaron una inmensa red económica que convirtió el Báltico en el gran eje comercial del norte de Europa. Aquella alianza medieval no fue la Unión Europea, por supuesto, aunque sí uno de sus antecedentes culturales más sugestivos. Mientras caminaba por Tallin tuve la impresión de que esta ciudad no miraba a Bruselas. Antes había mirado a Lübeck. Estonia no estaba entrando en Europa; estaba recuperando un lugar que la historia ya le había reservado muchos siglos antes. Para Estonia, Europa nunca fue un descubrimiento. Fue, sencillamente, un regreso. 

La Hansa sigue sirviendo la mesa 

Durante aquellos tres días en Tallin regresamos varias veces a Olde Hansa, el establecimiento más emblemático del casco antiguo. No era una simple taberna para turistas, sino una recreación muy cuidada de una casa de mercaderes hanseáticos. Las velas sustituían a la luz eléctrica, los camareros vestían como en el siglo XV y la música parecía salir de una plaza medieval. Allí comprendí que la historia no solo se conserva en los archivos. También puede servirse a la mesa.  

Probamos arenque del Báltico, salmón ahumado, carne de ciervo y de alce, salchichas ahumadas, sopa de setas, col fermentada, patatas cocidas, un magnífico pan negro de centeno y una cerveza estonia sobria, sin artificios, hecha para acompañar la conversación y no para reclamar protagonismo. Aquella cocina no aspiraba a sorprender. Conservaba una memoria. Y lo hacía mejor que muchos museos. 

Un europeo por biografía 

Tal vez por mi condición de hispano-alemán aquel viaje tuvo para mí un significado especial. Crecí entre dos lenguas, dos maneras de entender Europa y dos tradiciones culturales que nunca viví como incompatibles, sino como complementarias. Con los años he descubierto que el europeísmo rara vez nace de los discursos; suele surgir de la experiencia. De comprobar que las fronteras separan menos de lo que imaginamos y que la cultura viaja con mucha más facilidad que la política. Mi europeísmo no nació en Bruselas, sino mucho antes, entre dos idiomas, dos culturas y la certeza de que la identidad no siempre exige elegir un solo lado de la frontera. Quizá por eso nunca he entendido Europa como un proyecto burocrático, sino como una conversación de siglos entre pueblos que decidieron compartir mucho más de lo que los diferenciaba. 

Estonia digital 

En 2002 Estonia tenía poco más de un millón de habitantes, acababa de salir de la órbita soviética y ya estaba construyendo una administración digital que entonces parecía casi ciencia ficción. Mientras muchos países grandes seguían avanzando con lentitud desesperante en ese ámbito, los estonios ya pensaban en digitalizar el Estado. Siim Kallas entendía que la modernización tecnológica y la integración europea formaban parte del mismo proyecto. 

No recuerdo cada respuesta del primer ministro. Recuerdo algo bastante más importante: la impresión de haber entrevistado a un político que creía sinceramente en Europa. Hoy esa sinceridad me parece todavía más valiosa. 

No era difícil advertir que Tallin quería parecerse más a Helsinki o a Estocolmo que a cualquier otra capital surgida del espacio postsoviético. Había en la pequeña Estonia una serenidad reformista muy poco estridente y, precisamente por eso, muy convincente. 

Quizá no fuera casualidad que uno de los países que mejor entendió la revolución digital hubiera formado parte siglos antes de la mayor red comercial del norte de Europa. La Hansa prosperó porque generó confianza entre ciudades alejadas cientos de kilómetros. La Estonia del siglo XXI hizo algo parecido entre ciudadanos y administración. Cambiaron los barcos por la fibra óptica, pero el principio seguía siendo el mismo: facilitar los intercambios, reducir la burocracia y hacer que la confianza viajara más deprisa que el papel. Al fin y al cabo, la tecnología no la sustituye. Solo la acelera. 

La historia europea enseña que la prosperidad aparece cuando sus pueblos deciden cooperar y empieza a resquebrajarse cuando vuelven a obsesionarse con las fronteras. Quizá por eso desconfío de quienes presentan la integración como una anomalía histórica. La verdadera excepción han sido siempre los largos periodos de desunión. 

Un libro para entender un país 

Antes de viajar había hojeado algunas páginas de Jaan Kross, el gran novelista estonio del siglo XX. Más tarde leería con más atención El loco del zar, quizá la mejor puerta de entrada para comprender la compleja relación de Estonia con el poder, la libertad y la identidad nacional. Pensé entonces que los países pequeños suelen producir escritores capaces de explicar con una lucidez extraordinaria aquello que las grandes potencias apenas alcanzan a intuir. Tal vez porque quienes viven en los márgenes de Europa a menudo comprenden su centro mejor que quienes siempre han habitado en él. 

Desde Guatemala, donde hoy escribo estas líneas, Europa se contempla con una perspectiva distinta. La distancia ayuda a relativizar sus defectos y a valorar mejor aquello que durante demasiado tiempo muchos europeos dieron por descontado. 

Tallin transmitía una serenidad poco habitual en una capital que aún estaba reinventándose. Tanto en entrevistas formales como en conversaciones coloquiales se percibía que el futuro no les daba miedo.  

Dos décadas después, Estonia sigue siendo uno de los países más avanzados del mundo en administración electrónica e identidad digital. 

La convicción permanece 

Cada cierto tiempo vuelvo a aquella fotografía tomada en Tallin en mayo de 2002. El hombre que sonríe en el centro acabaría siendo vicepresidente de la Comisión Europea. Su hija, Kaja Kallas, ocupa hoy el cargo más relevante de la política exterior de la Unión. El parecido entre ambos es casi una metáfora: algunas ideas también se heredan. 

Yo he cambiado bastante más que ellos. Tengo menos certezas y probablemente bastante menos ingenuidad que aquel periodista que aterrizó un viernes de mayo para entrevistar al primer ministro de un pequeño país báltico. No obstante, hay una convicción que ha sobrevivido al paso del tiempo. 

Europa nunca ha sido perfecta. Tampoco lo fueron la Liga Hanseática ni los Estados nacionales que vinieron después. Pero sospecho de quienes exigen perfección únicamente a la Unión y no a las alternativas que proponen. Pocos proyectos políticos han logrado mantener durante tanto tiempo un espacio tan amplio de libertad, prosperidad y convivencia. 

La mayor aportación de la construcción europea no ha sido eliminar los desacuerdos, sino acostumbrarnos a resolverlos con negociación, derecho y paciencia. Puede parecer poco épico. Precisamente por eso ha resultado tan eficaz. 

Cuando uno ha visto cómo algunos pueblos entienden la libertad como una conquista y no como una costumbre, resulta difícil dejar de creer en ella. Por eso, mientras contemplo aquella fotografía de 2002, no encuentro una conclusión mejor que aquella con la que empecé: pese a todo, sigo siendo europeísta. 

 

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