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Nepal, a vista de pájaro

Un vuelo hacia el techo del mundo y una visita fugaz que, casi treinta años después, revela cuánto ha cambiado mi forma de mirar.

 

Marcos Jacobo Suárez Sipmann |
27 de octubre, 2026

Llegué a Katmandú en noviembre de 1997, al final de mi largo proyecto en India. Venía con perilla y unos cuantos kilos menos, recuerdo visible de mi paso por el subcontinente. No bastaban para confundirme con el paisaje, aunque quizá ayudaban a prolongar la impresión de que uno podía adaptarse a casi cualquier lugar.

Pronto advertí que había cruzado algo más que una frontera. Después del ruido, el tráfico y el desconcertante desorden indio, Nepal me recibió con una calma relativa, calles que me parecieron más ordenadas y una limpieza que agradecí sin necesidad de idealizarla. La pobreza estaba allí, a la vista; lo que cambiaba era el modo en que yo percibía el entorno. Katmandú tuvo esa ventaja, aunque pronto descubriría que su interés iba mucho más allá de ofrecerme un respiro.

Me alojé en el Hotel Buddha, un nombre poco original en aquella ciudad, pero limpio y bien situado. Allí conocí a varios turistas europeos con quienes compartí algunas salidas y conversaciones. En la mesa, las especias prolongaban el viaje por otra vía: India quedaba atrás, aunque algunos sabores seguían acompañándome.

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Una ciudad de templos

Caminar por Katmandú era descubrir una ciudad en la que lo religioso formaba parte del paisaje cotidiano. Recuerdo haber visitado numerosos templos, monasterios y espacios religiosos, algunos rodeados de jardines o pequeños parques. Había monjes, banderas de oración que el viento mantenía en movimiento y una presencia de lo sagrado que no parecía confinada a los recintos de culto. Las estupas —monumentos budistas que pueden albergar reliquias y simbolizan la presencia de Buda y sus enseñanzas— se integraban en el paisaje: algunas invitaban a detenerse; otras se descubrían casi sin buscarlas.

El budismo nepalí tampoco respondía a una única tradición. En el valle de Katmandú había una antigua cultura budista newar, con sus propias formas artísticas y rituales, junto a monasterios vinculados al budismo tibetano, con una presencia especialmente reconocible en sus comunidades monásticas. Ambas convivían con un hinduismo profundamente arraigado. Esa superposición religiosa, difícil de abarcar en unos pocos días, daba a la ciudad una personalidad que no se explicaba únicamente por su proximidad al Himalaya.

De India me había llevado, además de sus contrastes, un recuerdo mucho más oscuro. En Bombay (actual Mumbai) había visitado parte de Kamathipura, el barrio rojo, donde algunas mujeres y niñas eran exhibidas en espacios conocidos como The Cages. Allí escuché que entre ellas había menores procedentes de Nepal, captadas o vendidas por redes que se aprovechaban de la pobreza de sus familias. La documentación posterior confirmó que el tráfico de niñas nepalesas hacia los burdeles de Bombay era una realidad. Aquel recuerdo no definía al país que apenas conocía, pero revelaba una de las tragedias que podían quedar ocultas tras la distancia entre sus aldeas y las grandes ciudades indias.

 

El día del Everest

Decidí reservar una excursión aérea para ver el Everest sin emprender una expedición de montaña. Costaba cien dólares y la organizaba Buddha Air. La compañía acababa de iniciar sus operaciones aquel mismo otoño. El primer intento terminó antes de empezar: llegamos al aeropuerto, pero las nubes y las advertencias meteorológicas aconsejaron regresar. No hubo vuelo. La montaña no entendía de reservas ni de expectativas. El dinero podía devolverse; el tiempo, en cambio, no admitía negociación.

Lo intentamos de nuevo. Esta vez sí volamos. El diploma que aún conservo acredita la fecha y el nombre oficial de la excursión: Everest Experience Flight. Éramos unas diez o quince personas en un Beechcraft 1900D, y la experiencia superó lo que había imaginado. Para hacer fotografías, incluso pude acceder a la cabina de los pilotos. Desde ella, la cordillera y el Everest al fondo convertían el trayecto en algo más que una excursión turística.

Desde el aire, el Himalaya dejaba de ser una línea lejana en el horizonte para convertirse en un territorio de cumbres, valles y fronteras. El Everest se alza justo en la divisoria entre Nepal y el Tíbet, bajo administración china: una frontera política que la montaña, indiferente a nuestros mapas, no necesita reconocer.

 

La montaña y nosotros

Hoy me pregunto si repetiría aquella excursión, que recuerdo como uno de los momentos más espectaculares de mi viaje. Lo que ha cambiado es mi manera de mirar. Entonces me preocupaba que el tiempo permitiera volar y que las nubes no estropearan las fotografías. Ahora sé que la cordillera no es solo un paisaje excepcional: sus glaciares y ecosistemas sostienen recursos de agua de los que dependen millones de personas. El placer de admirarla no desaparece por saberlo, aunque obliga a preguntarse qué huella dejamos al convertir los lugares más remotos en destinos accesibles.

Las investigaciones del ICIMOD (Centro Internacional para el Desarrollo Integrado de las Montañas), una organización intergubernamental dedicada al desarrollo sostenible de las regiones montañosas de Asia, han confirmado que la pérdida de hielo en el Hindu Kush y el Himalaya se ha acelerado: desde el año 2000, el ritmo de deshielo se ha duplicado, con consecuencias para los recursos hídricos y las poblaciones que dependen de ellos.

 

En Centroamérica, donde las montañas, los bosques y las fuentes de agua son fundamentales para numerosas comunidades, la presión sobre los ecosistemas plantea preguntas semejantes. Se trata de reconocer que la naturaleza no es un decorado puesto a nuestra disposición. Es parte de la infraestructura de la vida, aunque no aparezca como tal en las cuentas nacionales.

 

El turismo puede aportar ingresos, empleo y oportunidades a países que los necesitan. Nepal tiene razones evidentes para aprovechar su patrimonio natural y cultural. La dificultad está en encontrar el equilibrio entre permitir que otros lo conozcan y evitar que esa misma afluencia termine deteriorándolo.

 

Hay una ironía en ello: pagué por ver el Everest y, casi tres décadas después, me pregunto cuánto cuesta nuestra necesidad de tenerlo todo al alcance.

 

Un país que no cabe en una postal

 

Mi visita duró apenas unos días, quizá una semana. No conocí suficientemente Nepal para escribir una historia del país ni para extraer conclusiones generales sobre sus habitantes. Lo que conservo son dos imágenes: la calma relativa de Katmandú después de India y la cordillera desplegada bajo las alas de un avión diminuto.

 

Mi impresión de la capital, sin embargo, no podía servir para medir la realidad de todo el país. La pobreza nepalesa era, en gran medida, rural. En aquellos años, la distancia entre el valle de Katmandú y algunas regiones montañosas del oeste era enorme: allí, la falta de ingresos, servicios y oportunidades condicionaba la vida de muchas familias. Unos días en la capital apenas permitían intuir esa otra geografía.

 

En 1997, Nepal acababa de entrar en el segundo año de una insurgencia maoísta que terminaría transformando su sistema político y su sociedad. La monarquía constitucional desaparecería en 2008 y Nepal se convertiría en una república federal. La imagen que se lleva un visitante nunca agota la realidad del país.

La distancia entre aquella visita y el Nepal actual permite otra reflexión. En septiembre de 2025, las protestas encabezadas por jóvenes, conocidas como la movilización de la Generación Z, desembocaron en la dimisión del primer ministro K. P. Sharma Oli. La prohibición de varias redes sociales actuó como detonante, pero el malestar venía de antes: corrupción, falta de oportunidades y frustración ante una clase política a la que muchos jóvenes reprochaban vivir al margen de las dificultades cotidianas. Su salida no bastó para resolver esos problemas. La movilización expresó precisamente la impaciencia de una generación que reclama transparencia y posibilidades de futuro, no solo cambios de nombres en el poder.

La frustración resulta reconocible en otras sociedades, incluidas las centroamericanas, donde la desigualdad y la desconfianza hacia las instituciones empujan a muchos jóvenes a buscar su futuro lejos de casa.

Aquel vuelo me permitió ver el Everest sin escalarlo. No me convirtió en alpinista ni en conocedor de Nepal. Me regaló una perspectiva. Casi treinta años después, recuerdo tanto la espectacularidad de aquellas cumbres como la facilidad con que pude admirarlas desde el aire. Quizá ahí resida la paradoja: cuanto más accesible hacemos el mundo, más necesario resulta aprender a contemplarlo sin creer que nos pertenece.

 

Nepal, a vista de pájaro

Un vuelo hacia el techo del mundo y una visita fugaz que, casi treinta años después, revela cuánto ha cambiado mi forma de mirar.

 

Marcos Jacobo Suárez Sipmann |
27 de octubre, 2026

Llegué a Katmandú en noviembre de 1997, al final de mi largo proyecto en India. Venía con perilla y unos cuantos kilos menos, recuerdo visible de mi paso por el subcontinente. No bastaban para confundirme con el paisaje, aunque quizá ayudaban a prolongar la impresión de que uno podía adaptarse a casi cualquier lugar.

Pronto advertí que había cruzado algo más que una frontera. Después del ruido, el tráfico y el desconcertante desorden indio, Nepal me recibió con una calma relativa, calles que me parecieron más ordenadas y una limpieza que agradecí sin necesidad de idealizarla. La pobreza estaba allí, a la vista; lo que cambiaba era el modo en que yo percibía el entorno. Katmandú tuvo esa ventaja, aunque pronto descubriría que su interés iba mucho más allá de ofrecerme un respiro.

Me alojé en el Hotel Buddha, un nombre poco original en aquella ciudad, pero limpio y bien situado. Allí conocí a varios turistas europeos con quienes compartí algunas salidas y conversaciones. En la mesa, las especias prolongaban el viaje por otra vía: India quedaba atrás, aunque algunos sabores seguían acompañándome.

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Una ciudad de templos

Caminar por Katmandú era descubrir una ciudad en la que lo religioso formaba parte del paisaje cotidiano. Recuerdo haber visitado numerosos templos, monasterios y espacios religiosos, algunos rodeados de jardines o pequeños parques. Había monjes, banderas de oración que el viento mantenía en movimiento y una presencia de lo sagrado que no parecía confinada a los recintos de culto. Las estupas —monumentos budistas que pueden albergar reliquias y simbolizan la presencia de Buda y sus enseñanzas— se integraban en el paisaje: algunas invitaban a detenerse; otras se descubrían casi sin buscarlas.

El budismo nepalí tampoco respondía a una única tradición. En el valle de Katmandú había una antigua cultura budista newar, con sus propias formas artísticas y rituales, junto a monasterios vinculados al budismo tibetano, con una presencia especialmente reconocible en sus comunidades monásticas. Ambas convivían con un hinduismo profundamente arraigado. Esa superposición religiosa, difícil de abarcar en unos pocos días, daba a la ciudad una personalidad que no se explicaba únicamente por su proximidad al Himalaya.

De India me había llevado, además de sus contrastes, un recuerdo mucho más oscuro. En Bombay (actual Mumbai) había visitado parte de Kamathipura, el barrio rojo, donde algunas mujeres y niñas eran exhibidas en espacios conocidos como The Cages. Allí escuché que entre ellas había menores procedentes de Nepal, captadas o vendidas por redes que se aprovechaban de la pobreza de sus familias. La documentación posterior confirmó que el tráfico de niñas nepalesas hacia los burdeles de Bombay era una realidad. Aquel recuerdo no definía al país que apenas conocía, pero revelaba una de las tragedias que podían quedar ocultas tras la distancia entre sus aldeas y las grandes ciudades indias.

 

El día del Everest

Decidí reservar una excursión aérea para ver el Everest sin emprender una expedición de montaña. Costaba cien dólares y la organizaba Buddha Air. La compañía acababa de iniciar sus operaciones aquel mismo otoño. El primer intento terminó antes de empezar: llegamos al aeropuerto, pero las nubes y las advertencias meteorológicas aconsejaron regresar. No hubo vuelo. La montaña no entendía de reservas ni de expectativas. El dinero podía devolverse; el tiempo, en cambio, no admitía negociación.

Lo intentamos de nuevo. Esta vez sí volamos. El diploma que aún conservo acredita la fecha y el nombre oficial de la excursión: Everest Experience Flight. Éramos unas diez o quince personas en un Beechcraft 1900D, y la experiencia superó lo que había imaginado. Para hacer fotografías, incluso pude acceder a la cabina de los pilotos. Desde ella, la cordillera y el Everest al fondo convertían el trayecto en algo más que una excursión turística.

Desde el aire, el Himalaya dejaba de ser una línea lejana en el horizonte para convertirse en un territorio de cumbres, valles y fronteras. El Everest se alza justo en la divisoria entre Nepal y el Tíbet, bajo administración china: una frontera política que la montaña, indiferente a nuestros mapas, no necesita reconocer.

 

La montaña y nosotros

Hoy me pregunto si repetiría aquella excursión, que recuerdo como uno de los momentos más espectaculares de mi viaje. Lo que ha cambiado es mi manera de mirar. Entonces me preocupaba que el tiempo permitiera volar y que las nubes no estropearan las fotografías. Ahora sé que la cordillera no es solo un paisaje excepcional: sus glaciares y ecosistemas sostienen recursos de agua de los que dependen millones de personas. El placer de admirarla no desaparece por saberlo, aunque obliga a preguntarse qué huella dejamos al convertir los lugares más remotos en destinos accesibles.

Las investigaciones del ICIMOD (Centro Internacional para el Desarrollo Integrado de las Montañas), una organización intergubernamental dedicada al desarrollo sostenible de las regiones montañosas de Asia, han confirmado que la pérdida de hielo en el Hindu Kush y el Himalaya se ha acelerado: desde el año 2000, el ritmo de deshielo se ha duplicado, con consecuencias para los recursos hídricos y las poblaciones que dependen de ellos.

 

En Centroamérica, donde las montañas, los bosques y las fuentes de agua son fundamentales para numerosas comunidades, la presión sobre los ecosistemas plantea preguntas semejantes. Se trata de reconocer que la naturaleza no es un decorado puesto a nuestra disposición. Es parte de la infraestructura de la vida, aunque no aparezca como tal en las cuentas nacionales.

 

El turismo puede aportar ingresos, empleo y oportunidades a países que los necesitan. Nepal tiene razones evidentes para aprovechar su patrimonio natural y cultural. La dificultad está en encontrar el equilibrio entre permitir que otros lo conozcan y evitar que esa misma afluencia termine deteriorándolo.

 

Hay una ironía en ello: pagué por ver el Everest y, casi tres décadas después, me pregunto cuánto cuesta nuestra necesidad de tenerlo todo al alcance.

 

Un país que no cabe en una postal

 

Mi visita duró apenas unos días, quizá una semana. No conocí suficientemente Nepal para escribir una historia del país ni para extraer conclusiones generales sobre sus habitantes. Lo que conservo son dos imágenes: la calma relativa de Katmandú después de India y la cordillera desplegada bajo las alas de un avión diminuto.

 

Mi impresión de la capital, sin embargo, no podía servir para medir la realidad de todo el país. La pobreza nepalesa era, en gran medida, rural. En aquellos años, la distancia entre el valle de Katmandú y algunas regiones montañosas del oeste era enorme: allí, la falta de ingresos, servicios y oportunidades condicionaba la vida de muchas familias. Unos días en la capital apenas permitían intuir esa otra geografía.

 

En 1997, Nepal acababa de entrar en el segundo año de una insurgencia maoísta que terminaría transformando su sistema político y su sociedad. La monarquía constitucional desaparecería en 2008 y Nepal se convertiría en una república federal. La imagen que se lleva un visitante nunca agota la realidad del país.

La distancia entre aquella visita y el Nepal actual permite otra reflexión. En septiembre de 2025, las protestas encabezadas por jóvenes, conocidas como la movilización de la Generación Z, desembocaron en la dimisión del primer ministro K. P. Sharma Oli. La prohibición de varias redes sociales actuó como detonante, pero el malestar venía de antes: corrupción, falta de oportunidades y frustración ante una clase política a la que muchos jóvenes reprochaban vivir al margen de las dificultades cotidianas. Su salida no bastó para resolver esos problemas. La movilización expresó precisamente la impaciencia de una generación que reclama transparencia y posibilidades de futuro, no solo cambios de nombres en el poder.

La frustración resulta reconocible en otras sociedades, incluidas las centroamericanas, donde la desigualdad y la desconfianza hacia las instituciones empujan a muchos jóvenes a buscar su futuro lejos de casa.

Aquel vuelo me permitió ver el Everest sin escalarlo. No me convirtió en alpinista ni en conocedor de Nepal. Me regaló una perspectiva. Casi treinta años después, recuerdo tanto la espectacularidad de aquellas cumbres como la facilidad con que pude admirarlas desde el aire. Quizá ahí resida la paradoja: cuanto más accesible hacemos el mundo, más necesario resulta aprender a contemplarlo sin creer que nos pertenece.

 

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