La Plaza de la República
Europa enfrenta disturbios que ponen a prueba el orden público y la capacidad de sus gobiernos para proteger la ley sin ignorar los reclamos sociales.
La plaza de la República, en París, lleva el nombre de una promesa: un espacio común, regido por la ley, donde los ciudadanos se reúnen como iguales. El fin de semana pasado fue cualquier cosa menos eso. Manifestantes —terroristas— encapuchados saquearon cientos de tiendas y prendieron fuego al ayuntamiento de Limoges. El saldo: unas 3000 tiendas habían sido saqueadas. Al menos dos personas murieron y más de 600 policías resultaron heridos. Hubo unas 2400 detenciones.
El gobierno francés responsabilizó de los actos vandálicos a grupúsculos de ultraizquierda, a los que se sumaron delincuentes oportunistas, muchos de ellos jóvenes de los suburbios. El estallido tuvo antecedentes. Hubo semanas de protestas estudiantiles por escuelas deterioradas, falta de profesores y un futuro laboral sombrío, con más de 6000 detenciones y más de un centenar de escuelas dañadas.
La queja era legítima. El método, no. Y el Estado llegó tarde.
El ministro del Interior, Laurent Nuñez, ofreció su dimisión porque la policía no pudo contener los disturbios. El presidente Macron la rechazó y le exigió transparencia sobre lo que él mismo llamó fallos de inteligencia y previsión. La reacción llegó después. Se impusieron toques de queda en París, Lille, Niza y otras ciudades. Un gobierno que admite no haber previsto lo previsible confiesa algo peor que un error operativo. Confiesa que dejó de mirar.
Macron no tiene autoridad moral para dar lecciones sobre el orden público esta semana. Tampoco la tiene quien convierte un saqueo en fábula. El liberalismo clásico no necesita exagerar para tener razón.
Porque la amenaza real existe, y es suficientemente grave sin adornos. El informe de Europol publicado este año confirma que el terrorismo yihadista sigue predominando en la Unión Europea, tanto en atentados como en detenciones. La mayoría de los planes detectados provienen de actores solitarios o pequeñas células autoorganizadas, que ya usan inteligencia artificial para producir propaganda. El martes, la Policía Nacional española, con apoyo del FBI, detuvo en Barcelona y Tarragona a dos presuntos simpatizantes del Estado Islámico acusados de adoctrinamiento y capacitación terrorista.
En Francia se discute desde hace años otra convergencia, bajo el nombre de “islamoizquierdismo”. Es la alianza de conveniencia entre una ultraizquierda que ve en Occidente a un opresor y un islamismo político que ve en él a un infiel. No comparten un dios, pero sí un enemigo: la sociedad abierta. Popper advirtió que la tolerancia ilimitada conduce a la desaparición de la tolerancia. La advertencia tiene un corolario práctico. El Estado que no defiende su orden a tiempo termina defendiéndolo con soldados y toques de queda.
Francia no estuvo sola. En Italia, las marchas contra el costo de la vida terminaron en enfrentamientos. Hubo choques en el centro de Milán y tensiones en Turín y Bolonia, y los sindicatos anunciaron una huelga general para el 20 de noviembre. Grupos de jóvenes encapuchados lanzaron piedras, fuegos artificiales y petardos contra los antidisturbios. El domingo, Milán vivió un segundo día de saqueos junto a la plaza del Duomo, con más de 60 detenidos, y Giorgia Meloni convocó una reunión de seguridad. Meloni separó a quienes protestaron en paz de los grupos violentos. También exigió a la oposición una condena explícita de los disturbios. Hizo bien. La distinción entre el ciudadano que reclama y el encapuchado que incendia es la frontera de la que depende todo lo demás.
Albania ofrece la versión más cruda. El 14 de octubre, las protestas estudiantiles se radicalizaron: los manifestantes incendiaron el Ministerio de Educación con cócteles molotov, saquearon oficinas y atacaron la sede del primer ministro Edi Rama. Esa jornada dejó 89 heridos, 61 de ellos policías. La policía informó de 65 detenidos. Se culpó a “manos extranjeras”. Es la respuesta de manual del gobernante que lleva demasiado tiempo en el poder. Busca al enemigo fuera para no mirarse dentro.
El mapa se extiende. En Bélgica, los bloqueos escolares empezaron en Lieja el 1 de octubre y hubo una huelga nacional con marcha en Bruselas el día 9; el 12 y el 17 se registraron enfrentamientos violentos entre jóvenes y policías. Bélgica suma cerca de 200 detenidos y Portugal, 55. En Atenas, estudiantes marcharon el 21 de octubre en solidaridad con sus pares de Francia y España. El alto comisionado de la ONU para los Derechos Humanos, Volker Türk, condenó la violencia y advirtió a la vez contra el uso excesivo de la fuerza en cinco países. El patrón se repite en cada caso. Un agravio real, una minoría violenta que lo secuestra y gobiernos que reaccionan cuando las vitrinas ya están rotas.
¿Ha dejado Europa de ser el bastión de Occidente? La pregunta merece respuesta desde sus tres pilares, no desde la consigna.
Atenas legó la razón, el logos. Su primera exigencia es llamar las cosas por su nombre. Eso vale contra el gobierno que minimiza y contra el líder que exagera o inventa.
Roma legó el derecho: la ley que se aplica con regularidad, no a espasmos. Macron proclamó que “quienes destruyeron deben pagar”. La frase es correcta, pero llega tarde. El derecho romano no era una proclama. Era una administración.
El cristianismo legó la dignidad de la persona. Esa dignidad alcanza al comerciante cuya tienda ardió y al estudiante que solo pedía un profesor. Esa distinción separa a una civilización de una tribu.
Los gobiernos se deben a las mayorías. No a la mayoría circunstancial de una encuesta, sino a la que cumple la ley: el que abre su negocio, el que paga impuestos, el que manda a sus hijos a una escuela que se cae a pedazos. Cuando el Estado no la protege, esa mayoría busca quien lo haga. Y casi siempre encuentra a alguien peor.
Europa no ha caído. Pero los bastiones rara vez caen por asalto; caen cuando los guardianes dejan de creer en lo que custodian. Y mientras sus gobiernos administren la erosión en lugar de combatirla, sus enemigos de dentro y de fuera tendrán la ventaja.
La plaza de la República seguirá llamándose así. La pregunta es si la República seguirá mereciendo la plaza.
La Plaza de la República
Europa enfrenta disturbios que ponen a prueba el orden público y la capacidad de sus gobiernos para proteger la ley sin ignorar los reclamos sociales.
La plaza de la República, en París, lleva el nombre de una promesa: un espacio común, regido por la ley, donde los ciudadanos se reúnen como iguales. El fin de semana pasado fue cualquier cosa menos eso. Manifestantes —terroristas— encapuchados saquearon cientos de tiendas y prendieron fuego al ayuntamiento de Limoges. El saldo: unas 3000 tiendas habían sido saqueadas. Al menos dos personas murieron y más de 600 policías resultaron heridos. Hubo unas 2400 detenciones.
El gobierno francés responsabilizó de los actos vandálicos a grupúsculos de ultraizquierda, a los que se sumaron delincuentes oportunistas, muchos de ellos jóvenes de los suburbios. El estallido tuvo antecedentes. Hubo semanas de protestas estudiantiles por escuelas deterioradas, falta de profesores y un futuro laboral sombrío, con más de 6000 detenciones y más de un centenar de escuelas dañadas.
La queja era legítima. El método, no. Y el Estado llegó tarde.
El ministro del Interior, Laurent Nuñez, ofreció su dimisión porque la policía no pudo contener los disturbios. El presidente Macron la rechazó y le exigió transparencia sobre lo que él mismo llamó fallos de inteligencia y previsión. La reacción llegó después. Se impusieron toques de queda en París, Lille, Niza y otras ciudades. Un gobierno que admite no haber previsto lo previsible confiesa algo peor que un error operativo. Confiesa que dejó de mirar.
Macron no tiene autoridad moral para dar lecciones sobre el orden público esta semana. Tampoco la tiene quien convierte un saqueo en fábula. El liberalismo clásico no necesita exagerar para tener razón.
Porque la amenaza real existe, y es suficientemente grave sin adornos. El informe de Europol publicado este año confirma que el terrorismo yihadista sigue predominando en la Unión Europea, tanto en atentados como en detenciones. La mayoría de los planes detectados provienen de actores solitarios o pequeñas células autoorganizadas, que ya usan inteligencia artificial para producir propaganda. El martes, la Policía Nacional española, con apoyo del FBI, detuvo en Barcelona y Tarragona a dos presuntos simpatizantes del Estado Islámico acusados de adoctrinamiento y capacitación terrorista.
En Francia se discute desde hace años otra convergencia, bajo el nombre de “islamoizquierdismo”. Es la alianza de conveniencia entre una ultraizquierda que ve en Occidente a un opresor y un islamismo político que ve en él a un infiel. No comparten un dios, pero sí un enemigo: la sociedad abierta. Popper advirtió que la tolerancia ilimitada conduce a la desaparición de la tolerancia. La advertencia tiene un corolario práctico. El Estado que no defiende su orden a tiempo termina defendiéndolo con soldados y toques de queda.
Francia no estuvo sola. En Italia, las marchas contra el costo de la vida terminaron en enfrentamientos. Hubo choques en el centro de Milán y tensiones en Turín y Bolonia, y los sindicatos anunciaron una huelga general para el 20 de noviembre. Grupos de jóvenes encapuchados lanzaron piedras, fuegos artificiales y petardos contra los antidisturbios. El domingo, Milán vivió un segundo día de saqueos junto a la plaza del Duomo, con más de 60 detenidos, y Giorgia Meloni convocó una reunión de seguridad. Meloni separó a quienes protestaron en paz de los grupos violentos. También exigió a la oposición una condena explícita de los disturbios. Hizo bien. La distinción entre el ciudadano que reclama y el encapuchado que incendia es la frontera de la que depende todo lo demás.
Albania ofrece la versión más cruda. El 14 de octubre, las protestas estudiantiles se radicalizaron: los manifestantes incendiaron el Ministerio de Educación con cócteles molotov, saquearon oficinas y atacaron la sede del primer ministro Edi Rama. Esa jornada dejó 89 heridos, 61 de ellos policías. La policía informó de 65 detenidos. Se culpó a “manos extranjeras”. Es la respuesta de manual del gobernante que lleva demasiado tiempo en el poder. Busca al enemigo fuera para no mirarse dentro.
El mapa se extiende. En Bélgica, los bloqueos escolares empezaron en Lieja el 1 de octubre y hubo una huelga nacional con marcha en Bruselas el día 9; el 12 y el 17 se registraron enfrentamientos violentos entre jóvenes y policías. Bélgica suma cerca de 200 detenidos y Portugal, 55. En Atenas, estudiantes marcharon el 21 de octubre en solidaridad con sus pares de Francia y España. El alto comisionado de la ONU para los Derechos Humanos, Volker Türk, condenó la violencia y advirtió a la vez contra el uso excesivo de la fuerza en cinco países. El patrón se repite en cada caso. Un agravio real, una minoría violenta que lo secuestra y gobiernos que reaccionan cuando las vitrinas ya están rotas.
¿Ha dejado Europa de ser el bastión de Occidente? La pregunta merece respuesta desde sus tres pilares, no desde la consigna.
Atenas legó la razón, el logos. Su primera exigencia es llamar las cosas por su nombre. Eso vale contra el gobierno que minimiza y contra el líder que exagera o inventa.
Roma legó el derecho: la ley que se aplica con regularidad, no a espasmos. Macron proclamó que “quienes destruyeron deben pagar”. La frase es correcta, pero llega tarde. El derecho romano no era una proclama. Era una administración.
El cristianismo legó la dignidad de la persona. Esa dignidad alcanza al comerciante cuya tienda ardió y al estudiante que solo pedía un profesor. Esa distinción separa a una civilización de una tribu.
Los gobiernos se deben a las mayorías. No a la mayoría circunstancial de una encuesta, sino a la que cumple la ley: el que abre su negocio, el que paga impuestos, el que manda a sus hijos a una escuela que se cae a pedazos. Cuando el Estado no la protege, esa mayoría busca quien lo haga. Y casi siempre encuentra a alguien peor.
Europa no ha caído. Pero los bastiones rara vez caen por asalto; caen cuando los guardianes dejan de creer en lo que custodian. Y mientras sus gobiernos administren la erosión en lugar de combatirla, sus enemigos de dentro y de fuera tendrán la ventaja.
La plaza de la República seguirá llamándose así. La pregunta es si la República seguirá mereciendo la plaza.