La Metáfora del Poder
Este es el gran engaño del poder: mientras lo tenemos, nos hace creer que siempre será nuestro.
Hace unos días, el Lic. Álvarez Senior me regaló un libro escrito en 1993 por Martha Robles, titulado La metáfora del poder. No lo he terminado de leer, pero me llama la atención la visión del mundo que la autora tenía hace más de treinta años y, sobre todo, la forma en que aborda algo a lo que ha aspirado el ser humano desde siempre: el poder.
Mientras avanzaba en la lectura, recordé una escena de la película La lista de Schindler que vi hace muchos años y que se quedó grabada en mi memoria. Amon Göth, comandante del campo de concentración de Plaszow, vive en una casa situada en lo alto, desde donde puede ver prácticamente todo el campo. Una mañana se levanta, sale al balcón todavía en ropa interior, toma un rifle con mira telescópica y observa a los prisioneros que trabajan abajo. Busca entre ellos, escoge a uno, apunta y dispara. Luego sigue mirando, encuentra otro blanco viviente y vuelve a disparar.
Más adelante, Schindler visita la casa de Göth para una fiesta. Allí baja al sótano y encuentra a Helen Hirsch, la joven judía que trabaja como sirvienta de Göth. Helen está aterrorizada. Le cuenta que vive con miedo porque nunca sabe qué puede provocar a Göth. También le cuenta que un día lo vio matar a una mujer que simplemente pasaba por allí. No había hecho nada. Göth sencillamente decidió matarla.
Schindler regresa a la fiesta y, ya entrada la noche, él y Göth terminan en el balcón bebiendo. Göth está borracho y le dice a Schindler que el control es poder. Schindler le pregunta por qué cree que los prisioneros le tienen miedo. Göth responde que porque tiene el poder de matarlos. Puede decidir quién vive y quién muere. Schindler le dice que eso no es poder. Le cuenta la historia de un hombre que roba algo y es llevado ante un emperador. El hombre sabe que merece el castigo y sabe que el emperador tiene la autoridad para condenarlo. Se arrodilla y suplica por su vida. Pero el emperador, teniendo todas las razones y todo el poder para matarlo, decide perdonarlo. Eso, le dice Schindler, es poder. Saber que puedes matarlo y no hacerlo.
Cuando pensamos en poder, inmediatamente pensamos en el presidente, el ejército, la policía, un juez, una cárcel, el dinero. Es decir, pensamos en manifestaciones visibles del poder. Incluso la Ley de Femicidio y otras Formas de Violencia contra la Mujer define las “relaciones de poder” como aquellas manifestaciones de control o dominio que conducen a la sumisión de la mujer y a la discriminación en su contra. Sin embargo, a lo largo de los años he observado un denominador común: el poder es efímero y, tarde o temprano, se acaba.
Y este es el gran engaño del poder: mientras lo tenemos, nos hace creer que siempre será nuestro. Lo he visto en la política, en los tribunales, en las empresas y hasta en las relaciones personales. Quien hoy decide, mañana puede depender de la decisión de otro. Quien hoy da órdenes, mañana tendrá que obedecerlas. Quien hoy tiene la última palabra, algún día descubrirá que ya nadie está obligado a escucharlo. Porque todo poder, por absoluto que parezca, tiene fecha de vencimiento.
Han pasado más de ocho décadas desde el final de la Segunda Guerra Mundial. En ese tiempo cambiaron los gobiernos, cambiaron los nombres de los países, cambiaron las instituciones y cambiaron también quienes alguna vez creyeron tener el poder en sus manos. El poder, sin embargo, sigue allí, pasando de unos a otros y adoptando distintas formas. Tal vez esa sea la metáfora del poder: no sólo las personas, sino también los países creen poseerlo cuando, en realidad, apenas lo tienen prestado. Porque el poder nunca nos pertenece. Y quizá lo único que realmente nos pertenece es lo que decidimos hacer con él mientras lo tenemos.
La Metáfora del Poder
Este es el gran engaño del poder: mientras lo tenemos, nos hace creer que siempre será nuestro.
Hace unos días, el Lic. Álvarez Senior me regaló un libro escrito en 1993 por Martha Robles, titulado La metáfora del poder. No lo he terminado de leer, pero me llama la atención la visión del mundo que la autora tenía hace más de treinta años y, sobre todo, la forma en que aborda algo a lo que ha aspirado el ser humano desde siempre: el poder.
Mientras avanzaba en la lectura, recordé una escena de la película La lista de Schindler que vi hace muchos años y que se quedó grabada en mi memoria. Amon Göth, comandante del campo de concentración de Plaszow, vive en una casa situada en lo alto, desde donde puede ver prácticamente todo el campo. Una mañana se levanta, sale al balcón todavía en ropa interior, toma un rifle con mira telescópica y observa a los prisioneros que trabajan abajo. Busca entre ellos, escoge a uno, apunta y dispara. Luego sigue mirando, encuentra otro blanco viviente y vuelve a disparar.
Más adelante, Schindler visita la casa de Göth para una fiesta. Allí baja al sótano y encuentra a Helen Hirsch, la joven judía que trabaja como sirvienta de Göth. Helen está aterrorizada. Le cuenta que vive con miedo porque nunca sabe qué puede provocar a Göth. También le cuenta que un día lo vio matar a una mujer que simplemente pasaba por allí. No había hecho nada. Göth sencillamente decidió matarla.
Schindler regresa a la fiesta y, ya entrada la noche, él y Göth terminan en el balcón bebiendo. Göth está borracho y le dice a Schindler que el control es poder. Schindler le pregunta por qué cree que los prisioneros le tienen miedo. Göth responde que porque tiene el poder de matarlos. Puede decidir quién vive y quién muere. Schindler le dice que eso no es poder. Le cuenta la historia de un hombre que roba algo y es llevado ante un emperador. El hombre sabe que merece el castigo y sabe que el emperador tiene la autoridad para condenarlo. Se arrodilla y suplica por su vida. Pero el emperador, teniendo todas las razones y todo el poder para matarlo, decide perdonarlo. Eso, le dice Schindler, es poder. Saber que puedes matarlo y no hacerlo.
Cuando pensamos en poder, inmediatamente pensamos en el presidente, el ejército, la policía, un juez, una cárcel, el dinero. Es decir, pensamos en manifestaciones visibles del poder. Incluso la Ley de Femicidio y otras Formas de Violencia contra la Mujer define las “relaciones de poder” como aquellas manifestaciones de control o dominio que conducen a la sumisión de la mujer y a la discriminación en su contra. Sin embargo, a lo largo de los años he observado un denominador común: el poder es efímero y, tarde o temprano, se acaba.
Y este es el gran engaño del poder: mientras lo tenemos, nos hace creer que siempre será nuestro. Lo he visto en la política, en los tribunales, en las empresas y hasta en las relaciones personales. Quien hoy decide, mañana puede depender de la decisión de otro. Quien hoy da órdenes, mañana tendrá que obedecerlas. Quien hoy tiene la última palabra, algún día descubrirá que ya nadie está obligado a escucharlo. Porque todo poder, por absoluto que parezca, tiene fecha de vencimiento.
Han pasado más de ocho décadas desde el final de la Segunda Guerra Mundial. En ese tiempo cambiaron los gobiernos, cambiaron los nombres de los países, cambiaron las instituciones y cambiaron también quienes alguna vez creyeron tener el poder en sus manos. El poder, sin embargo, sigue allí, pasando de unos a otros y adoptando distintas formas. Tal vez esa sea la metáfora del poder: no sólo las personas, sino también los países creen poseerlo cuando, en realidad, apenas lo tienen prestado. Porque el poder nunca nos pertenece. Y quizá lo único que realmente nos pertenece es lo que decidimos hacer con él mientras lo tenemos.