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La Hispanidad: el último bastión de Occidente

El mayor logro de esta empresa no puede comprenderse sin reconocer su principal fuerza espiritual: la Iglesia católica.

.
Rafael P. Palomo |
12 de octubre, 2026

El 12 de octubre de 1492, Cristóbal Colón llegó a las costas de América, dando inicio a lo que se convertiría, después del nacimiento, muerte y Resurrección de Jesucristo, posiblemente en el acontecimiento más trascendental de la historia de la humanidad. El encuentro entre España y el Nuevo Mundo transformó dos continentes y dio origen a una civilización que hoy reúne a cientos de millones de personas unidas por una lengua, una cultura, unas instituciones y, sobre todo, una fe.

En todo el mundo hispanohablante, el 12 de octubre se celebra tradicionalmente como el Día de la Hispanidad. Sin embargo, lo que debería ser una ocasión de gratitud hacia nuestra civilización se ha convertido cada vez más en una invitación al arrepentimiento histórico. Cinco siglos después de Colón, España suele ser presentada como la artífice de una empresa definida principalmente por la explotación y la destrucción, mientras que la extraordinaria civilización que surgió de su encuentro con América recibe considerablemente menos atención. Afortunadamente, la historia nos ofrece un relato mucho más fascinante.

Cómo ocurrió

La América anterior a Colón albergaba civilizaciones de extraordinaria sofisticación, considerando su aislamiento. Los mayas desarrollaron avanzados conocimientos matemáticos y astronómicos, mientras que los aztecas construyeron una capital imperial cuya arquitectura y organización urbana asombraron a los observadores europeos. Sin embargo, la revisión histórica debería entender que eran, al fin y al cabo, civilizaciones de piedra y que estos logros coexistían con prácticas que distaban mucho de las sociedades pacíficas que a veces se imaginan en los relatos contemporáneos sobre la historia precolombina.

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El Imperio azteca mantenía su autoridad mediante la guerra, la extracción de tributos y el sometimiento de los pueblos vecinos. Los sacrificios humanos ocupaban un lugar central en sus prácticas religiosas, y las víctimas provenían frecuentemente de las poblaciones conquistadas. De hecho, numerosas comunidades indígenas se aliaron con Hernán Cortés precisamente porque buscaban liberarse de la dominación azteca. Tenochtitlán fue tomada por un contingente de alrededor de 1500 españoles y entre 200 y 300 000 indígenas, entre tlaxcaltecas y otros, que querían acabar con la tiranía mexica. 

La conquista española fue indudablemente violenta, y las enfermedades europeas diezmaron a las poblaciones indígenas. No obstante, reducir aquel encuentro a unos agresores europeos enfrentándose a un mundo inocente y armonioso oculta las realidades políticas y morales de las sociedades involucradas. Lo que ocurrió después de la conquista es lo que hace particularmente extraordinaria la experiencia española.

Qué la hizo extraordinaria

En una época en la que la esclavitud seguía siendo una institución aceptada en buena parte del mundo, Isabel la Católica se opuso a la esclavización de los indígenas americanos e insistió en que fueran reconocidos como súbditos libres de la Corona. Su codicilo de 1504 instruía a sus sucesores a garantizar que los pueblos indígenas fueran tratados con justicia y protegidos de cualquier agravio.

La sola existencia de semejantes obligaciones dentro del marco jurídico y moral de la monarquía era, en sí misma, extraordinaria. Sus implicaciones intelectuales se volvieron aún más notables en 1550, cuando la Corona española convocó el debate de Valladolid.

El fraile dominico Bartolomé de las Casas y el erudito Juan Ginés de Sepúlveda abordaron cuestiones que terminarían siendo fundamentales para el pensamiento político moderno: ¿Podía justificarse moralmente la conquista? ¿Poseían los pueblos indígenas derechos naturales? ¿Podían sus prácticas religiosas legitimar la dominación extranjera?

Junto con los escritos anteriores de Francisco de Vitoria y la Escuela de Salamanca, estos debates contribuyeron a establecer principios que posteriormente influirían en el desarrollo del derecho internacional y en el reconocimiento de la dignidad humana universal. España había emprendido una conquista imperial y, sin embargo, sus propios teólogos y juristas examinaban si aquella conquista violaba las leyes morales que rigen a la humanidad.

Entre líneas

La América española fue incorporada a una monarquía compleja, organizada mediante virreinatos, reinos, reales audiencias y municipios. Las comunidades indígenas conservaron determinadas instituciones jurídicas, mientras que algunas familias de la nobleza indígena incluso obtuvieron el reconocimiento de sus privilegios hereditarios.

Estos territorios desarrollaron estructuras políticas e institucionales fundamentalmente distintas de las establecidas posteriormente por muchos otros sistemas coloniales europeos. En cuestión de décadas, la América española contaba con universidades, hospitales, escuelas, catedrales y gobiernos municipales. En 1551 se fundaron universidades en Lima y México, creando centros de educación superior siglos antes de que muchas otras regiones del mundo desarrollaran instituciones comparables.

El surgimiento del mestizaje también distinguió a la civilización hispánica. A pesar de la persistencia de jerarquías sociales, aquel encuentro dio origen a sociedades en las que la ascendencia, las lenguas, las costumbres y las tradiciones europeas e indígenas quedaron profundamente entrelazadas. Sin embargo, el mayor logro de esta empresa no puede comprenderse sin reconocer su principal fuerza espiritual: la Iglesia católica.

La fe católica se convirtió en el fundamento espiritual de una nueva civilización cuyas iglesias, tradiciones, universidades y concepción moral perduran a lo largo de América.

Para los misioneros que cruzaron el Atlántico, la evangelización representaba algo infinitamente más trascendental que la expansión de un reino. Creían estar cumpliendo el mandato de Cristo de llevar el Evangelio a todas las naciones, ofreciendo a los pueblos indígenas lo que el cristianismo entendía como la promesa de la salvación eterna.

Los misioneros fundaron escuelas y hospitales, aprendieron lenguas indígenas, preservaron el conocimiento de las culturas originarias y denunciaron los abusos cometidos por las autoridades españolas. Su fe proporcionó tanto la motivación para evangelizar como los principios morales a partir de los cuales podía juzgarse la propia conquista. La fe católica se convirtió en el fundamento espiritual de una nueva civilización cuyas iglesias, tradiciones, universidades y concepción moral perduran a lo largo de América.

Por qué importa

Durante un discurso pronunciado en Atenas el 7 de octubre, el secretario de Estado Marco Rubio realizó una apasionada defensa de la civilización occidental, recorriendo su desarrollo desde la antigua Grecia, pasando por Roma y el cristianismo, hasta la exploración europea y el surgimiento de EE. UU.

Rubio, descendiente de españoles establecidos en América, evocó a Colón y Cortés como expresiones de la ambición y el espíritu explorador que impulsaron a la civilización occidental por el mundo. Su advertencia fue igualmente contemporánea: las sociedades occidentales han permitido, cada vez más, que la vergüenza histórica debilite la confianza en sus propios logros.

Durante siglos, el mundo hispanohablante constituyó un espacio civilizatorio interconectado, cuyo legado cultural y religioso sobrevivió a la fragmentación provocada por las independencias. Recuperar el aprecio por esa herencia común podría convertirse en un extraordinario activo estratégico.

En conclusión

EE. UU. e Hispanoamérica comparten mucho más que la geografía. Ambos surgieron del cristianismo europeo, heredaron instituciones occidentales y desarrollaron sociedades cuyos destinos permanecen profundamente entrelazados.

Mientras Washington enfrenta la expansión china, la influencia rusa, las actividades iraníes y el crimen organizado transnacional, una Hispanoamérica políticamente estable y económicamente integrada podría convertirse en uno de sus socios más importantes.

Un hemisferio occidental consciente de su herencia civilizatoria común contaría con los fundamentos necesarios para una alianza renovada, capaz de defender los intereses de Occidente en un mundo cada vez más hostil.

Cinco siglos después de Colón, los descendientes de aquel encuentro hemos heredado una civilización cuya lengua, fe, instituciones y tradiciones siguen siendo inseparables de España. Este 12 de octubre, tenemos todas las razones para celebrar la civilización que España contribuyó a construir y todos los motivos para agradecer, en vez de exigir disculpas sin sentido, la herencia que nos legó.

La Hispanidad: el último bastión de Occidente

El mayor logro de esta empresa no puede comprenderse sin reconocer su principal fuerza espiritual: la Iglesia católica.

Rafael P. Palomo |
12 de octubre, 2026
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El 12 de octubre de 1492, Cristóbal Colón llegó a las costas de América, dando inicio a lo que se convertiría, después del nacimiento, muerte y Resurrección de Jesucristo, posiblemente en el acontecimiento más trascendental de la historia de la humanidad. El encuentro entre España y el Nuevo Mundo transformó dos continentes y dio origen a una civilización que hoy reúne a cientos de millones de personas unidas por una lengua, una cultura, unas instituciones y, sobre todo, una fe.

En todo el mundo hispanohablante, el 12 de octubre se celebra tradicionalmente como el Día de la Hispanidad. Sin embargo, lo que debería ser una ocasión de gratitud hacia nuestra civilización se ha convertido cada vez más en una invitación al arrepentimiento histórico. Cinco siglos después de Colón, España suele ser presentada como la artífice de una empresa definida principalmente por la explotación y la destrucción, mientras que la extraordinaria civilización que surgió de su encuentro con América recibe considerablemente menos atención. Afortunadamente, la historia nos ofrece un relato mucho más fascinante.

Cómo ocurrió

La América anterior a Colón albergaba civilizaciones de extraordinaria sofisticación, considerando su aislamiento. Los mayas desarrollaron avanzados conocimientos matemáticos y astronómicos, mientras que los aztecas construyeron una capital imperial cuya arquitectura y organización urbana asombraron a los observadores europeos. Sin embargo, la revisión histórica debería entender que eran, al fin y al cabo, civilizaciones de piedra y que estos logros coexistían con prácticas que distaban mucho de las sociedades pacíficas que a veces se imaginan en los relatos contemporáneos sobre la historia precolombina.

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El Imperio azteca mantenía su autoridad mediante la guerra, la extracción de tributos y el sometimiento de los pueblos vecinos. Los sacrificios humanos ocupaban un lugar central en sus prácticas religiosas, y las víctimas provenían frecuentemente de las poblaciones conquistadas. De hecho, numerosas comunidades indígenas se aliaron con Hernán Cortés precisamente porque buscaban liberarse de la dominación azteca. Tenochtitlán fue tomada por un contingente de alrededor de 1500 españoles y entre 200 y 300 000 indígenas, entre tlaxcaltecas y otros, que querían acabar con la tiranía mexica. 

La conquista española fue indudablemente violenta, y las enfermedades europeas diezmaron a las poblaciones indígenas. No obstante, reducir aquel encuentro a unos agresores europeos enfrentándose a un mundo inocente y armonioso oculta las realidades políticas y morales de las sociedades involucradas. Lo que ocurrió después de la conquista es lo que hace particularmente extraordinaria la experiencia española.

Qué la hizo extraordinaria

En una época en la que la esclavitud seguía siendo una institución aceptada en buena parte del mundo, Isabel la Católica se opuso a la esclavización de los indígenas americanos e insistió en que fueran reconocidos como súbditos libres de la Corona. Su codicilo de 1504 instruía a sus sucesores a garantizar que los pueblos indígenas fueran tratados con justicia y protegidos de cualquier agravio.

La sola existencia de semejantes obligaciones dentro del marco jurídico y moral de la monarquía era, en sí misma, extraordinaria. Sus implicaciones intelectuales se volvieron aún más notables en 1550, cuando la Corona española convocó el debate de Valladolid.

El fraile dominico Bartolomé de las Casas y el erudito Juan Ginés de Sepúlveda abordaron cuestiones que terminarían siendo fundamentales para el pensamiento político moderno: ¿Podía justificarse moralmente la conquista? ¿Poseían los pueblos indígenas derechos naturales? ¿Podían sus prácticas religiosas legitimar la dominación extranjera?

Junto con los escritos anteriores de Francisco de Vitoria y la Escuela de Salamanca, estos debates contribuyeron a establecer principios que posteriormente influirían en el desarrollo del derecho internacional y en el reconocimiento de la dignidad humana universal. España había emprendido una conquista imperial y, sin embargo, sus propios teólogos y juristas examinaban si aquella conquista violaba las leyes morales que rigen a la humanidad.

Entre líneas

La América española fue incorporada a una monarquía compleja, organizada mediante virreinatos, reinos, reales audiencias y municipios. Las comunidades indígenas conservaron determinadas instituciones jurídicas, mientras que algunas familias de la nobleza indígena incluso obtuvieron el reconocimiento de sus privilegios hereditarios.

Estos territorios desarrollaron estructuras políticas e institucionales fundamentalmente distintas de las establecidas posteriormente por muchos otros sistemas coloniales europeos. En cuestión de décadas, la América española contaba con universidades, hospitales, escuelas, catedrales y gobiernos municipales. En 1551 se fundaron universidades en Lima y México, creando centros de educación superior siglos antes de que muchas otras regiones del mundo desarrollaran instituciones comparables.

El surgimiento del mestizaje también distinguió a la civilización hispánica. A pesar de la persistencia de jerarquías sociales, aquel encuentro dio origen a sociedades en las que la ascendencia, las lenguas, las costumbres y las tradiciones europeas e indígenas quedaron profundamente entrelazadas. Sin embargo, el mayor logro de esta empresa no puede comprenderse sin reconocer su principal fuerza espiritual: la Iglesia católica.

La fe católica se convirtió en el fundamento espiritual de una nueva civilización cuyas iglesias, tradiciones, universidades y concepción moral perduran a lo largo de América.

Para los misioneros que cruzaron el Atlántico, la evangelización representaba algo infinitamente más trascendental que la expansión de un reino. Creían estar cumpliendo el mandato de Cristo de llevar el Evangelio a todas las naciones, ofreciendo a los pueblos indígenas lo que el cristianismo entendía como la promesa de la salvación eterna.

Los misioneros fundaron escuelas y hospitales, aprendieron lenguas indígenas, preservaron el conocimiento de las culturas originarias y denunciaron los abusos cometidos por las autoridades españolas. Su fe proporcionó tanto la motivación para evangelizar como los principios morales a partir de los cuales podía juzgarse la propia conquista. La fe católica se convirtió en el fundamento espiritual de una nueva civilización cuyas iglesias, tradiciones, universidades y concepción moral perduran a lo largo de América.

Por qué importa

Durante un discurso pronunciado en Atenas el 7 de octubre, el secretario de Estado Marco Rubio realizó una apasionada defensa de la civilización occidental, recorriendo su desarrollo desde la antigua Grecia, pasando por Roma y el cristianismo, hasta la exploración europea y el surgimiento de EE. UU.

Rubio, descendiente de españoles establecidos en América, evocó a Colón y Cortés como expresiones de la ambición y el espíritu explorador que impulsaron a la civilización occidental por el mundo. Su advertencia fue igualmente contemporánea: las sociedades occidentales han permitido, cada vez más, que la vergüenza histórica debilite la confianza en sus propios logros.

Durante siglos, el mundo hispanohablante constituyó un espacio civilizatorio interconectado, cuyo legado cultural y religioso sobrevivió a la fragmentación provocada por las independencias. Recuperar el aprecio por esa herencia común podría convertirse en un extraordinario activo estratégico.

En conclusión

EE. UU. e Hispanoamérica comparten mucho más que la geografía. Ambos surgieron del cristianismo europeo, heredaron instituciones occidentales y desarrollaron sociedades cuyos destinos permanecen profundamente entrelazados.

Mientras Washington enfrenta la expansión china, la influencia rusa, las actividades iraníes y el crimen organizado transnacional, una Hispanoamérica políticamente estable y económicamente integrada podría convertirse en uno de sus socios más importantes.

Un hemisferio occidental consciente de su herencia civilizatoria común contaría con los fundamentos necesarios para una alianza renovada, capaz de defender los intereses de Occidente en un mundo cada vez más hostil.

Cinco siglos después de Colón, los descendientes de aquel encuentro hemos heredado una civilización cuya lengua, fe, instituciones y tradiciones siguen siendo inseparables de España. Este 12 de octubre, tenemos todas las razones para celebrar la civilización que España contribuyó a construir y todos los motivos para agradecer, en vez de exigir disculpas sin sentido, la herencia que nos legó.

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