El otro Suárez Sipmann
Dos hermanos, dos maneras de estar en el mundo y una historia familiar que sigue dando que hablar.
Fernando es mi único hermano. Yo nací tres años antes, un dato que nunca ha tenido demasiada importancia en nuestra relación. Al menos, no para mí: durante buena parte de mi vida lo he considerado el mayor. No es una cuestión de edad, sino de carácter. Sabe lo que quiere y se pone manos a la obra. Su altura tampoco ha contribuido a que pueda reivindicar mi primogenitura. Sus hijos han heredado generosamente esa ventaja.
Hemos compartido una infancia, una familia y un buen puñado de recuerdos. Después, cada uno tomó su rumbo. Él eligió la medicina; yo acabé en el periodismo, después de pasar por el mundo del vino, el comercio exterior y la enseñanza. Mi recorrido fue bastante menos previsible, con sus cambios de escenario y algunos desvíos. Tampoco hemos tenido una relación de esas que exigen compartirlo todo.
Hay una curiosidad que nos ha acompañado a los dos. En nuestros respectivos trabajos, los compañeros acababan llamándonos Sipmann. No Marcos ni Fernando; ni siquiera Suárez. Sipmann, a secas. Nuestro apellido alemán les resultaba más llamativo que los nombres propios y acabamos compartiendo hasta el modo de llamarnos. Una coincidencia que tiene su gracia.
Si tuviera que señalar una diferencia fundamental entre nosotros, diría que Fernando maduró antes. Cuando yo todavía andaba buscando mi sitio, él ya tenía claro hacia dónde quería dirigirse. Sabía lo que quería estudiar y dónde, y no estaba dispuesto a que nadie le hiciera cambiar de opinión. Yo tardé más en adquirir esa determinación y di unas cuantas vueltas antes de descubrir qué quería hacer.
No lo digo con afán comparativo. Cada cual tiene sus tiempos. He admirado su determinación para fijarse un objetivo y perseguirlo sin demasiadas vacilaciones. Con los años, aquella temprana claridad se ha traducido en una carrera extraordinaria. Fernando ha alcanzado un nivel de excelencia en una profesión particularmente exigente, en la que los conocimientos no bastan: hacen falta temple, responsabilidad y decisión. Se enfrenta a situaciones en las que un error puede tener consecuencias irreversibles.
Desconcierta la aparente facilidad con la que ha conseguido hacer tantas cosas en una misma vida. El trabajo, la investigación, los viajes, las lecturas y la familia encuentran sitio en una agenda que, vista desde fuera, parece exigir más horas de las que tiene un día. En alguna ocasión me ha confesado su perplejidad ante esa frase tan habitual: “No tengo tiempo”. Le cuesta entender que los demás no seamos capaces de organizar nuestras jornadas como él. Lo dice con naturalidad, como si semejante habilidad estuviera al alcance de cualquiera. No parece que lo esté. En esa materia, no tengo demasiados argumentos para rebatirle.
Esa disciplina tiene mucho que ver con su trabajo y con el carácter que ha desarrollado a lo largo de los años. Habla con sosiego, incluso cuando aborda cuestiones complicadas. Supongo que tantos años de trabajo bajo presión acaban enseñando a distinguir lo urgente de lo accesorio y a conservar la perspectiva. Yo no sería capaz de soportar los niveles de tensión a los que él se enfrenta con frecuencia.
Esa serenidad tiene otra cara. A veces su manera de reaccionar me transmite cierta distancia, incluso frialdad. Tal vez lo que percibo como falta de interés sea simplemente su forma de mantener la calma y no dar a cada problema más importancia de la que merece. Conocer a alguien desde niños no garantiza que acertemos al interpretar su carácter.
Si le preguntaran qué es lo que más le disgusta de su hermano, sospecho que hablaría de mis nervios, de mi tendencia a preocuparme antes de tiempo y de convertir un contratiempo en un problema de dimensiones considerables. Quizá utilizaría la conocida expresión: “Se ahoga en un vaso de agua”. No le faltaría razón en algunas ocasiones. Mientras yo puedo interpretar su calma como indiferencia, él probablemente vea mis reacciones como una forma innecesaria de complicarme la vida. Dos temperamentos distintos.
Nuestra relación adulta no ha tenido la intimidad cotidiana que otros hermanos conservan. Él ha dedicado su vida a la medicina y yo he pasado por redacciones, países y actividades muy diferentes. Hay, no obstante, un terreno en el que nunca nos ha faltado tema de conversación: los libros.
Nuestra madre nos inculcó el gusto por la lectura y la curiosidad por las historias y las ideas. Con el tiempo, cada uno ha desarrollado sus propios intereses, pero la literatura sigue siendo uno de nuestros puntos de encuentro más sólidos. Hablamos de autores, nos recomendamos libros y discutimos sobre aquello que nos ha interesado o decepcionado. No necesitamos coincidir en todo para disfrutar de esas conversaciones. A veces, incluso, el desacuerdo es lo más estimulante.
Otra complicidad es el humor. Compartimos el gusto por determinadas ironías, ocurrencias y viñetas. Muchas veces basta con ver algo para saber que al otro le hará gracia.
Nuestro padre, Isaías, falleció hace treinta años, cuando ambos apenas empezábamos nuestra vida profesional. Hablaba de sus hijos y de lo que hacíamos con una satisfacción que nunca ocultó. No llegó a cumplir uno de sus grandes deseos: conocer a sus nietos.
He asumido con gusto la responsabilidad de transmitirles la memoria familiar. Me gusta contarles a María, mi ahijada, y a mis sobrinos Pablo y Teo de dónde vienen y quién fue su abuelo Isaías. Me interesa que conozcan sus ilusiones y aquello que le importaba y que puedan hacerse una imagen propia de un abuelo al que no llegaron a conocer.
Los tres ocupan un lugar muy importante en mi vida. Cada uno está construyendo su futuro con sus proyectos, aspiraciones y logros. Nos sentimos orgullosos de ellos y de cómo van encontrando su sitio. Sus alegrías son, en buena medida, también las mías.
Fernando y yo hemos atravesado épocas buenas y otras menos afortunadas. No siempre hemos estado de acuerdo ni hemos sido especialmente dados a las confidencias. Conocemos nuestras virtudes y defectos; sería absurdo fingir una coincidencia permanente. Tampoco la necesitamos.
Cuando lo he necesitado, ha estado ahí. Y no solo en cuestiones de salud. En otros momentos importantes me ha apoyado. No voy a convertirlo en un inventario de favores. Estar cuando el otro lo necesita dice más de una relación que cualquier declaración de afecto.
Conocemos muchas cosas del otro: sus manías, sus reacciones y buena parte de su historia. No por ello sabemos qué piensa o por qué actúa de determinada manera. Hemos vivido experiencias que no siempre podemos compartir o comprender.
En materia de viajes, la comparación tampoco es tan sencilla. Él viaja prácticamente todos los meses, invitado a congresos, conferencias y encuentros profesionales. Conoce muchos más países que yo. Buena parte de sus desplazamientos son breves, mientras que mi trabajo me ha permitido permanecer largas temporadas en algunos lugares. Sin embargo, sería injusto reducir su experiencia a las visitas profesionales.
Ha vivido durante años en distintos países, ha aprendido sus idiomas y conoce sus culturas desde dentro. Ha regresado a varios de ellos en numerosas ocasiones.
Mis estancias me han permitido entrevistar a sus protagonistas, conocer su literatura, su gastronomía y, sobre todo, bucear en realidades que no se descubren durante unos pocos días. He visitado menos países, pero algunos se han convertido en lugares que siento cercanos, casi como otras patrias. Fernando ha llegado a ese conocimiento por otras vías. Es, además, un excelente conversador: su cultura, su curiosidad y su habilidad para relacionar asuntos aparentemente alejados hacen que hablar con él sea un placer.
No cambiaría mi recorrido por el suyo. Él tampoco cambiaría el suyo por el mío. Y no hay ninguna necesidad de establecer una clasificación.
Sigo viéndolo como ese hermano mayor, aunque sea yo quien nació primero. Lo admiro por lo que ha conseguido, por su cultura, su dedicación y esa serenidad que a veces me desconcierta. Le reconozco defectos, como él conoce los míos. Nos separan algunas maneras de entender la vida; nos unen otras muchas, más importantes de lo que solemos reconocer.
Al final, ser hermanos consiste, entre otras cosas, en compartir un origen sin estar obligados a recorrer el mismo camino. Y en saber que, pese a las diferencias, hay alguien que conoce una parte de tu historia que nadie más puede contar desde el mismo lugar. Fernando es ese alguien para mí.
El otro Suárez Sipmann
Dos hermanos, dos maneras de estar en el mundo y una historia familiar que sigue dando que hablar.
Fernando es mi único hermano. Yo nací tres años antes, un dato que nunca ha tenido demasiada importancia en nuestra relación. Al menos, no para mí: durante buena parte de mi vida lo he considerado el mayor. No es una cuestión de edad, sino de carácter. Sabe lo que quiere y se pone manos a la obra. Su altura tampoco ha contribuido a que pueda reivindicar mi primogenitura. Sus hijos han heredado generosamente esa ventaja.
Hemos compartido una infancia, una familia y un buen puñado de recuerdos. Después, cada uno tomó su rumbo. Él eligió la medicina; yo acabé en el periodismo, después de pasar por el mundo del vino, el comercio exterior y la enseñanza. Mi recorrido fue bastante menos previsible, con sus cambios de escenario y algunos desvíos. Tampoco hemos tenido una relación de esas que exigen compartirlo todo.
Hay una curiosidad que nos ha acompañado a los dos. En nuestros respectivos trabajos, los compañeros acababan llamándonos Sipmann. No Marcos ni Fernando; ni siquiera Suárez. Sipmann, a secas. Nuestro apellido alemán les resultaba más llamativo que los nombres propios y acabamos compartiendo hasta el modo de llamarnos. Una coincidencia que tiene su gracia.
Si tuviera que señalar una diferencia fundamental entre nosotros, diría que Fernando maduró antes. Cuando yo todavía andaba buscando mi sitio, él ya tenía claro hacia dónde quería dirigirse. Sabía lo que quería estudiar y dónde, y no estaba dispuesto a que nadie le hiciera cambiar de opinión. Yo tardé más en adquirir esa determinación y di unas cuantas vueltas antes de descubrir qué quería hacer.
No lo digo con afán comparativo. Cada cual tiene sus tiempos. He admirado su determinación para fijarse un objetivo y perseguirlo sin demasiadas vacilaciones. Con los años, aquella temprana claridad se ha traducido en una carrera extraordinaria. Fernando ha alcanzado un nivel de excelencia en una profesión particularmente exigente, en la que los conocimientos no bastan: hacen falta temple, responsabilidad y decisión. Se enfrenta a situaciones en las que un error puede tener consecuencias irreversibles.
Desconcierta la aparente facilidad con la que ha conseguido hacer tantas cosas en una misma vida. El trabajo, la investigación, los viajes, las lecturas y la familia encuentran sitio en una agenda que, vista desde fuera, parece exigir más horas de las que tiene un día. En alguna ocasión me ha confesado su perplejidad ante esa frase tan habitual: “No tengo tiempo”. Le cuesta entender que los demás no seamos capaces de organizar nuestras jornadas como él. Lo dice con naturalidad, como si semejante habilidad estuviera al alcance de cualquiera. No parece que lo esté. En esa materia, no tengo demasiados argumentos para rebatirle.
Esa disciplina tiene mucho que ver con su trabajo y con el carácter que ha desarrollado a lo largo de los años. Habla con sosiego, incluso cuando aborda cuestiones complicadas. Supongo que tantos años de trabajo bajo presión acaban enseñando a distinguir lo urgente de lo accesorio y a conservar la perspectiva. Yo no sería capaz de soportar los niveles de tensión a los que él se enfrenta con frecuencia.
Esa serenidad tiene otra cara. A veces su manera de reaccionar me transmite cierta distancia, incluso frialdad. Tal vez lo que percibo como falta de interés sea simplemente su forma de mantener la calma y no dar a cada problema más importancia de la que merece. Conocer a alguien desde niños no garantiza que acertemos al interpretar su carácter.
Si le preguntaran qué es lo que más le disgusta de su hermano, sospecho que hablaría de mis nervios, de mi tendencia a preocuparme antes de tiempo y de convertir un contratiempo en un problema de dimensiones considerables. Quizá utilizaría la conocida expresión: “Se ahoga en un vaso de agua”. No le faltaría razón en algunas ocasiones. Mientras yo puedo interpretar su calma como indiferencia, él probablemente vea mis reacciones como una forma innecesaria de complicarme la vida. Dos temperamentos distintos.
Nuestra relación adulta no ha tenido la intimidad cotidiana que otros hermanos conservan. Él ha dedicado su vida a la medicina y yo he pasado por redacciones, países y actividades muy diferentes. Hay, no obstante, un terreno en el que nunca nos ha faltado tema de conversación: los libros.
Nuestra madre nos inculcó el gusto por la lectura y la curiosidad por las historias y las ideas. Con el tiempo, cada uno ha desarrollado sus propios intereses, pero la literatura sigue siendo uno de nuestros puntos de encuentro más sólidos. Hablamos de autores, nos recomendamos libros y discutimos sobre aquello que nos ha interesado o decepcionado. No necesitamos coincidir en todo para disfrutar de esas conversaciones. A veces, incluso, el desacuerdo es lo más estimulante.
Otra complicidad es el humor. Compartimos el gusto por determinadas ironías, ocurrencias y viñetas. Muchas veces basta con ver algo para saber que al otro le hará gracia.
Nuestro padre, Isaías, falleció hace treinta años, cuando ambos apenas empezábamos nuestra vida profesional. Hablaba de sus hijos y de lo que hacíamos con una satisfacción que nunca ocultó. No llegó a cumplir uno de sus grandes deseos: conocer a sus nietos.
He asumido con gusto la responsabilidad de transmitirles la memoria familiar. Me gusta contarles a María, mi ahijada, y a mis sobrinos Pablo y Teo de dónde vienen y quién fue su abuelo Isaías. Me interesa que conozcan sus ilusiones y aquello que le importaba y que puedan hacerse una imagen propia de un abuelo al que no llegaron a conocer.
Los tres ocupan un lugar muy importante en mi vida. Cada uno está construyendo su futuro con sus proyectos, aspiraciones y logros. Nos sentimos orgullosos de ellos y de cómo van encontrando su sitio. Sus alegrías son, en buena medida, también las mías.
Fernando y yo hemos atravesado épocas buenas y otras menos afortunadas. No siempre hemos estado de acuerdo ni hemos sido especialmente dados a las confidencias. Conocemos nuestras virtudes y defectos; sería absurdo fingir una coincidencia permanente. Tampoco la necesitamos.
Cuando lo he necesitado, ha estado ahí. Y no solo en cuestiones de salud. En otros momentos importantes me ha apoyado. No voy a convertirlo en un inventario de favores. Estar cuando el otro lo necesita dice más de una relación que cualquier declaración de afecto.
Conocemos muchas cosas del otro: sus manías, sus reacciones y buena parte de su historia. No por ello sabemos qué piensa o por qué actúa de determinada manera. Hemos vivido experiencias que no siempre podemos compartir o comprender.
En materia de viajes, la comparación tampoco es tan sencilla. Él viaja prácticamente todos los meses, invitado a congresos, conferencias y encuentros profesionales. Conoce muchos más países que yo. Buena parte de sus desplazamientos son breves, mientras que mi trabajo me ha permitido permanecer largas temporadas en algunos lugares. Sin embargo, sería injusto reducir su experiencia a las visitas profesionales.
Ha vivido durante años en distintos países, ha aprendido sus idiomas y conoce sus culturas desde dentro. Ha regresado a varios de ellos en numerosas ocasiones.
Mis estancias me han permitido entrevistar a sus protagonistas, conocer su literatura, su gastronomía y, sobre todo, bucear en realidades que no se descubren durante unos pocos días. He visitado menos países, pero algunos se han convertido en lugares que siento cercanos, casi como otras patrias. Fernando ha llegado a ese conocimiento por otras vías. Es, además, un excelente conversador: su cultura, su curiosidad y su habilidad para relacionar asuntos aparentemente alejados hacen que hablar con él sea un placer.
No cambiaría mi recorrido por el suyo. Él tampoco cambiaría el suyo por el mío. Y no hay ninguna necesidad de establecer una clasificación.
Sigo viéndolo como ese hermano mayor, aunque sea yo quien nació primero. Lo admiro por lo que ha conseguido, por su cultura, su dedicación y esa serenidad que a veces me desconcierta. Le reconozco defectos, como él conoce los míos. Nos separan algunas maneras de entender la vida; nos unen otras muchas, más importantes de lo que solemos reconocer.
Al final, ser hermanos consiste, entre otras cosas, en compartir un origen sin estar obligados a recorrer el mismo camino. Y en saber que, pese a las diferencias, hay alguien que conoce una parte de tu historia que nadie más puede contar desde el mismo lugar. Fernando es ese alguien para mí.