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El inmenso legado de Jesús Castillo.

Un nuevo libro de Miguel Alpírez rescata la vida y legado de Jesús Castillo, el etnomusicólogo que llevó el alma de Xela al pentagrama

Rodrigo Fernández Ordóñez |
02 de octubre, 2026

En el marco de las III Jornadas de Cultura Altense celebradas en la ciudad de Quetzaltenango el fin de semana pasado, se presentó un hermoso volumen dedicado a la vida y obra del insigne músico y compositor Jesús Castillo. El libro fue presentado por su autor, Miguel Alpírez Ralda, y comentado por el doctor Johan Melchor. Para subrayar la importancia de la publicación, al terminar el conversatorio con el auto, el escenario del majestuoso Teatro Municipal de Xela, como le dicen quienes la queremos, deslumbró a los presentes con dos conciertos de marimba. El primero, interpretado por la marimba municipal de Salcajá y el segundo por la Marimba Femenina de Concierto Ixoquib’ Ajq’ojomab, quienes incluyeron dentro de su repertorio piezas del maestro Castillo.

Al deslumbramiento de la música bien ejecutada vino la sorpresa de la lectura del bien documentado libro de Alpírez, que recoge todo lo sabido de la vida y obra del compositor, recopilado con paciencia y se nota que con infinita paciencia, a lo largo de 30 años de investigación. El libro parte de la investigación realizada en el archivo municipal de San Juan Ostuncalco, del mismo del que René Reeves sacó la información para alimentar su excepcional estudio de las relaciones entre indígenas y ladinos en el municipio tras la llegada de los liberales al poder. Además, Alpírez resaltó la colección hemerográfica que resguarda el mismo archivo, que le ofreció críticas y comentarios escritos por los contemporáneos de Castillo, valorando y criticando su obra musical. En las páginas de «El Audaz Ostuncalquense» encontró publicados varios poemas de Castillo, así como el discurso fúnebre que le dedicara otro importante «chivo», el escritor y periodista Carlos Wyld Ospina en su funeral, realizado en el salón de la municipalidad de San Juan Ostuncalco. Esta revisión documental se sumó a entrevistas con personas de la localidad que por cualquier motivo trataron a Jesús Castillo en su pueblo natal. 

En la conversación que sostuvo el autor con el doctor Melchor fueron emergiendo datos de la vida de Castillo que lo fueron apenas esbozando, apenas para invitar al auditorio a salir a comprarse el libro, o también, a poner la música del renombrado compositor. Así, esa lluviosa tarde nos enteramos que cuando Castillo estudiaba en el Instituto Normal para Varones de Occidente -INVO-, estalló la revolución de 1897, promovida por una ala del liberalismo acaudillada por Próspero Morales en contra del presidente José María Reyna Barrios. Este violento episodio de violencia que arrastró a varios pueblos del occidente del país provocó que Jesús Castillo abandonara la ciudad y se refugiara en las fincas familiares. Castillo no era ajeno a la vida rural, pues su padre Gregorio Castillo Lepe, conocido terrateniente de la región, poseía varias fincas en el municipio de San Juan Ostuncalco. Se debe anotar que el mismo Gregorio era reconocido compositor musical también.

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Durante esos meses en que Jesús Castillo vivió escondido en las fincas familiares, tuvo oportunidad de tomar contacto con los indígenas que trabajaban en ellas, y pudo así conocer la música con la que amenizaban sus festejos. La experiencia inmediata de escuchar esas ejecuciones, sumada a los conocimientos sobre música transmitidos por su padre y por Diego Díaz, quien le compartió secretos sobre la música del Baile de los toritos fue naciendo dentro de Jesús Castillo el etnomusicólogo admirable que terminó siendo en su vida adulta.

Los peones indígenas le enseñaron su música y Castillo las fue apuntando en el pentagrama, haciendo una fundamental tarea de rescate cultural del que nos podemos beneficiar los guatemaltecos al día de hoy. Así, bajo esta influencia indígena, compuso dos piezas importantes: «Obertura Indígena» y «Tecum». Del proceso de investigación etnográfico nos da cuenta el autor de la biografía: «(…) en el seno mismo de nuestros bosques y poblados indígenas, no dejó desde entonces de ir recogiendo todas esas notas y todos esos ecos con los que después, con la maestría de su arte supo legar en el pentagrama de su divina inspiración, desgranadas en suaves o tristes melodías, que dicen mucho del alma de una raza…»

Cabe apuntar también, para resaltar la genialidad de Castillo, que sus estudios musicales eran clásicos, así que rescató y compuso piezas en pentagrama clásico, las que luego fueron adaptadas por sinfín de maestros marimberos para ser tocadas en la marimba de doble teclado, invento de los Hermanos Hurtado, según explicó esa tarde el doctor Melchor, cuando abundó en las características de ese invento, que permitió prescindir a los músicos de una orquesta, pues el doble teclado permite ejecutar las complejidades de una orquesta completa dentro del limitado espacio de las teclas de una mariba.

Para terminar y subrayar la importancia de la obra de Jesús Castillo y de su biógrafo Miguel Alpírez Ralda, cabe hacer un último apunte para que dimensionemos la obra etnográfica del compositor. Durante los años previos a la Segunda Guerra Mundial, otro etnógrafo recorría el delta del río Mississippi para realizar grabaciones de los músicos de jazz y de blues que iba encontrando en su camino, en un proyecto de rescate musical financiado por la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos, en donde reposan hoy en día sus invaluables grabaciones. Para muchos, esa paciente obra de Alan Lomax, narrada en su fascinante libro «The Land Where the Blues Began», preservó e hizo accesible el blues y el jazz para los americanos, quienes se encargaron de universalizarlo. En el caso guatemalteco, más limitado geográficamente y financiado por su propia bolsa, Jesús Castillo preservó para siempre la memoria musical de los indígenas, recogiendo ritmos ancestrales. Pero dio un paso más que Lomax, pues al ser él mismo músico, asimiló la música y la reinventó en sus propias composiciones.

Para quien lea el interesante libro de Alpírez, la experiencia de escuchar música de marimba en general, pero la de Jesús Castillo en particular, no volverá a ser la misma. De la música se ira creando una imagen huidiza del hombre visitando las rancherías y sentándose a escuchar y a apuntar la música en las hojas de música que llevaba consigo.

 

  

 

El inmenso legado de Jesús Castillo.

Un nuevo libro de Miguel Alpírez rescata la vida y legado de Jesús Castillo, el etnomusicólogo que llevó el alma de Xela al pentagrama

Rodrigo Fernández Ordóñez |
02 de octubre, 2026

En el marco de las III Jornadas de Cultura Altense celebradas en la ciudad de Quetzaltenango el fin de semana pasado, se presentó un hermoso volumen dedicado a la vida y obra del insigne músico y compositor Jesús Castillo. El libro fue presentado por su autor, Miguel Alpírez Ralda, y comentado por el doctor Johan Melchor. Para subrayar la importancia de la publicación, al terminar el conversatorio con el auto, el escenario del majestuoso Teatro Municipal de Xela, como le dicen quienes la queremos, deslumbró a los presentes con dos conciertos de marimba. El primero, interpretado por la marimba municipal de Salcajá y el segundo por la Marimba Femenina de Concierto Ixoquib’ Ajq’ojomab, quienes incluyeron dentro de su repertorio piezas del maestro Castillo.

Al deslumbramiento de la música bien ejecutada vino la sorpresa de la lectura del bien documentado libro de Alpírez, que recoge todo lo sabido de la vida y obra del compositor, recopilado con paciencia y se nota que con infinita paciencia, a lo largo de 30 años de investigación. El libro parte de la investigación realizada en el archivo municipal de San Juan Ostuncalco, del mismo del que René Reeves sacó la información para alimentar su excepcional estudio de las relaciones entre indígenas y ladinos en el municipio tras la llegada de los liberales al poder. Además, Alpírez resaltó la colección hemerográfica que resguarda el mismo archivo, que le ofreció críticas y comentarios escritos por los contemporáneos de Castillo, valorando y criticando su obra musical. En las páginas de «El Audaz Ostuncalquense» encontró publicados varios poemas de Castillo, así como el discurso fúnebre que le dedicara otro importante «chivo», el escritor y periodista Carlos Wyld Ospina en su funeral, realizado en el salón de la municipalidad de San Juan Ostuncalco. Esta revisión documental se sumó a entrevistas con personas de la localidad que por cualquier motivo trataron a Jesús Castillo en su pueblo natal. 

En la conversación que sostuvo el autor con el doctor Melchor fueron emergiendo datos de la vida de Castillo que lo fueron apenas esbozando, apenas para invitar al auditorio a salir a comprarse el libro, o también, a poner la música del renombrado compositor. Así, esa lluviosa tarde nos enteramos que cuando Castillo estudiaba en el Instituto Normal para Varones de Occidente -INVO-, estalló la revolución de 1897, promovida por una ala del liberalismo acaudillada por Próspero Morales en contra del presidente José María Reyna Barrios. Este violento episodio de violencia que arrastró a varios pueblos del occidente del país provocó que Jesús Castillo abandonara la ciudad y se refugiara en las fincas familiares. Castillo no era ajeno a la vida rural, pues su padre Gregorio Castillo Lepe, conocido terrateniente de la región, poseía varias fincas en el municipio de San Juan Ostuncalco. Se debe anotar que el mismo Gregorio era reconocido compositor musical también.

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Durante esos meses en que Jesús Castillo vivió escondido en las fincas familiares, tuvo oportunidad de tomar contacto con los indígenas que trabajaban en ellas, y pudo así conocer la música con la que amenizaban sus festejos. La experiencia inmediata de escuchar esas ejecuciones, sumada a los conocimientos sobre música transmitidos por su padre y por Diego Díaz, quien le compartió secretos sobre la música del Baile de los toritos fue naciendo dentro de Jesús Castillo el etnomusicólogo admirable que terminó siendo en su vida adulta.

Los peones indígenas le enseñaron su música y Castillo las fue apuntando en el pentagrama, haciendo una fundamental tarea de rescate cultural del que nos podemos beneficiar los guatemaltecos al día de hoy. Así, bajo esta influencia indígena, compuso dos piezas importantes: «Obertura Indígena» y «Tecum». Del proceso de investigación etnográfico nos da cuenta el autor de la biografía: «(…) en el seno mismo de nuestros bosques y poblados indígenas, no dejó desde entonces de ir recogiendo todas esas notas y todos esos ecos con los que después, con la maestría de su arte supo legar en el pentagrama de su divina inspiración, desgranadas en suaves o tristes melodías, que dicen mucho del alma de una raza…»

Cabe apuntar también, para resaltar la genialidad de Castillo, que sus estudios musicales eran clásicos, así que rescató y compuso piezas en pentagrama clásico, las que luego fueron adaptadas por sinfín de maestros marimberos para ser tocadas en la marimba de doble teclado, invento de los Hermanos Hurtado, según explicó esa tarde el doctor Melchor, cuando abundó en las características de ese invento, que permitió prescindir a los músicos de una orquesta, pues el doble teclado permite ejecutar las complejidades de una orquesta completa dentro del limitado espacio de las teclas de una mariba.

Para terminar y subrayar la importancia de la obra de Jesús Castillo y de su biógrafo Miguel Alpírez Ralda, cabe hacer un último apunte para que dimensionemos la obra etnográfica del compositor. Durante los años previos a la Segunda Guerra Mundial, otro etnógrafo recorría el delta del río Mississippi para realizar grabaciones de los músicos de jazz y de blues que iba encontrando en su camino, en un proyecto de rescate musical financiado por la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos, en donde reposan hoy en día sus invaluables grabaciones. Para muchos, esa paciente obra de Alan Lomax, narrada en su fascinante libro «The Land Where the Blues Began», preservó e hizo accesible el blues y el jazz para los americanos, quienes se encargaron de universalizarlo. En el caso guatemalteco, más limitado geográficamente y financiado por su propia bolsa, Jesús Castillo preservó para siempre la memoria musical de los indígenas, recogiendo ritmos ancestrales. Pero dio un paso más que Lomax, pues al ser él mismo músico, asimiló la música y la reinventó en sus propias composiciones.

Para quien lea el interesante libro de Alpírez, la experiencia de escuchar música de marimba en general, pero la de Jesús Castillo en particular, no volverá a ser la misma. De la música se ira creando una imagen huidiza del hombre visitando las rancherías y sentándose a escuchar y a apuntar la música en las hojas de música que llevaba consigo.

 

  

 

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