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El guerrillero renegado

Marcos Jacobo Suárez Sipmann |
30 de junio, 2026

Nunca he creído demasiado en las biografías lineales. La realidad suele preferir el zigzag. Venezuela también. Por eso, cuando pienso en Teodoro Petkoff, no veo primero al guerrillero, ni al ministro, ni al periodista. Veo a un hombre empeñado en llevarle la contraria a casi todo el mundo, empezando por quienes habían sido los suyos. No suele ser el camino más corto hacia el éxito. Sí hacia una forma poco frecuente de dignidad intelectual, mercancía escasa en cualquier latitud y todavía más en un sitio que transformó la política en una religión de bandos irreconciliables. 

Hay personajes que se recuerdan por lo que hicieron. A Petkoff lo recuerdo, sobre todo, por cómo razonaba. No era frecuente encontrarse con un político dispuesto a complicar una respuesta sencilla en lugar de simplificar un problema complejo. Andando el tiempo comprendí que aquella era su verdadera forma de rebeldía. La misma que le permitió sobrevivir a las ideologías sin dejar de pensar. 

Un comunista incómodo 

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Fue una de esas figuras que descolocan a quienes necesitan biografías previsibles. El guerrillero comunista acabó siendo uno de los críticos más sólidos del proyecto político de Hugo Chávez. Mucho antes había irritado al Kremlin. A finales de los años sesenta, cuando condenó la invasión soviética de Checoslovaquia y defendió una izquierda democrática, Leonid Brézhnev lo descalificó como “el guerrillero renegado”. La expresión pretendía ser un anatema; el tiempo la transformó casi en un elogio. Con el paso de las décadas volvió a ser un renegado, esta vez para otra ortodoxia, la chavista. Comprendí entonces que el problema nunca había sido élp. El problema eran los dogmas. 

Con anterioridad Petkoff había conocido casi todas las vidas posibles: la clandestinidad, la cárcel, varias fugas de prisión, la fundación del Movimiento al Socialismo, dos candidaturas presidenciales y el Ministerio de Cordiplan (Oficina Central de Planificación y Coordinación) en el segundo gobierno de Rafael Caldera. Después encontraría otra trinchera, el periodismo, desde donde dirigiría Tal Cual, probablemente el diario más incómodo para Chávez y, más tarde, para Maduro. Cuando recibió el Premio Ortega y Gasset ni siquiera pudo salir de Venezuela para recogerlo. La historia tiene un fino sentido de la ironía: al antiguo guerrillero ya no lo perseguían por las armas, sino por los artículos. 

Una conversación antes del cambio 

Fue precisamente entonces, cuando ocupaba Cordiplan y apenas faltaban unos meses para la victoria electoral de Hugo Chávez, cuando me senté frente a él.  Yo buscaba entender un país que empezaba a resquebrajarse sin que casi nadie quisiera admitirlo. El economista venezolano no administraba el bien común; lo descifraba. 

Llegué vestido con el uniforme que entonces imponía el protocolo: traje oscuro y corbata. Me sorprendió encontrar al ministro en mangas de camisa blanca, sin corbata. Fue el único de cuantos entrevisté durante aquel viaje que recibía así. El detalle, aparentemente menor, ya decía algo de su carácter. Parecía más interesado en las ideas que en la liturgia del cargo. 

Pensaba el país mientras intentaba gobernarlo. Defendía una profunda reforma económica que escandalizaba a muchos de sus antiguos compañeros de viaje, ya que parte de ella coincidía con las recomendaciones del FMI. No obstante, insistía en que respondía a las necesidades de Venezuela y no a un catecismo importado. Con todo, resultaba difícil encontrar otro exguerrillero latinoamericano haciendo semejante cosa con una naturalidad desconcertante. 

Me explicó sin grandilocuencia la llamada Agenda Venezuela. No la presentaba como una receta milagrosa, sino como un tratamiento inevitable para un enfermo que llevaba demasiado tiempo posponiendo el diagnóstico. Hablaba de abrir la economía, recuperar la iniciativa privada, desmontar un corsé cambiario que llevaba años asfixiando al país y devolver algo de racionalidad a unas cuentas públicas sostenidas más por la ilusión petrolera que por la disciplina. Lo decía con una mezcla poco habitual de convicción y prudencia. Más que vender un programa, parecía resignarse a administrar una realidad especialmente terca. 

El intercambio fue intenso, inquieto, intelectualmente estimulante. Habló del desgaste del sistema político, del desencanto de una sociedad cansada de promesas, de una pobreza estructural que ni siquiera el petróleo había logrado resolver. No anunció el derrumbe que estaba por llegar, pero fue señalando, una tras otra, las grietas por las que terminaría colándose la historia. Vista desde hoy, aquella entrevista tiene algo de premonición. Su despacho no transmitía autocomplacencia, sino urgencia. 

Me habían advertido de su supuesta arrogancia. Sin embargo, encontré a alguien directo, desprovisto de solemnidad, atento y sorprendentemente llano en el trato. Escuchaba sin impaciencia, respondía sin rodeos y no necesitaba exhibir inteligencia porque la ejercía con naturalidad. Al despedirnos todavía tuvo un gesto que definitivamente desmontaba el personaje que otros me habían descrito: un sencillo y cordial “chao, mi viejo” que sigo recordando con simpatía. 

Mientras hablaba no pude evitar acordarme de mi padre, fallecido apenas dos años antes. También él tenía la costumbre —y el talento— de llevar la contraria cuando todos parecían cómodamente instalados en el consenso. Compartían esa rara afición a discutir sin enfadarse y a cambiar de interlocutor, no necesariamente de opinión. 

Durante unos segundos imaginé un diálogo entre ambos. Sospecho que habría sido largo, apasionado y probablemente inconcluso. Ninguno de los dos habría cedido demasiado terreno. Yo habría disfrutado escuchándolos. Creo que al igual que ellos. Aunque ninguno hubiese admitido que el otro llevaba razón. 

El mapa sobre la mesa 

En 1998 Petkoff ya era un autor respetado. Había publicado Checoslovaquia: el socialismo como problema (1969), una temprana impugnación del modelo soviético; Proceso a la izquierda (1976), donde examinaba sus contradicciones a la luz del fracaso de la lucha armada latinoamericana, y Brasil: la deuda externa y la esperanza (1988). No escribía desde la nostalgia ni desde el ajuste de cuentas, sino desde una rara disposición a revisar las propias convicciones sin pedir permiso a nadie. 

Tras concluir y con la grabadora apagada, todavía encontró tiempo para abrir otro asunto. Desplegó un mapa sobre la mesa y, con calma de profesor, me explicó el origen histórico del litigio del Esequibo. Sostenía que aquella inmensa región había sido separada de Venezuela mediante un arbitraje injusto, favorecido por los intereses del Imperio británico en las postrimerías del siglo XIX. No era una arenga nacionalista. Era una lección de historia. Salí con la impresión de que le interesaban más las razones que las consignas. Y esa diferencia decía mucho de él. 

Conocía bien Centroamérica y siguió durante años sus conflictos políticos. Su curiosidad era demasiado amplia para encerrarse en las fronteras venezolanas. Hablaba de Latinoamérica como quien recorre habitaciones distintas de una misma casa. 

Hace algún tiempo publiqué en mi serie Patrias prestadas Venezuela antes del después Apenas apareció, el país volvió a ocupar los titulares por una noticia tan insólita que parecía inventada: la operación estadounidense que sacó a Nicolás Maduro para llevarlo ante la justicia. Hoy vuelve por una tragedia real. Empiezo a sospechar que Venezuela posee una desconcertante capacidad para no desaparecer nunca de la actualidad, casi siempre por las razones equivocadas. 

Más allá de la entrevista 

En ningún momento tuve la impresión de haber entrevistado a un político. Salí con la sensación de haber conversado con alguien que conocía demasiado bien el precio de las certezas y que, precisamente por eso, desconfiaba de ellas. No abundan los hombres capaces de rectificar sin sentirse derrotados. Petkoff lo hizo en varias ocasiones a lo largo de su vida. Tal vez por eso nunca acabó de encajar en ninguna tribu. 

Venezuela sigue buscando una salida al laberinto. Petkoff ya no está para discutirla. Murió en 2018. Dejaba ocho hijos, nacidos de sus distintos matrimonios, una extensa obra escrita y una trayectoria demasiado compleja para ser reducida a una sola etiqueta. Quizá porque dedicó media vida a desmontarlas. 

Rectificar sin abdicar de los principios constituye una especie en extinción. En la política. En el periodismo. Y en una conversación pública donde demasiadas veces importa más vencer que comprender. Casi tres décadas después de aquel encuentro sigo pensando que el verdadero personaje nunca fue el guerrillero, ni el ministro, ni siquiera el periodista. Fue el renegado. Porque solo quien es capaz de desprenderse de sus propias certezas conserva intacta la libertad de seguir pensando. 

Nunca he creído demasiado en las biografías lineales. La realidad suele preferir el zigzag. Venezuela también. Por eso, cuando pienso en Teodoro Petkoff, no veo primero al guerrillero, ni al ministro, ni al periodista. Veo a un hombre empeñado en llevarle la contraria a casi todo el mundo, empezando por quienes habían sido los suyos. No suele ser el camino más corto hacia el éxito. Sí hacia una forma poco frecuente de dignidad intelectual, mercancía escasa en cualquier latitud y todavía más en un sitio que transformó la política en una religión de bandos irreconciliables. 

Hay personajes que se recuerdan por lo que hicieron. A Petkoff lo recuerdo, sobre todo, por cómo razonaba. No era frecuente encontrarse con un político dispuesto a complicar una respuesta sencilla en lugar de simplificar un problema complejo. Andando el tiempo comprendí que aquella era su verdadera forma de rebeldía. La misma que le permitió sobrevivir a las ideologías sin dejar de pensar. 

Un comunista incómodo 

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Fue una de esas figuras que descolocan a quienes necesitan biografías previsibles. El guerrillero comunista acabó siendo uno de los críticos más sólidos del proyecto político de Hugo Chávez. Mucho antes había irritado al Kremlin. A finales de los años sesenta, cuando condenó la invasión soviética de Checoslovaquia y defendió una izquierda democrática, Leonid Brézhnev lo descalificó como “el guerrillero renegado”. La expresión pretendía ser un anatema; el tiempo la transformó casi en un elogio. Con el paso de las décadas volvió a ser un renegado, esta vez para otra ortodoxia, la chavista. Comprendí entonces que el problema nunca había sido élp. El problema eran los dogmas. 

Con anterioridad Petkoff había conocido casi todas las vidas posibles: la clandestinidad, la cárcel, varias fugas de prisión, la fundación del Movimiento al Socialismo, dos candidaturas presidenciales y el Ministerio de Cordiplan (Oficina Central de Planificación y Coordinación) en el segundo gobierno de Rafael Caldera. Después encontraría otra trinchera, el periodismo, desde donde dirigiría Tal Cual, probablemente el diario más incómodo para Chávez y, más tarde, para Maduro. Cuando recibió el Premio Ortega y Gasset ni siquiera pudo salir de Venezuela para recogerlo. La historia tiene un fino sentido de la ironía: al antiguo guerrillero ya no lo perseguían por las armas, sino por los artículos. 

Una conversación antes del cambio 

Fue precisamente entonces, cuando ocupaba Cordiplan y apenas faltaban unos meses para la victoria electoral de Hugo Chávez, cuando me senté frente a él.  Yo buscaba entender un país que empezaba a resquebrajarse sin que casi nadie quisiera admitirlo. El economista venezolano no administraba el bien común; lo descifraba. 

Llegué vestido con el uniforme que entonces imponía el protocolo: traje oscuro y corbata. Me sorprendió encontrar al ministro en mangas de camisa blanca, sin corbata. Fue el único de cuantos entrevisté durante aquel viaje que recibía así. El detalle, aparentemente menor, ya decía algo de su carácter. Parecía más interesado en las ideas que en la liturgia del cargo. 

Pensaba el país mientras intentaba gobernarlo. Defendía una profunda reforma económica que escandalizaba a muchos de sus antiguos compañeros de viaje, ya que parte de ella coincidía con las recomendaciones del FMI. No obstante, insistía en que respondía a las necesidades de Venezuela y no a un catecismo importado. Con todo, resultaba difícil encontrar otro exguerrillero latinoamericano haciendo semejante cosa con una naturalidad desconcertante. 

Me explicó sin grandilocuencia la llamada Agenda Venezuela. No la presentaba como una receta milagrosa, sino como un tratamiento inevitable para un enfermo que llevaba demasiado tiempo posponiendo el diagnóstico. Hablaba de abrir la economía, recuperar la iniciativa privada, desmontar un corsé cambiario que llevaba años asfixiando al país y devolver algo de racionalidad a unas cuentas públicas sostenidas más por la ilusión petrolera que por la disciplina. Lo decía con una mezcla poco habitual de convicción y prudencia. Más que vender un programa, parecía resignarse a administrar una realidad especialmente terca. 

El intercambio fue intenso, inquieto, intelectualmente estimulante. Habló del desgaste del sistema político, del desencanto de una sociedad cansada de promesas, de una pobreza estructural que ni siquiera el petróleo había logrado resolver. No anunció el derrumbe que estaba por llegar, pero fue señalando, una tras otra, las grietas por las que terminaría colándose la historia. Vista desde hoy, aquella entrevista tiene algo de premonición. Su despacho no transmitía autocomplacencia, sino urgencia. 

Me habían advertido de su supuesta arrogancia. Sin embargo, encontré a alguien directo, desprovisto de solemnidad, atento y sorprendentemente llano en el trato. Escuchaba sin impaciencia, respondía sin rodeos y no necesitaba exhibir inteligencia porque la ejercía con naturalidad. Al despedirnos todavía tuvo un gesto que definitivamente desmontaba el personaje que otros me habían descrito: un sencillo y cordial “chao, mi viejo” que sigo recordando con simpatía. 

Mientras hablaba no pude evitar acordarme de mi padre, fallecido apenas dos años antes. También él tenía la costumbre —y el talento— de llevar la contraria cuando todos parecían cómodamente instalados en el consenso. Compartían esa rara afición a discutir sin enfadarse y a cambiar de interlocutor, no necesariamente de opinión. 

Durante unos segundos imaginé un diálogo entre ambos. Sospecho que habría sido largo, apasionado y probablemente inconcluso. Ninguno de los dos habría cedido demasiado terreno. Yo habría disfrutado escuchándolos. Creo que al igual que ellos. Aunque ninguno hubiese admitido que el otro llevaba razón. 

El mapa sobre la mesa 

En 1998 Petkoff ya era un autor respetado. Había publicado Checoslovaquia: el socialismo como problema (1969), una temprana impugnación del modelo soviético; Proceso a la izquierda (1976), donde examinaba sus contradicciones a la luz del fracaso de la lucha armada latinoamericana, y Brasil: la deuda externa y la esperanza (1988). No escribía desde la nostalgia ni desde el ajuste de cuentas, sino desde una rara disposición a revisar las propias convicciones sin pedir permiso a nadie. 

Tras concluir y con la grabadora apagada, todavía encontró tiempo para abrir otro asunto. Desplegó un mapa sobre la mesa y, con calma de profesor, me explicó el origen histórico del litigio del Esequibo. Sostenía que aquella inmensa región había sido separada de Venezuela mediante un arbitraje injusto, favorecido por los intereses del Imperio británico en las postrimerías del siglo XIX. No era una arenga nacionalista. Era una lección de historia. Salí con la impresión de que le interesaban más las razones que las consignas. Y esa diferencia decía mucho de él. 

Conocía bien Centroamérica y siguió durante años sus conflictos políticos. Su curiosidad era demasiado amplia para encerrarse en las fronteras venezolanas. Hablaba de Latinoamérica como quien recorre habitaciones distintas de una misma casa. 

Hace algún tiempo publiqué en mi serie Patrias prestadas Venezuela antes del después Apenas apareció, el país volvió a ocupar los titulares por una noticia tan insólita que parecía inventada: la operación estadounidense que sacó a Nicolás Maduro para llevarlo ante la justicia. Hoy vuelve por una tragedia real. Empiezo a sospechar que Venezuela posee una desconcertante capacidad para no desaparecer nunca de la actualidad, casi siempre por las razones equivocadas. 

Más allá de la entrevista 

En ningún momento tuve la impresión de haber entrevistado a un político. Salí con la sensación de haber conversado con alguien que conocía demasiado bien el precio de las certezas y que, precisamente por eso, desconfiaba de ellas. No abundan los hombres capaces de rectificar sin sentirse derrotados. Petkoff lo hizo en varias ocasiones a lo largo de su vida. Tal vez por eso nunca acabó de encajar en ninguna tribu. 

Venezuela sigue buscando una salida al laberinto. Petkoff ya no está para discutirla. Murió en 2018. Dejaba ocho hijos, nacidos de sus distintos matrimonios, una extensa obra escrita y una trayectoria demasiado compleja para ser reducida a una sola etiqueta. Quizá porque dedicó media vida a desmontarlas. 

Rectificar sin abdicar de los principios constituye una especie en extinción. En la política. En el periodismo. Y en una conversación pública donde demasiadas veces importa más vencer que comprender. Casi tres décadas después de aquel encuentro sigo pensando que el verdadero personaje nunca fue el guerrillero, ni el ministro, ni siquiera el periodista. Fue el renegado. Porque solo quien es capaz de desprenderse de sus propias certezas conserva intacta la libertad de seguir pensando. 

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