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¿Cómo construimos un país moderno?

Ni el clientelismo ni el autoritarismo salvarán a Guatemala. Los invito a cuestionar nuestras narrativas y apostar por conectar el país.

Lisardo Bolaños |
29 de octubre, 2026

No todos construyen su modernidad con los mismos ingredientes. Tanto el enemigo externo, el déspota ilustrado, el destino manifiesto se convierten en mecanismos de articulación nacional. Generan, de manera tácita o explícita, acuerdos mínimos de la dirección de la sociedad; generan un propósito común que otorga dirección a la política pública y sentido a la ciudadanía. A Japón, en el siglo XIX, el tener un enemigo externo, le permitió transformar su sociedad, ayudándole a reducir la resistencia interna y los desacuerdos y así modernizarse. A Prusia, en el siglo XVIII, tener a un déspota ilustrado, le permitió dirigir una sociedad pobre y devastada por la guerra, para convertirse en una potencia económica y militar. A Estados Unidos, en el siglo XIX y XX, el tener idea de un "destino manifiesto", de un propósito común, le permitió articular la visión de un país-continente que debía articularse económica y políticamente, a pesar de las fricciones internas que los llevaría a una cruenta guerra civil.

 

Ahora bien, tener los ingredientes no es causa suficiente para que un país logre la modernidad. En China, en el mismo siglo XIX, el tener un enemigo externo no generó el impulso para la modernidad, sino lo contrario, generó un proceso de añoranza por el pasado y la tradición que la llevó a sufrir el yugo imperialista europeo. En Venezuela, en Cuba, en Cambodia y en un sin fin de lugares, tener a un líder que supo concentrar el poder, no les llevó a generar más bienestar a su población sino a establecer dictaduras que priorizaron los beneficios para el partido político que tomó el control. Por último, un país como Argentina también impulsó una visión de "destino manifiesto", pero la misma se vio comprometida por la falta de decisiones políticas que le permitieran diversificar su base productiva más allá de las exportaciones de carne. Guatemala ha tenido períodos donde ha sufrido claras amenazas externas; Guatemala ha tenido su buena cantidad de déspotas; Guatemala ha tenido esfuerzos de articular destinos manifiestos -recordemos la Patria Grande Centroamericana y el sueño de Barrios. Pero, ninguno de ellos dio los frutos del desarrollo.

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¿Qué nos ha pasado, que ninguno de estos mecanismos de articulación nacional nos ha ayudado?

 

Tal vez el problema, podrían considerar algunos, es que hay otros instrumentos que no hemos considerado. Usualmente se habla de un cuarto mecanismo de articulación nacional, la de pactos políticos, tipo el Pacto de la Moncloa, que permitió a los españoles gestionar la crisis política y económica tras la muerte de Franco. Sin embargo, este no es un mecanismo de articulación nacional para la modernidad y el desarrollo sino un mecanismo para resolver crisis existenciales; por algo, los intentos de los último 30 años que se han intentado impulsar en Guatemala sólo han dado resultados parciales políticos -no económicos-, después de graves crisis políticas. Otros, políticos la mayoría, dirán que el tipo de articulación nacional que se requiere generar es más bien de corte clientelar: la instauración masiva de transferencias monetarias, u otro tipo de prebenda, para generar un vínculo mínimo y claro de beneficio entre grandes mayorías y el aparato público. Sin embargo, este tampoco es un es un mecanismo de articulación nacional para la modernidad y el desarrollo sino un mecanismo electoral que no genera capacidades productivas o el impulso a un modelo de nación que lo sostiene. 

 

Quizás el problema radica en la fragmentación geográfica, y ahora digital, del país, que permite mantener clivajes, fracturas profundas, en las identidades de los guatemaltecos. No es posible generar una meta-narrativa de un gran destino manifiesto que no vaya a terminar siendo vista con desdén o desconfianza por aquellos distintos al grupo que la impulsa. No es posible generar un déspota ilustrado cuando nuestra fragmentación nos lleva a impulsar normas e instituciones fragmentadas y con vetos, para evitar la consolidación del poder político. No es posible tener o imaginar un enemigo externo, cuando seguimos pensando que el enemigo es interno. 

 

Guatemala necesita, con urgencia de Estado, definir su propio protocolo de articulación nacional para lo cual es claro que debe evitar los atajos cosméticos de los extremos ideológicos: el clientelismo político y el mercadeo del autoritarismo. Todas estas son versiones de articulación nacional de utilería: remedios superficiales que alimentan el aplauso fácil, pero dejan intacta la fractura de la nación: no sirven para generar los acuerdos o, como mínimo, evitar el bloqueo del desarrollo.

 

La verdadera articulación nacional exige una plataforma material de integración en dos dimensiones indivisibles: la infraestructura nacional y la ciudad.

 

En el ámbito territorial, la infraestructura logística —carreteras de altas especificaciones y puertos eficientes— es la herramienta primaria para recuperar la soberanía, abaratar el costo de vida y conectar la producción rural con los mercados globales. Pero la conectividad vial es solo la mitad de la ecuación; la otra mitad se juega en el fenómeno determinante de los próximos 30 años: la acelerada urbanización del país.

 

Si nuestras ciudades se siguen expandiendo mediante la segregación espacial —suburbios exclusivos amurallados para unos y asentamientos precarios e inconexos para las mayorías—, la articulación nacional, es un imposible. Es ingenuo pretender que una sociedad se comprenda si no vive cerca, si sus ciudadanos pasan horas diarias atrapados en el tráfico porque la regulación de IDAEH no permite desarrollos urbanos compactos y densos y si el entorno urbano imposibilita el encuentro cívico. La vivienda vertical asequible con desarrollos de uso mixto (donde el comercio, el empleo, el espacio público y la residencia coexisten en el mismo barrio) es el pilar urbano de la igualdad cívica y la dignidad. La proximidad física y el uso compartido del espacio urbano son las condiciones materiales previas para que la ciudadanía pueda reconocerse, interactuar y construir confianza.

 

Ante la diversidad de Guatemala, imponer narrativas ideológicas solo genera frustración y resistencia. La verdadera unidad no surgirá de forzar a todos a pensar igual, sino de articular un paquete reducido y ejecutable de soluciones concretas que, al dotar al Estado de capacidad técnica para conectar el territorio y densificar la ciudad, garanticen infraestructura y vivienda digna.

¿Cómo construimos un país moderno?

Ni el clientelismo ni el autoritarismo salvarán a Guatemala. Los invito a cuestionar nuestras narrativas y apostar por conectar el país.

Lisardo Bolaños |
29 de octubre, 2026

No todos construyen su modernidad con los mismos ingredientes. Tanto el enemigo externo, el déspota ilustrado, el destino manifiesto se convierten en mecanismos de articulación nacional. Generan, de manera tácita o explícita, acuerdos mínimos de la dirección de la sociedad; generan un propósito común que otorga dirección a la política pública y sentido a la ciudadanía. A Japón, en el siglo XIX, el tener un enemigo externo, le permitió transformar su sociedad, ayudándole a reducir la resistencia interna y los desacuerdos y así modernizarse. A Prusia, en el siglo XVIII, tener a un déspota ilustrado, le permitió dirigir una sociedad pobre y devastada por la guerra, para convertirse en una potencia económica y militar. A Estados Unidos, en el siglo XIX y XX, el tener idea de un "destino manifiesto", de un propósito común, le permitió articular la visión de un país-continente que debía articularse económica y políticamente, a pesar de las fricciones internas que los llevaría a una cruenta guerra civil.

 

Ahora bien, tener los ingredientes no es causa suficiente para que un país logre la modernidad. En China, en el mismo siglo XIX, el tener un enemigo externo no generó el impulso para la modernidad, sino lo contrario, generó un proceso de añoranza por el pasado y la tradición que la llevó a sufrir el yugo imperialista europeo. En Venezuela, en Cuba, en Cambodia y en un sin fin de lugares, tener a un líder que supo concentrar el poder, no les llevó a generar más bienestar a su población sino a establecer dictaduras que priorizaron los beneficios para el partido político que tomó el control. Por último, un país como Argentina también impulsó una visión de "destino manifiesto", pero la misma se vio comprometida por la falta de decisiones políticas que le permitieran diversificar su base productiva más allá de las exportaciones de carne. Guatemala ha tenido períodos donde ha sufrido claras amenazas externas; Guatemala ha tenido su buena cantidad de déspotas; Guatemala ha tenido esfuerzos de articular destinos manifiestos -recordemos la Patria Grande Centroamericana y el sueño de Barrios. Pero, ninguno de ellos dio los frutos del desarrollo.

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Tal vez el problema, podrían considerar algunos, es que hay otros instrumentos que no hemos considerado. Usualmente se habla de un cuarto mecanismo de articulación nacional, la de pactos políticos, tipo el Pacto de la Moncloa, que permitió a los españoles gestionar la crisis política y económica tras la muerte de Franco. Sin embargo, este no es un mecanismo de articulación nacional para la modernidad y el desarrollo sino un mecanismo para resolver crisis existenciales; por algo, los intentos de los último 30 años que se han intentado impulsar en Guatemala sólo han dado resultados parciales políticos -no económicos-, después de graves crisis políticas. Otros, políticos la mayoría, dirán que el tipo de articulación nacional que se requiere generar es más bien de corte clientelar: la instauración masiva de transferencias monetarias, u otro tipo de prebenda, para generar un vínculo mínimo y claro de beneficio entre grandes mayorías y el aparato público. Sin embargo, este tampoco es un es un mecanismo de articulación nacional para la modernidad y el desarrollo sino un mecanismo electoral que no genera capacidades productivas o el impulso a un modelo de nación que lo sostiene. 

 

Quizás el problema radica en la fragmentación geográfica, y ahora digital, del país, que permite mantener clivajes, fracturas profundas, en las identidades de los guatemaltecos. No es posible generar una meta-narrativa de un gran destino manifiesto que no vaya a terminar siendo vista con desdén o desconfianza por aquellos distintos al grupo que la impulsa. No es posible generar un déspota ilustrado cuando nuestra fragmentación nos lleva a impulsar normas e instituciones fragmentadas y con vetos, para evitar la consolidación del poder político. No es posible tener o imaginar un enemigo externo, cuando seguimos pensando que el enemigo es interno. 

 

Guatemala necesita, con urgencia de Estado, definir su propio protocolo de articulación nacional para lo cual es claro que debe evitar los atajos cosméticos de los extremos ideológicos: el clientelismo político y el mercadeo del autoritarismo. Todas estas son versiones de articulación nacional de utilería: remedios superficiales que alimentan el aplauso fácil, pero dejan intacta la fractura de la nación: no sirven para generar los acuerdos o, como mínimo, evitar el bloqueo del desarrollo.

 

La verdadera articulación nacional exige una plataforma material de integración en dos dimensiones indivisibles: la infraestructura nacional y la ciudad.

 

En el ámbito territorial, la infraestructura logística —carreteras de altas especificaciones y puertos eficientes— es la herramienta primaria para recuperar la soberanía, abaratar el costo de vida y conectar la producción rural con los mercados globales. Pero la conectividad vial es solo la mitad de la ecuación; la otra mitad se juega en el fenómeno determinante de los próximos 30 años: la acelerada urbanización del país.

 

Si nuestras ciudades se siguen expandiendo mediante la segregación espacial —suburbios exclusivos amurallados para unos y asentamientos precarios e inconexos para las mayorías—, la articulación nacional, es un imposible. Es ingenuo pretender que una sociedad se comprenda si no vive cerca, si sus ciudadanos pasan horas diarias atrapados en el tráfico porque la regulación de IDAEH no permite desarrollos urbanos compactos y densos y si el entorno urbano imposibilita el encuentro cívico. La vivienda vertical asequible con desarrollos de uso mixto (donde el comercio, el empleo, el espacio público y la residencia coexisten en el mismo barrio) es el pilar urbano de la igualdad cívica y la dignidad. La proximidad física y el uso compartido del espacio urbano son las condiciones materiales previas para que la ciudadanía pueda reconocerse, interactuar y construir confianza.

 

Ante la diversidad de Guatemala, imponer narrativas ideológicas solo genera frustración y resistencia. La verdadera unidad no surgirá de forzar a todos a pensar igual, sino de articular un paquete reducido y ejecutable de soluciones concretas que, al dotar al Estado de capacidad técnica para conectar el territorio y densificar la ciudad, garanticen infraestructura y vivienda digna.

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