Caso Foppa: el show del Gobierno y la lección de los repartidores
Mientras el Gobierno montaba un show con el caso Foppa, los repartidores nos enseñaron cómo pelear por la justicia.
Este fin de semana vimos uno de los capítulos más vergonzosos del Gobierno: el precario manejo del ataque armado que presenciaron niños y adultos en el Campo Marte, donde perdieron la vida Juan Francisco Solórzano Foppa y Gustavo Adolfo Aguilar Gamarro.
Pero no podemos olvidar que todos los días hay guatemaltecos que pierden la vida porque alguien les quiso quitar el celular en el tráfico. El 27 de septiembre, en Huité, Zacapa, un grupo armado dejó ocho muertos, entre ellos una menor de edad. Estas víctimas no tuvieron la misma indignación presidencial; la mayoría termina en el anonimato, convertida en una cifra más.
Claro, cómo no iban a indignarse, si Foppa era uno de los suyos. En 2023 fue candidato a la alcaldía capitalina por la coalición Semilla-Winaq-URNG. Para él hubo condolencias inmediatas, conferencia de prensa y despliegue de declaraciones; para las víctimas de Huité, apenas una orden de investigar días después. La vida de un guatemalteco no debería valer más o menos según su cercanía con el poder.
Hay mucho que decir sobre el caso de Foppa. Por ejemplo, la ironía de que el ataque ocurriera a unas cuadras de la guardia del Ejército de Guatemala. Las absurdas declaraciones de indignación del mandatario. La conferencia de prensa del ministro de Gobernación, que tuvo la osadía de mostrar “evidencia” en una caja de pedidos mientras aseguraba que no daba por culpables a los capturados. La aprehensión de dos personas que, a todas luces, parecen haber pagado los platos rotos de un Gobierno desesperado por limpiar su patética imagen. Ni qué decir de las posturas de los diputados de Semilla que, después de casi tres años en el poder (chupándole la sangre al pueblo), continúan con esa narrativa de culpar a otros de su ineficiencia y falta de capacidad para gobernar.
Aunque cada una de las apariciones de estos personajes da para escribir un libro, me quiero concentrar en algo que me llena de esperanza. Sí, en medio de esta ola de violencia, quiero quedarme con lo rescatable.
Hablo de los repartidores. Esos que vemos todos los días esquivando carros, bajo el sol o bajo la lluvia, los mismos que a veces nos ponen los nervios de punta. Llegaron a la Torre de Tribunales a manifestar su apoyo y, sobre todo, su descontento con la forma tan vil en que fueron usados Rigoberto y Daniel Zaqueo Choc Toz, señalados como posibles ejecutores del asesinato en el Campo Marte.
Pongan atención: nadie los llevó en bus, nadie les dio una refacción ni un billete por estar ahí, como a los acarreados de los bloqueos a favor de Arévalo. Fueron voluntariamente. Y cada hora frente a Tribunales era una hora sin hacer mandados, es decir, sin ganar plata. Para quien vive del día a día, del pedido que entra y la propina que cae, eso no es poca cosa: representa el sustento de su casa. Aun así, decidieron que valía la pena perder ese ingreso para exigir que se esclarecieran los hechos. Porque entendieron algo que a muchos se nos olvida: debemos pelear por lo que creemos y por la justicia que esperamos.
Y no se equivocaron. Este domingo, la jueza dejó en libertad a los hermanos Choc Toz por falta de mérito. Según fuentes judiciales citadas por algunos medios, el arma que les encontraron en la caja de pedidos habría sido implantada y ni siquiera sería la que se usó en el ataque.
Quizás soy muy ilusa, pero desearía que se llegara al fondo y hubiera voluntad para responder las preguntas que quedan en el aire: ¿Quién autorizó aprehender a estos dos trabajadores? ¿Cómo llegó esa arma a su caja de pedidos? ¿Es mucho pedirle a este desgobierno que destituya a los responsables o reconozca su ineficiencia?
Como no espero nada bueno de Arévalo, prefiero quedarme con la lección que nos dieron los repartidores. Se acompañaron, se hicieron presentes y no esperaron a que alguien más hablara por ellos. Nos recordaron que exigir justicia también es dar la cara por otro, aunque cueste tiempo y plata. Ojalá aprendamos de ellos.
Caso Foppa: el show del Gobierno y la lección de los repartidores
Mientras el Gobierno montaba un show con el caso Foppa, los repartidores nos enseñaron cómo pelear por la justicia.
Este fin de semana vimos uno de los capítulos más vergonzosos del Gobierno: el precario manejo del ataque armado que presenciaron niños y adultos en el Campo Marte, donde perdieron la vida Juan Francisco Solórzano Foppa y Gustavo Adolfo Aguilar Gamarro.
Pero no podemos olvidar que todos los días hay guatemaltecos que pierden la vida porque alguien les quiso quitar el celular en el tráfico. El 27 de septiembre, en Huité, Zacapa, un grupo armado dejó ocho muertos, entre ellos una menor de edad. Estas víctimas no tuvieron la misma indignación presidencial; la mayoría termina en el anonimato, convertida en una cifra más.
Claro, cómo no iban a indignarse, si Foppa era uno de los suyos. En 2023 fue candidato a la alcaldía capitalina por la coalición Semilla-Winaq-URNG. Para él hubo condolencias inmediatas, conferencia de prensa y despliegue de declaraciones; para las víctimas de Huité, apenas una orden de investigar días después. La vida de un guatemalteco no debería valer más o menos según su cercanía con el poder.
Hay mucho que decir sobre el caso de Foppa. Por ejemplo, la ironía de que el ataque ocurriera a unas cuadras de la guardia del Ejército de Guatemala. Las absurdas declaraciones de indignación del mandatario. La conferencia de prensa del ministro de Gobernación, que tuvo la osadía de mostrar “evidencia” en una caja de pedidos mientras aseguraba que no daba por culpables a los capturados. La aprehensión de dos personas que, a todas luces, parecen haber pagado los platos rotos de un Gobierno desesperado por limpiar su patética imagen. Ni qué decir de las posturas de los diputados de Semilla que, después de casi tres años en el poder (chupándole la sangre al pueblo), continúan con esa narrativa de culpar a otros de su ineficiencia y falta de capacidad para gobernar.
Aunque cada una de las apariciones de estos personajes da para escribir un libro, me quiero concentrar en algo que me llena de esperanza. Sí, en medio de esta ola de violencia, quiero quedarme con lo rescatable.
Hablo de los repartidores. Esos que vemos todos los días esquivando carros, bajo el sol o bajo la lluvia, los mismos que a veces nos ponen los nervios de punta. Llegaron a la Torre de Tribunales a manifestar su apoyo y, sobre todo, su descontento con la forma tan vil en que fueron usados Rigoberto y Daniel Zaqueo Choc Toz, señalados como posibles ejecutores del asesinato en el Campo Marte.
Pongan atención: nadie los llevó en bus, nadie les dio una refacción ni un billete por estar ahí, como a los acarreados de los bloqueos a favor de Arévalo. Fueron voluntariamente. Y cada hora frente a Tribunales era una hora sin hacer mandados, es decir, sin ganar plata. Para quien vive del día a día, del pedido que entra y la propina que cae, eso no es poca cosa: representa el sustento de su casa. Aun así, decidieron que valía la pena perder ese ingreso para exigir que se esclarecieran los hechos. Porque entendieron algo que a muchos se nos olvida: debemos pelear por lo que creemos y por la justicia que esperamos.
Y no se equivocaron. Este domingo, la jueza dejó en libertad a los hermanos Choc Toz por falta de mérito. Según fuentes judiciales citadas por algunos medios, el arma que les encontraron en la caja de pedidos habría sido implantada y ni siquiera sería la que se usó en el ataque.
Quizás soy muy ilusa, pero desearía que se llegara al fondo y hubiera voluntad para responder las preguntas que quedan en el aire: ¿Quién autorizó aprehender a estos dos trabajadores? ¿Cómo llegó esa arma a su caja de pedidos? ¿Es mucho pedirle a este desgobierno que destituya a los responsables o reconozca su ineficiencia?
Como no espero nada bueno de Arévalo, prefiero quedarme con la lección que nos dieron los repartidores. Se acompañaron, se hicieron presentes y no esperaron a que alguien más hablara por ellos. Nos recordaron que exigir justicia también es dar la cara por otro, aunque cueste tiempo y plata. Ojalá aprendamos de ellos.
