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Bolivia, entre Macondo y el cine de verano

Crucé los Andes en busca de un país y regresé con una certeza: hay viajes que cambian nuestra forma de mirar el mundo y a quienes lo habitan.

Marcos Jacobo Suárez Sipmann |
20 de octubre, 2026

En Chile, el año 2000 parecía anunciar el futuro. A pocas horas de carretera, Bolivia me obligó a medirlo en siglos. Había viajado a Iquique para entrevistar a su alcalde, Jorge Soria Quiroga. Un personaje peculiar, cuya longevidad política formaba ya parte de su leyenda. Había sido alcalde desde 1964 hasta el golpe de Estado de 1973 y había regresado al cargo en 1992. En aquel momento seguía allí, dispuesto a prolongar una carrera política poco corriente.

Entrevistar a un político suele exigir paciencia; a ciertos alcaldes, una resistencia especial. Algunos confunden responder a las preguntas con la oportunidad de repasar su trayectoria. La conversación puede acabar convertida en una autobiografía que nadie ha pedido.

Ciudad portuaria del norte chileno, entre el Pacífico y el desierto de Atacama, Iquique conservaba las huellas de la época en que el salitre había alimentado fortunas y convertido su puerto en una pieza esencial de la economía regional. Seguía teniendo el carácter de los lugares que han aprendido a vivir entre la aridez del paisaje y las exigencias del comercio.

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La frontera de los tres siglos

En Iquique conocí a un equipo de televisión regional chileno que me invitó a acompañarlo a Bolivia. Acepté sin imaginar hasta qué punto aquella excursión improvisada iba a alterar mi percepción del continente.

En el año 2000, ambos países carecían de relaciones diplomáticas plenas. La herida histórica de la pérdida boliviana de su litoral seguía condicionando el vínculo bilateral y convertía la frontera en algo más que una línea sobre el mapa.

Veintiséis años después de aquel viaje, el acercamiento entre Chile y Bolivia volvía a abrir una puerta. El diálogo recordaba que el pasado no tiene por qué dictar el futuro.

Nos internamos en los Andes repartidos en cuatro o cinco todoterrenos. A medida que ascendíamos, el paisaje se alejaba de cualquier semejanza con el mundo que había dejado atrás. Había que llevar bidones de gasolina porque no podíamos contar con encontrar combustible durante el recorrido. En aquellas soledades, quedarse sin gasolina habría sido algo más que una molestia.

La advertencia más inquietante llegó al aproximarnos a la zona fronteriza. En algunos tramos seguían existiendo campos minados, vestigios de antiguas tensiones entre ambos países. Venían con nosotros guías que conocían el terreno. La posibilidad de que una guerra terminada sobre el papel siguiera agazapada bajo nuestros pies tenía algo de absurdo y de estremecedor.

Una mina podía mantener viva durante décadas la amenaza de una guerra ya terminada. La historia no siempre se encuentra en los archivos ni en los monumentos: a veces permanece enterrada.

Una sopa en el desierto

Un letrero daba la bienvenida a la región: “Bienvenido a Desierto. Paraíso de machos, tumba de cobardes”. No sé si era un torpe reclamo o una declaración de principios, pero aquel desafío, plantado en medio de la nada, me hizo sonreír. Hasta el desierto parecía exigir credenciales de hombría.

El primer pueblo al otro lado de la frontera era un conjunto de casas de adobe levantadas en un paisaje de una desnudez casi absoluta. La precariedad de las viviendas y la escasez de medios daban una idea de lo difícil que debía de ser la vida allí.

Mi recuerdo más vivo de aquel lugar es una mujer con sus hijos, calzados con unas pobres sandalias. Me ofreció sopa en su casa. No recuerdo sus nombres ni podría reconstruir hoy nuestra breve conversación. Sí recuerdo el gesto de recibirme y compartir conmigo lo poco que tenía. Yo llegaba de fuera, con mis referencias europeas; ella me ofrecía algo mucho más elemental: hospitalidad.

En aquel clima de altura, las sandalias me impresionaron. Durante el día, el sol podía engañar; al caer la noche, el frío se volvía extremo y las temperaturas descendían muchos grados bajo cero.

No quiero idealizar aquellas condiciones de vida ni confundir la entereza de las personas con una justificación de sus carencias. Sobrevivir a ellas no las hace menos injustas.

A veces, un gesto basta para que un lugar deje de ser paisaje y adquiera rostro.

Macondo en el altiplano

Seguimos camino. La altura, el silencio y la extensión de aquella tierra parecían borrar las proporciones habituales. El altiplano nos obligaba a revisar la escala con la que medíamos el mundo.

Uno de mis compañeros chilenos encontró la manera de explicar lo que estábamos viviendo. Para ellos, dijo, aquello era como viajar trescientos años atrás. Para mí, que venía de Europa, debía ser como regresar al Macondo de García Márquez.

La frase se me quedó grabada. Macondo, el pueblo imaginario de Cien años de soledad, era un lugar donde lo extraordinario formaba parte de la vida cotidiana. No era una descripción exacta de Bolivia, por supuesto, sino una manera de expresar nuestro desconcierto.

Lo que veíamos era una desigualdad de oportunidades condicionada por la geografía, la historia y el lugar que cada territorio había ocupado en la economía continental.

A los lectores centroamericanos no debería resultarles ajena esa realidad: la proximidad no garantiza condiciones de vida equivalentes. Entre países vecinos, como entre regiones de un mismo país, las diferencias decisivas se miden en el acceso a carreteras, servicios públicos y perspectivas de futuro.

Un mar sin orillas

Llegamos al salar de Uyuni y la comparación dejó de servirnos.

Hay paisajes que uno contempla y otros que lo dejan, por un instante, sin instrumentos para comprenderlos. El salar de Uyuni pertenece a estos últimos: una extensión blanca que parecía no terminar nunca, un mar inmóvil en el que el horizonte borraba las referencias habituales.

Un árbol, una carretera, una construcción: todo desaparecía o quedaba reducido a un accidente mínimo en una inmensidad difícil de abarcar.

La naturaleza había construido allí algo que parecía concebido para desmentir la importancia que atribuimos a nuestras propias obras.

Pasamos la noche en el Palacio de Sal, un hotel construido con bloques de sal junto al propio salar. La singularidad de aquella estancia se me quedó grabada mucho más que sus comodidades. Dormir rodeado de sal, en medio de una extensión semejante, tenía algo de experiencia irrepetible.

Al día siguiente nos desplazamos hacia Uyuni.

En Uyuni, el paisaje tenía otra clase de ruinas. Las locomotoras y los vagones abandonados del cementerio de trenes recordaban la época en que el ferrocarril había conectado las riquezas minerales del interior con los puertos del Pacífico. Cerca de allí, Pulacayo conservaba las huellas de un pasado minero ligado a la plata y a los primeros ferrocarriles bolivianos.

El Oeste al final del camino

Recorrimos parte de la región. Allí apareció otra historia, esta vez llegada desde el otro extremo del mundo: la de Butch Cassidy y Sundance Kid, los célebres forajidos estadounidenses que habían huido del Oeste y terminado sus días, según la versión histórica más conocida, en San Vicente, un pequeño pueblo minero del sur de Bolivia.

La noticia me devolvió de golpe a mi infancia. En España había visto muchas veces Dos hombres y un destino, la película protagonizada por Paul Newman y Robert Redford. La había disfrutado en un cine de verano, en aquellas sesiones que convertían una pantalla al aire libre en una puerta hacia territorios remotos. Para un niño, el Oeste americano era un mundo de caballos, persecuciones y personajes que parecían vivir fuera de la ley. Nunca habría imaginado que conocería, muchos años después, el lugar donde acabó la aventura de los dos bandidos.

Había visto apenas una franja de Bolivia, pero bastaba para cuestionar la idea de Latinoamérica como un conjunto de países que avanzaban al mismo ritmo hacia un futuro común.

Al volver, Chile me pareció distinto. No porque hubiera cambiado en tres días, sino porque yo había cambiado de perspectiva. La estabilidad de un país, sus cifras económicas y su confianza institucional no pueden convertirse en la medida universal con la que juzgar a sus vecinos. La pobreza no agota la historia de un país ni define por sí sola a quienes lo habitan.

Había cruzado los Andes para conocer Bolivia. Regresé con Macondo en la cabeza, el cine de verano de mi infancia y la imagen de una mujer que compartió conmigo su sopa. Quizá esa sea una de las lecciones de viajar: uno sale a conocer el mundo y termina descubriendo cuánto de él llevaba ya dentro.

Bolivia, entre Macondo y el cine de verano

Crucé los Andes en busca de un país y regresé con una certeza: hay viajes que cambian nuestra forma de mirar el mundo y a quienes lo habitan.

Marcos Jacobo Suárez Sipmann |
20 de octubre, 2026

En Chile, el año 2000 parecía anunciar el futuro. A pocas horas de carretera, Bolivia me obligó a medirlo en siglos. Había viajado a Iquique para entrevistar a su alcalde, Jorge Soria Quiroga. Un personaje peculiar, cuya longevidad política formaba ya parte de su leyenda. Había sido alcalde desde 1964 hasta el golpe de Estado de 1973 y había regresado al cargo en 1992. En aquel momento seguía allí, dispuesto a prolongar una carrera política poco corriente.

Entrevistar a un político suele exigir paciencia; a ciertos alcaldes, una resistencia especial. Algunos confunden responder a las preguntas con la oportunidad de repasar su trayectoria. La conversación puede acabar convertida en una autobiografía que nadie ha pedido.

Ciudad portuaria del norte chileno, entre el Pacífico y el desierto de Atacama, Iquique conservaba las huellas de la época en que el salitre había alimentado fortunas y convertido su puerto en una pieza esencial de la economía regional. Seguía teniendo el carácter de los lugares que han aprendido a vivir entre la aridez del paisaje y las exigencias del comercio.

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La frontera de los tres siglos

En Iquique conocí a un equipo de televisión regional chileno que me invitó a acompañarlo a Bolivia. Acepté sin imaginar hasta qué punto aquella excursión improvisada iba a alterar mi percepción del continente.

En el año 2000, ambos países carecían de relaciones diplomáticas plenas. La herida histórica de la pérdida boliviana de su litoral seguía condicionando el vínculo bilateral y convertía la frontera en algo más que una línea sobre el mapa.

Veintiséis años después de aquel viaje, el acercamiento entre Chile y Bolivia volvía a abrir una puerta. El diálogo recordaba que el pasado no tiene por qué dictar el futuro.

Nos internamos en los Andes repartidos en cuatro o cinco todoterrenos. A medida que ascendíamos, el paisaje se alejaba de cualquier semejanza con el mundo que había dejado atrás. Había que llevar bidones de gasolina porque no podíamos contar con encontrar combustible durante el recorrido. En aquellas soledades, quedarse sin gasolina habría sido algo más que una molestia.

La advertencia más inquietante llegó al aproximarnos a la zona fronteriza. En algunos tramos seguían existiendo campos minados, vestigios de antiguas tensiones entre ambos países. Venían con nosotros guías que conocían el terreno. La posibilidad de que una guerra terminada sobre el papel siguiera agazapada bajo nuestros pies tenía algo de absurdo y de estremecedor.

Una mina podía mantener viva durante décadas la amenaza de una guerra ya terminada. La historia no siempre se encuentra en los archivos ni en los monumentos: a veces permanece enterrada.

Una sopa en el desierto

Un letrero daba la bienvenida a la región: “Bienvenido a Desierto. Paraíso de machos, tumba de cobardes”. No sé si era un torpe reclamo o una declaración de principios, pero aquel desafío, plantado en medio de la nada, me hizo sonreír. Hasta el desierto parecía exigir credenciales de hombría.

El primer pueblo al otro lado de la frontera era un conjunto de casas de adobe levantadas en un paisaje de una desnudez casi absoluta. La precariedad de las viviendas y la escasez de medios daban una idea de lo difícil que debía de ser la vida allí.

Mi recuerdo más vivo de aquel lugar es una mujer con sus hijos, calzados con unas pobres sandalias. Me ofreció sopa en su casa. No recuerdo sus nombres ni podría reconstruir hoy nuestra breve conversación. Sí recuerdo el gesto de recibirme y compartir conmigo lo poco que tenía. Yo llegaba de fuera, con mis referencias europeas; ella me ofrecía algo mucho más elemental: hospitalidad.

En aquel clima de altura, las sandalias me impresionaron. Durante el día, el sol podía engañar; al caer la noche, el frío se volvía extremo y las temperaturas descendían muchos grados bajo cero.

No quiero idealizar aquellas condiciones de vida ni confundir la entereza de las personas con una justificación de sus carencias. Sobrevivir a ellas no las hace menos injustas.

A veces, un gesto basta para que un lugar deje de ser paisaje y adquiera rostro.

Macondo en el altiplano

Seguimos camino. La altura, el silencio y la extensión de aquella tierra parecían borrar las proporciones habituales. El altiplano nos obligaba a revisar la escala con la que medíamos el mundo.

Uno de mis compañeros chilenos encontró la manera de explicar lo que estábamos viviendo. Para ellos, dijo, aquello era como viajar trescientos años atrás. Para mí, que venía de Europa, debía ser como regresar al Macondo de García Márquez.

La frase se me quedó grabada. Macondo, el pueblo imaginario de Cien años de soledad, era un lugar donde lo extraordinario formaba parte de la vida cotidiana. No era una descripción exacta de Bolivia, por supuesto, sino una manera de expresar nuestro desconcierto.

Lo que veíamos era una desigualdad de oportunidades condicionada por la geografía, la historia y el lugar que cada territorio había ocupado en la economía continental.

A los lectores centroamericanos no debería resultarles ajena esa realidad: la proximidad no garantiza condiciones de vida equivalentes. Entre países vecinos, como entre regiones de un mismo país, las diferencias decisivas se miden en el acceso a carreteras, servicios públicos y perspectivas de futuro.

Un mar sin orillas

Llegamos al salar de Uyuni y la comparación dejó de servirnos.

Hay paisajes que uno contempla y otros que lo dejan, por un instante, sin instrumentos para comprenderlos. El salar de Uyuni pertenece a estos últimos: una extensión blanca que parecía no terminar nunca, un mar inmóvil en el que el horizonte borraba las referencias habituales.

Un árbol, una carretera, una construcción: todo desaparecía o quedaba reducido a un accidente mínimo en una inmensidad difícil de abarcar.

La naturaleza había construido allí algo que parecía concebido para desmentir la importancia que atribuimos a nuestras propias obras.

Pasamos la noche en el Palacio de Sal, un hotel construido con bloques de sal junto al propio salar. La singularidad de aquella estancia se me quedó grabada mucho más que sus comodidades. Dormir rodeado de sal, en medio de una extensión semejante, tenía algo de experiencia irrepetible.

Al día siguiente nos desplazamos hacia Uyuni.

En Uyuni, el paisaje tenía otra clase de ruinas. Las locomotoras y los vagones abandonados del cementerio de trenes recordaban la época en que el ferrocarril había conectado las riquezas minerales del interior con los puertos del Pacífico. Cerca de allí, Pulacayo conservaba las huellas de un pasado minero ligado a la plata y a los primeros ferrocarriles bolivianos.

El Oeste al final del camino

Recorrimos parte de la región. Allí apareció otra historia, esta vez llegada desde el otro extremo del mundo: la de Butch Cassidy y Sundance Kid, los célebres forajidos estadounidenses que habían huido del Oeste y terminado sus días, según la versión histórica más conocida, en San Vicente, un pequeño pueblo minero del sur de Bolivia.

La noticia me devolvió de golpe a mi infancia. En España había visto muchas veces Dos hombres y un destino, la película protagonizada por Paul Newman y Robert Redford. La había disfrutado en un cine de verano, en aquellas sesiones que convertían una pantalla al aire libre en una puerta hacia territorios remotos. Para un niño, el Oeste americano era un mundo de caballos, persecuciones y personajes que parecían vivir fuera de la ley. Nunca habría imaginado que conocería, muchos años después, el lugar donde acabó la aventura de los dos bandidos.

Había visto apenas una franja de Bolivia, pero bastaba para cuestionar la idea de Latinoamérica como un conjunto de países que avanzaban al mismo ritmo hacia un futuro común.

Al volver, Chile me pareció distinto. No porque hubiera cambiado en tres días, sino porque yo había cambiado de perspectiva. La estabilidad de un país, sus cifras económicas y su confianza institucional no pueden convertirse en la medida universal con la que juzgar a sus vecinos. La pobreza no agota la historia de un país ni define por sí sola a quienes lo habitan.

Había cruzado los Andes para conocer Bolivia. Regresé con Macondo en la cabeza, el cine de verano de mi infancia y la imagen de una mujer que compartió conmigo su sopa. Quizá esa sea una de las lecciones de viajar: uno sale a conocer el mundo y termina descubriendo cuánto de él llevaba ya dentro.

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