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Se derrumba el castillo de naipes

Redacción República
18 de septiembre, 2014

En Guatemala, el poder y las mafias mantienen una relación simbiótica. Los



aspirantes al poder requieren del apoyo de las mafias para acceder a



financiamiento y donaciones durante la campaña; mientras las mafias requieren



del poder para acceder a negocios y controlar espacios de la administración



pública. Pero también, el poder recurre a las mafias para influir en aquellos



feudos donde estas últimas se han afincado. Instituciones como el Organismo



Judicial (OJ), la Contraloría, Aduanas o el Sistema Penitenciario hoy están en control



de redes para-estatales, a las que el poder político debe recurrir para obtener



favores.

Esa simbiosis entre redes criminales y clientelares con el poder



político se traduce en negocios, nepotismo e impunidad. Pero al mismo tiempo,



cuando las mafias se dedican abiertamente a lo ilícito, la penetración del



Estado convierte a Guatemala en una amenaza para la estabilidad y la seguridad



de nuestros vecinos, particularmente, Estados Unidos.

El actual Gobierno no ha sido inmune. La vinculación de algunos dirigentes



con redes oscuras es un secreto a voces. Primero fue la incómoda relación de la



Vicepresidente con Marllory Chacón, señalada en su momento por el Departamento



del Tesoro por lavado de activos. Luego, la cercanía de la mancuerna



presidencial con Guillermo Lozano, investigado por la DEA por posibles nexos



con el narco.

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Hoy, en el marco de las elecciones institucionales, una no tan secreta



lista de vetados por la Embajada Americana incluye a Jisela Reynoso, Zina



Guerra y Silvia de León. La razón del veto es su cercanía con la



Vicepresidenta. Para Washington, el interés es integrar una Corte que no



bloquee extradiciones ni futuros casos de lavado, en donde podrían estar



vinculados algunos funcionarios. Y en dicha ecuación, los candidatos impulsados



por la Vice no generan confianza.

Paralelo a ello, CICIG resurgió de las cenizas para destapar una red de



corrupción en presidios que salpica al Ministro de Gobernación y otros



funcionarios. En cualquier país civilizado, el affaire Lima hubiese generado la salida del jefe de cartera. En



cambio, en Guatemala, nos enteramos que un prisionero participa activamente en



la integración de la cúpula de presidios. Entre las amenazas del mismo Lima y



las propias investigaciones, que no nos extrañe si se llega a develar el



verdadero alcance de la red, que no se limita a tráfico de influencias sino



también a delitos financieros.

Todo indica que esto tan sólo es la punta del Iceberg. Seguramente,



Aduanas, la SAT, el Seguro Social y Aeronáutica Civil serán los siguientes



eslabones de la cadena de relaciones incómodas del actual Gobierno. A un año de



las elecciones generales, el castillo de naipes se desmorona ante el soplo de



CICIG y la Embajada. Las relaciones del poder con redes clientelares y



criminales empiezan a morderle la cola.

Se derrumba el castillo de naipes

Redacción República
18 de septiembre, 2014

En Guatemala, el poder y las mafias mantienen una relación simbiótica. Los



aspirantes al poder requieren del apoyo de las mafias para acceder a



financiamiento y donaciones durante la campaña; mientras las mafias requieren



del poder para acceder a negocios y controlar espacios de la administración



pública. Pero también, el poder recurre a las mafias para influir en aquellos



feudos donde estas últimas se han afincado. Instituciones como el Organismo



Judicial (OJ), la Contraloría, Aduanas o el Sistema Penitenciario hoy están en control



de redes para-estatales, a las que el poder político debe recurrir para obtener



favores.

Esa simbiosis entre redes criminales y clientelares con el poder



político se traduce en negocios, nepotismo e impunidad. Pero al mismo tiempo,



cuando las mafias se dedican abiertamente a lo ilícito, la penetración del



Estado convierte a Guatemala en una amenaza para la estabilidad y la seguridad



de nuestros vecinos, particularmente, Estados Unidos.

El actual Gobierno no ha sido inmune. La vinculación de algunos dirigentes



con redes oscuras es un secreto a voces. Primero fue la incómoda relación de la



Vicepresidente con Marllory Chacón, señalada en su momento por el Departamento



del Tesoro por lavado de activos. Luego, la cercanía de la mancuerna



presidencial con Guillermo Lozano, investigado por la DEA por posibles nexos



con el narco.

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Hoy, en el marco de las elecciones institucionales, una no tan secreta



lista de vetados por la Embajada Americana incluye a Jisela Reynoso, Zina



Guerra y Silvia de León. La razón del veto es su cercanía con la



Vicepresidenta. Para Washington, el interés es integrar una Corte que no



bloquee extradiciones ni futuros casos de lavado, en donde podrían estar



vinculados algunos funcionarios. Y en dicha ecuación, los candidatos impulsados



por la Vice no generan confianza.

Paralelo a ello, CICIG resurgió de las cenizas para destapar una red de



corrupción en presidios que salpica al Ministro de Gobernación y otros



funcionarios. En cualquier país civilizado, el affaire Lima hubiese generado la salida del jefe de cartera. En



cambio, en Guatemala, nos enteramos que un prisionero participa activamente en



la integración de la cúpula de presidios. Entre las amenazas del mismo Lima y



las propias investigaciones, que no nos extrañe si se llega a develar el



verdadero alcance de la red, que no se limita a tráfico de influencias sino



también a delitos financieros.

Todo indica que esto tan sólo es la punta del Iceberg. Seguramente,



Aduanas, la SAT, el Seguro Social y Aeronáutica Civil serán los siguientes



eslabones de la cadena de relaciones incómodas del actual Gobierno. A un año de



las elecciones generales, el castillo de naipes se desmorona ante el soplo de



CICIG y la Embajada. Las relaciones del poder con redes clientelares y



criminales empiezan a morderle la cola.

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