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Libertad de prensa: ¿medios o simples cuartos?

Redacción República
23 de julio, 2026

La libre emisión del pensamiento es un derecho individual inalienable. Cualquier persona debe poder decir lo que piensa sin cortapisas ni licencia previa; solo los regímenes despóticos o totalitarios amenazan ese derecho. Eso sí, el ejercicio de ese derecho tiene consecuencias: quien abusa de él —como de cualquier otro— debe atenerse a ellas.

Además, dentro de ese derecho individual —el de la libre emisión del pensamiento— anida otro más específico y no por ello menos universal: la libertad de prensa, que no es más que el derecho de los medios y los periodistas a informar sin interferencias del Estado o de terceros, sumado al derecho del público a recibir esa información. Definición explicativa y no restrictiva, pero fiel a la esencia del concepto.

En todo el mundo, la actividad periodística goza de una protección singular, y no por capricho: obedece a la inclinación natural del poderoso, del investigado, a revolverse contra quien lo fiscaliza.

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Ahora bien, no toda expresión se cobija bajo el paraguas de la libertad de prensa; para ello se requiere que la emita un periodista o un medio. Y periodista es quien ejerce el oficio, no necesariamente quien cursó la carrera. Así lo entiende el derecho internacional y así lo ha dispuesto, en más de una ocasión, la propia Corte de Constitucionalidad.

Ahora bien: ¿qué define a un medio de comunicación? En su acepción más amplia, es cualquier forma de expresión difundida por un soporte tecnológico, sea tan añejo como la imprenta o tan reciente como la web. Hasta ahí, todo claro. El problema empieza cuando las redes sociales, con sus cientos de millones de perfiles —reales y ficticios—, llevan el concepto a su punto de quiebre.

Medios los hay de todos los tamaños, estilos y tendencias. Los hay, incluso, instalados en una oficina vacía, montados sobre un pinchazo. 

Pero un simple perfil —de carne y hueso o falso— no es un medio de comunicación, por más seguidores que acumule. En eso, quienes hacemos periodismo serio y la sociedad en general coincidimos sin esfuerzo. Un medio supone una estructura organizacional por mínima que sea; un plantel de empleados y colaboradores; el pago del timbre de prensa, cuando menos. Pero, sobre todo, una cara visible y responsable.  

En tiempos recientes, la utilización de influencers o “polytokers” en campañas políticas y en la gestión gubernamental ha ido en ascenso. La campaña del fenecido Movimiento Semilla se sirvió de una red de personas que, desde sus perfiles, difundían contenido a discreción. Ya en el poder, la administración de Bernardo Arévalo fue apartándolos poco a poco de coberturas y conferencias, y con ello los diferenció —con toda razón— de los periodistas y, sobre todo, de los medios. La distinción no solo existe: es de aceptación casi universal. Curioso que la lección la impartiera quien antes se valió de ellos.

Importa tener presente esa diferencia; importa porque de ella depende la protección que la Ley de Emisión del Pensamiento reconoce a quienes ejercen el periodismo. Y porque de ella depende, sobre todo, que la población pueda dar crédito a lo que se le informa.

Al final, la pregunta no es retórica. Un medio se sostiene sobre responsabilidades verificables; un cuarto vacío, el anonimato y un simple perfil de redes sociales no lo son. Confundirlos no es un descuido semántico: es, muchas veces, el propósito.

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Libertad de prensa: ¿medios o simples cuartos?

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La libre emisión del pensamiento es un derecho individual inalienable. Cualquier persona debe poder decir lo que piensa sin cortapisas ni licencia previa; solo los regímenes despóticos o totalitarios amenazan ese derecho. Eso sí, el ejercicio de ese derecho tiene consecuencias: quien abusa de él —como de cualquier otro— debe atenerse a ellas.

Además, dentro de ese derecho individual —el de la libre emisión del pensamiento— anida otro más específico y no por ello menos universal: la libertad de prensa, que no es más que el derecho de los medios y los periodistas a informar sin interferencias del Estado o de terceros, sumado al derecho del público a recibir esa información. Definición explicativa y no restrictiva, pero fiel a la esencia del concepto.

En todo el mundo, la actividad periodística goza de una protección singular, y no por capricho: obedece a la inclinación natural del poderoso, del investigado, a revolverse contra quien lo fiscaliza.

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Ahora bien: ¿qué define a un medio de comunicación? En su acepción más amplia, es cualquier forma de expresión difundida por un soporte tecnológico, sea tan añejo como la imprenta o tan reciente como la web. Hasta ahí, todo claro. El problema empieza cuando las redes sociales, con sus cientos de millones de perfiles —reales y ficticios—, llevan el concepto a su punto de quiebre.

Medios los hay de todos los tamaños, estilos y tendencias. Los hay, incluso, instalados en una oficina vacía, montados sobre un pinchazo. 

Pero un simple perfil —de carne y hueso o falso— no es un medio de comunicación, por más seguidores que acumule. En eso, quienes hacemos periodismo serio y la sociedad en general coincidimos sin esfuerzo. Un medio supone una estructura organizacional por mínima que sea; un plantel de empleados y colaboradores; el pago del timbre de prensa, cuando menos. Pero, sobre todo, una cara visible y responsable.  

En tiempos recientes, la utilización de influencers o “polytokers” en campañas políticas y en la gestión gubernamental ha ido en ascenso. La campaña del fenecido Movimiento Semilla se sirvió de una red de personas que, desde sus perfiles, difundían contenido a discreción. Ya en el poder, la administración de Bernardo Arévalo fue apartándolos poco a poco de coberturas y conferencias, y con ello los diferenció —con toda razón— de los periodistas y, sobre todo, de los medios. La distinción no solo existe: es de aceptación casi universal. Curioso que la lección la impartiera quien antes se valió de ellos.

Importa tener presente esa diferencia; importa porque de ella depende la protección que la Ley de Emisión del Pensamiento reconoce a quienes ejercen el periodismo. Y porque de ella depende, sobre todo, que la población pueda dar crédito a lo que se le informa.

Al final, la pregunta no es retórica. Un medio se sostiene sobre responsabilidades verificables; un cuarto vacío, el anonimato y un simple perfil de redes sociales no lo son. Confundirlos no es un descuido semántico: es, muchas veces, el propósito.

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