Hay un pasatiempo que la política practica con entusiasmo y la historia detesta: reescribir el pasado para demostrar que siempre tuvimos razón. Resulta cómodo. El problema es que los hechos suelen ser bastante menos obedientes.
¿Y si la Guerra Civil española hubiera terminado con la victoria de la República? De esa pregunta —tan improbable como irresistible— nace En el día de hoy, la novela con la que Jesús Torbado obtuvo el Premio Planeta hace ahora 50 años. En ella, Franco parte al exilio, Azaña sigue al frente del país y España toma un rumbo completamente distinto. Es una ucronía en el mejor sentido del término: no pretende corregir la historia; apenas se permite el lujo de discutir con ella.
Lo interesante, sin embargo, no está en comprobar si el autor acierta o se equivoca en sus predicciones. Ningún lector puede demostrar que aquella España alternativa habría sido mejor o peor que la real. El verdadero mérito del libro consiste en recordarnos algo que la política olvida con demasiada frecuencia: la historia nunca estuvo escrita de antemano. Tampoco la libertad es un destino inevitable; depende, una y otra vez, de las decisiones que toman las personas.
Vivimos rodeados de relatos que presentan los acontecimientos como inevitables. Después de cada elección, cada crisis o cada guerra, siempre aparece alguien dispuesto a explicar que todo era previsible. Curiosamente, esa lucidez casi nunca aparece antes de que ocurran las cosas. Torbado desmonta esa cómoda ilusión. Nos recuerda que la historia también está hecha de casualidades, decisiones individuales, errores y oportunidades perdidas.
Quizá por eso la novela resulta especialmente sugerente para los lectores latinoamericanos. Centroamérica conoce bien las preguntas que empiezan por “¿y si…?”. ¿Y si aquel golpe hubiera fracasado? ¿Y si una negociación hubiera prosperado? ¿Y si un dirigente hubiera elegido otro camino? Las respuestas nunca serán concluyentes, pero el simple ejercicio obliga a mirar el pasado con menos dogmas y más curiosidad. Pensar alternativas no cambia lo sucedido, pero ayuda a comprender mejor lo que todavía está por decidir.
En tiempos de redes sociales, donde abundan los expertos retrospectivos y las certezas instantáneas, una novela escrita hace medio siglo propone exactamente lo contrario: aceptar la duda como punto de partida. Pensar antes de sentenciar. Imaginar antes de simplificar. No es una mala gimnasia intelectual para democracias que, a veces, confunden la convicción con la infalibilidad.
No deja de ser una deliciosa ironía que una ficción pueda enseñarnos más sobre la política que muchos ensayos empeñados en explicarla. Quizá porque la buena literatura no aspira a ganar una discusión, sino a mejorar las preguntas. Y una sociedad que deja de hacerse preguntas acaba creyendo que la libertad también era inevitable.
Hay un pasatiempo que la política practica con entusiasmo y la historia detesta: reescribir el pasado para demostrar que siempre tuvimos razón. Resulta cómodo. El problema es que los hechos suelen ser bastante menos obedientes.
¿Y si la Guerra Civil española hubiera terminado con la victoria de la República? De esa pregunta —tan improbable como irresistible— nace En el día de hoy, la novela con la que Jesús Torbado obtuvo el Premio Planeta hace ahora 50 años. En ella, Franco parte al exilio, Azaña sigue al frente del país y España toma un rumbo completamente distinto. Es una ucronía en el mejor sentido del término: no pretende corregir la historia; apenas se permite el lujo de discutir con ella.
Lo interesante, sin embargo, no está en comprobar si el autor acierta o se equivoca en sus predicciones. Ningún lector puede demostrar que aquella España alternativa habría sido mejor o peor que la real. El verdadero mérito del libro consiste en recordarnos algo que la política olvida con demasiada frecuencia: la historia nunca estuvo escrita de antemano. Tampoco la libertad es un destino inevitable; depende, una y otra vez, de las decisiones que toman las personas.
Vivimos rodeados de relatos que presentan los acontecimientos como inevitables. Después de cada elección, cada crisis o cada guerra, siempre aparece alguien dispuesto a explicar que todo era previsible. Curiosamente, esa lucidez casi nunca aparece antes de que ocurran las cosas. Torbado desmonta esa cómoda ilusión. Nos recuerda que la historia también está hecha de casualidades, decisiones individuales, errores y oportunidades perdidas.
Quizá por eso la novela resulta especialmente sugerente para los lectores latinoamericanos. Centroamérica conoce bien las preguntas que empiezan por “¿y si…?”. ¿Y si aquel golpe hubiera fracasado? ¿Y si una negociación hubiera prosperado? ¿Y si un dirigente hubiera elegido otro camino? Las respuestas nunca serán concluyentes, pero el simple ejercicio obliga a mirar el pasado con menos dogmas y más curiosidad. Pensar alternativas no cambia lo sucedido, pero ayuda a comprender mejor lo que todavía está por decidir.
En tiempos de redes sociales, donde abundan los expertos retrospectivos y las certezas instantáneas, una novela escrita hace medio siglo propone exactamente lo contrario: aceptar la duda como punto de partida. Pensar antes de sentenciar. Imaginar antes de simplificar. No es una mala gimnasia intelectual para democracias que, a veces, confunden la convicción con la infalibilidad.
No deja de ser una deliciosa ironía que una ficción pueda enseñarnos más sobre la política que muchos ensayos empeñados en explicarla. Quizá porque la buena literatura no aspira a ganar una discusión, sino a mejorar las preguntas. Y una sociedad que deja de hacerse preguntas acaba creyendo que la libertad también era inevitable.
EL TIPO DE CAMBIO DE HOY ES DE: