La relación entre EE. UU. y Cuba atraviesa uno de sus momentos más tensos desde el final de la Guerra Fría, por una acumulación de señales que, leídas en conjunto, apuntan a un cambio cualitativo en el equilibrio de poder en el Caribe.
En perspectiva. La reacción del gobierno cubano en las últimas semanas revela un temor real a que Washington esté dispuesto a ir más lejos de lo habitual, incluso más allá del manual clásico de sanciones y aislamiento. Las declaraciones recientes de Miguel Díaz-Canel se inscriben en esa lógica.
- El presidente cubano ha insistido en negar cualquier colapso del régimen, ha llamado a la “resistencia creativa” frente a la escasez energética y ha denunciado lo que define como un intento de asfixia deliberada por parte de EE. UU. Sin embargo, el tono, más que desafiante, ha sido preventivo.
- Con énfasis en la soberanía, la reiteración de que Cuba no representa una amenaza y la apertura condicionada al diálogo sugieren que La Habana percibe un riesgo distinto al de ciclos anteriores.
- El castrismo no teme solo sanciones, sino acciones más directas en un contexto hemisférico profundamente alterado tras la intervención estadounidense en Venezuela.
Por qué importa. Durante décadas, Cuba sobrevivió a la presión de Washington gracias a dos pilares externos: primero la Unión Soviética y luego Venezuela. Ambos funcionaron como amortiguadores económicos y estratégicos. Hoy, esos pilares han desaparecido. Con Venezuela obligada a reconfigurar su política exterior bajo tutela estadounidense, Cuba perdió su principal proveedor de petróleo subsidiado.
- México ha intentado ocupar —parcialmente— ese vacío, pero incluso ese respaldo está ahora bajo revisión ante la presión directa de la Casa Blanca. Para La Habana, el margen de maniobra se está cerrando.
- Desde Washington, la estrategia combina coerción y ambigüedad. Donald Trump ha endurecido el discurso, ha advertido públicamente que no habrá más petróleo ni dinero para Cuba y ha vinculado la situación de la isla a la seguridad nacional estadounidense, tal como lo hizo con Venezuela.
- Al mismo tiempo, su administración mantiene canales de comunicación limitados y permite cierto flujo de ayuda humanitaria, una dualidad que busca normalizar, gestionar el colapso sin asumir costos políticos directos.
Entre líneas. En ese equilibrio incómodo, Cuba no sabe si enfrenta un nuevo cerco o una fase preparatoria para algo más disruptivo. El temor cubano a una intervención no necesariamente se traduce en la expectativa de una invasión clásica. Más bien, apunta a escenarios de presión escalonada, que podrían verse manifestados como bloqueos energéticos más estrictos, interdicciones marítimas, sanciones secundarias agresivas contra terceros países y un uso intensivo del aislamiento financiero.
- Si Washington juega bien sus cartas, podría seguir el manual con el cual se derrocó a Maduro y provocar un colapso interno.
- Para un Estado con capacidad institucional mínima y una economía al borde del colapso, ese tipo de intervención indirecta puede ser tan decisiva como una acción militar abierta.
- La reacción defensiva de Díaz-Canel parece reconocer precisamente esa vulnerabilidad.
Ecos regionales. El respaldo diplomático de China, expresado recientemente en Pekín, y las señales de apoyo desde Moscú apuntan a blindar políticamente al régimen frente a una narrativa de intervención “legítima”. No obstante, esos apoyos tienen límites evidentes. Ninguna de esas potencias parece dispuesta a asumir el costo de sostener económicamente a Cuba como lo hizo la URSS, ni a desafiar frontalmente a EE. UU. en el Caribe.
- Tanto para Rusia como para China, sería muy costoso mantener a un enemigo de EE. UU. en el seno de su esfera de influencia.
- Es un dilema similar al que enfrenta EE. UU. con Ucrania y Taiwán, lo que, a su vez, desincentiva a Putin y a Xi Jinping de iniciar un efecto dominó que luego podría repercutir en su patio trasero.
- Para La Habana, esa realidad convierte el discurso de resistencia en una necesidad simbólica más que en una estrategia sostenible.
En conclusión. El futuro de la relación dependerá de hasta qué punto Cuba esté dispuesta a ceder para evitar una escalada mayor.
- Las señales de apertura retórica al diálogo, la moderación relativa del tono oficial y los intentos de mostrar control interno son las patadas de ahogado de un régimen que busca tiempo.
- Trump, por su parte, parece convencido de que el desgaste estructural de Cuba juega a su favor y que no necesita apresurar una definición. Esa asimetría explica el nerviosismo creciente en La Habana.
- En definitiva, Cuba está reaccionando a la percepción de que el umbral de intervención estadounidense en el hemisferio se ha desplazado, como explícitamente lo afirma la Estrategia de Seguridad Nacional 2025.
La relación entre EE. UU. y Cuba atraviesa uno de sus momentos más tensos desde el final de la Guerra Fría, por una acumulación de señales que, leídas en conjunto, apuntan a un cambio cualitativo en el equilibrio de poder en el Caribe.
En perspectiva. La reacción del gobierno cubano en las últimas semanas revela un temor real a que Washington esté dispuesto a ir más lejos de lo habitual, incluso más allá del manual clásico de sanciones y aislamiento. Las declaraciones recientes de Miguel Díaz-Canel se inscriben en esa lógica.
- El presidente cubano ha insistido en negar cualquier colapso del régimen, ha llamado a la “resistencia creativa” frente a la escasez energética y ha denunciado lo que define como un intento de asfixia deliberada por parte de EE. UU. Sin embargo, el tono, más que desafiante, ha sido preventivo.
- Con énfasis en la soberanía, la reiteración de que Cuba no representa una amenaza y la apertura condicionada al diálogo sugieren que La Habana percibe un riesgo distinto al de ciclos anteriores.
- El castrismo no teme solo sanciones, sino acciones más directas en un contexto hemisférico profundamente alterado tras la intervención estadounidense en Venezuela.
Por qué importa. Durante décadas, Cuba sobrevivió a la presión de Washington gracias a dos pilares externos: primero la Unión Soviética y luego Venezuela. Ambos funcionaron como amortiguadores económicos y estratégicos. Hoy, esos pilares han desaparecido. Con Venezuela obligada a reconfigurar su política exterior bajo tutela estadounidense, Cuba perdió su principal proveedor de petróleo subsidiado.
- México ha intentado ocupar —parcialmente— ese vacío, pero incluso ese respaldo está ahora bajo revisión ante la presión directa de la Casa Blanca. Para La Habana, el margen de maniobra se está cerrando.
- Desde Washington, la estrategia combina coerción y ambigüedad. Donald Trump ha endurecido el discurso, ha advertido públicamente que no habrá más petróleo ni dinero para Cuba y ha vinculado la situación de la isla a la seguridad nacional estadounidense, tal como lo hizo con Venezuela.
- Al mismo tiempo, su administración mantiene canales de comunicación limitados y permite cierto flujo de ayuda humanitaria, una dualidad que busca normalizar, gestionar el colapso sin asumir costos políticos directos.
Entre líneas. En ese equilibrio incómodo, Cuba no sabe si enfrenta un nuevo cerco o una fase preparatoria para algo más disruptivo. El temor cubano a una intervención no necesariamente se traduce en la expectativa de una invasión clásica. Más bien, apunta a escenarios de presión escalonada, que podrían verse manifestados como bloqueos energéticos más estrictos, interdicciones marítimas, sanciones secundarias agresivas contra terceros países y un uso intensivo del aislamiento financiero.
- Si Washington juega bien sus cartas, podría seguir el manual con el cual se derrocó a Maduro y provocar un colapso interno.
- Para un Estado con capacidad institucional mínima y una economía al borde del colapso, ese tipo de intervención indirecta puede ser tan decisiva como una acción militar abierta.
- La reacción defensiva de Díaz-Canel parece reconocer precisamente esa vulnerabilidad.
Ecos regionales. El respaldo diplomático de China, expresado recientemente en Pekín, y las señales de apoyo desde Moscú apuntan a blindar políticamente al régimen frente a una narrativa de intervención “legítima”. No obstante, esos apoyos tienen límites evidentes. Ninguna de esas potencias parece dispuesta a asumir el costo de sostener económicamente a Cuba como lo hizo la URSS, ni a desafiar frontalmente a EE. UU. en el Caribe.
- Tanto para Rusia como para China, sería muy costoso mantener a un enemigo de EE. UU. en el seno de su esfera de influencia.
- Es un dilema similar al que enfrenta EE. UU. con Ucrania y Taiwán, lo que, a su vez, desincentiva a Putin y a Xi Jinping de iniciar un efecto dominó que luego podría repercutir en su patio trasero.
- Para La Habana, esa realidad convierte el discurso de resistencia en una necesidad simbólica más que en una estrategia sostenible.
En conclusión. El futuro de la relación dependerá de hasta qué punto Cuba esté dispuesta a ceder para evitar una escalada mayor.
- Las señales de apertura retórica al diálogo, la moderación relativa del tono oficial y los intentos de mostrar control interno son las patadas de ahogado de un régimen que busca tiempo.
- Trump, por su parte, parece convencido de que el desgaste estructural de Cuba juega a su favor y que no necesita apresurar una definición. Esa asimetría explica el nerviosismo creciente en La Habana.
- En definitiva, Cuba está reaccionando a la percepción de que el umbral de intervención estadounidense en el hemisferio se ha desplazado, como explícitamente lo afirma la Estrategia de Seguridad Nacional 2025.